Ceremonia de ingreso de don Leopoldo Valiñas

    Jueves, 10 de marzo de 2011.

    La unidad lingüística en torno a la diversidad



    Señor director de la Academia Mexicana de la Lengua, don Jaime Labastida: 
    Señores académicos: 
    Respetable público: 

    Introducción

    Un día me enteré que en México había dos grupos de estudiosos de los fenómenos del lenguaje. Unos que se llamaban hispanistas, y otros que eran nombrados indigenistas. También me enteré que su diferencia era un poquito más que meramente de objeto de estudio o de metodología. Unos, los primeros, se dedicaban básicamente a las letras y tenían como variables nodales: la perfecta definición, la producción estética y la homogeneidad; sus centros de trabajo estaban, en México, en las escuelas o facultades de letras o literatura. Por su parte, los segundos, se interesaban en la oralidad y tenían en la indefinición, en las discusiones teóricas y en las diferencias sus puntos de referencia. Su práctica se relacionaba fundamentalmente con la antropología. También me enteré que yo era indigenista. Término que, debo decir, me parecía implicar cierta carga peyorativa (lo cual a mí en lo personal nunca me ha preocupado). Lo curioso es que en la antropología, indigenista sí era un término con cierta carga despectiva.

    Por mí puede haber tantos tipos de estudiosos como sea, pueden focalizar y priorizar (e incluso excluir) lo que sea, pueden creer y estar convencidos de lo que sea, pero es la lengua, en absolutamente todas sus dimensiones y alcances, un universo de objetos de investigación preciso y nítido. En este sentido sólo hay una lingüística, tan amplia como lo son los hechos de la lengua y tan rígida y exacta como los principios y los modelos lo permiten... o lo obligan.

    Y aquí estoy, en este lugar, en esta solemnísima ocasión para dar mi discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. Discurso que me permitirá ocupar la silla XXIII, silla que ocupara antes muy dignamente don Andrés Henestrosa y más antes don Francisco Santamaría, insigne lexicógrafo. Discurso que, además, representa la declaración explícita de mi compromiso de trabajar para esta noble corporación. Discurso mediante el cual, también, hago público mi sincero agradecimiento (ante testigos) a los académicos que pensaron que yo podía llenar el perfil de lingüista con conocimiento de las lenguas indígenas mexicanas, que la Academia ponderó como necesario, y porque depositaron su confianza en mí proponiéndome al pleno para ocupar la silla XXIII —muchísimas gracias don Ernesto de la Peña, doña Julieta Fierro, doña Concepción Company—. Por supuesto también agradezco al pleno por creer que lo que sé puede ser provechoso para las tareas que la corporación se ha impuesto y por el apoyo que todos me han dado a lo largo de este año. Qué honor.

    Y he pensado que una de las mejores maneras de hacer patente mi compromiso y de mostrar mi agradecimiento es hablarles de cómo veo los fenómenos de la lengua, cómo es que entiendo la plural realidad lingüística de México y la relación del español con las lenguas indígenas.

    Pero antes, si me lo permiten, creo que es del todo pertinente recordar a don Andrés Henestrosa que, como ya mencioné antes, ocupó de manera por demás destacada la silla XXIII.

     

    1. Don Andrés Henestrosa

    Don Andrés Henestrosa fue un gran poeta, narrador y ensayista mexicano... y zapoteco (de sangre, cultura e idioma). Crecido con el siglo XX (sí, en el México bárbaro) vivió toda su niñez y parte de su adolescencia en Ixhuatán, en el istmo de Tehuantepec. Tuvo como única lengua al zapoteco de la planicie costera (o dixazà) pero también tuvo el “don de las lenguas” —ignorando la parte milagrosa o divina— con el que aprendió español. Lengua que comenzó a utilizar ya tardíamente, de joven aquí en la ciudad de México. Pero no la aprendió nada más para hablarla o para evitar las burlas y los menosprecios... o para poder comunicarse. No. Se apropió del español para jugar con él, para doblarlo y estirarlo, para encontrarle sus esquinas y sus rincones, para convertir Ias palabras —como él dijo en uno de sus poemas— en pequeñas balsas próximas a naufragar su contenido... Lo volvió suyo para expresar sus emociones, sus temores y difundir conocimiento sobre la historia, sobre la literatura, sobre Ia política... y sobre su ser zapoteco y sobre los suyos.

    Político, historiador riguroso y periodista del diario. Reconociéndose orgullosamente bilingüe, don Andrés no desaprovechó ocasión alguna para expresarse en zapoteco. Afirmaba que su alma tenía dos mitades, una indígena y otra hispanizada. Él se decía indio hispanizado. Y nunca olvidó ni sus raíces ni su pasado, amplio pasado porque estaba armado por esas dos mitades. Investigador de siempre, y comprometido con su gente, su verdadera gente, propuso un alfabeto para el zapoteco de la planicie costera y elaboró un breve vocabulario zapoteco-español. Cantó y escribió tanto en su lengua materna (la familiar y comunal) como en su lengua adquirida. Fue un extraordinario difusor de las culturas. Su obra Los hombres que dispersó la danza, como sabemos, es referencia obligada cuando se habla de literatura mexicana y de literatura indígena… y de zapotecos.

    ¿Traducía del zapoteco al español? No creo. Pienso que cada mitad de su alma hablaba por sí misma. Decía lo que quería decir en la lengua en la que lo podía decir.

    Y así como fue autor de una de las obras más bellas de la literatura latinoamericana, a decir de los que saben, Retrato de mi madre (carta a Ruth Dworkin) también lo fue de una gran cantidad de notas periodísticas, ensayos, artículos y relatos dispersos en las páginas de muchas revistas y periódicos.

    Don Andrés fue zapoteco desde niño y para siempre, y “mexicano íntegro” (como él decía) desde que aprendió español. Su naturaleza dual fue esencial para convertirse en uno de los más importantes hombres de letras mexicanas. Además de recibir numerosas distinciones, fue miembro de esta corporación siendo el segundo en ocupar la silla XXIII, lo cual hizo durante 43 años. Fue, en esta corporación, en esta Academia Mexicana de la Lengua, el séptimo bibliotecario-archivero, y tanto por su biblioteca personal (inmensa) como por su obsesión por la lectura, el poeta español Rafael Alberti lo apodó “El gran indio biblioteco”.

