Homenaje luctuoso a don Francisco J. Santamaría y a don Ciprián Cabrera Jasso

    Jueves, 14 de marzo de 2013.

    Homenaje luctuoso de la Academia Mexicana de la Lengua a don Ciprián Cabrera Jasso, a un año de su fallecimiento

    Casa Lamm, México, 14 de marzo de 2013 1

    Hace un par de días, cuando quise imaginar un título para lo que entonces escribía y ahora voy a decir, vinieron a mi memoria diez palabras:

    soñar y creer que muero,
    morir y creer que sueño


    dos versos de Ciprián Cabrera Jasso, el altísimo y doloroso poeta a quien hoy rendimos homenaje. Antes que Cabrera Jasso, otros tres tabasqueños ilustres ingresaron a la Academia Mexicana de la Lengua: Carlos Pellicer, Francisco Javier Santamaría y José Gorostiza. Curiosamente, en años contiguos: 1953, 1954 y 1955.

    Narrador, ensayista, dramaturgo, sobre todo poeta, el 8 de diciembre de 2011 Cabrera Jasso fue electo académico correspondiente en Villahermosa. Cinco años antes había recibido el Premio Pellicer para obra publicada; en febrero de 2012, el gobierno de Tabasco le otorgó un reconocimiento por su ingreso a la academia. Un mes más tarde, el 11 de marzo de 2012, ciento trece días antes de cumplir 62 años, en Villahermosa, en la terraza de su casa, nuestro querido, admirado y añorado amigo se colgó. En este homenaje a su memoria, quiero buscar en sus palabras las señas del camino que lo llevó a tomar esa decisión.

    Irremediablemente dolorosa, su muerte fue un acto de coherencia con la convicción, patente en su prosa tanto como en sus versos, de que es posible pasar a otras dimensiones; de que allende la muerte podremos reconocernos y reencontrarnos; de que reencarnaremos; de que no hay fronteras entre sueño y vigilia, entre vida y muerte.

    Cualquiera se puede quedar en un sueño
    y volverse sueño.
    Imagen de un olvido en el viento.

    *

    Ciprián Cabrera Jasso nació a orillas del Usumacinta, en Montecristo, que después cambió de nombre. Desde niño quiso ser poeta y monje. Dedicó su vida a buscarse. Se buscó en el mundo; lejos de su río estudió psicología, en la Universidad Nacional Autónoma de México, y literatura inglesa, en la Universidad de Michigan; viajó por México y vivió en Europa; se buscó en el trabajo social, el magisterio, la función pública; en el erotismo y en las seis mujeres con las que compartió etapas de su vida —al final llegó solo—; en sus tres queridísimas hijas; en el alcohol y otras drogas; en la meditación y en el camino en ascenso de los monjes ishaya —como monje, se llamó Vyasa—; quiso hallarse para escribir “una poesía que toque las fibras del ser divino que somos”.

    “–¿Te gusta cómo me estoy haciendo?”, pregunta en uno de sus cuentos una mujer que se teje. “–Tú no te estás haciendo —es la respuesta—, ya estás hecha. Lo único que tienes que hacer es verte, descubrirte a ti misma...” 

    ... Siento que estoy tejiendo mi muerte.
    –¿Y le tienes miedo?
    –No, realmente no. Vivo sonriéndole. Desde hace tiempo que su esperanza es mi mejor compañía. No es que no me guste la vida, al contrario, sino que no creo que sean distintas. Pero... 
    –Pero, ¿qué?
    –Ya quiero pasar la puerta y ver a tanta gente que extraño. Sé que están allí, las he visto en sueños.

    *

    Los personajes de Cabrera Jasso no alcanzan a disfrazarlo; a veces pasan de una dimensión a otra.

    Silencioso, vacío de imágenes,
    pleno de quietud me evaporo por los aires
    y sé que soy el fantasma, el muerto revivido.

    Me da miedo ser este remolino
    que se traga a sí mismo sin descanso.
    Ser este dibujo constante, esta silueta de pozo,
    este bosque de silencios.

    . . . . .

    Nada tiene principio ni fin,
    ni pasado ni futuro:
    desde siempre, sólo el instante.

    En uno de sus cuentos, dos hermanos vuelven a la casa de uno de ellos, en la brumosa Coatepec, convenientemente poblada de fantasmas:

    Nos tomamos el té casi en silencio. La inmensidad de la noche se hacía sentir en el palpitar del chillido del grillo: de pronto se dilataba y volvía a contraerse como si fuera el corazón.

    –Bueno, ahora sí, a dormir —le dije—. Este trago me calentó la sangre y me calmó los nervios. Ojalá y puedas descansar.

    –Ojalá –me dijo mientras nos encaminamos a nuestros cuartos.

    . . . . .

    Cerré la puerta, miré hacia todos lados, me aseguré de que la ventana estuviera bien cerrada, lo mismo los postigos. Comencé a desvestirme mirando a cada rato hacia atrás; me sentía observado. No me decidía a apagar la luz, pero por fin lo hice. La cama estaba fresca y fue un alivio sentir que podía meterme entre las sábanas y refugiarme en ellas. La oscuridad era penetrante, no había ni un solo punto de luz. Cerré los ojos y pensé en todo lo que había hecho durante el día. En eso estaba cuando empecé a sentirme muy extraño, como si dejara de pertenecerme a mí mismo. Algo comenzó a moverse dentro de mi cuerpo; sentí que salía y que me observaba acostado en la cama. Miré hacia todos lados; no sabía qué estaba ocurriendo; podía ver en plena oscuridad. Me encaminé hacia la ventana, aún no sé por qué, y abrí uno de los postigos. El paisaje no era el mismo. Atrás no estaban los lavaderos, ni el campo, ni las plantas de café, ni el árbol de bambú. Lo que vi fue un pasillo largo en el que no tuve otra opción que entrar. Vi de nuevo hacia mi cuerpo; creía que estaba muerto y que...

    No voy a transcribir “La casa”; vale la pena buscar este cuento. Aquí citaré a Ciprián sin cuidarme de normas académicas. La más amplia colección de sus prosas apareció en 1992, bajo el sello de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los versos que voy a leer en adelante proceden de los dos tomos de Obra poética que la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco publicó en 2005 —y que el año siguiente le valieron el Premio Pellicer—. Estos poemas insisten en el paso de una dimensión a otra, en la posibilidad de compartir un cuerpo:

    Sé que estabas en algún sitio
    dentro de mí, pero no llegaste.
    Qué extraño, estabas en mí y no llegaste.
    Estabas en mi sueño
    y abrí los ojos sin poder verte, sin poder tocarte.

