Ceremonia de ingreso de don Miguel León-Portilla

    Viernes, 13 de octubre de 1961.

    Los maestros prehispánicos de la palabra

    Con menos que escasos méritos llego a la Academia. Vuestro llamado generoso fue para mí motivo de sorpresa y, también, debo confesarlo, de temor. ¿Cómo ocupar un sillón al lado de escritores auténticos, conocedores profundos de nuestra lengua? Tal vez sólo el atrevimiento, unido a cierta convicción de que podré esforzarme para no malograr del todo vuestras esperanzas, fue lo que me movió a aceptar esta inmerecida elección. Recibid por ella mi gratitud sincera.

    Buscando los motivos que pudisteis haber tenido al llamarme, creo haber encontrado al menos uno. Es éste, probablemente, el interés de muchos ilustres académicos por lo que es antecedente indudable de nuestra manera de ser y hablar en México. Me refiero a la lengua y la cultura náhuatl del mundo precolombino.

    Nuestra habla castellana, que ya en la misma península había enriquecido su herencia latina con incontables elementos de origen hebraico, germánico y arábigo, para sólo mencionar los principales, al difundirse por el Nuevo Mundo se mestizó una vez más. Hizo aquí suyas centenares de voces indígenas, para expresar con matices propios el pensamiento y las vivencias de la gente de estas tierras. Así, el castellano de México, rico en giros y vocablos de vieja cepa, abunda en términos de origen náhuatl y, en menor grado, de otros idiomas nativos. Y lo dicho acerca de la lengua, vale igualmente respecto de Ia cultura en la que se refleja también el rostro mestizo del mexicano.

    Interesado, con entusiasmo de aprendiz, por conocer nuestra raíz indígena, tuve la fortuna de ser guiado por dos maestros excepcionales. Uno fue el padre de la antropología en México, el hombre sabio y modesto que se llamó don Manuel Gamio. Al recordarlo ahora, rindo homenaje de gratitud a su memoria. El otro de mis maestros ha sido el doctor Ángel Ma. Garibay; mejor, el Padre Garibay, como todos lo llamamos. Hombre abierto a distintos rumbos de la cultura, conocedor de las lenguas y literaturas hebraica, griega, latina y castellana, ha sido el primero en valorar y traducir con sentido humanista el legado literario del mundo prehispánico. Probablemente porque visteis en mí al discípulo de estos dos varones, Gamio y Garibay, que tanto han contribuido al conocimiento de una de nuestras raíces culturales más hondas, generosamente me llamasteis. Permitidme confiar en que, con vuestra ayuda, no habré de hacer vanas las esperanzas ni las enseñanzas recibidas.

    Cábeme en suerte ocupar en la Academia un sillón honrado por hombres que hicieron también suyos los estudios acerca de nuestras cosas. Fue el primero en honrarlo don Sebastián Lerdo de Tejada, que supo juntar la política con la oratoria y el cultivo de las letras. Antecesores ilustres fueron también, entre otros, don José Ma. Marroquí, don Erasmo Castellanos Quinto y don Mariano Cuevas. Mi más reciente predecesor fue don Julio Jiménez Rueda, literato, historiador y maestro.

    Desde muy joven, el que había de ser escritor fecundo se distinguió por sus ensayos y narraciones, publicados en la revista El Estudiante que él mismo entonces dirigía. Recibido ya de abogado, se acercó don Julio al mundo de nuestra historia novohispánica, que habría de darle tema e inspiración para sus mejores libros. Sus actuaciones como inspector de monumentos históricos, como profesor de Historia del Arte en la Escuela Nacional de Música y como Director del Archivo General de la Nación, lo pusieron en contacto directo con documentos y realidades de la vida cultural de la Nueva España. Bastará con recordar algunos títulos de su abundante producción en este campo: las monografías sobre Don Juan Ruiz de Alarcón y su tiempo, sobreDon Pedro Moya de Contreras, primer inquisidor de México y acerca de Sor Juana Inés de Ia Cruz; su estudio sobre las Herejías y supersticiones en Ia Nueva España, así como los dos tomos de su Historia de la cultura en México, de los que, sin duda, el mejor logrado es el que se refiere a la etapa virreinal. Maestro por varias décadas, transmitió Jiménez Rueda a incontables generaciones de estudiantes, su interés por el cultivo de la literatura y la investigación histórica. Su propio manual acerca de la Historia de la literatura mexicana, tantas veces reeditado, fue para muchos de nosotros el libro de texto claro y conciso que nos acercó a la historia de nuestras letras. Hombre de espíritu abierto, supo también valorar don Julio la importancia de los estudios relacionados con las literaturas prehispánicas. Así, al preparar la última edición de su Historia de la literatura mexicana, hizo algo que es rareza entre los sabios. Corrigió su propia obra e incluyó un nuevo capítulo acerca de las letras precolombinas, pues, como él mismo escribió, "los estudios del Padre Ángel María Garibay sobre la literatura náhuatl, singularmente su monumental historia de esa lengua, han venido a demostrar la existencia de las letras cultivadas por importante sector de los pueblos indígenas del centro de México" [1]

    Testimonio de la fina sensibilidad de don Julio lo ofrecen asimismo sus varias piezas de teatro, entre las que descuellan Balada de Navidad yLa silueta de humo, al igual que sus novelas de tema colonial como Sor Adoración Del Divino Verbo y MoisénHistorias de judaizantes e inquisidores. Ese mismo sentido humano que lo llevó a escribir obras de teatro, novelas, estudios literarios y monografías históricas, se manifestó siempre a través de su fecunda vida. Fue hombre afable y bondadoso, estimado por colegas y discípulos y por tantos amigos de más allá de las fronteras patrias, en América Latina, los Estados Unidos y Europa. Cuando, por méritos propios, ocupó los elevados puestos de secretario general de nuestra Alma Mater y, más tarde, de director de la Facultad de Filosofía y Letras, el maestro Jiménez Rueda encontraba siempre tiempo para recibir a profesores y estudiantes que acudían a él en busca de ayuda y consejo.

    Los últimos años de su vida los consagró a organizar el Centro de Estudios Literarios de la Universidad Nacional. Sus esfuerzos cristalizaron al fin. El Centro de Estudios Literarios, como él lo concibió y quiso, es en la actualidad uno de los organismos más activos de nuestra casa de estudios. A él pertenece la rica biblioteca legada por don Julio, y que con toda justicia, y como póstumo homenaje, lleva su nombre.

    Cuando el maestro Jiménez Rueda se marchó de este mundo, el 25 de junio de 1960, dejó como herencia espiritual, fruto de infatigable laboriosidad, muchos trabajos en verdad estimables y, lo que es aún más valioso, dejó discípulos e instituciones que habrían de continuar su obra. El recuerdo de don Julio, ilustre antecesor en la Academia, maestro generoso, seguirá siendo ejemplo para cuantos, como él, han sentido vocación genuina por las letras y la historia.

    Hablando ante quienes profesan el arte del bien decir, me pareció que no estaría fuera de lugar tratar en esta ocasión acerca de esos sabios prehispánicos que recibieron también el título de maestros de la palabra. De ellos se habla con frecuencia en la rica documentación recogida en náhuatl por investigadores eximios como fray Andrés de Olmos, fray Bernardino de Sahagún y sus discípulos indígenas.

    Los maestros de la palabra, los tlatolmatinime, como se les llamó en su lengua, eran sacerdotes, poetas y sabios, autores de discursos, empeñados en dominar el difícil arte de expresar el pensamiento con el matiz adecuado y la metáfora que abre el camino a la comprensión. Eran, como se lee en un texto indígena, “artistas del labio y la boca, dueños del lenguaje noble y la expresión cuidadosa”. Muchos de ellos, eran también maestros en los centros prehispánicos de educación, donde, junto con lo mejor de la herencia cultural prehispánica, se enseñaba también el tecpillatolli, o sea el lenguaje noble y cuidado. Esos mismos maestros de la palabra habían creado las que se llamaban icniúhyotl, fraternidades de sabios y poetas, que se reunían con frecuencia para dar a conocerlas ideas, composiciones y discursos de sus miembros.

    De estos sabios antiguos y de su misión en el México prehispánico, es mucho lo que podría decirse, con apoyo siempre en el testimonio de las fuentes indígenas. Trataremos aquí tan sólo de su profesión de maestros en los centros de educación, de sus reuniones y diálogos y de algunas de sus más notables creaciones genuinamente literarias. Es bien sabido que en el mundo náhuatl existían, por así decirlo, dos formas de lenguaje: el macehuallatolli, o forma de hablar de la gente del pueblo, y el tecpillatolli, expresión cuidadosa de los sabios y poetas. Era precisamente en los centros superiores de educación, en los llamados calmécac, donde se enseñaba a los jóvenes, entre otras cosas, el lenguaje noble y la expresión cuidadosa. Leemos así en el Códice Florentino, que los maestros “enseñaban a los jóvenes a hablar bien, a tratar con las personas, distinguiendo su rango [...] les enseñaban los versos de canto para cantar, los que llamaban cantos divinos, escritos en sus códices con caracteres” [2] Principiaba así la educación por lo que hoy llamaríamos, siguiendo la terminología clásica, el estudio de la literatura, las humanidades y la retórica. Los maestros de la palabra, que como dice otro texto, se proponían formar “rostros sabios y corazones firmes”, estaban convencidos de que nada podría lograrse si los educandos no aprendían el arte de saber expresarse a sí mismos. Para lograr esto, enseñaban a los jóvenes los antiguos poemas, en los que se narraban los mitos y leyendas, los cantares divinos y Ias composiciones de los más famosos poetas. Los estudiantes escuchaban la explicación de los poemas y los aprendían de memoria con fidelidad asombrosa. De este modo adquirían el sentido del bien decir, juntamente con lo mejor del legado espiritual de su propia cultura. Entre los maestros de la palabra había también algunos que tenían por oficio enseñar al pueblo en general los cantares divinos, así como examinar y aprobar las nuevas composiciones. Recibían el título de “conservadores”, tlapizcatzitzin , quienes reunían a la gente en los distintos barrios para enseñarles los cantos y tradiciones.