    Su discurso de ingreso a esta Academia Mexicana fue Los hispanismos en el idioma zapoteco. Que conste que pudo haber hablado de literatura, de historia o de un tema en donde el español fuera el tema central. Pero no. Don Andrés no podía ni ignorar ni esconder su esencia dual. Y habló, en su discurso de ingreso, de su lengua materna. Compartió con los académicos (y de hecho con todos) la sonoridad de su zapoteco, la inteligencia de su idioma, junto con los recursos gramaticales para asimilar (adecuando y amoldando) las palabras castellanas que acompañaron la realidad que se les impuso a los indígenas desde el periodo novohispano.

    2. El español y las lenguas indígenas

    Porque, como sabemos, en México, el español corre por todas partes... bueno, por casi todas partes. No es el único idioma usado en México... y nunca lo ha sido y jamás lo será. Existen cerca de ocho millones de mexicanos que tienen al español, en México, como segundo idioma, que son bilingües, que aprendieron a hablar español a golpe de vara y escarnio (porque en México no existe un solo lugar en donde se enseñe español como segunda lengua a los hablantes de lengua indígena). Estos cerca de ocho millones de mexicanos hablan, además del español, una de las 364 variantes lingüísticas indígenas. Término —este, a el de variantes lingüísticas— que suaviza la discusión política sobre el número de idiomas que se hablan en México y, además, oculta el desinterés e irresponsabilidad oficial por los fenómenos y hechos lingüísticos que, por cierto, incluyen al español.

    Estos mexicanos bilingües (que saben escuchar, hablar, que piensan, son y actúan en dos idiomas) participan de dos culturas, de sus detalles y peculiaridades. Pero gracias a ciertos estereotipos culturales que se reproducen a diario (presentes en el Tizoc de Pedro Infante, en Ia María Candelaria de Dolores del Río y en la mismísima india María, entre otros y muy variados personajes más) se mantiene y fortalece Ia idea de que las lenguas indígenas son dialectos, que no son otra cosa que idiomas incompletos e inútiles y, los más, son impronunciables o de plano feos (“¿Para qué aprendes la mazahua?”). A tal grado que hay gente, entre ellos intelectuales, que afirma que con las lenguas indígenas no se pueden expresar conceptos abstractos.

    Esto es totalmente falso (por no decir ostentosa estupidez) y fácilmente demostrable. Desde el punto de vista de las ciencias del lenguaje no existen ni idiomas completos ni incompletos, ni bonitos ni feos, ni mejores ni peores, ni unos filosóficos ni unos más metafóricos. Toda valoración, absolutamente toda valoración, en lo positivo o en lo negativo, surge como resultado de las estrategias identitarias de las personas, del deseo, del poder o por el gusto que se tiene por excluir. Es imposible medir la completitud, la belleza o la bondad de algo, mucho menos de un idioma.

    Dejando afuera la belleza y el si es mejor o peor (porque estos valores son totalmente subjetivos e indemostrables), permítaseme decir algo puntual sobre la completitud. Todo idioma tiene absolutamente todo lo que necesita para cumplir rigurosamente con todas sus funciones sociales. No sobran géneros ni concordancias, no faltan tiempos ni pronombres ni preposiciones.

    Dos de los cuatro componentes de la lengua, Ia gramática y el módulo fonológico (el que, dicho de manera simple, tiene que ver con la pronunciación), son fijos, cerrados; por naturaleza relativamente pequeños y conocidos por los hablantes (aunque nunca de manera consciente). En cambio el léxico y la producciónlingüística —los otros dos componentes— son, más que incompletos, infinitos. El primero, el léxico, es un capital que circula, que se pierde, que constantemente se crea, que es apropiable e intercambiable. Las palabras corren, vuelan, cambian sus significados. En este sentido, Ias palabras no son de nadie ni propiedad de ningún idioma. Como antes lo era el dinero, están a Ia vista y al portador. La producción lingüística, por su parte, es lo dicho, lo decible, lo dicho sin haber sido pronunciado y lo verdaderamente imposible de decir. Es lugar del encuentro y de conflictos entre la identidad y sus marcas, entre las proposiciones sociales —lo que los sujetos quisieran decir— y las disposiciones gramaticales —lo que la lengua les permite decir—, entre la lógica del mundo y la tiranía de las lenguas. Y, por supuesto, es el lugar en el que aparecen y juegan un importante rol los hablantes, los sujetos sociales. Nosotros.

    Y cada uno de nosotros representa, de manera muy simple, el lugar de encuentro de lo social con el pensamiento y con la lengua, es decir, con aquello que nos es externo, con aquello interno y con la gran intermediaria y factor aglutinante. Ni hablamos por hablar ni la lengua nos es opcional. Al hablar activamos nuestra naturaleza social, ponemos en juego las normas, las estrategias, las pretensiones, nuestro conocimiento del mundo. Hablamos con oraciones, no con palabras. Con ideas verbalizadas e intenciones falsamente escondidas. En uno y otro caso, nada sobra, nada falta.

    Por ejemplo, el tarahumara de Tónachi —lengua hablada en el estado de Chihuahua—, no tiene un término genérico para árbol. Por lo tanto no se puede preguntar ¿qué árbol es ese? Esto, en consecuencia, obliga a que los hablantes de este tarahumara tengan desde muy temprano, desde Ia niñez, desde donde comienza su siempre, un amplio conocimiento de los árboles y de sus nombres. El español, en cambio, sí cuenta con el término genérico árbol pero esta falsa ventaja provoca que Ia absoluta mayoría de Ia gente (sobre todo Ia urbana) ignore Ia diversidad arbórea. El arbolito de navidad es simplemente un arbolito y el de Ia noche triste, un árbol.

    En español tenemos dos pronombres de tercera persona él y ella, y dos primeras personas del plural, nosotras y nosotros. Su diferencia es el género gramatical (no el sexo). El mixe de Tlahuitoltepec, por otra parte, también tiene dos pronombres de tercera persona, pero uno señala si de quien se habla o de lo que se habla está visible, y el otro si está ausente, de la mirada inmediata. También tiene dos nosotros, uno que incluye al interlocutor y el otro que lo excluye. El huave, por su parte, tiene un solo pronombre de tercera persona del singular y seis de primera del plural; de hecho, tiene una palabra especial para ‘tú y yo’. El zapoteco de San Pablo Güilá, finalmente, tiene un único nosotros pero seis pronombres de tercera persona: uno para cosas, otro para animales, otro para seres sagrados, otro para el trato familiar, otro para el de confianza y otro que indica respeto.