    En ellos se transita con naturalidad, sin sobresaltos, entre la vigilia y el sueño, entre el sueño y la muerte:

    Despunta como un aguijón de asombros
    esta madrugada.
    Es aquí donde todo tiene que ocurrir:
    las casas son las mismas que pueden esfumarse
    en cualquier instante, y los hombres, y las flores.
    Creo que escribo cargado de somnolencia,
    que me pesa el lenguaje,
    que me deslizo por la hoja como en sueños
    y que mi rostro se ausenta de los espejos.
    En este momento se me viene la idea
    de que todo parto es un designio de esperanza
    y me pregunto en silencio y miedosamente
    si morir y soñar son lo mismo.
    Yo quiero los dos de un solo golpe:
    soñar y creer que muero,
    morir y creer que sueño.

    Y en ese ir y venir de la vigilia al sueño, de la vida a la muerte, se cumple la reencarnación, pues

    La vida es un milagro que retorna
    en otras manos, en otros cuerpos.

    Quizá en esta misma banca me senté
    hace un siglo o más;
    quizá yo mismo hice la banca
    y en ella están las huellas de mis manos
    que ya no son estas manos,
    sino unas manos que acariciaban otras manos
    distintas de estas manos que ahora tomo,
    acaricio y amo.

    Como es posible extraviarse en un sueño, o haber muerto sin saberlo:

    Bajamos los escalones aquella tarde.
    El sol en el crepúsculo...
    las aves en el canto que disuelve la luz.
    Me preguntaste, con tu voz en la penumbra,
    si había caído la noche.
    Miré hacia todas partes y te dije:
    –Sí, es hora de partir,
    ya estamos demasiado muertos.

    Una rosa ha muerto
    para la eternidad del aire
    dejando en mi vida su perfume.
    Mientras tanto, pienso con nostalgia
    que quizá soy una sombra,
    el reflejo de un hombre
    que nunca tocó el mundo.

    como los ojos
    que tratan de ver
    y están muertos.

    O pasar de un lado a otro del velo, de una orilla a otra del río que nos separa.

    Ciertamente: algún día
    abrirás la ventana
    y mi lugar estará deshabitado.
    Las estrellas se habrán disuelto
    en la luz del alba;
    las sábanas estarán revueltas
    con tu soledad
    y en el viento, fugaz y frío,
    irás formando
    la imagen de mi sombra.
    En el patio, las niñas,
    nuestras pequeñas hijas,
    jugarán, quizá,
    algo parecido a la vida.
    Mientras tanto, la mía,
    irá lejos, muy lejos,
    tan lejos
    como le alcance la muerte a mi vida.

    Quizá con el tiempo
    cuando la ausencia
    haya penetrado mi lugar,
    encuentres una señal mía
    entre las hojas de un libro viejo.
    El viento de cualquier estación
    te hará recordar que estuve vivo,
    sabrás que lloré
    de impotencia ante la maldad;
    que me enfrenté
    cara a cara con mis demonios
    y que amé hasta lo insufrible.
    Yo te observaré, quizá,
    desde la otra orilla:
    ya sin huesos, sin carne,
    sin peso...
    y pasaré a tu lado
    para continuar mi viaje.

    Y ¿por qué esperar? ¿Por qué no decidir uno mismo el momento de rasgar el velo, de pasar a la otra orilla?:

    En este instante, por ejemplo,
    sería capaz de jugar
    a tirarme por la ventana
    y me detengo y escribo,
    y miro hacia la vida
    y agradezco habitar
    este mismo sitio que tú habitaste
    y doy gracias, también,
    por seguir de pie ante la ventana

    En la quietud de la tarde
    observo el reflejo
    de mi rostro en el cristal
    vacío, sin nada en él
    que no sea sino el silencio.

    Del suicidio nos queda el misterio,
    el pacto roto, el triunfo sobre la espera de la muerte,
    la mueca de un adiós deforme y el viento.
    Acortar el camino, equivocar el rumbo
    y caer en el sueño inevitable
    del eterno retorno.

    Esto es la muerte:
    caer en el fondo de uno mismo,
    en la creación de uno mismo.

    *

    Conocí a Ciprián en 1988, cuando yo encabezaba la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes y viajaba constantemente por el país. Nos hicimos amigos, se me convirtió en Pano y tuve la oportunidad de trabajar con él una coedición del gobierno de Tabasco con el INBA. Un libro de especial intensidad, Kasandra: la mujer que lo convirtió en “lujuria y sed, desenfreno y bestia/ que lamía la miel de sus entrañas,/ la humedad donde renace el mundo,/ la grieta donde la daga encuentra su entrañable nido”. Un libro cuyo erotismo alcanza los momentos de calma:

    Deseo platicar contigo, Kasandra,
    ojalá me escuches y no te duermas.
    No, espera,
    deja en paz un momento nuestros sexos,
    déjalos un rato como ejércitos en retirada.
    Pero no te cubras,
    permite que la brisa
    que entra por la ventana
    arrulle el bosque de tu pubis,
    tu vientre de intensas fiebres:
    donde se deposita el misterio de las almas.
    Mira, el aire se ha ido impregnando
    lentamente
    de la luz del Alba.

    Y en la mejor tradición romántica y modernista celebra las nupcias del erotismo y la muerte:

    No te detengas nunca, nunca...
    hasta que la muerte regrese tu cuerpo
    (donde sacié mis ansias)
    al polvo de tus huesos,
    a la tierra estrecha donde se libera
    y renace el Alba.

    Que se prolonga en los poemas que siguieron, con una clara obsesión por el suicidio.

    En las provincias de la noche
    nos desnudamos de la piel
    y queda la transparencia.

    . . . . .

    En el palmo de polvo que pasa con el rostro levantado
    hay navajas en las muñecas, sogas en el cuello,
    estallidos en la sien, puentes solitarios.

    En memoria de su amigo Manuel Barbosa dice Ciprián:

    Tan sólo pidió un cuarto
    y dijo adiós a los rostros
    que tanto daño le habían hecho.
    No quería más, hablar le dolía, lo sé.
    Cerró la puerta y tras de ella la vida.
    No más sangre caliente en las venas,
    no más rojo, no más pasión;
    la hizo correr por sus manos vacías.
    Por ellas tenía que salir el amor, el odio,
    la angustia y esos veinticinco años
    de vagar largamente sobre la tierra.
    El martirio se hizo eterno
    y escribió un último poema en pleno éxtasis de muerte.
    Sentía todo inagotable, demasiada agua,
    demasiada sangre,
    demasiada vida en el cuerpo para esperar;
    la despedida la quería definitiva, rápida, de prisa,
    y qué mejor que sellando la respiración:
    detener el aire en la garganta,
    matar el fuego
    y sacar la lengua con la mirada
    casi muerta, a un espejo.

