Salvador Novo

    Nació en la ciudad de México, el 30 de julio de 1904. De los seis a los 12 años pasó en Torreón la tormenta revolucionaria y comenzó a escribir versos. De nuevo en la capital, cursó la preparatoria e inició la carrera de derecho, que abandonaría por la profesión literaria. Desde 1920 colaboró en revistas literarias y en 1924 fue uno de los redactores de las Lecturas clásicas para niños. En 1927-1928 dirigió, con Xavier Villaurrutia, la revista Ulises, que iniciaba en México la modernidad literaria, y luego escribió en la revista Contemporáneos, que daría nombre al grupo de vanguardia a que perteneció. Posteriormente se dedicó al periodismo en el que con agilidad y talento crearía estilos y recursos. De 1946 a 1952 dirigió las actividades teatrales en el Instituto Nacional de Bellas Artes, y durante muchos años se ocupó de actividades escénicas como autor, director, traductor y empresario. En 1967 recibió el Premio Nacional de Letras.
     
    Fue cronista de la ciudad de México, y en ella murió el 13 de enero de 1974. Desde un principio, en sus Ensayos, impresos el año de 1925, apareció ese afán de procurarse trato con el buen humor, aunque al mismo tiempo, como al descuido, humedecía sus versos con emociones tan íntimas, que hubiera deseado dejarlas perdurar ocultas en la sombra. Esas formas de expresión habrían de seguir constantes en sus libros posteriores, si bien es cierto que el principal de ellos, Nuevo amor, del mismo año que Espejo, contiene las más intensas emociones de que fue capaz Salvador Novo. “Cuanto puedo sentir y expresar —confesó— está dicho y sentido en esos poemas.” Pero ni en esas páginas, dominadas por el sentimiento a flor de labio, desapareció del todo la actitud con que se había enfrentado desde antes con la poesía. Xavier Villaurrutia, su colega en desvelos literarios, observó tempranamente que el gusto por el juego fue en él un modo de contrastar y acentuar el impulso lírico, y que en sus mejores poemas “el humorismo es sólo un medio y no un fin último”. A este respecto, el mismo crítico había anotado con anterioridad: “Es el poeta que sustantiva las sugestiones más fugaces e inasibles. Y no es que sea más inteligente que sagaz y emotivo. Sucede, sí, que en sus poesías la nota sensible está detrás de las observaciones, de las imágenes”. El rumor de la superficie procura disimular el “viento derrotado” que era su corazón. Pero “ni el humorismo ni la ironía —afirma Frank Duster—, que a veces se transforma en sarcasmo, lo despojan de un tono íntimo que se detiene antes de llegar al confesionario, pero no antes de dejar ver la profunda desolación del poeta”. Bajo el velo agitado del humorismo escondía una sensualidad que naufragaba en la zozobra, temeroso de aparecer ante los demás como quien descubre su juego y pierde de pronto el pudor de sus sentimientos. Novo mismo acabó por confesarlo al explicar sus poemas escritos en la adolescencia: “Encuentro, entre los ecos que les dan voz, las simientes de lo que más tarde germinaría en la mía: la circunstancia, el humorismo y la desolación” (Alí Chumacero, Semblanzas de académicos).


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