    ¿Qué sobra? ¿Qué falta?

    Con estos dos ejemplos está claro que todo idioma tiene los recursos necesarios para funcionar, incluso para comunicar o para nombrar, porque la lengua es muchísimo más que comunicación y denominación: gracias a ella somos alguien (desde el momento mismo en el que tenemos nombre propio y nos apropiamos del “yo”), conocemos (la mayor parte de nuestras creencias y conocimientos son posibles gracias a la capacidad estructuradora de la lengua, a su capacidad narrativa, a esa facultad que tiene de traer ante nosotros lo ausente, de hacer “perceptible” lo que no lo es y hasta de hacer coherente el caos), somos sujetos sociales (porque sin idioma sería imposible la existencia de leyes, de ritos, de la moral, de la religión misma y de la propia historia —porque todo suceso, todo acontecimiento, no es absolutamente nada si no es aprendido y organizado por la lengua—). Dicho en pocas y llanas palabras, lengua, pensamiento y cultura son tres aspectos inseparables del ser humano. El idioma es parte de nosotros (o nosotros de él) y no una propiedad o una posesión.

    3. La realidad comunitaria de las lenguas indígenas

    Y cerca de ocho millones de mexicanos son bilingües, conocen dos idiomas, viven dos culturas y tienen dos estructuras de pensamiento. Esto nos debería enorgullecer.

    Pero no. Su realidad lingüística, bilingüe, contrasta con su realidad social. Realidad que no es “culpa” de los idiomas. Como sabemos, es Ia convivencia entre los hablantes de Ias lenguas indígenas y los del español la que no es ni simétrica, ni justa, ni neutral. Las lenguas no son ni la razón ni Ias responsables de Ia marginación y de Ia pobreza. Tampoco culpemos al entendimiento. Insisto, cada idioma juega roles y cumple funciones sociales diferentes. Cada lengua vehicula la ideología y la cosmovisión propia, en su respectivo ámbito social. Recordando que el ámbito social de reproducción de las lenguas indígenas no es la nación, es la comunidad. Esta comunidad (en un sentido antropológico, que para nada corresponde con pueblo) es concreta, existen rostros y estos tienen nombres propios, el tejido de relaciones de parentesco es amplio y abarcador y el acervo cultural es de profunda tradición. Dentro de la comunidad se interactúa, se habla, se norma y se sanciona la producción lingüística. Aquí la lengua o comunalecto tampoco es homogénea —como en ninguna parte—. Pero la saben una. La dicen una.

    La nación, en cambio, es imaginaria (esto no significa que sea falsa), es producto de la eficacia ideológica por la que se nos convence de una identidad común gracias a compartir una historia y tradiciones comunes y un mismo territorio. Hasta se nos convence que hablamos igual. La nación nos es tan propia pero a Ia vez tan ajena y lejana. Somos mexicanos por Ia eficacia de Ias palabras, unas hechas leyes y otras que forman parte de nuestros discursos de identidad. El español del mexicano es los muy diversos y diferentes españoles de los mexicanos.

    4. La diversidad lingüística de México

    La diversidad lingüística en México es muy grande (incluyendo en esta afirmación al español, a sus diferentes manifestaciones, a sus dialectos —o formas de hablar según la región— y a sus sociolectos —o formas de hablar según el grupo social—). Para mucha gente —incluyendo Iingüistas— el número de 364 variantes lingüísticas que señala el INALI para las lenguas indígenas es exagerado y, por lo tanto, falso. Para mí, no lo es. De hecho, creo que hay muchas más. Pero esto no se resuelve ni con opiniones ni votos ni descalificaciones. Lo único verdaderamente cierto es que falta muchísima investigación. Muchísima.

    Aunque, a decir verdad, la necesidad de saber cuántas lenguas se hablan en México no es una necesidad científica... es pura y exclusivamente política... y en realidad es una necesidad más de dicho que de hecho (porque de lo contrario, la cifra se hubiera propuesto desde hace mucho tiempo). Doy un pequeño botón de la asistematicidad con la que las lenguas indígenas mexicanas han sido (y son) tratadas por el estado mexicano. El INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) registró, en los censos de 1970, sólo 30 lenguas (existiendo, en ese tiempo, el Instituto Nacional Indigenista que oficialmente identificaba 56 lenguas indígenas; ambas instituciones federales).

    En los censos de 1980, el número aumentó a 40. En los de 1990, luego de reuniones con especialistas y otros no tan especialistas (porque ya existía una exigencia académica de disponer de datos “reales” o al menos más apegados a lo que parecía existir), registró 92 lenguas, siete de ellas genéricas o indefinidas (por ejemplo, hay una etiqueta chontal con un número determinado de hablantes, como si existiera una lengua chontal; en México existen dos idiomas chontales: uno de Tabasco y otro de Oaxaca. Totalmente diferentes). Para la década de los años 90, los organismos oficiales indigenistas reconocían ya Ia existencia de 62 grupos étnicos y, por lo tanto, de igual número de lenguas indígenas.

    En los censos del 2000, el número de lenguas contadas bajó a 85 (con 5 genéricas) y en el conteo del 2005, a 70 (con cuatro genéricas).

    Pero, ¿en verdad no es una necesidad lingüística, científica? Pues claro que no.

    No, porque las ciencias del lenguaje no tienen la capacidad teórica ni metodológica para determinar cuándo dos formas de hablar son dos idiomas diferentes y cuándo no. La verdadera necesidad, en todo caso, es la de estudiar todas las hablas. No puede haber dialectos sin antes haberse realizado una investigación dialectal.

    En todo caso, para definir cuándo dos hablas son un mismo idioma, lo determinante deberían ser las características y peculiaridades gramaticales, estructurales. Y aún así, no hay ni parámetros ni criterios.