    La muerte del padre es una pesadilla dolorosa, pero el poeta sabe que es pasajera:

    Amanece en las baldosas.
    No podía ser de otra forma.
    Todos los días la parálisis, el silencio
    de los labios que silbaban por toda la casa.
    Y ahora, Señor, pusiste el dedo en la boca de tu hijo
    y se ha callado, no dice nada.
    Se ha vuelto silente y quieto como las plantas.
    Está rota la madrugada, roída su ternura,
    ahuecado el vértigo que lo conduce a su fondo.
    Nadie contesta en su cuerpo.
    Nadie hay que haga el milagro de decirle levántate y anda,
    vuelve a tu compañera y a tus hijos,
    vuelve a tus campos y a tu río,
    vuelve a tu perro,
    vuelve de esa mudez y canta de nuevo en la regadera
    para que las aves lleguen al patio
    y la puerta de la casa sea una sonrisa
    abierta a todas las vendedoras de verduras.
    Que se abran los mares,
    que se escuchen cantos y batir de alas por el cielo,
    que la luz anegue su corazón y lo ilumine,
    que mi padre abra de nuevo sus ojos
    y despierte de esa pesadilla pasajera,
    de ese sueño de acantilado que se desploma.

    “Carta a mi madre”, publicado en La ventisca, un libro de 1990, no tiene atenuantes:

    No quería decírtelo para no dañarte:
    hay ocasiones que me canso de esperar;
    las manos se me agrietan hacia el cielo
    y siento en el pecho algo así como un hueco hirviente.
    Busco, es cierto,
    la luz que nulifique estos minutos lentos y pesados,
    la vida heredada desde antes de tu vientre,
    la música que me comulgue con las estrellas
    y la ligereza del viento y del humo.
    Estoy en el amor más pleno,
    y me duele sentir este vértigo en los huesos,
    este escalón sin retorno bajo mis pies,
    esta luna menguante en la raíz de las entrañas.
    Quiero que te estés contenta
    por haber permitido que mi alma
    albergara en esta piel
    a la que pusiste nombre.
    Pero sucede que pasan cosas en el camino,
    las angustias se acumulan,
    los recuerdos se encadenan
    y quisiera abolir esta esclavitud de días y de noches
    que se repiten sin tregua y sin descanso.
    No pienses que estoy arrepentido de esta existencia
    en la que he sido casi de todo.
    El silencio, el no poder hablar contigo cara a cara,
    el no poder decirte lo que me pasa en este aire
    al que me aventaste una tarde de julio,
    me han hecho escribir esta carta,
    esta leve sombra pasajera como cualquier palabra.
    Pero no te preocupes, mamá,
    el instante, que parece eterno, también se vuelve viento.

    Todo viene a impregnarse en mis pupilas:
    la ceniza de los años, los rostros de las mujeres que amé
    y arañaron mi pecho como lobas en celo,
    las voces que me acompañaron
    y que aún me acompañan en este camino.
    Sé que no existe final, que nada termina
    en este recomienzo de una vida indescifrable.
    Todo sueño nos conduce de nuevo a las piedras queridas,
    a los reflejos amados, a la memoria que atesora amores
    y todos los minutos que viven en este instante.
    Un aire tibio baña la penumbra del ocaso,
    las hojas se desprenden resignadas y en silencio.
    Doy gracias a la lluvia por llegar a tiempo
    para unirse a este canto
    y cubrir con su humedad la nostalgia.
    En esta tranquilidad de la renuncia
    a ciertas cosas del mundo,
    escucho el rumor del alma que revolotea
    y toma sus alas y practica su próximo vuelo.

    Mi alma sabe, desde antes de mi nacimiento,
    que una vez rota la jaula, será libre.

    Al concluir esta recordación, hago votos porque Ciprián Cabrera Jasso, Pano, haya alcanzado lo que, en sus días y en sus versos, tan ávida, tenaz y febrilmente buscó: esa vida inextinguible que la luz de las orquídeas renueva en el vientre de la tierra.

    Sólo las aves, sólo su canto
    en el silencio del corazón.

    Abriste la puerta del jardín
    y los dos nos volvimos niños.
    Imaginamos juegos debajo de los naranjos,
    vuelos por las ramas,
    escondrijos por las sombras,
    caminos por los pequeños senderos de las hormigas.
    En tus uñas se veía la huella de la sembradora
    que preña la tierra
    y deja en su vientre la luz de las orquídeas.


    1 Esta versión no está sujeta en el tiempo a la brevedad que exige una ceremonia pública, así que me permito extenderme un —muy— poco más.

     

    Una presencia cotidiana (título provisional)



    I

    Cada jueves, en las sesiones de la Comisión de Consultas de esta Academia Mexicana de la Lengua, se abre como quien alcanza el pan el Diccionario de Mejicanismos del ilustre tabasqueño Francisco J. Santamaría (1889-1963): “Santamaría, el Santamaría” es para nosotros (José G. Moreno de Alba, Ruy Pérez Tamayo, Vicente Quirarte, Felipe Garrido, Patrick Johansson y el de la voz, presididos por Gonzalo Celorio), el nombre de un cuerpo de referencia ineludible y cotidiana, cuyo prólogo él presentó como discurso de ingreso a esta Corporación titulándolo el “Novísimo Icazbalceta”, al cual dio respuesta el escritor y diplomático Francisco Castillo Nájera. El de Santamaría se añade así a otros apellidos ilustres que dan nombres a Diccionarios y obras de referencia como son en nuestra lengua el de Icazbalceta, María Moliner, el Seco, el Mialaret, el Baralt, el Cuervo, el Guido Gómez de Silva, el flamante Company coeditado por la Academia Mexicana de la Lengua y Siglo XXI, y, en otras lenguas, el Littré, el Webster o el Larousse, nombres de diccionarios hechos y organizados en la mayoría de los casos por un solo individuo y que llevan un sello personal. Es el caso de la novela recientemente publicada por Simon Wichester: The profesor and the mad man James Murray y P. W. C. Minor. Santamaría es, además, de autor de El Diccionario de Americanismos publicado años antes, en 1942 y del de Mejicanismos de muchas otras obras de lexicografía, filología, historia, investigación y además de obras narrativas como los cuentos De mi cosecha (1921) o la estremecedoraLa tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre (1937) para no hablar de las Crónicas del destierro: desde la ciudad de hierro. Diario de un desterrado mejicano en Nueva York. (1933). Fue también autor de La poesía tabasqueña (1950); Memorias, acotaciones y pasatiempos (1981) en varios volúmenes. También escribió El movimiento cultural en Tabasco (1946); El periodismo en Tabasco, estado del que fue primero senador entre 1940 y 1946 y luego gobernador entre 1947 y 1953. A la del único sobreviviente de la matanza de Huitzilac, como gobernador, a Santamaría “le tocó inaugurar una obra tan deseada como esperada para la integración de Tabasco a la nación: el ferrocarril del Sureste, que partía de la Estación Allende en Veracruz, y luego de atravesar el territorio tabasqueño por su costado de tierra adentro, llegaba hasta Campeche.1

