Bazar de asombros: "José Guadalupe de Anda, Los cristeros y Los bragados (II y última)", de Hugo Gutiérrez Vega

Domingo, 18 de Agosto de 2013
Bazar de asombros: "José Guadalupe de Anda, Los cristeros y Los bragados (II y última)", de Hugo Gutiérrez Vega
Foto: Academia Mexicana de la Lengua

El rasgo principal de las dos novelas sobre las guerras cristeras escritas por don José Guadalupe de Anda, Los cristeros y Los bragados, es el de la veracidad. No hay que olvidar que la mayor parte de los textos sobre las guerras religiosas tienen carácter hagiográfico. Pienso en Héctor, escrito por Jorge Gram, seudónimo de un canónigo de la catedral de Durango apellidado Ramírez; Entre las patas de los caballos, del acejotaemero Rivero del Val; La Virgen de los cristerosLas memorias, de Degollado, general del ejército cristero del sur; las de Heriberto Navarrete, ayudante del general Gorostieta, jefe del ejército cristero del norte; México, tierra de volcanes, de monseñor Schalmar; las minuciosas investigaciones de Meyer escritas desde una perspectiva conservadora y otras muchas obras de investigación o textos novelados. De Anda escribió dos novelas sobre el tema por la sencilla razón de que fueron dos las guerras cristeras. La primera muestra rasgos de idealismo y tiene un fuerte arraigo popular; la segunda lleva los signos de la venganza y la desesperación. En ambas se agitan, por debajo del agua, las sospechosas maniobras de los señorones de la Liga para la Defensa Religiosa, las manitas sucias de los hacendados temerosos del reparto agrario y otros intereses ajenos a la candorosa y feroz lucha guerrera. En la segunda están presentes los maestros socialistas desorejados y el robo de los escasos bienes de los rancheros que se negaban a apoyar a los bandidos disfrazados de cristeros. En la primera aparecen figuras de crueldad implacable, como los curas soldados Vega y Pedroza y el famoso Catorce, conocido con ese nombre por haber matado, frente a frente, a catorce “pelones”. Sobre las consecuencias de estas luchas fratricidas recomiendo la novela Pensativa, de Jesús Goytortúa Santos, pero, sobre todo, las dos novelas de don Guadalupe, consideradas por los críticos más serios y, particularmente por Juan Rulfo, como las más serenas e imparciales.

En un Bazar anterior hablé de las afinidades que se dan entre las novelas de De Anda y las que escribió Valle Inclán sobre las guerras Carlistas, sobre todo Los cruzados de la causa y El resplandor de la hoguera. Se dan afinidades también con la novela de Andreiev, Sashka Yegulev, y las novelas de Kazantzakis. En materia de estilo, don Guadalupe es un buen seguidor de Luis g. Inclán y de don Manuel Payno, y un conocedor a fondo de los giros del lenguaje de la región alteña.

El cine mexicano, como de costumbre, maltrató el texto de Los cristeros. En 1947, Raúl de Anda filmó una impresentable película titulada Sucedió en Jalisco. Por no molestar a la Iglesia, De Anda, pariente de nuestro autor, traicionó el texto original y produjo un churro insulso y bobo interpretado por Luis Aguilar, Tito Junco (actor casi siempre excesivo a excepción de su trabajo en una de las grandes películas de nuestro cine, La sombra del caudillo, de Julio Bracho); Sara García, el Nanche Arozamena, Soto Rangel y el villanísimo Carlos López Moctezuma. Esta película se convirtió en una horrenda fotonovela. En materia editorial, los dos textos pasaron increíbles vicisitudes hasta que el año pasado Muriá puso en orden las cosas y con Miguel Ángel Porrúa los publicó en un solo tomo.

Mis lectores, ahora que se acerquen a estas novelas, conocerán a don Ramón, alteño clásico, honrado y bondadoso, silencioso y fuerte, hombre de familia y padre amoroso “alevantado por el remolino”. Conocerán además al tío Alejo y al pícaro Ranilla, a Felipe, el hijo menor y su sensato discurso y, sobre todo, a Policarpo, héroe candoroso, contradictorio y de personalidad llena de matices. Son fundamentales las mujeres, madres, esposas, suegras, novias, viudas. Todas ellas apoyan a sus hombres y la mayoría, llevada por su actitud fanática y siguiendo el ejemplo de las mujeres espartanas, lanzaron a sus hombres a la lucha y, en no pocas ocasiones, participaron en las tareas militares. Los personajes de las dos novelas son descritos con pericia formal y estilo naturalista de la mejor clase, pues el lenguaje forma parte esencial de la trama y constituye una amplia y contrastada cosmovisión.

