Homenaje luctuoso a doña Clementina Díaz y de Ovando

    Miércoles, 13 de febrero de 2013.

    Clementina y sus fantasmas o el gabinete de la Doctora Díaz y de Ovando

     

    La acción da inicio en la puerta marcada con el número 147 de la calle de Hidalgo, adonde llegan dos caballeros casi al mismo tiempo. Son Ignacio Manuel Altamirano y Vicente Riva Palacio.

    Altamirano.- General, pero si está usted igual.

    Riva Palacio.- Lo mismo te digo, coronel, pero seamos justos. Afortunadamente, en estas salidas se nos concede aparecer acicalados y escenográficos, como mejor conviene a la leyenda.

    Altamirano.- Y como conviene a nuestro Narciso. Mírate: Qué lujo, hasta puro, anteojos y bastón.

    Riva Palacio.- Y qué me dices de esa capa con la que pareces héroe de Chateaubriand. Pareces esa fotografía tuya donde te encuentras en plena campaña y no te cambias por nadie.

    Altamirano.- Tú también estás en el candelero: hay tataranietos de tu Ahuizote que, como tú, no dejan en paz a nadie. Pero ¿por qué no seguimos esta conversación en el interior de la casa? No me atrevo a hacer esperar a nuestra anfitriona.


    Los personajes entran en la casa, naturalmente y como corresponde a su calidad de fantasmas, atravesando la pared y sin tocar a la puerta. Ahora se encuentran en la semipenumbra de una sala donde los relojes giran a la inversa, y donde el siglo XIX se conjuga en presente.

    Altamirano.- Qué privilegio, Vicente, gozar de tu compañía. Y qué bueno que sea aquí, en casa de doña Clementina, que es como decir nuestra casa. Sé que has estado aquí otras veces, al igual que yo, sobre todo cuando en su gabinete de trabajo nuestra amiga nos obliga a volver a este mundo. Nunca me dijo que vendrías.

    Vicente.- Así es ella. Nunca terminan ni se repiten sus sorpresas. ¿Cómo te enteraste tú?

    Altamirano.- (Extrae de la bolsa un sobre). Recibí, supongo que al igual que tú, esta nota: “Clementina Díaz y de Ovando se verá muy honrada con la presencia del excelentísimo don Ignacio Manuel Altamirano”. Lo demás es la hora y el sitio.

    Riva Palacio.- Exactamente. (En ese instante se escucha que llaman a la puerta. Concepción, ayudante de Clementina Díaz y de Ovando pregunta quién toca y, al no obtener respuesta, abre y vuelve a cerrar la puerta. Ella no repara en el tercer personaje que se aproxima).

    Riva Palacio.- Por el sonido, se trata de un hombre joven.

    Altamirano.- Y tímido, porque si es de los nuestros, no hubiera tenido necesidad de tocar a la puerta.

    Riva Palacio.- Si también está invitado a esta comida, debe de ser otro de los fantasmas de Clementina.

    Altamirano.- El fantasma, mi querido Vicente, aunque te ofenda. Sin el trabajo de Clementina, sin el estudio introductorio, que es propiamente un libro, que ella hizo de quien ahora va a trasponer el umbral, el susodicho estaría tres veces muerto. Así que, mi general Riva Palacio, permítame presentarle al médico, poeta y novelista Juan Díaz Covarrubias.


    Entra en la habitación un joven de 22 años, aunque aparenta menos. Sus ojos, grandes y oscuros, son matizados por el cabello abundante y peinado para atrás.

    Riva Palacio.- Juanito, permíteme que te llame así. Doctor ilustre, mártir generoso, nuestro novelista.

    Juan Díaz Covarrubias.- Amigos queridos, maestros, qué honor, yo no sabía.

    Altamirano.- Pero cómo iba a faltar este chamaco maravilloso, a quien hacía mucho tiempo no veíamos.

    Riva Palacio.- Es cierto. Tú y yo, Ignacio, de cuando en cuando nos miramos. ¿En qué andas tú, Juan, que desapareces? Bueno, aunque eso sea un pleonasmo, aplicado a fantasmas.

    Juan Díaz Covarrubias.- Luminosos, vivísimos fantasmas, amigos queridos. Si estamos tan vivos, o al menos, si así lo parecemos, es porque doña Clementina nos saca del armario nos desempolva y nos lanza un gran chorro de agua.

    Altamirano.- Pero míralo, Vicente, cómo han cambiado los años a nuestro Juan. Ya no es aquel muchachito frágil intimidado por la figurota dantoniana de Mateos.

    Riva Palacio.- Por cierto, Juanito, que nunca te he ofrecido disculpas por la litografía que de ti hizo Hesiquio Iriarte en El libro rojo. Ese gesto tuyo ante la muerte no te favorece y quién puede creer en la postura de héroe de opereta que le puso al pobre de Mateos.

    Díaz Covarrubias.- Ni se fije, general. Si nuestros contemporáneos nos perjudicaron, Clementina nos revindica, hasta cuando nos golpea para ponernos en el lugar que nos corresponde.