    Durante esa gestión se publicaron en Tabasco alrededor de ochocientos títulos. Es autor de los críticos y minuciosos Domingos académicos (1959), obra batalladora y complementaria de sus diccionarios y en cuyas páginas se puede comprobar por qué en su juventud como tribuno Santamaría fue llamado el “Juez Lince”. Cabría decir que como lexicógrafo y filólogo, Santamaría merece ser llamado también con ese apelativo: el de “Filólogo Lince” que lo asocia a los caballeros tigres y hombres jaguares del pasado mesoamericano.

    II

    La copiosa bibliografía de Francisco J. Santamaría se arraiga en una vida trazada desde el inicio por el llamado de una vocación intelectual y literaria. De cuna muy humilde, rural y campesina, el niño Francisco Javier Santamaría hizo sus primeros cuatro años de instrucción primaria en el rancho de Macuspana —lugar adonde fue a vivir poco después de que lo alumbrara su madre— adonde ayudaba a su tío en los trabajos del campo. Lo hacían soñar las letras y los números fantasear como las aguas caudalosas de su majestad el rio Grijalva a cuyas orillas frondas descansaba luego de las faenas y a cuya geografía e historia dedicaría una notable y erudita monografía años más tarde. A orillas del rio, el niño premeditaba con impaciencia su traslado a la ciudad capital de Tabasco, San Juan Bautista de Villahermosa. Santamaría nació el mismo año que Alfonso Reyes, Gabriela Mistral, Henry Miller y la Torre Eiffel, y en la misma región nativa de nuestra señora la Maliche, Marina Malitzin, como la llamaba Bernal Díaz del Castillo y que sus coterráneos compañeros académicos Joaquín Casasús, Manuel Sánchez Marmol, Andrés Iduarte, Carlos Pellicer, Celestino y José Gorostiza y Ciprián Cabrera Jasso.

    El avispado chamaco manifestó sus deseos de trasladarse a la Capital. La primera respuesta del hermano de su madre fue un revés, luego unos azotes. Cuando el tenaz escuincle, insistió de nueva cuenta en su deseo de marcharse a estudiar, la madre suplicó al tío que lo acompañara a la capital, y una madrugada se vio perderse por el anchuroso caño a un cayuco con dos siluetas. Al llegar a la capital, se hospedaron exhaustos y hambrientos en una fonda que la hacía de hostal.

    Al día siguiente, el tío le dijo que las arreglara solo, y solo se fue Santamaría a ver al Director de Educación Primaria, don Arcadio Zentella. Autor de la novela costumbrista Perico (1895) y de Los escapularios de la virgen de Cunduacan (1906) citadas por cierto como referencia en el Diccionario que haría años después Santamaría junto con otras obras.

    Aquel hombre blanco, alto, de ojos azules de esturión y de barba blanca de patriarca bíblico como su nombre digno de años y años de soledad, le preguntó al flaquillo descalzo qué quería, y, recorriendo nerviosamente las alas de su sombrero de paja, le dijo sin temblar su deseo de que se le diera oportunidad de examinarse de los dos años que le faltaban para ingresar al siguiente ciclo —entonces la Preparatoria— y que, además, se le diese beca para seguir estudiando. Don Arcadio Zentella guardó silencio un momento como abanicándose con su propio nombre. Luego, se puso de pie, y empezó a moverse de ahí no sin decirle al chamaco que regresara muy temprano al día siguiente. Esa noche Francisco se la pasó medio en blanco repasando los libros que cuidadosamente envueltos había venido cargando, en el cayuco cuyo nombre no recordaba aunque si se supiera los nombres de los ríos de México. A la mañana siguiente, cuando apenas terminaba la algarabía de los pájaros, le dijo que le harían el examen solicitado, e hizo pasar al joven con cara de niño a una sala donde lo esperaba un jurado. Las respuestas certeras salidas de aquella frágil humanidad produjeron un rumor de unánime sorprendida aprobación. Arcadio Zentella citó al niño que no dudaba para la tarde en Palacio de Gobierno.

    Como llego antes, a la hora de la siesta, se encontró con un señor grande, de aspecto militar y rubicundo rostro, qué le preguntó al niño sentado en la escalera, qué hacia ahí. Sin inmutarse, le respondió con naturalidad que aguardaba a Zentella. El hombre, algo obeso y muy blanco, le lo hizo pasar adentro, a la antesala, como a gente de respeto. Cuando llegó don Arcadio, ambos traspusieron una puerta y vieron al mismo personaje de aspecto militar. Era el gobernador del estado.

    Abraham Abundio Bandala quien, luego de unos momentos de reflexión bajo la mirada en el vacio de la oleografía de cuerpo entero de Porfirio Díaz, accedió a la petición, firmó el oficio y se lo entregó en la mano al niño que lo resguardó como un tesoro bajo su camisa de manta.