    Acerca de sus funciones, textualmente se lee en el Códice Matritense: "El conservador tenía cuidado de los cantos de los dioses, de todos los cantares divinos. Para que nadie errara, cuidaba con esmero de enseñar él a la gente los cantos divinos en todos los barrios. Daba pregón para que se reuniera la gente del pueblo y aprendiera bien los cantos". [3]

    Eran los sacerdotes de Epcohua, “El dueño de la serpiente de nácar”, uno de los títulos de Tláloc, dios de la lluvia, los encargados de emitir su fallo acerca de los nuevos himnos y cantos que se componían: "El oficio del sacerdote de Epcohua Tepictoton era el siguiente: disponía lo referente a los cantos. Cuando alguien componía cantos, se lo decía a él para que presentara, diera órdenes a los cantores, de modo que fueran a cantar a su casa. Cuando alguien componía cantos, él daba su fallo acerca de ellos". [4]

    Se sabe que precisamente los maestros de la palabra pedían con frecuencia a sus discípulos que prepararan ellos mismos cantares y composiciones, que después, corregidos y aprobados, habrían de recitar en público. Así era como los estudiantes de los calmécac iban adiestrándose, guiados por los viejos maestros de Ia palabra, en el arte del bien decir. Los jóvenes anteriormente inexpertos, 
    al cabo de algunos años hacían realidad en sí mismos el ideal náhuatl del narrador o del poeta. El ideal que, en forma plástica, les había sido presentado por sus maestros al estudiar Ia figura del buen y el mal orador. Escuchemos el antiguo texto conservado en el Códice Matritense:

    El Narrador: 
    donairoso, dice las cosas con gracia, 
    artista del labio y la boca. 

    El buen narrador: 
    de palabras gustosas, de palabras alegres, 
    flores tiene en sus labios. 
    En su discurso las consejas abundan, 
    de palabra correcta, brotan flores de su boca, 
    su discurso: gustoso y alegre como las flores; 
    de él es el lenguaje noble y la expresión 
    cuidadosa. 

    El mal narrador: 
    lenguaje descompuesto, 
    atropella las palabras, 
    labio comido, mal hablado. 
    Narra cosas sin tino, las describe, 
    dice palabras vanas, 
    no tiene vergüenza.[5]

    La descripción del buen y mal narrador deja ya ver que los maestros de Ia palabra no sólo cuidaban de la forma externa, sino que, sobre todo, se esforzaban por despertar en los estudiantes el sentido más hondo de Ia metáfora y la poesía. Expresamente se dice en el texto citado que el buen orador “flores tiene en sus labios [...] que su discurso es gustoso y alegre como las flores” La metáfora de Ias flores que parece obvia, ya que en castellano tenemos también Ia expresión parecida de “un lenguaje florido”, implicaba en realidad para los antiguos mexicanos toda una concepción acerca de la creación artística y literaria. 

    Muchas veces aparece en los discursos, en los himnos y poemas Ia expresión idiomática náhuatl “flor y canto”. Como lo notó el Padre Garibay, al analizar lo que cabe llamar estilística propia del náhuatl:

    existe en esta lengua un procedimiento que consiste en expresar una misma idea por medio de dos vocablos que se complementan en el sentido, ya por ser sinónimos, ya por ser adyacentes. Varios ejemplos del castellano explicarán mejor: “a tontas y a locas; a sangre y fuego; contra viento y marea; a pan y agua”, etcétera. Esta modalidad de expresión es rara en nuestras lenguas, pero es normal en el náhuatl.[6]

    Entre los ejemplos que pueden darse de esta forma de expresión está el de “flor y canto”. Su sentido metafórico es primordialmente el de poesía, pero, también, el de arte y simbolismo en general.

    Flor y canto, poesía, arte, símbolo, eran para los sabios antiguos, para los maestros de la palabra, el camino difícil, quizá la senda única, que podría llevar al hombre a balbucir palabras verdaderas en Ia tierra, palabras capaces de dar raíz a quienes viven en un mundo en el que todo es como un sueño, como un plumaje de quetzal que se desgarra.

    Para acercarse a la comprensión y posible expresión de los eternos problemas propios de la condición de mortales, los jóvenes indígenas recibían de sus maestros Ia doctrina y el método de “Ia flor y el canto”. Escuchando las que podrían Ilamarse composiciones clásicas de sus grandes poetas, adquirirían conciencia de lo que podía implicar el descubrimiento del mundo mágico de los símbolos y el arte. Entre esas composiciones estaba tal vez el siguiente poema, en el que el sabio rey Nezahualcóyotl con maravillosa concisión, expresa lo que significó para él este mismo descubrimiento:

    Hasta ahora lo comprende mi corazón: 
    escucho un canto, 
    contemplo una flor, 
    ¡ojalá no se marchite![7]

    Mas comprender en el corazón el valor de flor y canto, era sólo el principio. Crear poesía y arte exigía mucho más. Era necesario aprender a dialogar con el propio corazón, encontrar afanosamente el simbolismo de lo divino, hasta convertirse en un ser endiosado, dotado del extraño poder de transformar las palabras y enseñar a mentir a las cosas. Todo esto era y es en extremo difícil. El sabio Cuacuauhtzin, hijo del célebre Tezozómoc de Azcapotzalco, había expresado quizá mejor que nadie la angustia que causa al verdadero poeta no poder encontrar el símbolo o la metáfora tantas veces buscada, para decir de algún modo lo que en Ia meditación o el ensueño soslayó el corazón: 

    Flores con ansia mi corazón desea, 
    sufro con el canto, 
    sólo ensayo cantos en la tierra. 
    Yo, Cuacuauhtzjn 
    ¡Quiero flores que duren en mis manos! 
    ¿Dónde hallaré hermosas flores, 
    hermosos cantos?[8]


    La explicación de esta angustia se encuentra tal vez en una sutil forma de deficiencia o pobreza inherente a los humanos. Sabemos, como decía otro poeta de Anáhuac, que “del interior del cielo parecen venir las bellas flores, los bellos cantos”, pero también somos conscientes de que “los afea nuestro anhelo, nuestra inventiva los echa a perder”. Comentando estos y otros poemas, los maestros de la palabra formaban generaciones de hombres, dentro de los ideales de la antigua cultura. Muchos de esos estudiantes habrían de participar en la creación no interrumpida de la visión prehispánica del mundo, de la que esculturas, monumentos y códices ofrecen sólo un trasunto. 

    Pero no hay que olvidar que, además de maestros, los sabios de la palabra eran ellos mismos creadores de poesía, historiadores, autores de discursos y narraciones. Los dos volúmenes de la Historia de la literatura náhuatl del Padre Garibay, dan ya buen testimonio de esto. Para acercarnos ahora a los antiguos maestros, en su función de forjadores de cantos, tal vez sea útil evocar el recuerdo de una de aquellas reuniones en las que sabios y poetas daban a conocer sus propias composiciones. Ya dijimos que en el México Antiguo existían fraternidades de poetas y oradores. Recibían éstas distintos nombres. Unas veces eran llamadas cohuáyotl, que quiere decir “comunidad”; otras veces icniúhyotl que significa “amistad y conjunto de los amigos”. Alguien ha dicho que esas antiguas reuniones de poetas y sabios podrían considerarse como el antecedente indígena de las que serían más tarde nuestras sociedades y academias. Ya don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, había notado esto mismo, en forma por demás pintoresca, al describir los palacios del señor Nezahualcóyotl. Había en ellos, refiere, “la sala grande y muchos cuartos a la redonda [...] en donde asistían todos los poetas, históricos y filósofos del reino, divididos en sus clases y academias”.[9] Unas veces allí, y otras en sus huertos y jardines, repetían y cantaban “los cantos de sus historias, cosas de moralidad y sentencias”. [10]

    Recordemos aquí una de esas reuniones de poetas y sabios cuyo tema fue precisamente esclarecer el más hondo sentido de la poesía. Fue probablemente hacia el año de 1490. Varios maestros de la palabra, venidos de diversos lugares, se reúnen en la casa del señor Tecayehuatzin, príncipe de Huexotzinco. Los invitados se acomodan en esteras bajo la sombra de frondosos ahuehuetes en algún huerto cercano al palacio de su huésped Tecayehuatzin. Como es costumbre, antes de dar principio al diálogo, los criados distribuyen el tabaco y las jícaras de chocolate.

    El diálogo, conservado en idioma náhuatl en un viejo manuscrito que guarda la Biblioteca Nacional, se inicia con una salutación del señor Tecayehuatzin. Expresa éste su deseo de conocer cuál puede ser el significado más hondo de flor y canto: poesía, arte y símbolo. ¿Cuál es, se pregunta, el origen de Ias flores y los cantos? ¿Es posible decir en la tierra palabras verdaderas? ¿Es destino del hombre emprender búsquedas sin fin, pensar que alguna vez ha encontrado lo que anhela y al fin tener que marcharse, dejando aquí sólo el recuerdo de sus cantos?

