Ceremonia de ingreso de doña Silvia Molina (Parte 2)

    Jueves, 26 de junio de 2014.

    Respuesta al discurso de ingreso de doña Silvia Molina



    Distinguidos integrantes de la Academia Mexicana de la Lengua;
    Señoras y señores:

    Hace varios años, un par de muchachos tabasqueños, amigos de infancia, cuestionaban a esta Academia, como deben hacerlo dos jóvenes que se precien de serlo. En todos los sentidos la consideraban ajena y distante. Se burlaban seriamente, convencidos de que jamás pertenecerían a ella. José Gorostiza y Carlos Pellicer, que tales eran sus nombres, con el paso del tiempo fueron académicos de la Lengua, dignificaron la palabra con la lealtad a sus emociones y al modo de trasmitirlas en versos que nos dan sustento más poderoso del que podemos percibir en nuestra diaria existencia.

    Comienzan estas palabras con la evocación de aquellos enormes poetas porque, toda inmensa proporción guardada, tengo el privilegio de conocer a Silvia Molina desde que ambos éramos muy jóvenes y cuando –hablo por mí– nunca pensé hallarme en este sitio y mucho menos con la gratísima tarea de darle la bienvenida a la Academia Mexicana de la Lengua en nombre de nuestra banda de hermanos.

    Varias coincidencias unen nuestras vidas y tal vez ellas expliquen el hecho de que me haya invitado a responder su brillante discurso de ingreso: nuestro amor a los perros, ejemplar en ella y su Claudio porque integran su existencia con una pastora alemana llamada Mora, reverdeciente e inmortal como el laurel de los poetas y en la que cual han hallado el secreto para vencer el inexorable paso del tiempo. Nuestra cercanía a Rubén Bonifaz Nuño, que nos hizo de su tribu y su linaje. Nuestra pasión por Campeche, mayor y mejor correspondida en ella, esa tierra que le ha traspasado el alma para siempre. Nuestra coincidencia en distintas arenas donde no dejo de aprender de su humildad y su orgullo, su tolerancia y su paciencia, signos de auténtica sabiduría.

    Recuerdo a Silvia Molina como una muchacha de cabello suelto y largo, inseparable de sus enormes anteojos, sin los cuales no sería ella; unos anteojos que jamás ocultaron, sino por el contrario, acentuaban su fresca belleza. Discreta mas no tímida, amable pero firme en su necesidad de traducir el mundo a la escritura. Evoco sobre todo su voz juvenil que no ha cambiado con el paso de los años, esa voz que materialmente la hace joven y la mantiene así gracias a su permanente e inconforme lucha con la palabra. Ahí está, en el taller literario de Alicia Trueba, donde conocí a dos de sus maestros, Gonzalo Celorio y Hugo Hiriart, también admirables escritores cuya alquimia verbal honra a esta Academia.

    Tras la partida de su fundadora, el taller literario “Alicia Trueba” ha perdido la preposición para ganar sus merecidas comillas, sus galones. Era y continúa siendo un espacio que privilegia la tercera vocal: intenso, insoportable, insustituible. Es, como dice el clásico, un mundo raro. En él prolifera toda clase de criaturas y en el instante imprevisto salta la metáfora inolvidable, la historia de amor, el verso único, el libro que va a emprender, desde su nacimiento, una larga carrera.

    Una generación de escritores o un taller literario es como un pelotón de atletas necesitados mutuamente para permitir que uno solo se desprenda del enjambre y logre llegar en primer lugar. Tal fue el caso de Silvia Molina. Apenas rebasada la tercera década de su vida, con la escritura de su primera novela, La mañana debe seguir gris, obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia. A 37 años de su primera publicación, la novela resulta tan vigente como entonces. Ejemplar en ella es la manera sobria y honesta en que la narradora se acerca a la anécdota que la sustenta: el enamoramiento por José Carlos Becerra, el retrato intelectual y humano que de él se traza, las dudas de una muchacha y de toda una generación que veía en el amor la única manera de subvertir el mundo y de cambiarlo. El amor como terremoto, incertidumbre necesaria, punzante soledad en compañía.