Para leer la nota original, visite:

http://www.jornada.unam.mx/2013/08/18/sem-bazar.html

Muchas personas nos han preguntado sobre las dos novelas que, a propósito de las guerras cristeras, escribió el excelente autor José Guadalupe de Anda. En el prólogo de la última edición de los dos libros publicada por Miguel Ángel Porrúa, José María Muriá, uno de los principales historiadores de Jalisco, catalán y zapopano convicto y confeso, nos entrega una serie de datos sobre la azarosa existencia de don Guadalupe. Sabemos que nació en San Juan de los Lagos en 1880. En esa época el municipio de la población dedicada al culto de una de las vírgenes más taquilleras y milagrosas del país, era de aproximadamente 20 mil habitantes. Don Guadalupe era hijo de rancheros ricos e hizo sus primeros estudios con una “amiga” de su pueblo natal. A los quince años abandonó el hogar y el pueblo y se fue a correr aventuras. Su primer signo (y el último también) es el de ferrocarrilero, pues fue telegrafista de los Ferrocarriles Nacionales y viajó por todo el centro del país hasta que se estableció en uno de los pueblos más sofisticados de México, El Oro, ciudad minera con casas sorprendentes, un teatro afrancesado y buenos ejemplos de art nouveau.

Se piensa que don Guadalupe escribía desde muy joven, pero sus tres novelas fundamentales fueron publicadas cuando cumplió los cincuenta y cinco años. Antes de eso había publicado algunos textos en el periodiquíto La sequía, y un cuento titulado “El santo de Juan Esteban” en la famosa revista Bandera de Provincias que publicaban en Guadalajara Agustín Yáñez, Alfonso Gutiérrez Hermosillo y Efraín González Luna, entre otros. Salvador Novo, chilango impostado, se burló de los jóvenes provincianos llamándolos “niños pendejos” y acusándolos de ser responsables de una publicación que estaba hecha de “reflejos de reflejos de reflejos”.

En 1904 regresó a San Juan para asistir al funeral de su padre. Emprendedor y entusiasta, puso una fábrica de sombreros, La Jalisciense, y abrió el primer hotel para peregrinos ricos, el Hotel Jalisco. El resto de los peregrinos tenía que alojarse en mesones con camastros cuyas patas descansaban en latas llenas de petróleo para evitar que se subieran las cucarachas. Estos animalitos eran tan listos que trepaban por las paredes, caminaban por el techo y, en un acto de paracaidismo, se dejaban caer sobre los desventurados durmientes. Se casó en 1901 con doña María de Jesús Pedraza. La pareja procreó siete hijos. Esta fertilidad lo obligó a regresar a los ferrocarriles y fue jefe de estación en San Luis Potosí, Guanajuato, León e Irapuato. (Recuerdo que cuando viajaba en los heroicos Ferrocarriles Nacionales con mi santa abuela, el garrotero, poco antes de llegar a la calumniada estación de Irapuato, gritaba con voz llena de alarma: “Irapuato, cuiden las carteras y los relojes”).

El 1916 lo encontramos ya en la ciudad de México como cajero general y oficial mayor de los Ferrocarriles. En ese momento inicia su carrera política gracias a un acto de fortuna que le permitió acercarse al general Obregón, pues siendo jefe de estación de Irapuato dio paso preferente a un tren que llevaba pertrechos para el ejército obregonista. Algo parecido sucedió con Margarito Ramírez, el contovertido político jalisciense.

José María Muriá afirma que, siendo De Anda diputado federal, testimonió, con su hijo Gustavo, el asesinato de Obregón en La Bombilla. Por esa época ya era don Guadalupe tesorero de la campaña obregonista y diputado federal por el sexto distrito de Jalisco. En 1924 fue nuevamente diputado por el distrito de La Barca, primero suplente de Margarito Ramírez y, cuando éste se retiró, don Guadalupe se convirtió en propietario.

Muriá se refiere a algunos aspectos pintorescos de nuestro autor: su ludopatía y su frecuente asistencia a los partidos de jai-alai en el Frontón México. Estas aficiones debilitaron sus ahorros y lo obligaron a vivir en una modesta casa de la colonia Santa María la Rivera que, en aquellas épocas, era una especie de territorio jalisciense ubicado en el centro de la ciudad capital. Ahí vivieron, entre otros, Mariano Azuela, Carlos González Peña y Antonio Moreno y Oviedo.

Más tarde fue diputado por Tepatitlán, senador suplente en 1929 y funcionario en varias secretarías de Estado. Su afición al tabaco le causó un enfisema que lo mató en 1950.

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