    Las preguntas de Tecayehuatzin reciben muy distintas respuestas. Una a una, los varios invitados las van formulando. El sabio Ayocuan sostiene que el arte y el símbolo son un don de los dioses. Pero duda acerca de lo que hoy llamaríamos su posible valor trascendente. Ayocuan no sabe si las flores y los cantos pueden perdurar más allá en ese mundo que dicen que existe después de la muerte y que llaman “nuestra casa común de perdernos”. Escuchemos sus palabras:

    ¿He de irme como las flores que perecieron? 
    ¿Nada quedará de mi nombre? 
    ¿Nada de mi fama aquí en la tierra? 
    ¡Al menos mis flores, al menos mis cantos! 

    Aquí en la tierra es la región del momento 
    [fugaz. 

    ¿También es así en el lugar 
    donde de algún modo se vive? 
    ¿Hay allá alegría, hay amistad? 
    ¿O sólo aquí en la tierra hemos venido 
    a conocer nuestros rostros?[11]

    Por su parte, Aquiauhtzin, poeta de Ayapanco, da a la poesía un sentido distinto. Evade la cuestión de la supervivencia de la poesía, del arte y del símbolo, y afirma que para él flores y cantos son la forma de invocar al supremo Dador de la Vida. Este tal vez se hace presente a través del arte y del símbolo. En el mejor de los casos, puede decirse que lo buscamos, como quien, entre las flores, va en pos de un amigo.

    Con un pensamiento más hondo, Cuauhtencoztli, uno de esos sabios indígenas a quienes puede aplicarse el título de filósofos, responde con Ia expresión de su duda sobre Ia verdad misma del arte, porque duda así mismo acerca de Ia posible raíz que pueda tener el hombre en Ia tierra:

    Yo Cuauhtencoztli –exclama- aquí estoy 
    [sufriendo. 
    ¿Tienen verdad acaso los hombres? 
    ¿Mañana será todavía verdadero nuestro 
    [canto? 
    ¿Qué está por ventura en pie? 
    ¿Qué es lo que viene a salir bien? 
    Aquí vivimos, aquí estamos, 
    pero somos indigentes, ¡oh amigos 
    [nuestros![12]

    A Cuauhtencoztli le responden el mismo Tecayehuatzin y otro poeta amigo. Con sus palabras quieren disipar la que consideran actitud pesimista. Flores y cantos, arte y símbolo, son lo único que puede ahuyentar la tristeza; son riqueza y alegría de los hombres en la tierra.

    El diálogo acerca del sentido de la poesía y el arte, descritos ya como don de los dioses, posible recuerdo del hombre en la tierra, camino para encontrar a la divinidad, y riqueza de los humanos, toma ahora un sesgo distinto. El señor Xayacámach afirma que flor y canto, poesía y arte, son, al igual que los hongos alucinantes, el medio mejor para embriagar los corazones y olvidarse aquí de la tristeza. Cuando en las reuniones sagradas se consumen los hongos, uno mira visiones maravillosas, formas evanescentes de diversos colores, todo más real que la realidad misma. Pero, después, ese mundo fantástico se desvanece como un sueño, deja al hombre cansado y no existe más. Para Xayacámach esto es el arte y el símbolo, Ias flores y los cantos.

    Otras opiniones se formulan acerca del mismo tema. Alguien dice que sólo recoge flores para techar con ellas su cabaña, junto a la casa de Ias pinturas. El diálogo se acerca a su fin. Poco antes de terminar, el mismo huésped de la reunión, el príncipe Tecayehuatzin, vuelve a tomar la palabra: él sigue creyendo que flor y canto es tal vez la única manera de decir palabras verdaderas en la tierra. Pero, como tiene conciencia de que su punto de vista no ha sido universalmente aceptado, expresa una última idea, con la que estarán todos de acuerdo: flor y canto, poesía y arte, son precisamente lo que hace posible la reunión de los amigos.

    Oigamos sus palabras:

    Ahora, oh amigos, 
    escuchad el sueño de una palabra: 
    cada primavera nos hace vivir, 
    la dorada mazorca nos refrigera, 
    la mazorca rojiza se nos torna un collar. 
    ¡Sabemos que son verdaderos 
    los corazones de nuestros amigos![13]

    Las palabras dichas por Tecayehuatzin y sus amigos poetas, sencillas y hondas, parecerán tal vez un atisbo de varias de las más recientes concepciones acerca del arte. En sí mismo, el diálogo revela sin duda la preocupación de los sabios prehispánicos por formular una especie de doctrina estética que pudiera guiarlos en su profesión de creadores de flores y cantos. Obviamente, la reflexión acerca de flor y canto había sido posible gracias a la existencia de incontables poemas, discursos y narraciones. Las respuestas dadas en el diálogo suponen la experiencia personal e íntima de cada uno de los varios artistas y poetas. Y suponen también Ia reflexión que descubre vivencias e intuiciones que, por considerarse tal vez valiosas, deben ser comunicadas, aunque para lograr esto sea necesario afanarse en busca de la expresión capaz de evocar en los otros algo de lo que el propio corazón, en su soledad, ha logrado intuir y vivir. Como maestros de la palabra, los poetas y sabios prehispánicos encontraron algunas veces Ia forma precisa, el lenguaje noble, la metáfora henchida de sentido, capaz de evocar su vivencia. El legado literario del México antiguo da testimonio de esto. No es éste lugar de hacer un catálogo de los muchos manuscritos en los que se conservan los textos genuinamente literarios en idioma náhuatl. Diremos sólo que, sin hipérbole, existen millares de folios en bibliotecas y archivos con himnos y poemas, discursos y narraciones, en espera de estudio, análisis y traducción. Para mostrar solamente un poco la riqueza de esta literatura, además de ofrecer la versión castellana de unas cuantas composiciones, ayudará recordar brevemente algunos de sus principales recursos o procedimientos estilísticos. 

    De uso casi constante en la poesía y los discursos en náhuatl es el paralelismo o reiteración de una misma idea. Unas veces se trata de dos frases que se complementan en el sentido o apuntan, por medio de dos metáforas distintas, hacia un mismo pensamiento o intuición. Otras veces, en dos líneas paralelas se contraponen ideas en forma antitética. Algunos ejemplos aclararán mejor esto.

    En el siguiente poema, en el que se canta la grandeza de la ciudad de México-Tenochtitlan, los paralelismos que complementan el pensamiento son abundantes. Dice el poeta:

    Haciendo círculos de jade está tendida 
    [la ciudad, 
    irradiando luz cual pluma de quetzal está 
    [aquí México. 

    Las líneas siguientes del mismo poema son ejemplo de paralelismo por antítesis. El esplendor de la ciudad, del lago y de los príncipes se contrapone ahora con la niebla que todo lo envuelve: 

    A la ciudad son llevados en barcas los 
    [príncipes: 
    sobre ellos se extiende una niebla florida.[14]

    Otro rasgo propio de la estilística náhuatl es el llamado difrasismo. Consiste éste en la yuxtaposición de dos palabras que se complementan en el sentido, evocando generalmente una tercera idea en forma metafórica. Esta expresión estilística, poco usada en las lenguas indo-europeas, es frecuente en náhuatl. Ejemplos de difrasismo son los siguientes: “flor y canto”, que, como hemos visto, significa metafóricamente poesía, arte y símbolo; “agua y fuego”, que implica la idea de la guerra; “silla y estera”, evocación del poder y el mando; “rostro y corazón”, la persona humana; “jade y quetzal”, la belleza, etcétera. Como puede verse, el uso de los difrasismos da a la expresión lírica recursos en verdad extraordinarios. Gracias al difrasismo, el mundo de la metáfora entra de lleno en la literatura indígena. Otro procedimiento estilístico, frecuente como aquél en la poesía náhuatl, es el estribillo, usado también en otras literaturas y que se dirige fundamentalmente a imprimir en quien lee o escucha, lo que pudiera considerarse concepto central de la composición poética. 

    Son, finalmente, las que el Padre Garibay ha llamado “palabras broche” otro de los recursos estilísticos en la literatura náhuatl. Consiste este procedimiento en la repetición de ciertas palabras que ligan un desarrollo lírico con otro en las varias secciones del poema. Con frecuencia Ias “palabras broche” suelen ser difrasismos, que evocando varias veces la misma metáfora, ligan y dan unidad al poema.

    Estos y otros recursos más, empleados innumerables veces por los antiguos forjadores de cantos, dan a sus composiciones carácter propio e inconfundible. Los ejemplos que aduciremos, mostrarán mejor que nada lo dicho. Entre los millares de folios en los que se conserva el legado literario del mundo náhuatl, existen textos de grande antigüedad. Algunos provienen quizá de los tiempos toltecas y aun posiblemente del esplendor teotihuacano. Como en el caso de otras literaturas, resulta difícil precisar quiénes fueron los autores de los más antiguos mitos, leyendas y cantares. Es probable que en algunos casos los maestros de la palabra hayan fijado y depurado posterior mente muchas de esas composiciones, en su mayoría de carácter religioso. Para dar sólo un ejemplo de esos himnos sacros repetidos a través de los siglos, será bueno recordar una de las muchas invocaciones al supremo dios dual, padre y madre de todo cuanto existe: 

    Madre de los dioses, padre de los dioses: 
    el dios viejo. 
    Tendido en el centro de Ia tierra, 
    vive en un encierro de turquesas, 
    habita en las aguas de color de pájaro azul, 
    está en lo alto de las nubes; 
    el dios viejo, 
    mora en Ias sombras de la región 
    [de los muertos: 
    es el señor del fuego y del tiempo.[15]

    Este antiguo himno, afirmación de la omnipresencia del supremo dios, padre y madre universal, deja entrever ya lo elevado del pensamiento indígena acerca de la divinidad. En contraste con el himno anterior, se encuentran otros muchos cantares, verdadera exaltación del misticismo guerrero de los aztecas. Algunos de ellos fueron compuestos por autores anónimos; otros, como el siguiente tomado del Manuscrito de Cantares de la Biblioteca Nacional, se deben a auténticos maestros de la palabra: 

    Desde donde se posan las águilas, 
    desde donde se yerguen los tigres, 
    el Sol es invocado. 