    Nadie perdona el talento. Menos cuando es joven y bello. Silvia Molina soportó la tempestad de la imprevista y pasajera fama, que sin sabiduría puede convertirse en obstáculo. Aceptó lo que venía y se sentó a escribir, consciente de que la página que nos espera mañana será la que estamos destinados a lograr. A la novela inicial siguió Leyendo en la tortuga, tratado sobre una de las hermanas de planeta más antiguas y amadas, y donde Silvia hace alarde de su capacidad de investigadora y ensayista, de editora en el mejor de los sentidos del término, pues a ese trabajo ha dedicado parte considerable de sus energías. Hace poco regresé a ese pequeño gran libro suyo que ostenta el afortunado título Lides de estaño. En los cuentos que lo integran, Silvia se acerca al universo infantil y sus combates, heroicos y efímeros como los cohetes de papel plateado con los que llevaba a cabo la conquista del espacio. Las niños de sus relatos descubren la bondad del mundo o su inaudita maldad. De todos, recuerdo el que me marcó desde su primera lectura, “Amira y los monstruos de San Cosme”, retrato de la Ciudad de México de mediados del siglo XX desde las pupilas de una escolar. La frecuentación de ese país llamado infancia ha tenido diferentes acercamientos en la escritura de Silvia Molina, como lo demuestra el libro Mi familia y la bella durmiente cien años después, que recibió el Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada, o la reconstrucción de la guerra de castas a partir de la leyenda del niño indígena Ascención Tun. Recientemente recibí la bella edición de un libro donde la batalla del cinco de mayo y sus antecedentes son vividos y registrados por una niña del siglo XIX.

    El Diccionario de escritores mexicanos dice en la primera línea de su entrada dedicada a Silvia Molina: “Hija de Héctor Pérez Martínez”. Pocas veces ha sido tan justa esa definición para referirse a quien, por una parte, dejó a nuestra escritora la búsqueda permanente del padre y, por la otra, sembró en ella la obsesión por el enigma, el amor por la Historia y de manera más precisa, el amor por Campeche. Ella lo enunció en su introducción al discurso, pero quiero detenerme en ese vínculo pues de él se desprenden varias de las mejores virtudes de la prosa de Silvia Molina y su comprensión del devenir mexicano desde la microhistoria de la patria chica que fue de su padre y que ella ha sabido hacer un territorio propio. En un fragmento de ese libro admirable que es Imagen de Héctor, el personaje llamado la hija menor descubre entre objetos y papeles que guardan el aroma y la memoria del padre, un relámpago que la ilumina en las palabras: “Todo tiene en Campeche un aire de inmutabilidad: las piedras y los hombres. La garra de los años no ha podido herir hondamente a mi vieja ciudad”. En efecto. En Campeche el tiempo parece no transcurrir. Que ha decidido detenerse para que mejor sintamos su presencia. La lectura de las primeras páginas de su novela El amor que me juraste, que mereció el Premio Sor Juana Inés de la Cruz correspondiente a 1998, me desconcertó al principio, pues se desarrolla en una ciudad llamada San Lázaro. Allí están los baluartes, el mar que en pocas otras partes merece el nombre de Pacífico, los barcos camaroneros que vuelven con su mercadería fosfórica. Mi ignorancia me impidió saber entonces, como luego me lo hizo saber la autora, que San Lázaro fue el primer nombre que Francisco Hernández de Córdoba dio a la ciudad, pues llegó a Can pech el día de San Lázaro, 22 de marzo de 1517.

    El texto que nos ofrece está dedicado a Luisa Josefina Hernández, que si no está en esta Academia, es por error o nuestra omisión. Por fortuna, Silvia Molina la trae esta noche hasta nosotros para recordarnos, desde las primeras líneas de su excelente retrato de la escritora, que, al igual que ella misma, se aleja de los reflectores y el triunfo efímero. No se trata exclusivamente del retrato literario de una de nuestras autoras más importantes, sino de una biografía con paisaje. En los trabajos de Luisa Josefina Hernández, particularmente las obras de teatro que vertebran el trabajo que hemos escuchado, el trópico es amo y señor de las pasiones. Como nos hace saber Silvia Molina, se trata de una saga familiar en la que aparecen “verdades familiares, verdades políticas y verdades interiores” Con esa poética aparentemente elemental, la dramaturga ha hecho de esa ciudad del Sureste mexicano un emblema universal.

    Doble acierto ha sido el de Silvia Molina al dedicar su discurso de ingreso a una mujer y escritora admirable y a un aspecto específico de su obra: la presencia de Campeche, la traducción de sus códigos y aromas, la omnipresencia del calor que condiciona muebles, vestido, arquitectura, alebresta pasiones y nos obliga a respetar cada uno de nuestros movimientos. Como Luisa Josefina Hernández, Silvia Molina nos enseña que Campeche es un nombre pero más profundamente un estado del alma, un bastión inconquistado por los siglos, un conquistador del tiempo en el espacio. Por todo lo anterior, la Academia consideró que no existía mejor embajadora para ese estado hermano.

    Querida Silvia Molina: es un privilegio darte, en nombre de nuestros compañeros, bienvenida formal a la Academia Mexicana de la Lengua. Estamos seguros de que tu honestidad y tu talento serán benéficos para los trabajos de esta Corporación que hoy se llena de orgullo con tu entrada por la Puerta de Tierra hacia un mar inagotable y proceloso.

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