Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 13 de enero de 2020. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Sonetos con lugares comunes

    I
    Es tan blanca, tu piel, como la nieve.
    La nieve quiere al sol, por lo brillante.
    Y el sol, que se enamora en un instante,
    se acuesta con la nieve y se la bebe.
             El sol, aunque es muy grande, no se atreve
    a hacerse olvidadizo y arrogante:
    se acuerda de su novia fulgurante
    y se pone a llorar y entonces llueve.
             Y llueve y llueve y llueve y de repente
    la lluvia se hace nieve: esta mañana
    que nieva tanto en Londres, y ha nevado
             luminosa y nupcial y blancamente
    en jirones, tu piel, por mi ventana,
    ningún sol como yo, tan desolado.

    II
    Como el oro, por rubio, es tu cabello.
    El oro y el otoño, que es su hermano,
    se despiden, volando, del verano
    y viajan, río abajo, por tu cuello.
             Y yo, que me robé y guardé un destello
    en el hueco más claro de la mano,
    una carta, en las hojas de un manzano,
    te escribo con un brillo, la embotello
             en un litro de luz y te la envío,
    y dice así: “el mar, mi casa entera,
    el corazón, mis ojos, cinco rosas:
             por ahogarme de nuevo en ese río
    de dorada quietud, que no te diera:
    mi peso en oro, en sol, en mariposas…”

    Fernando del Paso (1935-2018)
    Wikaráame
    Poesía del mundo y sus alrededores
    Volumen 2
    Compilador, Édgar Trevizo
    Secretaría de Cultura de Chihuahua
    Chihuahua, 2019

    Martes

    En memoria de Ignacio Toscano, mi amigo.

    Horal

    El mar se mide por olas,
    el cielo por alas,
    nosotros por lágrimas.
             El aire descansa en las hojas,
    el agua en los ojos,
    nosotros en nada.
             Parece que sales y soles,
    nosotros y nada…


    Así es

    Con siglos de estupor,
    con siglos de odio y llanto,
    con multitud de hombres amorosos y ciegos,
    destinado a la muerte,
    ahogándome en mi sangre, aquí, embrocado.
    Igual a un perro herido al que rodea la gente.
    Feo como el recién nacido
    y triste como el cadáver de la parturienta.
             Los que tenemos frío de verdad,
    los que estamos solos por todas partes,
    los sin nadie.
    Los que no pueden dejar de destruirse,
    ésos no importan, no valen nada, nada,
    que de una vez se vayan,
    que se mueran pronto.
    A ver si es cierto: muérete.
    ¡Muérete, Jaime, muérete!
            ¡Ah, mula vida,
    testaruda, sorda!
               Poetas, mentirosos, ustedes no se mueren nunca.
    Con su pequeña muerte andan por todas partes
    y la lucen, la lloran, le ponen flores,
    se la enseñan a los pobres, a los humildes, a los que tienen esperanza.
    Ustedes no conocen la muerte todavía:
    cuando la conozcan ya no hablarán de ella,
    se dirán que no hay tiempo sino para vivir.
    Es que yo he visto muertos,
    y sólo los muertos son la muerte,
    y eso, de veras, ya no importa.
    Un desgraciado como yo no ha de ser siempre desgraciado.
    He aquí la vida.
                Puedo decirles una cosa por los que han muerto de amor,
    por los enfermos de esperanza,
    por los que han acabado sus días y aún andan por las calles
    con una mirada inequívoca en los ojos
    y con el corazón en las manos ofreciéndolo a nadie.
    Por ellos, y por los cansados que mueren lentamente en buhardillas
    y no hablan, y tienen sucio el cuerpo, altaneros del hambre,
    odiadores que pagan con moneda de amor.
    Por éstos y los otros, por todos los que se han metido las manos
    debajo de las costillas
    y han buscado hacia arriba esa palabra, ese rostro,
    y sólo han encontrado peces de sangre, arena…
    Puedo decirles una cosa que no será silencio,
    que no ha de ser soledad,
    que no conocerá ni locura ni muerte.
                  Una cosa que está en los labios de los niños,
    que madura en la boca de los ancianos,
    débil como la fruta en la rama,
    codiciosa como el viento:
    humildad.
             Puedo decirles también
    que no hagan caso de lo que yo les diga.
    El fruto asciende por el tallo, sufre la flor y llega al aire.
    Nadie podrá prestarme su vida.
    Hay que saber, no obstante,
    que los ríos todos nacen del mar.