    Tratando de salvar lo insalvable, se ha acudido al nombre de los idiomas (tanto al actual como al histórico, tanto al dado por los “otros” como al etnónimo); se han tomado como verdaderos y fiables los juicios de algunos hablantes sobre mismicidad o diferencia lingüística (si es la misma lengua o no) y se han realizado, incluso, investigaciones sobre la inteligibilidad mutua o entendimiento mutuo. Resultado: la indefinición sigue... pero ahora el caos ya tiene cifras.

    Veamos como ejemplo el caso del zapoteco, Ia lengua de don Andrés Henestrosa. Por un lado, según los resultados de la glotocronología (una pseudotécnica que entre otros logros pretende aportar criterios de tiempo para identificar claramente dialectos, lenguas y familias) hay 8 lenguas zapotecas. Por otro lado, según los resultados sobre la mutua inteligibilidad, hay 38 grupos y por otro lado, algunos lingüistas y organismos académicos -a su entender- manejan entre 6 y 57 lenguas (esta última cifra es la que maneja Ethnologue —la enciclopedia de referencia de las 6909 lenguas vivas conocidas—). El Instituto Lingüístico de Verano (una de las instituciones más importantes en el estudio de las lenguas indígenas), por ejemplo, habla de 40. El INALI, por su parte, propone 62 variantes lingüísticas. A esto sumémosle que el INEGI registra 7 lenguas zapotecas en 1990 y 2000 y 8 en 2005. Por fin, ¿cuántos idiomas zapotecos hay?

    5. La diversidad ejemplificada con siete comunidades nahuas

    Pero ¿es cierta tanta diferencia? Sin lugar a dudas. Pero más que creerme (porque la ciencia no se basa en creencias ni en opiniones), veamos un caso concreto. El de una de las lenguas mexicanas cuya variación ha sido negada constantemente: el náhuatl. En un acto como este entrar en detalles es más que imposible. Simplemente presentaré algunos datos para dejar entrever el tamaño de la realidad, porque en esto de las lenguas, la mismicidad, lo que es “lo mismo” y lo que no lo es, tiene muchos y muy variados sentidos e interpretaciones.

    He escogido un tanto cuanto al azar siete comunidades nahuas, tres del estado de México, Oxtotilpan (municipio de Temascaltepec), Mextepec (municipio de Sultepec) y Coatepec (municipio de Tlatlaya) y cuatro del de Guerrero: la cabecera municipal de Coatepec Costales, Xalitla (municipio de Tepecuacuilco), Xalatzala (municipio de Tlapa), y la cabecera municipal de Cuautepec.[3]

    En efecto, las palabras para ‘viento’ son “muy iguales”. La forma es [yeyéka] en las tres primeras comunidades; la palabra de Coatepec Costales termina en [1] y tiene además una consonante llamada saltillo —representada por un apóstrofo [‘]—. Es muy parecida a la de Xalitla, aunque no hay saltillo y termina en [tl]; la de Xalatzala tiene aspirada, [h], y también termina en [tl]; Ia de Cuautepec, además de la [g] (en lugar de la [k]), termina con [t] y la palabra, además, es aguda. Sí, pero son muy iguales.

    En la palabra ‘árbol’ ya se evidencian muchas más diferencias: en Oxtotilpan hay un [to] “extraño”; las palabras de Mextepec y Coatepec son idénticas; Ia de Coatepec Costales además de terminar con [l] tiene una [a:] llamada “a larga” -indicado esto con los dos puntos-, (porque dura más en el tiempo; esta característica es importante y puede ser Ia razón para diferenciar palabras; como por ejemplo [untúka], con [u] normal, es ‘lo seguí’ y [untú:ka], con [u:] larga, es ‘lo sembré’); en Xalitla, ‘árbol’ ya es diferente, [kúhtli’], lo mismo que en Cuautepec (que es [goßít]).

    Pero comparar palabras por comparar no sirve absolutamente de nada. Lo importante es encontrar las regularidades, en caso de haberlas.

    Para mostrar alguna, agreguemos otros tres sustantivos: ‘falda’, ‘pino’ y ‘olla’.

    Ahora las regularidades se ven con más claridad y la homogeneidad de estas siete hablas se cuestiona de inmediato. Oxtotilpan, por ejemplo, presenta dominantemente un “to” que ninguna otra habla tiene. Todas las palabras de Oxtotilpan, Mextepec y Coatepec Tlatlaya, las tres del estado de México, terminan con vocal: [yeyéka], [kwáwi], [kwé’le], [úku] y [kúmi], a diferencia de las palabras de Ias comunidades de Guerrero que todas terminan en consonante. Todas las de Coatepec Costales, fuera de otros detalles, terminan con [1]: [ye’yékal], [kwá:wil], [kwé’il] y [kú:mii].

    Las palabras de Xalitla que terminan con [tli’], ‘árbol’, ‘falda’ y ‘olla’, terminan con [iti] o [it] en las otras lenguas (ejemplifico comparando Xalitla con Xalatzala).

    Las palabras de Cuatepec, además de ser agudas, presentan [g] donde las otras lenguas tienes [k], presentan [ß] —un tipo de “b”— donde las otras tienen [w] y presentan [t] donde las otras tienen [tl]. Ejemplifico comparando sus formas con las de Xalatzala:

    Veamos ahora dos detallitos morfológicos (o de estructura de palabra) con tres sustantivos poseídos, uno de ellos en plural (he separado con un guion los componentes de cada palabra para facilitar su identificación):

    El náhuatl es una lengua que marca la posesión mediante prefijos (en estos ejemplos, es el de primera persona singular ‘mi’, cuya forma es {no-}, {nu} o {n-}). ‘Mi petate’ tiene básicamente dos formas: [nopéLa] —la representa a una lateral sorda— y [nópetl]. En cambio, ‘mi marido’ tiene tres: [notoLáka], [nunámi] y [nókich]; tres formas sin relación alguna entre sí.

