Entrevista con Miguel León-Portilla. Lengua y traducción

Lunes, 26 de Diciembre de 2016
Por Pilar Máynez

Miguel León-Portilla ha sido reconocido como uno de los estudiosos más notables de la cultura náhuatl, desde la publicación de La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, obra escrita en 1956. Su dedicación ha venido de la mano de una pertinaz y exigente labor de traductor de los textos originarios al castellano, faceta sobre la que tuvo una conversación con la investigadora Pilar Máynez.

Uno de los ámbitos de la lingüística que ha venido cobrando un gran relieve en la actualidad es el tocante al quehacer traductológico. Aunque las reflexiones en torno al transvase de lenguas se remontan a Cicerón (106 a. C.-43 a. C.) y continuaron en los albores del Medioevo con san Jerónimo, quien discurría sobre la forma idónea de traducir los textos sagrados, especialistas en la traducción hoy día vuelven sobre el tema con renovadas perspectivas y técnicas.

A continuación presento una entrevista con el doctor Miguel León-Portilla, con quien he tenido la fortuna de participar en diferentes proyectos de traducción y edición de textos, y con quien, en diferentes oportunidades, he conversado respecto de las implicaciones lingüísticas y culturales que entraña dicha práctica.

¿Qué lo motivó a estudiar el pensamiento de los hombres del México antiguo y por qué consideró que las preocupaciones existenciales de los tlamatinimeh o sabios cumplían los requerimientos para ser equiparadas con el saber propio de la filosofía de Occidente?

Siempre me ha interesado mucho la filosofía. Y me ha interesado de manera vital, no solamente especulativa. Allá por los años de 1950 estudiaba yo para la obtención de la maestría en la Loyola University, en Los Ángeles, California. Particularmente me habían atraído los filósofos presocráticos. Además estaba preparando mi tesis sobre la obra de Henri Bergson, Las dos fuentes de la moral y la religión. Es este un libro de contenido a la vez antropológico y filosófico.

Por ese tiempo cayeron en mis manos dos libros de quien luego fue mi maestro, el padre y doctor Ángel María Garibay K.: su Épica náhuatl y Poesía indígena de la altiplanicie. Los había publicado en la Biblioteca del Estudiante Universitario poco tiempo antes.

Al leerlos me percaté de que, sobre todo en el segundo de ellos, había cantos y poemas en los que se planteaban problemas existenciales bastante cercanos a aquellos que se habían propuesto algunos de los presocráticos. Problemas como estos: “¿Podemos decir palabras verdaderas en la tierra? No para siempre en la tierra, sólo un poco aquí, aunque sea de jade se rompe, aunque sea de oro se quiebra, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra, sólo un poco aquí, ¿adónde iremos que la muerte no exista?, ¿qué es el tiempo?, ¿qué sabemos de la divinidad?, ¿somos acaso libres? y ¿qué es lo bueno y lo malo?”.

Cuestiones como estas me impresionaron doblemente, tanto por su contenido como por provenir de poetas y sabios nahuas. Consideré que esas preocupaciones y los cuestionamientos existenciales que implicaban tenían su paralelo bastante cercano entre esos antiguos pensadores griegos. Alguna vez he pensado en que podría yo escribir por lo menos un artículo comparando la problemática que percibieron los tlamatinimeh y la que paralelamente surgió en la conciencia de varios presocráticos. No lo hice al escribir La filosofía náhuatl porque pensé que quienes leyeran tales formas de paralelo en el pensamiento de gentes de culturas tan distintas pensarían que estaba yo llevando mi acercamiento tendenciosamente. En resumen, diré que el contenido de esos dos libros del padre Garibay me motivó grandemente a profundizar en el tema. Por eso acudí a él y por eso solicité que fuera mi director de tesis en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

¿De qué manera fueron sus primeros acercamientos a los testimonios pictoglíficos y alfabéticos indígenas? ¿Podría ejemplificarlos?