    Como un escudo que baja, 
    así se va poniendo el Sol. 
    En México está cayendo la noche, 
    la guerra merodea por todas partes, 
    ¡Oh Dador de la vida! 
    Se acerca la guerra. 

    Orgullosa de sí misma 
    se levanta la ciudad de México-Tenochtitlan. 
    Aquí nadie teme Ia muerte en la guerra. 
    Esta es nuestra gloria. 
    Este es tu mandato. 
    ¡Oh Dador de la vida! 
    Tenedlo presente, oh príncipes; 
    no lo olvidéis. 
    ¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlan? 
    ¿Quién podrá conmover los cimientos 
    [del cielo? [...] 

    Con nuestras flechas, 
    con nuestros escudos, 
    está existiendo la ciudad, 
    ¡México-Tenochtitlan subsiste! [16]

    Así proclamaban los aztecas hacia los cuatro rumbos del universo su gran poderío y el esplendor extraordinario de su ciudad. Pero, si estas composiciones son ya muestra elocuente de la literatura prehispánica, todavía ofrecen mayor interés los discursos y creaciones de algunos sabios, en los que la flor y el canto, el símbolo y la poesía, parecen encontrar su mejor expresión. Es bien conocida la preocupación de algunos pensadores nativos, como el célebre Nezahualcóyotl o el ya mencionado Tecayehuatzin, que se empeñaban en ir más allá del culto y las doctrinas de aceptación popular en busca de un concepto más adecuado de Dios. Los sabios de los tiempos aztecas conocían la antigua tradición de un dios supremo, Dador de la vida, Dueño de la cercanía y la proximidad que existe inventándose siempre a sí mismo. Las colecciones de cantares indígenas que hoy en día se conservan, ofrecen varios ejemplos de éstas que cabe llamar meditaciones acerca del misterio de Dios. Obras de profundo sentido lírico y religioso, podrán recordar a veces los salmos hebreos o los himnos de los Vedas.


    Fue Nezahualcóyotl autor de varios de estos poemas acerca del Dador de la vida. Citaremos aquí dos de los más bellos. En el primero, incluido en el manuscrito que conserva la Universidad de Texas, se pregunta el sabio príncipe de Tezcoco dónde puede estar la casa del inventor de sí mismo. Como si entre Ias flores buscara a alguien, así va en pos de Tloque Nahuaque, el Dueño de la cercanía y la proximidad. Para encontrarlo, es menester acercarse a él por el camino de Ia poesía: 

    No en parte alguna puede estar la casa 
    [del inventor de sí mismo. 
    Dios, el señor nuestro, por todas partes 
    [es invocado, 
    por todas partes es también venerado. 
    Se busca su gloria, su fama en Ia tierra. 

    Él es quien inventa las cosas, 
    él es quien se inventa a sí mismo: Dios. 

    Por todas partes es invocado, 
    por todas partes es también venerado. 
    Se busca su gloria, su fama en la tierra. 

    Nadie puede aquí, 
    nadie puede ser amigo 
    del Dador de la vida: 
    sólo es invocado, 
    a su lado, 
    junto con él, 
    se puede vivir en la tierra. 

    El que lo encuentra, 
    tan sólo sabe bien esto: él es invocado, 
    a su lado, junto a él, 
    se puede vivir en la tierra. 
    Nadie en verdad 
    es tu amigo, 
    ¡oh Dador de la vida! 
    Sólo como si entre las flores, 
    buscáramos a alguien, 
    así te buscamos, 
    nosotros que vivimos en la tierra, 
    mientras estamos a tu lado. 

    Se hastiará tu corazón, 
    sólo por poco tiempo 
    estaremos junto a ti ya tu lado. 

    Nos enloquece el Dador de la vida, 
    nos embriaga aquí, 
    nadie puede estar acaso a su lado, 
    tener éxito, reinar en Ia tierra. 

    Sólo tú alteras las cosas 
    como lo sabe nuestro corazón: 
    nadie puede estar acaso a su lado, 
    tener éxito, reinar en la tierra.[17]

    El segundo poema, debido también a Nezahualcóyotl, e incluido en la fuente ya citada, habla del modo como Dios da principio a las cosas. Con flores y cantos pinta y sombrea; como si estuviera escribiendo un códice, crea todo cuanto existe. Pero el mismo Dador de la vida es también quien fija término a la vida. Existimos en su gran libro de pinturas, pero algún día seremos borrados de él: 

    Con flores escribes las cosas, 
    ¡Oh Dador de la vida! 
    Con cantos das color, 
    con cantos sombreas 
    a los que han de vivir en la tierra. 

    Después destruirás 
    a águilas y tigres: 
    solamente en tu pintura vivimos, 
    aquí, sobre la tierra. 

    Con tinta negra borrarás 
    lo que fue la hermandad, 
    la comunidad, la nobleza. 
    Tú sombreas 
    a los que han de vivir en la tierra. 

    Después destruirás 
    a águilas y tigres: 
    solamente en tu pintura vivimos, 
    aquí, sobre la tierra.[18]

    El tema de la divinidad, principio y fin de los humanos, con ser tan frecuente en la poesía lírico-religiosa de los antiguos mexicanos, no es ciertamente el único. Hay que reconocer, como lo ha señalado el Padre Garibay, que vista con ojos occidentales, “la temática de esta poesía ronda en un círculo estrecho”.[19] Pero, como él mismo mejor que nadie lo ha mostrado, dentro de ese círculo tuvieron cabida otros varios temas: el placer de conversar con los amigos, la muerte con todos sus enigmas, el recuerdo de los príncipes y los sabios antiguos, las hazañas guerreras y el dulce amor de la mujer y los hijos, sin olvidar la existencia de unos cuantos poemas de carácter manifiestamente erótico. Recordaremos al menos uno, realmente extraordinario, en el que Ia mujer, el placer y la muerte son tema del diálogo con una ahuiani, alegradora o mujer pública, de los tiempos prehispánicos. Tan bien conocido debió haber sido este poema que lo encontramos en dos colecciones distintas, la que se conserva en la Biblioteca Nacional y Ia que guarda la Biblioteca de la Universidad de Texas. 


    A una alegradora

    ¡Ave roja de cuello de hule! 
    fresca y ardorosa, 
    luces tu guirnalda de flores. 

    ¡Oh, madre! 
    Dulce, sabrosa mujer, 
    preciosa flor de maíz tostado, 
    sólo te prestas, 
    serás abandonada, 
    tendrás que ir 
    a donde todos quedarán descarnados. 

    Aquí tú has venido, 
    frente a los príncipes, 
    tú, maravillosa criatura, 
    invitas al placer. 
    Sobre la estera de plumas amarillas y azules 
    aquí estás erguida. 
    Preciosa flor de maíz tostado, 
    sólo te prestas, 
    serás abandonada, 
    tendrás que ir 
    a donde todos quedarán descarnados.[20]

    El tema del amor y del placer, unido al recuerdo de la muerte, deja entrever un cierto sentimiento de tristeza, que con frecuencia se ha pensado es característico del alma indígena. Pero, en realidad, si hay tristeza en la poesía náhuatl, hay también muchas veces expresiones brillantes de la alegría de vivir en la tierra, gozando de todo cuanto es bueno y da placer. Se recuerdan así en los poemas las alegres charlas con los amigos, cuando juntos todos, escuchando quizá la suave música de las flautas, placenteramente fumaban con sus cañutos floridos. Adornarse con flores, compartir el fresco y espumoso chocolate, contemplar las danzas y las fiestas eran también cosas gratas. De los muchos poemas en elogio de la amistad citaremos uno, dejado por el noble guerrero azteca, el señor Temilotzin. Era éste un caballero tigre que cultivaba también la poesía. Temilotzin fue compañero de Cuauhtémoc y combatió a su lado contra los conquistadores. Según los Anales de Tlatelolco, antes de rendirse prefirió darse la muerte. Temilotzin, que había comprendido el mensaje de flor y canto, dejó dicho que como poeta, era un enviado de Dios. Había llegado a la tierra, transformado en poema, para hacer amigos aquí: 

    También yo he venido, 
    aquí estoy de pie: 
    de pronto cantos voy a forjar, 
    haré un tallo florido con cantos, 
    ¡Oh vosotros, amigos! 
    Dios me envía como un mensajero, 
    a mí transformado en poema, 
    a mí, Temilotzin. 
    También yo he venido 
    a hacer amigos aquí [21]

    Los pocos ejemplos dados, de entre los muchos que podrían aducirse, muestran ya que en el campo de la poesía se distinguieron ciertamente los maestros de la palabra. De sus discursos y de lo que llamaríamos prosa descriptiva e histórica, ofreceremos tan sólo un par de ejemplos. Proviene el primero de la colección de los llamados Huehuetlatolli, o discursos de los ancianos, recogidos por fray Bernardino de Sahagún y conservados en el Códice Florentino. Son las palabras del padre indígena que con lenguaje noble da a conocer a su hijita, llegada ya a la edad de discreción, cuáles son las cosas buenas concedidas a los humanos en la tierra por el Dador de la vida. Las palabras del padre náhuatl muestran una vez más cuán falso es pensar que todo era tristeza y pesimismo en el mundo indígena: 

    Para que no siempre andemos gimiendo, para que no estemos llenos de tristeza, el Señor Nuestro nos dio a los hombres la risa, el sueño, los alimentos, nuestra fuerza y nuestra robustez y finalmente el acto sexual, por el cual se hace siembra de gentes.