    Pero el punto a destacar es la marca de plural del sustantivo poseído. Oxtotilpan, y es la única lengua nahua hasta ahora registrada con esta característica, indica el plural mediante un prefijo {ke-}: [kenúcha]. Por otro lado, Coatepec, Tlatlaya, emplea la marca de plural {-me} para los sustantivos poseídos (estrategia que es propia de las hablas nahuas del occidente: Durango, Nayarit, Jalisco y Michoacán):

    6. Lenguas en contacto

    Y podríamos continuar presentando material lingüístico de estas siete comunidades, buscarles semejanzas, diferencias. Pero más que defender el punto de la heterogeneidad o de discutir sobre la mismicidad, la relevancia de lo hasta ahora expuesto es señalar que lo esperado, lo lógico, es que Ias lenguas —o las variantes lingüísticas o los comunalectos— sean diferentes. Por ser Ia lengua, el pensamiento y la cultura una unidad compleja y porque cada comunidad tiene su propia historia, lo obvio, lo natural, es que lengua, pensamiento y cultura sean distintos. Cada comunidad tiene su derrotero, sus problemas y, en suma, su vida. ¿Qué es lo que nos obliga a creer que los idiomas usados en distintos lugares deban de ser iguales o el mismo? Y en esta pregunta va incluido el español.

    Pero más que responder a esta cuestión, debemos recordar que nada sucede al azar.

    Las diferencias y semejanzas apenas descritas han de relacionarse con la historia; la de la lengua y la de sus sujetos hablantes, reconociendo que la historia humana es resultado de voluntades y circunstancias, y la de la lengua de las determinaciones internas en pugna con sus condicionantes externos. Si observamos detenidamente un idioma (no únicamente su léxico sino todo él) podemos descubrir fragmentos de historia, rasgos culturales, e incluso, sistemas de pensamiento aunque no siempre fáciles de abstraer.

    Veamos brevemente dos ejemplos. El primero, el del náhuatl de Oxtotilpan, San Miguel Oxtotilpan. Ya se vio que es la única lengua nahua que tiene un prefijo de plural {ke-}, además de llevar en ocasiones un “extraño” {to-}. Su vecindad con San Francisco Oxtotilpan, comunidad de habla matlatzinca, nos permite inferir un contacto bastante estrecho que se constata cuando se realiza trabajo 44 de campo en la región. Y es que existe una tercera comunidad vecina, San Mateo Almomoloa, de habla nahua. La gente del lugar dice que los santos patronos de estas tres comunidades, San Francisco, San Miguel y San Mateo, son primos y que los tres hablaban matlatzinca. Los dos últimos ahora usan el náhuatl.

    Como lo sospechábamos, el bilingüismo no es exclusivamente humano.

    Si vemos cómo se pluralizan los sustantivos en matlatzinca descubrimos que es muy semejante a como se hace en el náhuatl de San Miguel. En matlatzinca se utiliza un prefijo {ne-} de ‘plural’ mientras que en San Miguel Oxtotilpan, el {ke-} ya mencionado:[4]

    Pero también descubrimos que en matlatzinca existe un {to-} de ‘diminutivo’ que va antes del sustantivo (por ejemplo, tophiwi ‘petatito’) y en caso de que la palabra estuviera poseída (por ejemplo, para decir ‘mi petatito’), el diminutivo aparece entre la marca del poseedor y el sustantivo poseído (como en thetophiwi ‘mi petatito’):

    Comparémosla con la forma náhuatl (suponiendo por ahora que el {to-} es ‘diminutivo’):

    Ya con la mera existencia del prefijo {to-} en matlatzinca y en el náhuatl de las comunidades vecinas bastaría para investigar cómo funciona este elemento en ambas lenguas. Pero falta muchísimo por estudiar. Nunca los idiomas son tan simples y mucho menos cuando están en contacto. Veamos, para terminar con este caso, dos hechos más.

    a) El plural del matlatzinca, cuando el sustantivo va poseído, es {-hë}, mientras que en el náhuatl de San Miguel, sigue siendo el mismo prefijo {ke-}. En estos casos, las estructuras de las palabras ya no son iguales:

    b) El {to-} del náhuatl no se puede identificar ahora como ‘diminutivo’ porque no únicamente aparece en los sustantivos; también lo hace en los adjetivos y en los verbos. En matlatzinca, sólo aparece con sustantivos (esto nos podría indicar más bien un uso de respeto):

    Asunto complejo. Este es un clásico ejemplo de lenguas en contacto.

    El segundo ejemplo es el de Xalatzala, comunidad guerrerense que, si la analizamos un poco más en detalle vemos que tiene varios rasgos que no corresponden con los que se identifican como característicos del náhuatl de la región central de Guerrero. Por ejemplo, a) existe una clase de sustantivos en el centro de Guerrero que tienen un sufijo {-tli} que en otros lugares (como Xalatzala) terminan con [itl] (por ejemplo, ‘mano’); b) asimismo, Xalatzala emplea la negación a:mo tanto en el imperativo negativo (para decir, por ejemplo, ‘no me regañes’) como en el indicativo (en ‘no están comiendo’), las demás comunidades utilizan maka para el imperativo negativo y {x-} para la negación en indicativo (o {kox-}, como Xalpatlahuac).

    Xalatzala no se ve muy guerrerense. Y en efecto no lo es. Sus características lingüísticas nos indican que algo ha sucedido. Y es gracias a la existencia de un documento que narra una migración y a su traducción y estudio, que sabemos ahora que la gente de Xalatzala no era originaria de Guerrero sino, al parecer, del valle de Toluca (lo que hace a este náhuatl más interesante).[5]

    Por cierto, los habitantes de Xalatzala siempre han sabido que no son originarios de Guerrero.

    Los ejemplos nahuas que acabamos de ver son una de las infinitas pruebas de que un idioma en contacto con otras lenguas (como el caso del náhuatl de Oxtotilpan con el matlatzinca) o con otras formas del —digamos— mismo idioma (como el caso de Xalatzala con los demás comunalectos guerrerenses) incide de diversas maneras en su evolución lingüística. Evolución, no corrupción, no fragmentación no degradación. Para las ciencias del lenguaje no existen ni idiomas de segunda, ni idiomas mestizos, ni mezclados. Las situaciones bilingües generan varios fenómenos gramaticales naturales, entre los más comunes están: los préstamos, los calcos y las interferencias.

    Por ejemplo, este fragmento de un diálogo en el náhuatl de San Francisco Ozomatlán, Guerrero, es más que evidente: [6]

    En este ejemplo, despuésdisculpas y el verbo perdonar son claramente préstamos del español. Pero toda la frase, absolutamente toda, es 100% náhuatl. Sus estructuras sintácticas y semántica son “perfectas”, pulcras, nahuas de Ozomatlán. No hay nada que le cuestione su nahuatidad. ¿El léxico? ¿Qué tiene el léxico? Pues todas las palabras que aparecen en la oración —todas— son total y adecuadamente nahuas porque son, estructuralmente, propias del náhuatl de Ozomatlán.