    Al día siguiente, volvió a Macuspana en el mismo cayuco pero mirando al río con otros ojos. Pronto, estaría de nuevo en Villahermosa para continuar sus estudios, en compañía de su madre soltera a quien ayudaba con su propia pensión escolar y sacando dinero de las clases de aritmética mientras ella lavaba o remendaba ropa o vendía dulces o pan hecho en casa. En la almendra de esta anécdota inicial se condensa algo del itinerario del precoz e ilustre agonista:

    En 1907 a los 18 años publica con sus propios medios un libro de geometría en la Casa Bouret, al año siguiente se titula con la tesis “Historia del magisterio en Tabasco”, tres años después, en 1912 se recibe en la escuela de derecho con la brillante tesis “Los magistrados deben ser abogados”, que le abre las puertas para que poco más tarde dirija el Instituto Juárez en el que había estudiado, pronto se traslada a la ciudad de México donde se le abren las puertas como magistrado en el circuito de lo penal y la prensa lo hace famoso con el apelativo de “Juez Lince” por la destreza de sus mercuriales interrogatorios a los delincuentes más astutos y escurridizos .Pero ya desde los 16 colaboraba en periódicos como “El progreso latino” “El Monitor Republicano” y ''La Patria'' frecuenta tertulias como la conocida con el nombre del Relox —situada en la calle de Jesús Carranza, antes Relox y hoy República de Argentina— donde conoce al médico, escritor, traductor, diplomático, académico y político Francisco Castillo Nájera a Tomás Garrido Canabal y al general Francisco R. Serrano a quien acompañará hasta casi el borde de la tumba en la funesta aventura de Cuernavaca.

    La frecuentación y amistad con este último sería en parte la responsable de que Francisco J. Santamaría, en realidad partidario en aquellos momentos del General Arnulfo Gómez estuviese a punto de perder la vida. Se salvó de milagro, chiripa o por un pelo de la llamada matanza de Huitzilac el 3 de octubre de 1927, en la “fusilada de mis catorce compañeros, con el General Serrano a la cabeza”. Lo salvó el mismo ángel que a la edad de cuatro años impidió que muriera hundido en un fangal de donde lo rescató su “chichihua la india tuerta Santos Feria”; el mismo que a los diez de edad lo arrancó de una muerte relampagueante, esa es la palabra, y de un rayo atronador que redujo a carbón “el mango de San Joseíto” donde murió su compañero de escuela Aníbal Álvarez junto con su caballo. Quizás se salvó para poder dar testimonio escrito, y muy bien escrito, de ese vergonzoso episodio de la Revolución Mexicana en el cual las víctimas murieron a sangre fría por las manos deshonradas de sus ejecutores. El episodio de la matanza del 3 de octubre en la que Santamaría se vio obligado primero a huir y luego a sufrir las amarguras y estrecheces del expatriado, le inspiraron al escritor la estremecedora y deslumbrante relación titulada La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre (1939), y luego el libro complementario de sus Crónicas del destierro (1933). Algunos lectores han evocado ciertos paralelismos entre la novela de Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo y la historia contada por Santamaría. Semejanzas parciales: en La sombra del caudillo, Guzmán fusiona en un solo episodio la rebelión encabezada por Adolfo de la Huerta que el mismo vivió con la del asesinato de General Francisco Serrano y la de los opositores a la reelección de Obregón, mientras que en Santamaría se da un testimonio directo y veraz, vívido, aunque literariamente elaborado de los episodios de Huitzilac en el que se hace un ejercicio de crónica minuto a minuto y evoca el suspenso de una novela policiaca, en la cual los minutos parecen horas, una saga de espías como las de Eric Ambler y John Le Carré, maquinarias de precisión donde lo literario raya en lo castrense. Hasta donde sabemos la impresionante y precisa crónica de Santamaría no ha sido reeditada desde su publicación en 1939, a pesar de las más de siete décadas transcurridas. En ambos libros la tragedia y las crónicas, Santamaría se revela como un prosista vigoroso y audaz, capaz de rendir veloces viñetas y trazos de la vida cotidiana en los espacios sombríos de la guerra civil o bien en los claroscuros de una usamérica descarriada donde los ciudadanos airados se dan el lujo incendiario de celebrar una auto de fe municipal en el cual queman vivo con gasolina a un criminal de raza negra, en los cercanos años de 1928. Ya desde antes de iniciar su forzada errancia por el país del norte, el avispado Santamaría se había dado a conocer como un maestro del periodismo, temible abogado litigante, honrado presidente de debates al que la prensa llegó a llamar como se ha dicho “juez lince”, pero sobre todo como autor solvente, primero de libros técnicos y luego literarios e históricos, así como un asiduo e inveterado comprador del libros raros en el Mercado del Volador en la ciudad de México.

    III

    Todo esto serían apenas indicios y preparativos de su obra como filólogo, lexicógrafo y lingüista, autor de los asombrosos tesoros llamados el Diccionario de Americanismos en tres volúmenes (1942, 1948), y el Diccionario de Mejicanismos (1959, 1978). Asombrosos: por su abundancia de voces, por la inteligencia y sagacidad con que el lince tabasqueño trenza los cabos sueltos de las fuentes aborígenes, aztecas, nahuas, mayas con los hontanares de las voces castellanas arcaicas y modernas, por la sutileza e inteligencia con que sabe hacer llegar a la superficie de la definición la palabra extraída, como un pez vivo del contexto literario o poético de donde proviene. Esto hace que la lectura de la obra que él llamó modestamente Novísimo Icazbalceta, resulte amena y divertida como una novela de aventuras. Asombroso también por el conocimiento exactísimo de los lugares y voces que afloran en las letras mexicanas del siglo XIX: José Joaquín Fernández de Lizardi, Luis G. Inclán, Manuel Payno, José T. Cúellar, por poner unos ejemplos y el tacto oportuno para engarzar dichas voces con sus definiciones. Los diccionarios que nos asombran no fueron de modo alguno improvisaciones. Los precedieron décadas de estudio como consta por el libro Americanismo y Barbarismo (1921), donde vemos al lexicógrafo afilar sus letras y armas, enmendando la plana a los profesionales y académicos de la época incluido su maestro Darío Rubio.