    Jaime Sabines (1926-1999)
    Recuento de poemas 1950 / 1993
    Joaquín Mortiz, México, 1997

    Miércoles

    El Poeta

    Le pregunté a la muerte:
    ¿Has visto bien a ese hombre
    que por años de los siglos
    no se ciñe la mortaja?
             Es un poeta y en él
    vuelven a vivir los seres;
    es río de semillas verdes;
    es carabela lírica
    que de mortaja hace velas.
             Me respondió serena:
    exento de mi dominio
    el que ha nacido perenne
    –y agregó frente a la vida–
    lo está diciendo la muerte

    Natalia Gameros
    Diez poemas proverbiales
    Colección Flor de Arena
    Universidad Autónoma de Chihuahua
    Chihuahua, 1995

    Jueves

    Escóndeme

    Escóndeme que el mundo no me adivine.
    Escóndeme como el tronco su resina, y
    que yo te perfume en la sombra, como
    la gota de goma, y que te suavice con
    ella, y los demás no sepan de dónde
    viene tu dulzura…
                         Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
    de su sitio; como las raíces abandonadas
    sobre el suelo.
                     ¿Por qué no soy pequeña como la almendra
    en el hueso cerrado?
              ¡Bébeme! ¡Hazme una gota de tu sangre, y
    subiré a tu mejilla, y estaré en ella
    como la pinta vivísima en la hoja de la
    vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré
    y bajaré de tu pecho, me enredaré
    en tu corazón, saldré al aire para volver
    a entrar. Y estaré en este juego
    toda la vida.

    Gabriela Mistral (1889-1957)
    Poesías completas
    Estudio preliminar y referencias
    Cronológicas de Jaime Quezada
    Andrés Bello, Santiago, 2001

    Viernes

    Piedras

    I
    arrojabas las piedras contra mi cuerpo
    y yo me mantuve en mi sitio,
    feroz.
    ninguna dio lejos del blanco.
    cómo dejarlas caer sin haberme tocado.
    eran tus piedras.
    era sólo mi cuerpo.

    II
    pudiste lanzarme abismos, selvas oscuras, barcos en llamas,
    pero sólo tenías piedras
    y yo necesitaba algo de ti, cualquier cosa
    que se desprendiera por fin de ti
    y me buscara.

    III
    una piedra lleva tus huellas digitales,
    mirando más al fondo: la palma de tu mano, su humedad.
    si fuerzo aún las cosas, la precisa
    atención de tus ojos, el pulso
    que avienta tu vida
    hacia la mía.

    IV
    es mejor que me incline a recogerlas.
    no llegaré con las manos vacías
    a la casa del amor.

    V
    hay gozo en la casa del amor
    así cuentan
    y música.
    golpearé una piedra contra otra
    una contra otra
    disciplinadamente.

    Rosella di Paolo (1960)
    Antología de poesía latinoamericana contemporánea
    Selección de Piedad Bonnett
    Norma, Bogotá, 2010

    Sábado

    La cena

    I
    Me he sentado a cenar,
    he puesto una cuchara, un plato y una taza,
    y al centro de la mesa
    el antiguo frutero donde pongo el silencio.
             Solitario y poeta, dialogo en mi mutismo
    y empiezo a preguntarle a mi vejez
    si he de ocultar el rostro,
    si he de bajar la voz avergonzado,
    si he de esconder las ansias de un abrazo.
              Y me digo que no,
    que aún hibernan en mí las rosas que nacieron
    en noches que no tuvieron fecha;
    que todavía ansío el sabor a saliva de unos labios
    y el sudor de la piel antes del sueño.

    II
    Me he sentado a cenar,
    he puesto una cuchara un plato y una taza
    y al centro de la mesa
    el antiguo frutero donde pongo el pasado.
             Solitario y poeta, dialogo en mi mutismo
    y vuelvo a preguntarle a mi vejez
    si he de doblar los puños y la espalda,
    si he de callar las luchas caminadas,
    si he de olvidar el nombre de los muertos.
            Y me digo que no,
    que aún me queda la voz para gritar,
    que seguiré gritando todo lo necesario
    hasta que el hombre nuevo agudice su tímpano
    y venga a reemplazarme en mi graznido
    de viejo, de solo y de poeta.

    III
    Me he sentado a cenar,
    he puesto una cuchara y una taza.

    Ramiro Ruiz Durá (1934)
    Próxima estación. Poemas,
    canciones y cuentos.
    Bonilla Artigas Editores, México, 2019.

    Domingo

    Ya es agosto

    Ya es agosto
    y maduran los duraznos,
    aterciopelados soles,
    mieles de seis lunas,
    lluvias atesoradas.
    Ya es agosto
    y el sol sigue ocultándose
    muy tarde,
    tras enormes nubes grises
    y apenas se vislumbra.
    Luego vienen tardes claras,
    y entre ligeras nubes malva
    el sol se va…

    Sofía Casavantes
    Luminiscencias.
    Colección Flor de Arena
    Universidad Autónoma de
    Chihuahua, Chihuahua, 1995

     

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