    Por ejemplo disculpas. En español es plural, en náhuatl no. Y no lo es porque en la cosmovisión de Ozomatlán, sólo los seres animados pueden ser pluralizados (y disculpas no es un ser animado). Esto se corrobora por la concordancia que va señalada en el verbo pedir. Mucho más claro es el caso de perdonar: es totalmente nahua.

    Y la construcción kitlahtlani disculpas es, de hecho, un calco del español. En náhuatl y en español las disculpas se piden.

    Por supuesto que no es mi intención convencer a nadie. Lo dicho del náhuatl también aplica, cien por ciento, al español. No hay ni español de segunda, ni mestizo, ni mezclado. Lo que se dice es porque la gramática de la lengua lo permite. Frases o palabras en español que vemos como extrañas o diferentes no se deben a la ignorancia de sus hablantes ni tampoco a una campaña para fragmentar o para corromper el español. No. Toda persona bilingüe, toda, justamente por ser bilingüe, puede hablar en la lengua que le sea más efectiva (en lo identitario, en lo estético, en lo afectivo, en lo comunicativo, en lo ritual).

    Esto significa, en pocas y silvestres palabras, que el español mexicano rural y el muy diverso español indígena es... español. Como dije antes, el español mexicano es la suma de los diversos españoles que se hablan y corren en México.

    7. La tarea planteada

    Iba a terminar mi discurso insistiendo sobre el constante cambio. Sobre la igualdad —que sólo es de dicho— y la mismicidad —que sólo aparece dentro de las prácticas identitarias, como parte de nuestros ejercicios de poder—. Iba a insistir en la omnipresencia de las diferencias (siempre acompañadas de semejanzas) y de nuestra terca necesidad de minimizar o ignorar esas diferencias con los que suponemos iguales a nosotros y de maximizarlas o sobrevalorarlas con los que pensamos o queremos distintos. Pensaba insistir en nuestra igualdad pero no en el ser idénticos. Somos iguales porque nos pensamos, nos aceptamos y nos decimos iguales.

    Pero no. He decidido terminar mi discurso haciendo una muy breve reflexión en torno al español mexicano. Y aceptando —sin aceptar— que soy indigenista, simplemente señalo que todo lo aquí dicho incluye, por supuesto, al español, al español hablado, al oral y al escrito. En este sentido, valdría la pena describir y explicar, con la misma atención, con el mismo rigor, el español que genéricamente puede ser identificado como indígena o, si se quiere, español de contacto. Esto significa que habría que conocer —no por el mero gusto de saber sino por su importancia— sus pronunciaciones, sus comportamientos gramaticales y su léxico. Sus peculiaridades. Faltaría reconocer esas formas de hablar por lo general ocultas, negadas y fuertemente estigmatizadas. Y con esto “todos los modos peculiares de hablar” el español en México serían, en efecto, todos los modos peculiares de hablar español. Y esto, no está de más recordarlo, es el objetivo que explícitamente se plantea la Academia Mexicana de la Lengua en el mismísimo primer artículo de sus estatutos. Y esto, curiosamente, nos obliga a conocer la diversa realidad lingüística mexicana. La tarea, pues, está planteada.

    8. Epílogo

    En fin, ahora sí, para terminar debo decir que estoy convencido de que hay diversas maneras de agradecer. Al menos hoy, el que esté yo aquí con este discurso, que va en prenda, y que con él asuma mi compromiso con esta muy noble corporación me parecen dos modestas y sinceras formas de dar las gracias. Pero debo mucho. Le debo muchísimo a muchísimas personas e instituciones. Algunas están aquí. Nombrarlas no tendría sentido (porque, por lo regular, los nombres y los rostros más frescos en la memoria son también los más cercanos en el tiempo... y siempre hay olvidos)... Sólo mencionaré dos instituciones: a la Escuela Nacional de Antropología e Historia y al Instituto de Investigaciones Antropológicas de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México... por supuesto que hay más. Lo sabemos bien: mis logros no son exclusivamente mis méritos.

    En verdad, muchísimas gracias. 

     

     

    1. Samuel Herrera, Alineamiento y frase verbal en huave de San Mateo del MarOaxaca, tesis de licenciatura de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, México, 2010.

    2. Ausencia López Cruz, Morfología verbal del zapoteco de San Pablo Güilá, tesis de licenciatura de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, México, 1997. 

    3. Los datos provienen de material recogido en trabajo de campo y de Yolanda Lastra, Las áreas dialectales del náhuatl moderno, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, México, 1986.

    4. Los ejemplos del matlatzinca fueron proporcionados por Etna Pascacio Montijo.

    5. Véase Danièle Dehouve, “Dos relatos sobre migraciones nahuas en el estado de Guerrero”, en Estudios de Cultura Náhuatl, 12:137-154, 1976.

    6. Véase Jonathan Amith (ed.), Ok nemi totlahtõl, vol. I. Instituto Nacional de Lenguas Indígenas, México, 2009.


    Respuesta al discurso de ingreso de don Leopoldo Valiñas


    Es un grato deber y un honor representar a la Academia Mexicana de la Lengua en este acto para dar la bienvenida como su miembro de número a don Leopoldo Valiñas Coalla, que a partir de ahora ocupará la silla vigésimo tercera. Es asimismo un placer y un honor en lo personal contestar su brillante discurso de ingreso. Bienvenido a esta su casa, don Leopoldo Valiñas, bienvenido a tu casa, querido Polo.

    Mi contestación será muy breve y se centrará en tres aspectos: 1. Por qué es importante el ingreso de don Leopoldo Valiñas a nuestra corporación. 2. Por qué es importante su discurso de ingreso, y 3. Por qué será, ya lo es, un muy valioso académico.

    1. Atendamos el primer punto. Qué significa el ingreso de un lingüista indigenista en la Academia de la Lengua. Me voy a permitir caracterizarlo como lingüista indigenista, aunque a nuestro nuevo miembro de número le resulte indiferente el adjetivo indigenista, y yo prefiera quedarme a secas con la palabra que designa el oficio, lingüista.