    Fue inusitada la circunstancia de que el discurso de ingreso de un Académico como Francisco J. Santamaría (para ocupar la silla XXIII en la que luego vendrían a sentarse Andrés Henestrosa y ahora Leopoldo Valiñas Coalla) fuera la introducción a su Diccionario de mejicanismos que subtituló “razonado, comprobado con citas de autoridades conformado con el de americanismos y con los diccionarios provinciales de los más distinguidos diccionaristas hispanoamericanos” y que pasó bajo la modesta advocación de don Joaquín García Icazbalceta cuyo vocabulario, éste dejó inconcluso hasta la “G”, y cuya impresión emprendió él mismo hasta antes de morir en 1894. Decía Icazbalceta entonces al dar a conocer su vocabulario: “no existe obra en que expresamente se trate de los provincialismos de México, mientras que otras naciones o provincias extranjeras han recogido ya los suyos…” Santamaría aspiraba a continuar la obra de García Icazbalceta, y lo logró con creces, apegado a su espíritu y autoridad. A Santamaría no le tembló el puño para modificar y actualizar fechas y cédulas “Porque el lenguaje evoluciona o debe evolucionar, conforme cambia, se reduce o se amplía el sentido de una voz, que naciendo como nazca ésta de la boca del pueblo, del pueblo que es soberano en este atributo de crecer el idioma, él mismo podrá dar, i de hecho lo vemos i lo oímos dar diariamente, nueva acepción o más preciso o más vago sentido a una expresión; i así quien desee estar al tanto del verdadero alcance de un jiro del lenguaje popular, deberá seguir esa marcha en el desarrollo del vocablo vulgar o familiar, sobre todo en el vulgar, más aún en el plebeyo, el cual, por razón de su rebeldía a todo sometimiento jerárquico i por virtud de esa audacia propia de la ignorancia, adquiere i sufre capricho sus modificaciones, transformaciones inauditas que nadie puede explicar i que es muy difícil, cuando no inútil, investigar” (Introducción p. XII).

    La introducción de Santamaría a su diccionario encierra varias lecciones en una: enseña lo que es un mejicanismo y un regionalismo, enmienda y corrige al Diccionario de la Real Academia, enuncia criterios para comprender “la formación de aztequismos, esto es de términos adaptados al castellano” procedentes del náhuatl, al mismo tiempo, hace una lista detallada y comentada de los autores y obras mexicanos e hispanoamericanos que sobre todo en el siglo XIX y principios del XX contribuyeron con sus acervos, recopilaciones y colecciones a constituir un cuerpo lingüístico y lexicográfico del español hablado en América. Y aquí cabe subrayar el hecho de que: varios años antes de que se publicara el Diccionario de mejicanismos en 1959, Santamaría había emprendido la titánica tarea de presentar los tres tomos de su Diccionario general de americanismos en 1942, consciente de que la realidad del idioma español hablado en México no podía comprenderse si antes no se tenía conocimiento de los “amplios cauces del decir” americano.

    Recuerdo un par de anécdotas editoriales en relación con el Diccionario de mejicanismos: la primera tiene que ver con el proceso tipográfico y editorial propiamente dicho de la obra. El monumental Diccionario se tardó algo más de dos años en editarse bajo el celoso cuidado de Santamaría. El libro empezó a hacerse en tipos de 10 puntos y de 8 para las citas. Sin embargo el impresor de los hermanos Porrúa se dio cuenta luego de haber tirado 200 galeras de que la obra llevaría con esas características más de 2000 páginas y que por supuesto resultaba imposible producirla con el presupuesto autorizado por los Porrúa. Hubo protestas de los Porrúa cuando Larios empezó a darle pruebas a Santamaría sin autorización de ellos y sin que estuviese firmado el contrato para la impresión. Santamaría tuvo que mediar y “se convino en modificar el formato agrandándolo i modificar el tipo achicándolo para un presupuesto reajustado que aumentase poco. Como resultado del nuevo convenio se volvió a principiar la impresión del libro definitivamente, en mayo 23 del 57, en que me entregan pruebas, las primeras pruebas en plana del nuevo formato de 8 i 6 puntos.”2 El libro terminó midiendo 28 centímetros por 20.5, la tercera edición tiene 1,207 páginas fue impresa a dos columnas en una caja de 16 centímetros por 22.5 y pesa alrededor de 3kg con todo y su pasta verde keratol. La segunda anécdota tiene más miga civil y trae la noticia de una definición censurada a don Francisco por los dueños de la casa. Se trata de la acepción de la voz “tortillera”, “palabra de la cual los editores suprimieron, al imprimir su libro, la acepción de mujer que se machuca con otra” y sigue: “Citando a Ramos i Duarte en la sinonimia que de esta voz da en su Dicc. de Mejicanismos, i en vista de que mis señores Porrúa, Hermanos i Cia., de Mejs., en prensa, me pidieron suprimir i suprimieron ‘por fuerte’ la 2a acepción (figurada) de Tortillera, al llegar a citar la sinonimia del maestro Ramos, tuve a bien poner esta nota:

    “Si esto también ‘está fuerte’
    (i en ello de acuerdo estamos),
    que corra la misma suerte
    el pobre magister Ramos”.

    (Es decir, que se suprimiera, como la 2a acepción de Tortillera) No se suprimió”.

    Cabe decir que el mismo Santamaría pudo incluir esa segunda y censurada acepción en su Diccionario de Americanismos, al menos en la edición en tres vols. de 1988 que fue cuidada por su hija adoptiva, la doctora Mercedes Santamaría Hernández para el departamento editorial del Gobierno del Estado de Tabasco, donde queda definida esta voz en su tercera acepción como “mujer que tiene el vicio de tortillear, tortillearse o echar tortillas con otra”. T-III. p. 206. La acepción no la recogen otros diccionarios de mexicanismos más modernos. Se dice que se trata de una voz del español general y que por ello no se encuentra en los diccionarios de regionalismos o provincialismos del idioma. Su etimología es incierta.

    El Diccionario de mexicanismos trae muchas sorpresas. Registra, por ejemplo, los hispanismos presentes en el inglés del sur de los Estados Unidos. Por poner un último botón de muestra: la voz “Adobe” que —nos dice— “En el antiguo territorio mejicano hoy noramericano, se toma en el sentido de casa o construcción de adobes: She lived in her old adobe o en el de terreno a propósito para edificar en él con adobe: un adobe sole (p. 31).

    IV
    (Bataillon con Santamaría: un sabio visita a otro)

    Siempre le he tenido simpatía, lo he dicho antes, al lexicógrafo, escritor Francisco J. Santamaría (1886-1963). Su Diccionario de Mexicanismos3 y su Diccionario de Americanismos4 se alzan en mi memoria como hazañas personales comparadas a la que dieron lugar a diccionarios como el Oxford, el Webster, el Littré. No sólo me cautiva la oceánica diversidad de sus voces, sino el encarnizamiento —no encuentro otra palabra— con que el autor las documenta. Aparece Francisco J. Santamaría como un investigador de otra época, que demuestra sus conocimientos a cada vuelta de hoja con una cita literaria o una referencia histórica —con una autoridad. Santamaría surge en mi imaginación como una suerte de Atlas que sostuviera el mundo americano —con sus indigenismos, criollismos y mestizajes múltiples— sobre sus propios hombros.