    Todo esto embriaga la vida en la tierra, de modo que no se ande siempre gimiendo. Pero, aun cuando así fuera, si saliera verdad que sólo se sufre, si así son Ias cosas en Ia tierra, ¿acaso por esto se ha de estar siempre con miedo? ¿Habrá que estar Siempre temiendo? ¿Habrá que vivir llorando? Porque se vive en la tierra, hay en ella señores, hay mando, hay nobleza, águilas y tigres. ¿Y quién anda diciendo siempre que así es en la tierra? ¿Quién anda tratando de darse la muerte? Hay afán, hay vida, hay lucha, hay trabajo. Se busca mujer, se busca marido.[22]


    Tal es, de acuerdo con la antigua sabiduría, la condición del hombre en la tierra. Es aquí lugar de alegría penosa, mas no por esto se tendrá que hacer de la vida una queja. Hay que vivir para cumplir la misión que ha dado a los hombres el Dueño de la cercanía y la proximidad. El mismo recuerdo de los hechos pasados ayuda también muchas veces a aceptar con decisión el propio destino. Por esto se preocuparon los ancianos por guardar la tradición, el recuerdo de la antigua estirpe y de su grandeza. Don Fernando Alvarado Tezozómoc, descendiente de nobles aztecas, escribió como introducción a su Crónica Mexicáyotl el siguiente párrafo en el que se descubre el interés náhuatl de todos los tiempos por conservar y aprovechar la memoria de lo que fue su pasado: 

    Así lo vinieron a decir, 
    así lo asentaron en su relato, 
    y para nosotros lo vinieron a dibujar 
    [en sus papeles 
    los ancianos, las ancianas. 

    Eran nuestros abuelos, nuestras abuelas, 
    nuestros bisabuelos, nuestras bisabuelas, 
    nuestros tatarabuelos, nuestros antepasados, 
    se repitió como un discurso su relato, 
    nos lo dejaron, 
    y vinieron a legarlo 
    a quienes ahora vivimos, 
    a quienes salimos de ellos. 

    Nunca se perderá, nunca se olvidará 
    lo que vinieron a hacer, 
    lo que vinieron a asentar en las pinturas: 
    su renombre, su historia, su recuerdo. 
    Así en el porvenir 
    siempre lo guardaremos 
    nosotros, hijos de ellos, los nietos, 
    hermanos, bisnietos, tataranietos, 
    [descendientes, 
    quienes tenemos su sangre y color, 
    lo vamos a decir, lo vamos a comunicar 
    a quienes todavía vivirán, habrán de nacer, 
    los hijos de los mexicas, los hijos 
    [de los tenochcas...

    Aquí, tenochcas, aprenderéis cómo empezó 
    la renombrada, la gran ciudad, 
    México-Tenochtitlan, 
    en medio del agua, en el tular, 
    en el cañaveral, donde vivimos, 
    donde nacimos, 
    nosotros los tenochcas.[23]

    Textos como éste de carácter histórico son abundantes en los documentos indígenas. 

    Los ejemplos que hemos dado prueban ya que los maestros de la palabra fueron en realidad forjadores de flores y cantos, poemas, discursos y crónicas. Muestran que en el México prehispánico hubo una rica literatura, que no puede ser ignorada por quienes se ocupan de la historia de nuestras letras. Mucho queda aún por hacer. Nuestra Universidad Nacional ha dado cabida desde hace seis años al Seminario de Cultura Náhuatl. En él, bajo la dirección del ya varias veces citado Padre Garibay, hemos comenzado a publicar los que en rigor pueden llamarse nuestros clásicos indígenas. Se preparan allí también estudiantes en el conocimiento de la lengua y la cultura náhuatl para continuar el lento, pero seguro acercamiento a las que han sido y son nuestras más hondas raíces culturales.

    Desde otro punto de vista, la Academia trabaja también en el estudio de los incontables mexicanismos que enriquecen aquí nuestra habla castellana. Muchos de esos mexicanismos, de origen náhuatl, se ponen en conocimiento de la Academia Española, para lograr su inclusión en el diccionario. Esto no sólo es conveniente, sino aun necesario, si recordamos que no pocos de los mexicanismos de origen náhuatl son de uso común en otros países hermanos del Continente y aun en la misma Península.

    Más grande será nuestra riqueza cultural, si ahondamos en el legado lingüístico y literario de los tiempos prehispánicos. México, de rostro y corazón mestizo, precisamente por el arte de sus antiguas culturas indígenas, ha atraído sobre sí la atención del mundo. El arte de la pintura mural y del grabado contemporáneo, la poesía misma, sutilmente parecen haber descubierto, con la comprensión y el sentido propios de la América nueva, el antiguo mensaje de flor y canto. Maestros como Orozco y Rivera, poetas y escritores como Octavio Paz, Agustín Yáñez y Rubén Bonifaz Nuño, para sólo citar unos cuantos, han encontrado en el misterio de lo indígena caminos nuevos para acercarse al mundo de los símbolos.

    Por todo esto, al llegar a la Academia, he querido volver la mirada hacia quienes primero que nadie cultivaron aquí el arte del bien decir. Para nosotros no serán vanas las enseñanzas de los maestros del mundo precolombino. Con vuestra venia, hago propias, por vía de conclusión, las siguientes palabras de un antiguo poeta náhuatl, que supo vivir la amistad y comprender el valor de toda expresión en verdad humana:

    ¡Exista aquí la amistad! 
    Es tiempo de conocer nuestros rostros. 
    Tan sólo con flores 
    se elevará nuestro canto. 
    Nos habremos ido a su casa, 
    pero nuestras palabras 
    vivirán aquí en la tierra. 
    Iremos dejando 
    nuestra pena: nuestro canto. 
    Por esto será conocido, 
    resultará verdadero el canto. 
    Nos habremos ido a su casa, 
    pero nuestras palabras 
    vivirán aquí en la tierra.[24] 


    [1] Jiménez Rueda, Julio, Historia de la Literatura Mexicana, 6a. ed., México, Ediciones Botas, 1957, p. 7.

    [2] Códice Florentino (Textos de los informantes de Sahagún), libro III, Apéndice.

    [3] Códice Matritense del Real Palacio , fol. 259, r.

    [4] Opcit., fol. 260, r.

    [5] Códice Matritense de la Real Academia de Ia Historia . (Textos de los Informantes de Sahagún).

    [6] Garibay K., Ángel Ma., Llave del náhuatl, Otumba, México, 1940, p. 112.

    [7] Manuscrito de los Romances de los Señores de la Nueva España , conservado inédito en Ia Colección Latinoamericana de la Universidad de Texas, fol. 19, r.

    [8] Manuscrito de Cantares Mexicanos , Biblioteca Nacional de México, fol. 9, r.

    [9] Alva Ixtlilxóchitl, Fernando, Obras históricas, tomo II, p. 179.

    [10] Opcit., p. 178.

    [11] Ibid., fol. 10, r.

    [12] Ibid., fol. 10 v.

    [13] Ibid., fol. 11 v.

    [14] Manuscrito de Cantares Mexicanos , fol. 22 v.

    [15] Códice Florentino, libro VI, fol. 34 r.

    [16] Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México, folios 19 v. y 20 r.

    [17] Manuscrito de los Romances de los Señores de la Nueva España, fol. 4v. y 5 r.

    [18] Ibid., fol. 35 r.

    [19] Garibay K, Ángel Ma., Historia de la literatura náhuatl, 2 vols, t. 1, México, Porrúa, 1953-54, p. 99.

    [20] Manuscrito Romances de los Señores de la Nueva España , foI. 7 r.

    [21] Ibid. 6 v.

    [22] Códice Florentino, libro VI, fol. 74 v.

    [23] Crónica Mexicáyotl , texto náhuatl y traducción de A. León, México, Instituto de Historia, Imprenta Universitaria, 1949, pp. 4-6.

    [24] Manuscrito de la Colección Latinoamericana de Ia Universidad de Texas, foI. 27 v.

     

    Ideales de la cultura náhuatl

     

    I

    Aquí tenéis, señores, un caso evidente en que los hechos desmienten a las palabras. Acaba de decirnos el doctor León-Portilla que viene a esta venerable institución “con menos que escasos méritos”. Dice que la sorpresa y el temor vienen acompañando su ingreso a la Academia. Tomado esto a la letra pudiera interpretarse como ofensivo para la sede del cultivo y defensa de nuestra lengua. Fuera como decir que viene por favores, por benevolencia, o por intrigas de quien le haya propuesto. Y no es así. Una cosa es que sus méritos, precisamente por su juventud, no hayan sido propalados por la fama a los cuatro vientos, y otra que ellos no existan. En ésta mi breve respuesta haré por señalarlos para quien no los conozca. Aunque el que haya oído su discurso podrá ya por él solo darse cuenta plena de la forma en que usa de la lengua, de la manera luminosa con que expone los conceptos, y la hondura de sus conocimientos en el campo de la antigüedad mexicana, precisamente el más difícil y el menos explorado: el dominio del pensamiento.

    Debo hacer antes algunas observaciones. Estoy seguro de que muchos habrán pensado que yo influí en su ingreso a la Academia, precisamente por haber sido mi discípulo en la preparación de la tesis magistral de su doctorado en nuestra Universidad. Debo confesar que ni siquiera di mi voto en ningún sentido, como lo vengo haciendo hace meses, con la sola excepción de un voto negativo que di a uno de los más recientes académicos. Voy a revelar quiénes propusieron al joven candidato. Si esto es revelar un secreto, pido se me excuse, aunque, como no asisto a las Sesiones de la Academia, no puede decirse que revelo lo que no oí en ellas.