    Permítanme decir algunas obviedades, porque justamente por obvias y cercanas a nuestro entorno y mirada, suelen pasar desapercibidas en los hechos cotidianos. Primera obviedad: la lengua española, como toda lengua, como cualquier lengua, es un crisol de rasgos lingüísticos de procedencia y origen muy diverso. Segunda obviedad: en el caso del español de México —y no me refiero por ahora al país México, sino al español, uno y diverso, hablado en México—, las lenguas indígenas son, junto con la española que arribó a este continente a inicios del siglo XVI, lenguas patrimoniales del español mexicano actual; patrimonial en el sentido técnico con que se emplea en la lingüística histórica y también, desde luego, en su sentido cultural más amplio. Sin esos dos conjuntos no se puede entender la actual configuración y funcionamiento del español de nuestro país, y me refiero tanto a aspectos muy obvios, como los numerosos indigenismos léxicos empleados cotidianamente, desde molcajete hasta papalote, y muchos centenares más, posiblemente miles, hasta hechos menos obvios, como, por ejemplo, por citar sólo uno, la preferencia de los mexicanos por establecer relaciones de posesión donde no existe, a primera vista, una relación posesiva, del tipo vamos a ponerle su salsita, donde la salsa no es de nadie ni de nada y es de todos, y hasta de los tacos, poseedores casi innatos de la salsa. Esos dos conjuntos lingüísticos, español y lenguas vernáculas mesoamericanas, en estrecha aunque muy desigual interacción, explican no sólo cómo hablamos sino quiénes y cómo somos actualmente en este país.

    Esta segunda obviedad no suele ser tan obvia, porque lo cierto es que las lenguas indígenas, y sus estudiosos, suelen estar subrepresentadas, o no representadas, en organismos oficiales cuyo objetivo central es estudiar la lengua española en México.

    Afortunadamente, la Academia Mexicana de la Lengua no puede ser adscrita a este tipo de organismos que olvidan nuestro múltiple patrimonio. Nuestra Academia lleva más de una centuria consciente de que las lenguas indígenas han gestado codo con codo el acontecer histórico y el funcionamiento cotidiano del español en nuestro país, y ha acogido en su seno, desde su fundación en la tercera década del siglo antepasado, a literatos y pensadores indigenistas, ha acogido a historiadores indigenistas, a filólogos indigenistas, y acoge ahora a un lingüista indigenista, especialista y conocedor de varias lenguas indígenas mesoamericanas, pero sobre todo un gran especialista en la sincronía y diacronía de las lenguas yutoaztecas, particularmente el náhuatl, los muchos nahuas, como nos acaba de mostrar don Leopoldo Valiñas.

    La figura de Leopoldo Valiñas Coalla y el perfil profesional que él representa atiende cabalmente el artículo 1 de los Estatutos de nuestra Academia, que a la letra dice: "La Academia Mexicana de la Lengua tiene por objeto el estudio de la lengua española y en especial cuanto se refiera a los modos peculiares de hablarla y escribirla en México", como el propio don Leopoldo Valiñas nos acaba de recordar.

    2. Pasemos al segundo punto de esta contestación. Por qué es importante el discurso que nos acaba de leer don Leopoldo Valiñas.

    Porque enfatiza y demuestra varios hechos, que, quizá por obvios, son poco escuchados y poco reconocidos en nuestra sociedad. Y porque asimismo enfatiza y analiza de manera fina información novedosa o poco conocida entre lingüistas y académicos no indigenistas, y posiblemente novedosa también entre los indigenistas, tal es el caso de la extensa y compleja variación lingüística del náhuatl, variación que debe venir de muchos siglos atrás, que debe tener una gran profundidad histórica, porque si no, no sería ni tan compleja ni tan diversificada, como nos muestran los datos expuestos por don Leopoldo.

    Detengámonos en algunos puntos de su discurso. Nos acaba de decir que sólo hay una lingüística, y añadiría yo, la buena y comprometida lingüística. Compromiso que queda patente en el discurso de don Leopoldo Valiñas.

    Nos dice que la realidad de nuestro país es plural y muy compleja, en lo lingüístico, en lo cultural y, por ende, en las visiones subyacentes del mundo de los mexicanos. Que, cosa muy grave, no hay un solo lugar donde se enseñe, ni bien ni mal, el español como segunda lengua a hablantes de lengua indígena, y ello, vuelvo a añadir yo, retrasa y obstaculiza enormemente el proceso político y social de lograr un país más igualitario y democrático.

    Enfatiza en su discurso que lengua, pensamiento y cultura son tres aspectos inseparables del ser humano. Es decir, que la lengua es el soporte de nuestra visión de mundo y de nuestra identidad, o, en otras palabras, que somos como somos porque hablamos una determinada lengua o unas determinadas lenguas, y que la realidad existe porque tenemos capacidad de nombrarla y hablar de ella. No existe, nos dice don Leopoldo, nada gratuito ni al azar en los hechos de lengua. Coincido totalmente con él. En efecto, no es gratuito que en la tradición judeocristiana se diga al inicio del Génesis (1:1) "Dijo Dios: 'haya luz'. Y hubo luz", o que el Evangelio de San Juan diga en su inicio "En el principio fue el verbo" (1:1), esto es, gracias a la palabra existe el mundo, y fue la palabra, la capacidad de nombrar, la que nos hace humanos. No es gratuito que hace casi ochocientos años, en 1280, el rey de Castilla-León, Alfonso X el Sabio, en la Primera parte de su magna General estoria, escribiera: "y como empeçaron a desacordar en las lenguas, así començaron a desacordar en las voluntades luego en las costumbres" (1, pág. 44.20-25a). No es gratuito que algo muy similar se diga en la tradición maya-quiché: "Tierra —dijeron— y al instante apareció" (Popol Vuh). El discurso de don Leopoldo Valiñas pone en el centro de nuestra atención y demuestra con ejemplos claros y bien seleccionados, ejemplos paradigmáticos todos, ese casi invisible pero poderoso e inherente vínculo entre lengua, pensamiento, cultura y visión del mundo.