Guiado por Garibay, me acerqué a varios códices y también a textos en náhuatl redactados con el alfabeto latino pero de contenido que puede considerarse críticamente de origen prehispánico. Debo decir que cuando inicié la tesis tenía yo una cierta preparación filosófica pero toda ella de la tradición del mundo de Occidente. Lo primero que hice fue leer la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún. Con este, a partir de entonces, me he mantenido en acercamiento constante. Diré aquí de paso que he traducido al menos una parte de su obra y, como ejemplo, citaré el Libro de los coloquios, donde registró él las confrontaciones que hubo entre algunos tlamatinimeh y los frailes franciscanos en materia de creencias religiosas.

Me da mucho gusto decir aquí que pude promover, auxiliado por la UNAM y el INAH, que la UNESCO registrara la obra de Sahagún como “memoria del mundo”, es decir que, por su contenido, debía conservarse para el conocimiento y provecho de la comunidad humana de cualquier lugar de la Tierra.

Además de la obra de Sahagún, me acerqué a la de otros cronistas, como Toribio de Benavente Motolinía, fray Diego Durán, Andrés de Olmos, Fernando Alvarado Tezozómoc y Chimalpahin. Mencionar el nombre de estos últimos, que eran de origen náhuatl, me lleva a decir que el padre Garibay desde un principio me expresó que, si quería conocer el pensamiento náhuatl, debía conocer la lengua en la que estaba expresado. Un tanto burlonamente me decía que en México hay helenistas que no saben griego y expertos en el pensamiento de Kant, Hegel o Marx que no saben alemán. Añadí a Garibay que sería ridículo preparar una tesis sobre el pensamiento náhuatl ignorando la lengua en que está expresado. De este modo, con el auxilio de Garibay, estudié náhuatl y comencé a acercarme a textos en esa lengua, principalmente la poesía y los cantares y también los discursos de los huehuehtlahtolli.

Garibay también me insistió en que el acercamiento debía abarcar el gran conjunto de las fuentes primarias, sobre todo los antiguos libros de pinturas y caracteres que hoy llamamos códices mesoamericanos. Con su auxilio, comencé a acercarme al contenido de códices como el Borgia, el Fejérváry-Mayer, que muchos años más tarde publiqué con el título de Tonalámatl de los pochtecas, es decir, Libro astrológico de los mercaderes y también a otros más tardíos como el Borbónico, el Vaticano A, en fin, a varios más.

A esta preparación dediqué casi tres años, al cabo de los cuales tenía ya la base de la lengua náhuatl y un acercamiento a las fuentes primarias del pensamiento indígena prehispánico. Pude entonces redactar la tesis que intitulé La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes.

Este título provocó risa y aun burla en algunos filósofos mexicanos que dijeron que no era posible que los indios hubieran tenido una filosofía. Hubo, sin embargo, algunos que vieron con interés el libro, como fue el caso del doctor Adolfo Sánchez Vázquez, quien llegó a recomendar a un antiguo amigo suyo, emigrado a Rusia, que propiciara su traducción y publicación en la Unión Soviética. Ello ocurrió así y también en Estados Unidos y luego en Francia, Alemania, Croacia y República Checa. De este modo, lo que fue mi tesis se abrió camino.

Hubo incluso maestros, como José Gaos, que también vio con interés este libro. Hoy tiene diez ediciones en español, varias en inglés, francés, ruso, checo y croata.

¿Cuáles fueron las herramientas que utilizó en el proceso hermenéutico e interpretativo de códices y manuscritos en letras latinas?

Las herramientas que utilicé en el proceso hermenéutico e interpretativo de las fuentes fueron, por una parte, el conocimiento de la lengua náhuatl y, por otra, el de una crítica que procuré siempre estuviera libre de apreciaciones que pudieran viciarla, como sería pretender supuestas coincidencias con el pensamiento filosófico occidental. Diré que mi trabajo tuvo dos grandes apoyos en la filología y la lingüística. Pienso que a veces, incluso, pude exagerar en algunos análisis lingüísticos de términos nahuas que expresan conceptos que me parecen de contenido filosófico. Y aquí diré que empleé el vocablo filosofía para que se entendiera que es lo que pretendía yo encontrar en las fuentes. Desde luego que partí implícitamente de la idea, aceptada por varios filósofos europeos, por ejemplo Werner Jaeger, el autor de la célebre Paideia, de que el ser humano en general tiene preocupaciones calificables de filosóficas.


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