"Eduardo Lizalde; la viva lumbre", por Julio Ortega

    Miércoles, 25 de enero de 2017. - Noticias sobre: Eduardo Lizalde

    Conocí y leí a Eduardo Lizalde en mi primera visita a México, en 1969, y todavía su nombre me convoca la intensa lumbre que arde al fondo de su poesía, como el apetito del nombre por la cosa que nombra plenamente. El Eros del lenguaje sigue discurriendo con viva lumbre en la lectura de sus poemas. Presencia y presente de la voz que, gracias a su integridad, es también nuestra. Para celebrar su Premio García Lorca, ganado en 2013, recobro estas respuestas suyas.

    Primeros encuentros con la literatura

    Aprendí a leer antes de ingresar al primer año de la escuela elemental (a los seis años o antes) y fui, por lo tanto, precoz aficionado a la lectura.  Debo haber leído muchas páginas de verso y prosa antes de los siete u ocho años de edad, pero mi primera lectura de una novela íntegra ocurrió seguramente a esas edades:  era La perla roja, de Emilio Salgari, en las ediciones Maucci que atesoraba mi padre y cuya buena biblioteca de toda clase de autores fue mi alimento constante. A partir de entonces, e impulsado por mi padre (que había hecho estudios formales de ingeniería y pintura y que era aficionado a la poesía), leí muchas novelas de Salgari,  en seguida muchísimas más de Julio Verne y después, una gran parte de la obra de H.G. Wells (novelas y cuentos) antes de embarcarme, lector voraz, ya a los 12 y 13 años, en las espesuras de obras más complejas, como las de Emilio Zolá, cuya saga de Los Rougon-Macquart se encontraba también íntegra en la biblioteca familiar, igual que las de un gran número de escritores. Comencé en esa época a leer a todos los poetas románticos, modernistas y modernos de México, de América y de España, desde Darío, Martí, Herrera y Reissig, Díaz Mirón, Gutiérrez Nájera, Nervo, González Martínez, los Machado y sus contemporáneos, para pronto ingresar en el gusto de Lorca, de Alberti, de Gerardo Diego, de López Velarde y de los nuevos astros mexicanos de la generación de Contemporáneos (Pellicer, Gorostiza, Villaurrutia), y después los Neruda, los Vallejo, los Huidobro y otros muchos.

    Desde los años infantiles me destacaba en el coro y las reuniones escolares por mi potente voz de soprano, que se volvería baritonal cuando cumplí los 14 años, e intenté consumar una carrera de cantante de  ópera, que no logré llevar a su término, aunque estudié varios años y canté informalmente muchos más, generalmente para los amigos.

    Decidor de poemas también desde la infancia solía familiarmente ser alentado para declamar íntegramente Los motivos del lobo, de Darío, como los versos de Nervo o los de González Martínez, patriarca entonces de los poetas nacionales vivos y a quien traté entre 1948 y 1952 (año de su muerte) gracias a la amistad de su nieto, que fue compañero de estudios en la Escuela de Música y luego en la de Filosofía. Ya he contado que el primer caballeresco espaldarazo poético me lo dio precisamente El Hombre del Búho en 1948, cuando cumplía yo 18 años y el maestro la edad que tengo ahora.

    Don Enrique presidía en casa de amigos suyos un círculo literario al que asistían, para ofrecer charlas o lecturas, escritores ilustres y artistas como el poeta Carlos Pellicer, el pintor Juan O’Gorman como después lo hiciera Juan José Arreola, brillante y debutante cuentista diez o doce años mayor que nosotros.  En alguna de esas reuniones, el nieto de don Enrique (mi compañero Enrique González Rojo, que se empeñaba conmigo en promover un nuevo movimiento que rimbombantemente llamábamos Poeticismo), despachó sorpresivamente a los asistentes una conferencia entera sobre ese soneto [Martirio de Narciso] y desarrolló sobre cada verso del poema una celebratoria exégesis que yo mismo no esperaba. Don Enrique elogió el texto y, al año siguiente (1949), me dedicó un ejemplar de su poema Babel, dedicatoria que conservo como testigo de ese espaldarazo.

    Los poemas de la infancia fueron muchos, pero de los 12 años en adelante, ya más leído y conocedor de alguna métrica aceptable, redacté varios impresentables versos, entre los cuales, el primero aplaudido por el círculo familiar era un sonetillo en hexasílabos, de tema metafísico (¡qué podía esperarse sino un poemita sobre la muerte  en esas felices edades!):

    “Cuando a mi puerta llegue,

    cuando levante airada

    su rutilante espada”, etc.