    Lo propusieron tres brillantes miembros de esta institución. El primero fue el licenciado Yáñez. Enigmático por sus multiformes actividades, es uno de los valiosos elementos con que la Academia cuenta. Novelista de los mejores de nuestras letras vivas, ha podido unir en su persona los vuelos de la elevación creadora que la novela exige, con la mano prudente y el eje certero del político, gobernando a Jalisco, acaso el estado más difícil de gobernar en toda la Federación Mexicana.

    El segundo fue el doctor Guisa y Acevedo. Pintoresco e inquieto, siempre en plan de romper lanzas con todo el mundo, fue comparado con Esaú por nuestro difunto colega don Luis Ma. Martínez, que gustaba de aplicarle la frase con que la Biblia calificó a aquel caudillo: “La mano de todos contra él y la mano de él contra todos”. No le impidió su Lovaina dar pase al investigador de la filosofía náhuatl, muy al contrario de otros estudiosos de la filosofía, que han hecho un cerco de espinas con su incomprensión.

    El tercero fue el doctor González Montesinos. Todo el mundo lo conoce en su afán de mantener pura y limpia la lengua de Cervantes. Verdadero Quijote de esta deturpada Dulcinea, anda siempre a caza de gazafatones que clava con espinas en la cartelera de sus museos literarios. Esta obra suya de higiene lingüística muy apreciable nos impide apreciar la más madura y honda, bien arraigada en un macizo humanismo, en sus cátedras y en sus libros. Estos son los padrinos de ingreso de León-Portilla. No sin discusión por cierto, fue elegido con la necesaria cifra de votos. Como maestro suyo y amigo hago una manifestación de gratitud a estos tres ilustres académicos. No serán defraudados por el candidato de ayer y el colega de hoy.

    Antes de hablar de él, quisiera hacer también un recuerdo del académico cuya silla hereda. Digo el gran Julio Jiménez, de quien nos ha dado una fisonomía literaria suficiente y luminosa. Voy a agregar algunos datos, precisamente por desconocidos u olvidados de todos los que hablan de Jiménez Rueda. Lo conocí desde 1913, en que nos juntamos en Ia redacción de El Estudiante. Era el año en que la ciudad se curaba las cicatrices de la Decena Trágica. En plena Revolución, un grupo de jóvenes que llevaba el entusiasmo como riqueza y tenía los ideales sobre humanos como fuente de energía, fundó esa revista. Duró hasta el año siguiente, en que las convulsiones de la Patria hubieron de darle muerte.

    En esta revista, Julio, que fue el director, hacía cada mes una preciosa crónica sobre temas de interés presente, o de interés eterno. Fue, a mi juicio, de lo mejor que escribió Jiménez Rueda en toda su vida, con haber escrito tanto. Varias veces en esta casa le insté a que reuniera y volviera a dar a la luz pública estas crónicas. No pudo lograrse. Bien haría, de sus amigos o discípulos quien hiciera tal intento.

    Con una suavidad e ingenio que recuerda a Gutiérrez Nájera, con un atildamiento que aún mantiene la fragancia del francesismo de esos decenios, nos va dando Julio bellos cuadros, sagaces atisbos, dulces emociones juveniles. No es posible hacer más que esta mención pasajera y dar una muestra única.

    Oiga el benévolo esta melancólica viñeta de primavera (opcit., p. 294), en que palpita el mexicano que fue siempre Jiménez Rueda y vibra el México inmortal. Cuando advertimos que es un joven de diecisiete años el que así piensa y así se expresa, sentimos amargura porque no siguió por el mismo camino.

    En mayo de 1914 decía en su Crónica Mensual:

    La ciudad está adornada, trágicamente adornada tal vez. Cuando parece estar más alegre, lleva una herida profunda en el corazón. Un mal incomprensible, misterioso. Tremen las banderas besadas por el sol... las estrellas nos miran con ojos de ironía. Examina los semblantes, penetra a los corazones. Las bocas nada dicen, los ojos nada expresan. El mutismo, la calma, la indiferencia. Allá en el fondo de nuestro ser tal vez oirás la canción mexicana, profundamente melancólica, la elegía eterna con que nos despedimos de algo nuestro, muy nuestro, algo que no sabemos qué es, algo misterioso, desesperante.

    Esta literatura de transición entre la oropelesca grandeza del Porfirismo y la ensangrentada y fecunda gesta de la Revolución, debe ser estudiada un día. Se hallarán perlas y rubíes, pero se hallará principalmente a México. El México multiforme y único siempre.

    En esa redacción y en esa revista se vieron pasar nombres que más tarde sonaron en Ia historia. Al azar recuerdo a algunos aún vivos, Jorge Prieto Laurenz, a quien arrebató la política; Armando de Maria y Campos, que llena de reflejos aún, con sus sabrosos recuerdos los diarios de esta ciudad; Guillermo de Luzuriaga y Bribiesca, que con el pseudónimo de Solón de Mel, nos dejó en sus poemas, al irse para siempre, un joyero de piedras preciosas.

    Pasaron esos días y de ellos solamente podemos consolarnos con la bella palabra de nuestro Peza:

    La vida pasa y el mundo rueda, 
    mas siempre hay algo que se nos queda, 
    de tanto y tanto que se nos va. 

    Dejo, al pasar esta flor de recuerdo en la tumba de Jiménez Rueda, o mejor, en la silla que viene a iluminar ahora el doctor León Portilla. A él vuelvo la vista.

    II 

    Los méritos literarios de León-Portilla son, en sus años no largos, ya suficientes para hacer la fama de un hombre. Veamos. Comenzando por sus estudios, tenemos en su haber una honda y amplia disciplina humanística, adquirida en colegios y universidades de nuestro país y el vecino del norte. Conoce el griego y el latín y ha leído gran parte de sus literaturas. De las lenguas europeas, hoy indispensables para todo hombre de cultura, habla el francés, el inglés y el alemán. En materia filosófica hizo un largo curso de filosofía escolástica en forma netamente universitaria de las más rigurosas.

    Bastaba esta preparación, aun sin otros aditamentos. Para el conocimiento y cultivo, defensa y aquilatamiento de la lengua española nada más esencial que el conocimiento de las lenguas que principalmente le dieron vida. Digo, la de Roma, cuyo caudal en un sesenta por ciento heredamos, y que no basta conocer en un libro de raíces latinas, como se estila hoy día, sino afondo, en su origen y contextura, en su amplitud y desarrollo. Lo cual solamente se hace cuando desde niño se comienza este estudio y se prosigue en la edad en que la madurez da nuevas luces y nuevos horizontes.

    Otro tanto diré de la lengua de la Hélade, tan calumniada como poco conocida. En estos tiempos en que hemos conocido, en especial en nuestro México, varios helenistas sin griego, es grato saber que el Doctor León- Portilla hizo sus normales cursos leyendo a Homero, a Jenofonte, a Platón, a los trágicos inmortales. Esta ciencia del helenismo requiere el que tenga que cuidar del tesoro idiomático de la España inmortal desbordada sobre el Nuevo Mundo. Y si León no ha dedicado vigilias directamente a la lengua de Homero, está en capacidad de acudir a ella, sin adivinar. Sabe lo que lee y podrá saber lo que dice.

    Vino en pos de todo esto una aventura. La que ha causado mal estómago a algunos que viven con tres siglos de atraso. Se dedicó a la cultura de nuestros ancestros indios en lengua náhuatl. Movido por una vocación indudable comenzó por buscar lo romántico.

    Con la misma duda de muchos, pensó que eran o ficciones o inventos descarados los documentos que se propalaban acerca de la que llamaban pretendida cultura náhuatl. Era el eterno apólogo del que habla de la luz y los colores, siendo ciego.

    Cuando enviado por la Universidad se me presentó a preguntar si me hallaba en disposición de dirigir su tesis sobre la filosofía nahua, con que tenía la pretensión de hacer el doctorado, yo le hice esta pregunta: “¿Conoce usted la lengua mexicana de los antiguos?” “No”, fue la respuesta.

    -Amigo mío, le dije. Bien me sé que hay quien habla de la filosofía platónica, sin saber dos palabras de griego, y de la filosofía kantiana, sin conocer el alemán. Pero la seriedad científica de un doctorado pide algo muy distinto. Tiene usted que saber náhuatl. De otra manera, o niega lo que no conoce, como hacen tantos, o hará una preciosa novela de fantasías, como hacen muchos más, a base de datos incoherentes y vagos.

    Convino en que era necesario conocer, y con suficiente profundidad, la lengua y los documentos sin número que la diligencia de los primeros civilizadores nos acumuló. Lo hizo en menos de seis meses. Y sin que pueda decirse que ha dominado la lengua náhuatl -porque en este mundo nadie domina ningún conocimiento, o es un farsante si lo dice-, la conoce profundamente para ver y atisbar en su hondura y sacar los conceptos que norman la concepción del mundo y los problemas del hombre en un conato de explicación. No es otra cosa la filosofía.

    De ahí nació su brillante tesis doctoral. Contra los estatutos mismos universitarios hubo de hacerse una excepción para dar el calificado de Summa cum laude, y eso a petición del presidente del tribunal de examen que era el doctor Larroyo.

    Tesis que tuvo una rara fortuna; pues apareció en dos ediciones con solamente el intervalo de dos años. Lo cual no suele ser normal ni frecuente con una tesis de doctorado. Y más rara aún la circunstancia de que esté a punto de aparecer en inglés. Lengua que, queramos o no, es lengua universal. Al inglés se traducen muchos libros. No así al ruso. Y la tesis de León-Portilla hace un año que corre en ruso y con gran aplauso. Naturalmente en una edición piratesca, en que sin decir agua va, tomaron del autor libro y derechos. No es de admirar el procedimiento. Connatural a quien tiene todo por común. Pero sí es de aplaudir, tanto más cuanto que el comentario que agregaron al libro es sumamente elogioso del autor y de la obra.