    Si el Diccionario de Mejicanismos. Razonado; comprobado con citas de autoridades; comparado con el de americanismos y con los vocabularios provinciales de los más distinguidos diccionaristas hispanamericanos. (1959) de Porrúa es un objeto tan habitual como necesario para el mexicano electivo tanto como para el nativo semiconsciente porque semialfabetizado, y uno lo encuentra fácilmente en bibliotecas públicas y privadas, el Diccionario de Americanismos (Editorial Pedro Robredo, México, 1942) escasea más en los estantes universitarios y escolares. Fue editado la última vez por el gobierno del Estado de Tabasco por don Enrique González Pedrero (y Julieta Campos, su áulica y conyugal consejera) quien fue, al igual que Santamaría, gobernador de Tabasco. Debo los tomos de este Diccionario precisamente a don Enrique, quien llegó a trabajar como Director del Fondo de Cultura Económica entre 1988 y 1989. Yo me desempeñaba como editor y soñaba con que esta Casa incluyera la mencionada obra maestra de la lexicografía americana en su catálogo. Nunca pude hacerlo, pero he leído y consultado a lo largo de los años los ejemplares lexicones de Santamaría como si fuesen novelas. Un amigo, que compartía conmigo ese gusto, era el escritor y filósofo Alejandro Rossi. A veces nos divertíamos comparando alguna palabra presente en Santamaría con la misma o alguna afín incluida en los tres tomos de El habla de Venezuela5 de Ángel Rosenblat o con algunos otros diccionarios de americanismos (el Malaret6, o el de Hildebrandt7) donde se podía palpar lo que Alejandro llamaba “el habla de las regiones”. Sabía lo que decía. La vitalidad y la energía de Don Francisco en sus diccionarios me hacían soñar despierto. Por eso no me extraña demasiado que algunos jóvenes lingüistas lo acusen de provinciano con mecánica ironía y gesto condescendiente, pasando por alto el hecho de que sus Diccionarios lo son de autoridades.

    Pronto me daría cuenta que eran ellos los descendientes y aldeanos y que pertenecían a la raza pre-fabricada de los investigadores improvisados a medias porque ignoran la realidad y su crudeza. Don Francisco J. Santamaría fue ciertamente un hombre de otra edad, pero definitivamente arraigado en su húmedo Tabasco, en el tórrido puerto de Veracruz, en el Caribe, en la ancha América, en el continente llamado México. Al final de su vida, empezó a correr su fama por el mundo. Un signo de ese curso de la voz que se va pasando de boca en boca fue la visita que el hispanista francés hizo a Francisco J. Santamaría cuando Marcel Bataillon vino a México en 1958.

    De esa visita amistosa que el autor de Erasmo y España hizo a Santamaría, éste ha dejado, venciendo el pudor, una hoja perenne en su libro Memorias, acotaciones y pasatiempos8. El libro estaba esperándome en la mesa de remates de la Librería Madero de Enrique Fuentes.

    Dice Santamaría en esos apuntes:

    1958

    Agosto 12

    En el Desp. de Raf. por la mañana, llega el Dr. Melo llevando a presentarme al sabio francés Mr. Marcel Bataillon, q. trae carta de introducción cerca de mí del Lic. Jorge Gurría L., de Méjico.

    Marcel Bataillon es un verdadero sabio. Es Director del Colejio de France, en París, nada menos.

    Entra en charla conmigo. Ha venido —dice— a Veracruz por conocerme i conocer mi biblioteca i mi fichero de cédulas del Dicc. de americanismos, que admira con asombro.

    Por la tarde se instala en mi casa, revisando libros en la biblioteca i admirando algunos. Pero me pide conocer mi fichero de cédulas del Dicc. para darse cuenta de cómo trabajo. Me echa una flor que casi me tumba: “A usted le pasará lo que a Cervantes: no han comprendido que su libro es el Dicc. de un mundo. Dentro de 50 o cien años empezarán a entenderlo i admirarle. La gloria siempre llega tarde”. I pienso en lo que dijo Julio Flores: “Todo nos llega tarde, hasta la muerte.” La mejor galantería que se ha dicho de mi Dicc. es la frase de este auténtico sabio Marcel Bataillon.

    Cómo se aprende con estos hombres grandes por el saber. Ve mi fichero o cedulario i exclama: “igual a mí es usted para trabajar. Me cargan los investigadores cortados a la moda en cédulas perfectas: todas iguales en tamaño; todas blancas: 13 X 9 cms. Lo suyo es multicolor i variado. Hace ud. una cédula del papel que primero tiene a su alcance al venirle una idea, i así, toma un sobre de carta que acaba de recibir i lo recorta de un tijeretazo, o el papel amarillo de una envoltura en cartulina o papel marquilla, o cualquier retazo que se tenga a mano; el caso es atrapar la idea i llevarla al archivo de donde a todo momento se la puede sacar para que polemice en el ambiente literario. ¡Cuántas veces también la forma, el color, una cualidad peculiar de la papeleta sirve como auxiliar mnemónico o mnemotécnico pa. encontrar una idea perdida o escondida por entre el laberinto cerebral. Esto lo apunté —dice uno— en una papeleta azul, que era envoltura, o que era el sobre de una carta; o así por el estilo. Por asociación de ideas llega uno a lo que se buscaba”. Esto i otras cosas i reflexiones interesantes brotaron de sus labios finos que aguza el sabio casi en forma de pico de ave.

    En la biblioteca ha curioseado más de una cosa y emitida una opinión o hecho una observación curiosa de un libro. Abre Covarrubias, la 1a ed. de 1611, i dice: “Yo sólo he tenido la segunda, que es más importante como instrumento de trabajo, porque contiene el Aldrete, que vale también mucho como obra de consulta lingüística”.

    La observación es juiciosa i como de aquel a quien es familiar el libro, a pesar de su rareza.

    Habla de autores i obras españoles con la misma familiaridad con que lo haría Menéndez Pidal (o Marañón).

    I la tarde se pasó sin sentirla. El hombre nos deja en la boca el sabor de una golosina.

    A Bataillon y a Santamaría los unía el amor por la lengua de los Siglos de Oro y la edad de los caballeros. Honrar la memoria de Francisco Santamaría es refrescar esa raíz, ponernos a la sombra de ese árbol y recordar con el paladar de la mente el sabor de las edades hazañosas.