    Autorretrato con biblioteca de fondo

    ¿Mi biblioteca? Tenemos libros, no una “biblioteca”, como me decía mi viejo amigo Luis Cardoza y Aragón. La mía se ha armado y desarmado, crecido y decrecido a lo largo de los desastres económicos, los cambios de casa, y en una era leí más libros prestados que propios. No sé cuántos desordenados miles de libros poseo hoy dispersos en los tres pisos de mi casa [como otros tantos miles de CD’s y DVD’s], pero entre ellos se encuentran los, para mí, más entrañables: de filosofía, de poesía en varias lenguas y de narrativa o ensayo, aparte de varios cientos de diccionarios y enciclopedias de todo género.  Allí está, hoy casi intocada, toda la obra de Marx y todos los socialistas de la historia, que no he descartado, porque la considero el subconsciente histórico de mi generación y de las anteriores a la mía, como le dije alguna vez a Octavio Paz.

    La voz a ti pagada

    ¿La propia voz? Dicen mis lectores, y críticos generosos, que la encontré tarde, cerca de los cuarenta, cuando se publicó mi libro más celebrado y leído El tigre en la casa. Pero si es que encontré esa voz, desde luego alentada por la de otros admirados autores de México y del mundo, creo que empecé a encontrarla diez o doce años antes, pues el mismo Tigre lo escribí desde los 34 o 35 años de edad.

    El modelo es Babel

    Una poética. Se ha dicho ya que la poética de cada autor está en sus poemas, y la tentación inevitable de expresar en verso una poética [o en prosa y verso, desde Aristóteles y Horacio] es universal.  Acaso mi largo poema Cada cosa es Babel, que me llevó varios años pergeñar es, más que una poética, la conciencia de su imposibilidad teórica. La teoría estética nace del arte, y no al revés.

    El Yo y el Otro

    Sí. He frecuentado mucho el yo, en casi todos mis libros, pero el yo del poeta es siempre parcialmente una ficción y, generalmente, expresa el yo de los otros. La autobiografía es siempre mucho más pobre que la literatura posible para el poeta de vida más fascinante y excepcional (y ése  no es mi caso).

    Las sintonías con otros poetas son numerosas, cambiantes e inevitables y, pueden transformarse al paso de la vida y las lecturas y los descubrimientos de nuevos creadores que pueden ir de Dante u Ovidio, a Blake, Villón, Leopardi, Baudelaire, Mallarmé, Vallejo o Fernando Pessoa, que nos marcan en distintos años de la existencia.
    La poesía y la crítica

    La lección para los nuevos practicantes de la poesía (más que para los lectores): leerlo todo, si fuera posible, pero principalmente: atenerse a la brújula de los expertos, sin hacerlo servilmente; hay que leer a los grandes críticos de la creación poética, sean ellos por ejemplo MatthewAr nold en el siglo XIX, como los poetas críticos mayores [¡hay tantos!] de ese siglo y del XX, Eliot, Pound, Valéry, Borges, Octavio Paz. Leer con atención Poesía y prosa, de Pound; El crítico critica al crítico, de Eliot; o la Historia de las ideas estéticas, de M. y Pelayo, puede ser más orientador que leer enteros veinte volúmenes de antologías acríticas de todos los tiempos.

    Los rostros del poema

    Sobre los contextos en el poema. He dicho que el poema de alta calidad tiene varios rostros ocultos, y que su cara oscura más significativa sólo puede ser descubierta por el lector altamente calificado.  En cuanto al papel de la poesía frente al discurso que disputan “la racionalidad civil y el significado de nuestro plazo en el globo”, como tú dices, me parece que es mínimo por lo general. La más grande poesía es materia que consumen a fondo sólo hoy relativamente grandes minorías, pero de sólida formación cultural en el mundo. Creo, sin embargo, que la poesía es, como lo he dicho muchas veces, una bomba de tiempo y que, a la larga, transforma las mentalidades, el gusto y las ideas estéticas y sociales. Pero lo mismo ocurre con todo el arte. ¿Cuánto tardó la poesía de Walt Whitman en ser motor universal de tantas aficiones literarias? Transcribo para ilustrar la idea este epigrama  de mi libro La zorra enferma, que dediqué en 1974 a nuestro amigo Carlos Fuentes:

    La prosa es bella

    -dicen los lectores-;

    la poesía es tediosa:

    no hay en ella argumento,

    ni sexo ni aventura,

    ni paisajes,

    ni drama ni humorismo,

    ni cuadros de la época.

    Eso quiere decir que los lectores

    tampoco entienden la prosa.

    Claroscuro y Tenebroso

    La creatividad definida “por la capacidad de respiración y visión” no puede asignarse, yo creo, en todos los tiempos, sino a la obra de los grandes transformadores del curso de la literatura, los capitanes inimitables o indudables de los cismas estéticos en diferentes eras: gigantes como el Dante, como Cervantes,  como Góngora, como Quevedo, o bien como Goethe, como Hölderlin, como Whitman, como Dostoievsky, como Kafka, como Proust, como Joyce.  Y en nuestro medio hispanoamericano grandes revolucionarios y poetas conmovedores, que van desde Sor Juana, a Darío, Vallejo, Lugones, López Velarde, etcétera.  Toda sombra y toda luz que privilegien alguna parte de mis libros vienen de todas esas inconmensurables luces y tinieblas.