    Otro libro dispuso el doctor León-Portilla para la prensa. Hablo de Visión de los vencidos. En este libro la parte original suya es la más valiosa y la forma en que dispuso y eligió los textos. Es también sumamente divulgado. Y es el caso que debe hacerse notar aquí. De entre los ochenta y tantos volúmenes de la Biblioteca del Estudiante Universitario, es el único traducido a otra lengua.

    Salió ya la edición inglesa en norteamérica y la italiana en Italia. Estamos en espera de una versión alemana ya muy avanzada y de una que se está elaborando en ruso y otra en hebreo en Israel.

    Claro está que a esta divulgación contribuye la materia misma. Pero el pensamiento de prepararla, de arreglar y dirigir la acumulación de materiales tocantes al tema es del doctor León-Portilla exclusivamente. Se trata de dar a los lectores la impresión y el relato que hicieron los indios mismos tocante a la conquista hispana. De los vencedores tenemos las admirables obras, aun literariamente vistas, de las Cartas de Cortés y la Verdadera historia del incomparable Bernal Díaz del Castillo. ¿Nada había de los indios? ¡Nada, decían los escépticos y los perezosos! León ha demostrado, en forma fácil y al alcance de todo lector, que hay, y en abundancia máxima, testimonio de lo que vieron, pensaron y sintieron los vencidos. Este es el mérito de esta obrita que puede llevarse en el bolsillo, pero invita al diligente a un estudio más amplio y a una estimación más alta de los valores de la antigüedad mexicana anterior a Cortés.

    Podría hablar aún de los libros que ha publicado en la Universidad dando textos indianos en su propia lengua y con su versión y comentario. Podría seguir enumerando los diversos estudios o ensayos que aparecen de tiempo en tiempo en los diarios de esta ciudad, o en las revistas de especialización. Prefiero no hacerlo, por dos razones. Primera, que creo que basta la enumeración y exposición anterior para que se vea si hay o no méritos lingüísticos y literarios, y segundo, porque no estoy haciendo la bibliografía del nuevo académico, que tiene que cuajarla con nuevos y muy abundantes renglones.

    Vemos, señores, que hay más que la obra hecha, la obra por hacer. Es la bella intención de elegir jóvenes. No venimos a Ia Academia a dormir sobre los laureles marchitos; venimos y debemos venir, a plantar nuevos árboles y a cosechar nuevos frutos.

    Y si los viejos, apesadumbrados por los años, poco podemos ofrecer ya, toca a los jóvenes de la Academia abrir las puertas a una aurora interminable para las letras patrias. No es una vana elección ésta. Es una alabanza, pero es un compromiso. Una alabanza por la obra realizada; un compromiso para realizar una obra más alta, más honda, más fecunda.

    A eso venís, doctor León y tengo la confianza de que no defraudaréis nuestras esperanzas. 

    III 

    Quiero ahora pasar al tema que trató el doctor León, aunque sea en forma muy somera para no ser gravoso a los oyentes.

    Nos ha dado una idea suficiente de lo que fue la creación literaria de los antiguos mexicanos. Hoy día ya no puede negarse esta producción abundantísima, que hace más de treinta años vengo exhibiendo ante los ojos abiertos. Nos ceñimos a la poesía, que es el punto preciso que expuso el doctor León. Y en este campo, más que a la descripción, dedicaré algunas reflexiones al análisis de las ideas que presiden y rigen la creación toda.

    Digo que ya no puede negarse la existencia de una poesía netamente auténtica, netamente fidedigna, netamente nativa, porque gritan en contra de nosotros los manuscritos que de la mano de los mismos indios salieron bajo la mirada sagaz de Sahagún y Olmos. El hecho de que hayan sido dados al silencio de los siglos no les resta valor. Menos se lo resta la circunstancia, tan fácilmente aducida de los negadores, de que los antiguos no tenían escritura. Verdad es, hasta cierto punto. Tenían una escritura, cuyos restos exiguos, escapados a la tormenta de la Conquista, no han sido ni estudiados, ni debidamente catalogados. Es un sistema diferente del nuestro. Como lo es el egipcio, como lo es el asirio, como lo es el de Biblos, como lo es el de Ugarit. Y solamente los zafios han podido dudar del valor documental de todo esto. Para entender esos sistemas de escritura tenemos que dar con la clave. Y la clave es precisamente la que se nos enseña de niños cuando aprendemos el alfabeto. Es la misma escuela y el mismo procedimiento. Cuando se halle en plena luz la llave para ir a los manuscritos figurativos podrá ser que se vean en carne viviente los poemas que de los labios de los indios recogieron, o hicieron que escribieran los mismos nativos, los venerables introductores de la cultura en México.

    Aun suponiendo que los antiguos mexicanos no hubieran tenido escritura, tenían lengua, tenían mente, tenían corazón. Todo el mundo sabe que la poesía indostánica, como la poesía de la Biblia -todo el mundo, digo, que lee y piensa- fueron conservadas por muchos siglos, a veces milenios en la voluble ondulación de los labios, pero estaban bien aferrados estos documentos en las raíces de la memoria. Así pasó entre nosotros. Por eso pudo Pomar, descendiente de los reyes de Tetzcoco, reunir en un repertorio los Romances de los señores de Ia Nueva España, como había podido Sahagún hacer que sus indios, con paciencia sin límite, con incansable mano, con ardido corazón, forjaran el gran manuscrito que forma los Cantares Mexicanos de nuestra Biblioteca Nacional. Y hay aún en la Biblioteca de París, almacén de todos los despojos literarios de la Antigua América, un manuscrito más, que da testimonio concorde con los que acá tenemos a la mano.

    De estos y otros erráticos documentos podemos exhibir como perfectamente auténticos unos dos millares de poemas. ¿Hay razón para hablar de una poesía náhuatl o no? Literaturas hay que tienen menos, por ejemplo la hebrea, de la etapa bíblica, y son nutridoras de la poesía en el mundo.

    Sobre esa base documental puede hacerse esta pregunta: ¿Qué ideas, qué ideales, presidían a la creación poética entre los antiguos mexicanos? Es el punto que examinaré antes de callarme.

    Las fuentes más genuinas de donde podemos hacer correr nuestra investigación en el estudio del pensamiento náhuatl son principalmente los códices y los textos. De la inmensa acumulación de materiales redactados en la forma de representación gráfica de aquellos pueblos nos quedan muy pocos testimonios. Pero los suficientes para ver impreso el concepto del universo y de la vida humana que pudieran lograr sus autores. Mayor abundancia tenemos de textos recogidos por los primeros introductores de la cultura europea. Hombres del Renacimiento, como eran y en grado máximo, recogieron cuanto de los labios de los vencidos pudieron atesorar.

    Fundados en ambos cuerpos testimoniales podemos precisar estas ideas que regían y fecundaban aquella cultura:

    1. Una concepción dualística. Todo se muestra como un binomio a los ojos del investigador. Un dualismo trascendente que abarca lo que se ve, lo mismo que lo que se atisba en la sombra del misterio. La dualidad en lo divino. Dos fases que parecen diversas y en realidad son una misma manera de comprensión, expresada bajo dos fórmulas. Y como símbolos concretos, porque el hombre exige siempre el símbolo para cristalizar sus ideas, el sol y la tierra; el día y la noche: son las mejores expresiones de la doble faz del Ser: la positiva y luminosa; la negativa y oscura. Pero esta fórmula era muy alta para el vulgo y se le dio la accesible: el principio masculino y el femenino, como términos complementarios de la misma realidad única. Y, aun haciendo entrar por los ojos la dualidad, se ven en los códices los dos colores opuestos y complementarios: el rojo y el azul hondamente oscuro, como expresiones cromáticas de lo positivo y de lo negativo.

    Esta concepción dualística la hallamos en otros rumbos de la tierra y es tema apasionante para quien quiera profundizar sus diversas formas de expresión. Y cuando llegamos a los más altos filósofos de la Hélade, norma del pensamiento occidental, tenemos la satisfacción de hallar este dualismo, alquitarado y refinado, en Aristóteles mismo, con su concepción metafísica del acto y la potencia, como constitutiva de todo ser participado, único que conocemos directamente, y con su teoría acerca del varón como principio activo y la mujer como principio pasivo. Concepciones ambas que serán divulgadas principalmente por la labor admirable de Tomás de Aquino.

    Pero esta concepción dual se diversifica en una nueva aplicación: el hombre como colaborador de los dioses, o del principio de todo el cosmos. Forman también una unidad irrompible. Nace el hombre para dar vida al sol; da el sol vida al hombre en esta tierra y lo hace laborar en unión de él, para trasladarlo más tarde a una vida de perenne convivencia con él.

    De tales ideas podríamos dar testimonios en los poemas de Anáhuac. No es prudente acumular citas y me limito a dos en que se deja ver la concepción dualista en esta doble manifestación.


    Un poema recogido en Chalco nos lo da en esta forma: 

    ¿En qué piensas, amigo, en qué meditas? 
    ¿No te complace iniciar el canto? 
    ¿No te complace desear las flores? 
    Flores del principio por el cual vivimos. 
    ¡Ven y regocíjate junto a los tambores, 
    y aléjate luego cuando a ti te plazca. 
    Ve la mariposa: pasa floreciente entre 
    [los hombres: 
    déjala que chupe la miel de las flores: 
    viene a entreverarse con nuestros abanicos, 
    viene a ir y venir entre el humo de las pipas, 
    se mezcla con las flores de nuestros ramos […] 
    permanece un instante junto a los tambores: 
    Se aleja después [...] 
    Y, ¿yo dónde voy?, ¿a dónde voy yo? 
    Allá donde está erguida la Dualidad suma. 
    ¿No todos nos vamos al sitio de los sin 
    [cuerpo? 
    Y es esta tierra lugar de la Unión. 
    ¡Sí, todos nos vamos; nos vamos todos 
    a la casa de la Dualidad...! 
    Y allá, ¿habrá quien diga: ¿dónde están 
    [mis amigos?[1]

    El poema se da en tres tiempos: la invitación al canto y a la meditación. El cotejo con la mariposa, es una imagen del hombre. Va y viene efímera entre las bellezas y se aleja sin rumbo. Así el hombre, pasa por un momento por la tierra, toma su pétalo de flor, modula su melodía y va al sitio del Dos sumo. Término final de la vida. 