    Bibliografía directa:

    1. SANTAMARÍA, Francisco J., Americanismo y Barbarismo, Librería “CVLTVRA”, México D.F., 1921. pág. 280, propiedad del Autor.
    2. —— De mi cosecha, Editorial “CVLTVRA”, México 1921, pág. 160, propiedad del Autor.
    3. —— Crónicas del destierro: Desde la ciudad de hierro. Diario de un desterrado mejicano en Nueva York, Editorial “CVLTVRA”, México 1933, propiedad del Autor.
    4. —— El periodismo en Tabasco, Ediciones Botas, México 1936. pág. 314, propiedad del Autor.
    5. —— La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre, México, 1939, pág. 175, propiedad del Autor.
    6. —— El movimiento cultural en Tabasco, Gobierno constitucional de Tabasco, 1945, pág.64, propiedad del Autor.
    7. —— El verdadero Grijalva, Publicaciones del Gobierno del Estado, (Escritores tabasqueños), 2a. Edición 1949, Villahermosa, Tabasco, Méx. pág. 70, propiedad del autor.
    8. —— La poesía Tabasqueña, Editorial Yucatanense “Club del libro”, 2a. Edición 1950, pág. 290.
    9. —— Novísimo Icazbalceta o Diccionario completo de mejicanismos, México D.F., 1954, pág. 66, propiedad del Autor.
    10. —— Domingos Académicos, México 1959, pág. 256, propiedad del Autor.
    11. —— Diccionario de Mejicanismos, Editorial Porrúa, S.A., 1a. edición 1959, 3a. edición 1978 corregida y aumentada, México, pág. 1208.
    12. —— Memorias, acotaciones y pasatiempos (7), Consejo Editorial del Gobierno del Estado de Tabasco, 1a. Edición 1981, México.
    13. —— Memorias, acotaciones y pasatiempos (14), Consejo Editorial del Gobierno del Estado de Tabasco, 1a. Edición 1981, México.
    14. —— Memorias, acotaciones y pasatiempos (18), Consejo Editorial del Gobierno del Estado de Tabasco, 1a. Edición 1981, México.
    15. —— Diccionario general de Americanismos, 3 tomos, Gobierno del Estado de Tabasco 2a. edición 1988.

     

    Bibliografía indirecta:

    • MALARET, Augusto, Diccionario de americanismos, 3a. edición, Biblioteca Emecé de Obras Universales, sección XI, Referencia y varios, Emecé Editores, S. A., Buenos Aires, 1943.
    • GARRIDO, Luis, “Presencia de Francisco J. Santamaría”. Homenaje en la sesión pública celebrada el 13 de diciembre de 1963, en Memorias de la Academia Mexicana de la Lengua, tomo XIX, México, 1968 pp. 199-205.
    • PASCUAL RECUERO, Pascual, Diccionario básico ladino–español, Ameller Ediciones, Biblioteca Nueva Sefarad, Volumen III, España, 1977.
    • ROSENBLAT, Ángel, Estudios sobre el habla de Venezuela. Buenas y malas palabras. T-I, prólogo de Mariano Picón Salas, (1a. edición, Ediciones Edime, 1956; 1a. edición, en M.A., 1987; 2a. edición, 1993), Monte Ávila Latinoamericana, C. A., Caracas, Venezuela, 1984.
    • —— Estudios sobre el habla de Venezuela. Buenas y malas palabras. T-II, (1a. edición, Ediciones Edime, 1956; 2a. edición, Ediciones Edime, 1960; 3a. edición, Ediciones Edime, 1969; 1a. edición en M.A., 1989) Monte Ávila Editores, C.A., Caracas Venezuela, 1984.
    • MARTÍNEZ ASSAD, Carlos, Tabasco. Historia breve, 1a. edición 1996, 2a. edición 2006, 3a. edición 2010, 4a. edición 2011, editado por Fondo de Cultura económica , El Colegio de México, y Fideicomiso historia de las Américas, pág. 314.
    • MENDOZA GUERRERO, Everardo; José Gaxiola López (coordinadores), Sinaloa y sus hablantes, Universidad Autónoma de Sinaloa, El Colegio de Sinaloa, México, 1996.
    • SOTO POSADA, Gonzalo, La sabiduría criolla. Refranero hispanoamericano, Veron editores, Barcelona, España, 1997.
    • HILDEBRANDT, Martha, El habla culta (o lo que debiera serlo), 2a. Edición, Lima, 2003.
    • LÓPEZ, Carlos, Voces de Guatemala, Editorial Praxis, México, 2005.
    • PANE, Leni, Los paraguayismos. El español en el habla cotidiana de los paraguayos, Arandurã Editorial, Asunción, Paraguay, 2005.
    • VELÁSQUEZ, José Humberto, Leperario salvadoreño. Fichas de campo 1961-80, Colección Antropología [NO TIENE PÁGINA LEGAL].

     

    Algunos tesoros regionales americanos:

    • [Texto leído el 14 de marzo del 2013, en la Casa Lamm, en el acto organizado por la Academia Mexicana de la Lengua, con motivo del 50 aniversario de la muerte de Francisco J. Santamaría.]




    1 Carlos Martínez Assad, Tabasco. Historia breve, 1a. edición 1996, 2a. edición 2006, 3a. edición 2010, 4a. edición 2011, Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México, y Fideicomiso historia de las Américas, pág. 314.

    2 Memorias, Acotaciones y Pasatiempos (14) “Agosto 9, sábado, 58”, pp. 19-20.

    3 Francisco J. Santamaría, Diccionario de Mejicanismos, 3a ed. corregida y aumentada, Editorial Porrúa, S. A., México, D. F., 1978.

    4 Francisco J. Santamaría, Diccionario General de Americanismos, 2a. ed. (3 tomos), Gobierno del Estado de Tabasco, México, 1988.

    5 Ángel Rosenblat, Estudios sobre el habla de Venezuela. Buenas y malas palabras, prólogo de Mariano Picón Salas, (2 tomos), Monte Ávila Latinoamericana, C.A., Caracas, Venezuela, T-I y T-II, 1984.

    6 Augusto Malaret, Diccionario de Americanismos, Biblioteca Emecé de Obras Universales, Sección XI, Referencia y Varios, Buenos Aires, Argentina, 1946.

    7 Martha Hildebrandt, El habla culta (o lo que debiera serlo), 2a edición, Martha Hildebrandt, Lima, Perú, 2003.

    8 Francisco J. Santamaría, Memorias, acotaciones y pasatiempos (14), Consejo Editorial del Gobierno del Estado de Tabasco, México, 1981. Cuadernos del Consejo Editorial de Tabasco, 1981), presentada y prologada por Manuel González Calzada.

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