    No sé si sería yo mismo capaz de “definir mi personalidad poética”, pero lo han hecho algunos de mis nobles amigos, críticos y lectores que, por lo general, me identifican como poeta de lenguaje agresivo, rasposo si bien pulido, duro, violento y amargo.  Lenguaje de Tigre, así me llaman en el círculo de mis amigos, como le llamaban también a Sabines, más por su rostro de tigre de ojos crueles y azules, que por su dolorida, extraña, antisolemne, más bien tierna poesía. Yo soy más bien un lobo, cordial, pero solitario (“hombre solo”, suele decirme Alí Chumacero, poeta espléndido, maestro y amigo). Pero creo que hay varios registros (también se ha dicho) en mis libros, que estoy claramente marcado por mi país, por mi enorme ciudad y por mi vida, pero no creo que haya nada localista en mis poemas, ni folklore alguno.  Creo —decía Fuentes hace tiempo— que no hay centros literarios hoy en el mundo, no hay más “ciudades luz”, y por lo tanto (aunque nos lean poco fuera de México) todos somos centrales.

    Del exceso de información

    Sobre el “descreimiento mutuo” en que vivimos y sobre “la pobreza de las comunicaciones y la violencia diaria de las representaciones públicas”, pienso que, más bien, lo que sufrimos es una sobreabundancia ensordecedora, cegadora y desorientadora de información en los grandes medios electrónicos (la TV, el internet, la producción de grabaciones digitales en CD y DVD). Es un océano insondable de información en el que es más fácil ahogarse que navegar. Los escritores, pero más los poetas, escribimos para un limitado universo de lectores serios (presentes y futuros) y, por mi parte, soy cada vez un mayor no-creyente o descreído en cuanto se refiere al futuro de la humanidad; creo que vive ella en el periodo más deprimente y oscuro de su historia.  Nunca ha habido más millones de hombres hundidos en la hambruna y la miseria extrema, ni mayor fanatismo político y religioso, ni  más horrenda criminalidad en tantos países, en conflicto genocida sin solución a la vista.

    Acaso la mejor expresión y bandera permanente de mi ya antiguo y negro escepticismo sería esa pequeña epigramática glosa de un parágrafo del Tractatus de Wittgenstein, lo tomo de la serie que titulé Al margen de un Tratado, 1981-83:

    Tal parece que todo ha concluido

    Moralistas, cristianos y marxistas,

    liberales o beatos

    de grandiosas iglesias y sistemas

    —o simples sindicatos—,

    Les tengo y traigo, de verdad,

    muy malas, pésimas noticias:

    la ética no existe, y nuestra raza

    no posee más defensa razonable

    que la de los coleópteros

    o los marsupiales.

    Caza mayor

    Elegir un poema. Tarea difícil para quien se ha expuesto a publicar (pese a mi declarada lentitud y perfeccionismo) tal vez cinco mil o seis mil versos, que no son tantos para mi avanzada edad. Apunto el que sigue, que no cuenta entre los más celebrados y “dramáticos” de libros como El tigre en la casa, pero que a mí me parece que hay en él una tensión musical, un aire verbal y un humor negro más fresco que el de otros textos de la misma serie:  Éste es el poema, que pertenece al libro Caza mayor (1979):

    El gato grande el colosal divino, el fulgurante,

    el recamado de tersura celeste,

    el de los jaspes netos coronado

    en malvas, róseos resplandores,

    el de lustrosos, vítreos, densos amarillos,

    la luciérnaga enorme, ascua sangrienta

    que envuelve una tan suave aureola de escarcha,

    el glamoroso destructor grabado a fuego,

    musas,

    apesta:

    él mismo, como sabe Sankhala,

    es otra selva de chupadoras bestias diminutas

    y homicidas.

    Si los demás irracionales

    —búfalos suntuosos, anillados reptantes,

    ínfimos roedores—

    supieran dibujar su muerte

    ella tendría forma de tigre;

    pero si el tigre dibujara, si soñara la suya,

    tendría forma de piojo, Jenófanes amigo,

    o bien de mosca, Torres, tocayo, azote del Parnaso.

     

    La multitud de sabandijas

    religiosamente numerosas y horrendas que lo cubren

    son visibles en su temeraria cercanía

    y a veinte metros, parca de carnaval, él hiede

    a hierbas pútridas, a humedad venenosa y aromática,

    como también dice Kailash.

    Así, leal, preludia su presencia el mortífero.

    Para leer la nota original, visite: http://www.excelsior.com.mx/expresiones/2017/01/22/1141392

    Perfil de: Eduardo Lizalde

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