    Dejemos la cuestión de si corresponde la idea a la realidad. Lo que interesa ver es la concepción propia del poeta, voz de su pueblo, que da este concepto, nebuloso como toda poesía, pero perfectamente perceptible del enlace que hay entre el hombre efímero y el Sumo Dos.

    Por lo que toca a la mística de la guerra, como medio de unión con el numen, me basta este breve poema tomado de los recogidos en Tlaxcala. Tan genuino que, por distracción del corrector, se quedaron los nombres mismos paganos de las deidades: el dios varonil y la diosa madre.

    ¿Dónde vais, dónde vais? 
    -A la guerra, al agua divina. 
    ¡Es allí donde tiñe a los hombres 
    nuestra Madre, la Mariposa de Obsidiana: 

    [Itzpapálotl, 

    en el campo de batalla! 
    Se eleva el polvo 
    entre el oleaje del ardor guerrero: 
    se atormenta el corazón del Tres veces viril: 

    [Camaxtle. 

    La batalla como una flor 
    va a estar puesta en vuestras manos. 

    En lugar de Itzpapálotl y Camaxtle, nombres populares y simbólicos (CantMex. 70), podremos poner el de los dos principios viril y femenino, que se complementan; positivo y negativo, que en su simbolismo se expresan. Era fácil acumular mayor número de citas.

    2. Sentido de patria con misión. Hay quien niegue que los antiguos llegaron a abrigar en sus almas el sentimiento que llamamos nosotros patriotismo. Es la valentía con que defienden sus lares un puro instinto, dicen, similar al de la bestia que defiende su cubil. Por fortuna, razonamientos como éste van dejando de oírse. Un concepto de estado organizado, de patria en su sentido espiritual, un pueblo con ideales, un pueblo con misión en la tierra, es interminablemente documentable. Y ya no solamente en los cantares o poemas, sino en lo que los grandes cronistas primitivos nos recogieron. Pero como ahora hablo de la poesía, daré como muestra también alguna cita de ese sentido de amor a la patria, no como tierra, sino como institución. Y esa institución es la de colaborar con el sol, o sea con el principio por el cual se vive –Ipalnemoani-, para dar la palabra, al mismo tiempo vaga y precisa. La misión del pueblo azteca era hacer reinar al sol en el cielo con una vida que no cayera a las alternativas de la sombra, y en la tierra con su culto perenne.

    Oigamos este poema que es de la misma ciudad de los lagos:

    Cual nenúfares al viento ondean los escudos, 
    cual columna de humo el polvo asciende, 
    repercute el estruendo de los silbos de guerra, 
    aquí en México-Tenochtitlan. 
    Esta es la mansión de los escudos, 
    aquí está la casa de las batallas: 
    el trono es del Águila, 
    el trono es del Tigre: 
    aquí tienen el cargo de la guerra: 
    ellos dan la señal con las flautas 
    para el ardor de las batallas: 
    ¡son las flores del Sol Resplandeciente!: 

    [Chimalpopoca. 



    ¡Nunca, oh, nunca en verdad, 
    nunca en verdad, 
    ha de acabar, 
    ha de perecer! [2] 

    Ese sentido de anhelada eternidad lo hallamos también expresado en un poema que recogió Chimalpain: 

    Mientras el tiempo dure 
    y el mundo permanezca, 
    no cesará tu fama 
    no cesará tu gloria, 
    México-Tenochtitlan. [3]

    Séame lícito, por breve y por sonoro, dar en el original el poema que he citado:

    In quexquich cauh maniz 
    cemanahuati 
    aic cehuiz, aic polihuiz 
    in itenyio in itauhca 
    in Mexico Tenochtitlan. 

    Gala es de los poetas ser présagos del futuro. Lo que aquellos cantaron, lo que aquellos entrevieron va siendo una realidad de cinco siglos y tenemos la esperanza ferviente de que superará los milenios.

    3. Arte Puro. No es ahora el momento de entrar en el debate, interminable e insoluble, por los términos en que se plantea, de si la poesía puede ser poesía pura. Dejemos a los bizantinos la solución de la contienda. Hay hechos en que no se ve otra finalidad de la poesía que la expresión misma del sentimiento íntimo. Esos abundan en los repertorios de poetas que tenemos a la mano. Ya el doctor León nos ha hecho ver que había en la vieja sociedad verdaderas asociaciones de poetas. La Cohuáyotl y la Icniúhyotl, para decirlo en sus nombres nativos, eran si no academias, ni ateneos, sí conciertos bajo reglas, que alguna vez han de puntualizarse, para certámenes de versos y linda contienda de piezas poéticas. Ya nos hizo conocer él el testimonio mejor conservado que es el del concurso en casa de Tecayehuatzin, rey de Huexotzinco.

    Natural es hallar, por esto, multitud de poemas, a veces sumamente cortos que dan una joya de pensamiento y expresión. Como no quiero ser gravoso al auditorio, más de lo que he sido, daré pocas muestras. Hay en favor mío su brevedad alada.

    Ruedan las esmeraldas como semillas 

    [que caen, 

    brotando van perfumadas flores! 
    ¡son tu canto! 
    Cuando tú elevas 
    aquí en México tus flores 
    es que el sol está alumbrando.[4] 

    No hay que decir que, para alabar a otro poeta, el poeta con recursos mínimos, da la expresión máxima. Creo que ese es el mejor intento de una verdadera poesía.

    Dorada mariposa ya chupa la miel: 
    se ha abierto una flor. 
    ¡Es mi corazón, oh amigos míos, 
    y es flor perfumada que derramo en lluvia![5] 

    No puede decirse en menos palabras un pensamiento más fino. El corazón del poeta es flor que da su miel y luego se deshoja. En ella deben beber el néctar sus amigos.

    Brotan flores, 
    crecen, medran, 
    por fin, abren su corola. 
    Del interior de tu alma 
    salen las flores del canto tuyo: 
    ya las esparces sobre todos.[6] 

    Esta serie podría ser interminable, pero yo tengo deber de terminar. Una lección quisiera deducir solamente. La poesía de la vieja cultura náhuatl tenía valía y tenía mensaje. Una y otro deben estudiarse mejor. No es un hacinamiento de papel viejo, ni menos una multitud de ficciones vanas la abundante cantidad de manuscritos que nos la trasmitieron. Son papeles de hidalguía y nobleza. El mexicano que canta y hace poemas en el siglo XX es tributario del mexicano de remotos milenios. A ese solo título merece la atención. Tiene otros. Sus valores humanos. Los que creemos en la trascendencia de lo divino y en la providencia que rige el universo, sabemos que nada es en vano en el cosmos. Mucho menos en el cosmos del hombre. Cada raza, cada pueblo tienen su enseñanza para la humanidad entera. Despreciar el mensaje, es herir al Creador y a la creatura.

    Doy fin a mis reflexiones. Doctor León-Portilla: venid y entrad por la ancha puerta de esta Academia. Venerable por sus fines, venerable por su historia. Los próceres del pensamiento y de la palabra que por ella han pasado son garantía de la renovación perpetua, de la fecundidad inagotable que mantendrá en el futuro. Yaceremos en nuestras tumbas los presentes: vivirá el ideal de procurar Ia limpieza, la exactitud de esta lengua inmortal.

    Pero en México esa lengua de sabios y de conquistadores, de místicos y de pícaros, lengua en que alza el vuelo el fantasioso Quijano el Bueno a las alturas de un Platón sonoro y reluciente, y se deja correr por las acequias del humano desahogo, en labios de Sancho, de Guzmán de Alfarache o de la Pícara Justina; esa lengua que guarda el óleo de Israel, o atesora los ardores del desierto de Arabia, en su abundante fondo semítico, en México digo, está incrustada de raras gemas. Son las palabras que quedaron como viviente eco de la lengua “sonora” por antonomasia: la lengua náhuatl. El castellano que hablamos en México tiene un diez por ciento de palabras nahuas. Y ellas volaron con nuestra cultura y se prendieron en nuestra historia. Y las hallamos en la América Meridional hermana y las hallamos en las remotas Filipinas, girón arrancado a la grandeza mexicana. Por eso habéis podido, Dr. León-Portilla, reunir y dar a la prensa esa breve lista de nahuatlismos que se usan en aquellas islas. Testimonio de que fueron ellas creación de México.

    Este patrimonio de la lengua de Castilla, hecho mestizo en México, con la abundancia que pudo documentar nuestro digno colega Santamaría en su monumental diccionario de mexicanismos, es el que venís a tutelar y a defender; a cuidar de su genuina interpretación y su recta inteligencia. Entrad, pues, y sentaos en el sillón de los sabios y sed lo que debiéramos ser todos los que nos honramos en esta Casa: paladines de la buena lengua, pero defensores de su libertad viviente y perdurable.

     


    [1] Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México, folios 35 v.

    [2] Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México, folios 21 r.

    [3] Memorial breve de Ia fundación de Colhuacan.

    [4] Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México, folios 22.

    [5] Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México, folios 67 v.

    [6] Colección de Cantares Mexicanos, Biblioteca Nacional de México, folios 33 v.

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