    El discurso de don Leopoldo Valiñas es importante también porque muestra que el estado natural del funcionamiento de las lenguas es el cambio y la variación. Que el cambio, ya sea por contacto, ya por razones internas, no es una descompostura de la lengua sino un acto creativo que hace posible que la lengua siga funcionando y operando entre los hablantes. Las metáforas de los escritores son cambio lingüístico, los cambios lingüísticos gramaticales que realizamos los comunes hablantes mortales suelen tener metáforas diversas en su base y ser un poderoso mecanismo de cambio; por lo tanto, sólo hay una lengua, la misma a la vez que distinta, para todos, lengua en funcionamiento, no hay descomposición, hay cambios que son siempre dinámicos y creativos. Y hay, desde luego, una gran estabilidad en los hechos de lengua; un ritual sedimentado y compartido por millones de hispanohablantes a lo largo de muchas centurias, compartido y sedimentado por hablantes indígenas a lo largo de muchos siglos.

    Su discurso es un fino y bien elaborado análisis de variación y reconstrucción lingüística para mostrarnos que no existe tal cosa como homogeneidad en una lengua, y por supuesto que tampoco existe homogeneidad en el náhuatl, aunque los hechos de lengua, en cualquier lengua, sean, paradójicamente, muy estables y sistemáticos, como también nos muestra en su análisis.

    Con el ingreso de don Leopoldo Valiñas se enriquece en la Academia de la Lengua el quehacer y perspectiva de la variación lingüística, que ya estaba muy presente, porque ya había dialectólogos, filólogos e historiadores de la lengua. Había, hay, en la Academia Mexicana de la Lengua, lingüistas, sin calificativos, ahora hay uno más. Muy bienvenido.

    La variación no significa, desde luego, que no existan hechos normativos, pero la norma y la valoración positiva o negativa del hablar y del escribir las crea y establece la comunidad, la sociedad de hablantes, nunca son inherentes al funcionamiento de las lenguas. Nos lo dice don Leopoldo Valiñas y coincido totalmente con él.

    El conocido lema de la corporación Academia de la Lengua de "limpia, fija y da esplendor", sigue, no obstante, vigente en los inicios del siglo XXI —no deben preocuparse mis queridos compañeros académicos y respetable público—, pero ha cambiado la óptica aunque mantiene la esencia del objeto de estudio. La Academia de la Lengua sigue fijando, fija, porque analiza más y mejor, con finura y profundidad, los hechos de lengua y se afinan los modelos teóricos para encontrar y explicar las recurrencias, los hechos regulares y los excepcionales. Limpia porque describe en profundidad cualitativa y cuantitativa, sin juzgar, los hechos, teniendo muy presente que el mundo hispanohablante ha contenido siempre y contiene muchas normas, todas ellas correctas, todas distintas a la vez que similares. Dar esplendor es conocer mejor nuestro objeto de estudio; en el caso que ocupa a la Academia Mexicana de la Lengua, es conocer mejor la lengua española hablada y escrita en México, en toda su variedad y unicidad.

    3. Pasemos al tercer y último punto de esta contestación. Por qué será, ya lo es, un académico muy valioso. Leopoldo Valiñas es un trabajador incansable, pero no entra por eso a la Academia Mexicana de la Lengua, aunque esa virtud es, sin duda, un valor agregado.

    Entra porque es un gramático en el sentido más clásico de la palabra, porque domina el ars grammaticae, la tecné de la lengua, de muchas lenguas, incluida la española, en los varios niveles de análisis. Es un excelente fonólogo, también es excelente morfólogo, hace sintaxis muy bien y por lo tanto también hace bien semántica y pragmática, porque las tres disciplinas van indisolublemente unidas; hace sociolingüística y la hace bien, es, en una palabra, un gramático, un lingüista, cabal. Y hay que añadir que esa cabalidad es porque controla muy bien los datos duros y puros de corpus, levantados en campo o en escritorio, y maneja bien, muy bien, la teoría o las teorías necesarias para describir, explicar y entender mejor esos datos.

    Sus áreas de especialización, leemos en su curriculum —y cuando digo especialización es real en el caso de Leopoldo Valiñas—, son la lingüística histórica de las lenguas yutoaztecas, la morfología y fonología generales, la relación entre lingüística y educación, con especial énfasis en planificación y alfabetización de lenguas indígenas; debo decir que la preocupación por la educación ha sido una constante en el trabajo de don Leopoldo Valiñas a lo largo de su extensa carrera profesional. Hay que añadir que la gramática sin adjetivos y la sociolingüística son también sus especialidades.

    También leemos que las lenguas que ha trabajado son el náhuatl (Occidente, Costa del Pacífico, Estado de Guerrero), el mixe, de Oaxaca; el zoque de Chiapas; el tarahumara y familia yutoazteca del sur; y desde luego el español. Sus trabajos reflejan que ha trabajado bastantes más lenguas que esas.

    Y en su curriculum, en el rubro que todos hemos llenado alguna vez de idiomas, además de inglés y francés -lenguas que casi cualquier cristiano puede poner- aparece que es un hablante fluido del náhuatl del Alto Balsas y que sabe y traduce náhuatl clásico, en traducción directa e inversa.

    Su curriculum abarca numerosos artículos especializados, numerosas ponencias plenarias y ponencias, publicados en lugares importantes de estricto arbitraje todos, desde el International Journal of American Linguistics, el Journal of Quantitative Linguistics, hasta Tlalocan y los Anales de Antropología, y los títulos de sus trabajos indican que ha estudiado muchas lenguas mesoamericanas y muchos fenómenos de esas lenguas.

    No debo dejar de mencionar el hecho de que es un excelente maestro, sus alumnos, que son nuestros mejores y más estrictos jueces, lo adoran, babean por él y por sus cursos. Su curso de morfofonémica es un clásico en el posgrado en lingüística de la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, y sé que ahora está dando pragmática. En esa constante actividad docente ha enseñado y formado a muchos lingüistas indigenistas.

    Conocí a don Leopoldo Valiñas en persona hace muchísimos años —no diré cuántos— en un curso en El Colegio de México, ya había oído de él y ya había leído algún trabajo suyo. Debo decir que fue todo un reto, interesante y creativo, darle clase a Polo.

    Bienvenido Polo a la Academia Mexicana de la Lengua, bienvenido a esta tu casa.

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