Mentiras transparentes: "Virginia", por Felipe Garrido Foto: Academia Mexicana de la Lengua
Lo mejor que me pasó en aquella casa fue hallar en el desván una canasta vieja con libros. Nadie subía a ese cuarto oscuro donde se habían ido acumulando tiliches y basura: leña, ratoneras, ropa vieja, muebles rotos, un machete en su funda de cuero. Yo subía a la hora de la siesta, cuando apretaba el calor y nadie estaba de pie. Iba sacando aquellos libros, uno a uno, con asombro. Rotos, desencuadernados, manchados, envilecidos por moscas, ratas y palomas, estaban siempre, sin embargo, preñados de maravillas. Leía desordenadamente, no siempre comprendía, me cansaba, volvía a probar, agitado por una ansiedad impaciente. Trabajosamente me iniciaba en la poesía, la aventura, la historia. De vez en cuando una frase brillaba por un instante en mis oídos. Luego suspendía la lectura; con la respiración contenida me aplicaba a intuir, por una rendija –tampoco entendía, apenas descifraba– lo que sucedía en el cuarto de Virginia, la viuda del leñador.
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