    Riva Palacio.- Y cómo. Imagínese, apenas entrando al siglo XX ya comenzaban a llamarnos despectivamente los decimonónicos. Y esa muchachita Clementina se atrevió a sumergirse, sola y sin ayuda, en el vasto mar de nuestro tiempo y en traerlo de nuevo, vigente y actual.

    Altamirano.- Siempre me ha dado la impresión de que nuestro tiempo, en cuanto dejó de serlo, se transformó en el hijo mongoloide al que es necesario querer, pero que en el fondo nos avergüenza. En una de mis ocasionales visitas a la Facultad de Filosofía y Letras, me di cuenta de cómo la literatura mexicana de nuestra época se ha convertido casi en moda.

    Díaz Covarrubias.- Razón de más para querer a Clementina.

    Riva Palacio.- Y razón de más para el primer brindis, en ausencia presente de la anfitriona, quien se da a desear como corresponde a su categoría; así nos deja decir palabrotas y cosas de hombres. Vamos a ver quién nos tiene nuestra admirada sibarita para iniciar hostilidades.

    Altamirano.- Nada más y nada menos que un homenaje a Juanito. Miren esto: una jarra de ponche, fósforos -café con catalán-, Champagne, Sauterne y pastelería "francesa pero mexicana". O sea, lo que piden los jóvenes crápulas en el Hotel de la Gran Sociedad al principio de la novela La clase media.

    Díaz Covarrubias.- Y seguramente el café de esos "fósforos" será homenaje al café michoacano que usted saboreó, general, mientras escribía de un tirón las estrofas de "Adiós a Mamá Carlota”.

    Riva Palacio.- Que así sea, Juan. Y a todo esto, ¿por qué nos hablas de usted a Ignacio a y mí? Somos casi de la misma edad. Bueno, yo el más viejo, porque nací en 1832, tú, Ignacio en el 34 y tú, Juanito...

    Díaz Covarrrubias.- En 1837, mi general. Efectivamente, usted me llevaba en vida apenas cinco años, pero como nos toca desempeñar aquí un papel y como usted, al igual que el maestro Altamirano, llegó a dasarrollarse completamente, déjeme también serle fiel a mi leyenda. Aunque hayamos sido de la misma generación, no me siento ahora cómodo si lo tuteo.

    Riva Palacio.- Como prefieras, Juan, con tal de que no me obligues a decirte Doctor.

    Altamirano.- A Juan no le importa, como a la flamante doctora Clementina Díaz y de Ovando no le importa que le digamos Clemen.

    Díaz Covarrubias.- Por supuesto que no me importa, mis amigos. Finalmente el tigre Márquez me impidió hacer cosas que hubiera querido. Lo que el maestro Altamirano dice de nuestra primera generación romántica es absolutamente cierto.

    Riva Palacio.- Tú hiciste lo que debías, Juan. Y fue doña Clemen, en 1959, en el primer centenario de tu muerte, quien te dio tu lugar en nuestra Historia, que es como decir en nuestras letras. Déjame leerte este párrafo del maravilloso estudio que te hizo dice cosas que otros arqueólogos literarios no se habían atrevido, y que en cierto modo me tocan también a mí: "… los románticos, aunque juraron ser fieles a la verdad histórica como el más leal amador, y también ser imparciales, le hicieron a la historia todas las trampas que les dio la gana, sus juramentos fueron de dientes para afuera, no sólo con el objeto de impedir que el historiador erudito, profesional, pusiera el grito en el cielo; los historiadores románticos ni respetaron la verdad histórica ni fueron imparciales puesto que parapetados detrás de la historia defendían su postura política, los héroes por los que se sentían atraídos o las ideas sociales que profesaban".

    Díaz Covarrubias.- Para fortuna de nuestro tiempo, Clementina supo encontrar el modo para convencer a los vigesémicos de que no somos tan aburridos. Incluso se da el lujo de valerse de un lenguaje coloquial que no le quita solidez ni rigor a sus afirmaciones.

    Altamirano.- Lo mismo hace en su tesis de doctoral, dedicada a los Ceros del general Riva Palacio; antes de entrar de lleno en el tema de su estudio, hace uno de los mejores retratos de la ciudad porfiriana. Qué abundancia de información, qué amenidad para eslabonar y narrar. Ese trabajo es de 1965: cuando nadie hablaba de Historia de las Mentalidades, Clementina ya lo estaba haciendo. Y ya que estamos en esto, ¿qué opinas, Vicente, sobre el prólogo de Clementina a su Antología en la Biblioteca del Estudiante Universitario?.

    Riva Palacio.- Está mal que sea yo quien lo diga, pero además de ser el estudio más completo, crítico y pormenorizado que se haya hecho sobre mi persona, es el ejemplo de lo que debe ser un prólogo dirigido a un público no especializado. Tú mejor que nadie sabes, Ignacio, que un texto de esa naturaleza debe ser sencillo pero no fácil; directo, pero cargado de intensidad; con datos que no abrumen sino tracen, casi invisiblemente, las coordenadas que determinan el tiempo y el espacio de un hombre.

    Altamirano.- Cómo no mencionar aquel trabajo sobre los cafés del siglo XIX.

    Riva Palacio.- Y qué versatilidad la de esta mujer. La aparición constante del nombre de Manuel María de Zamacona en la prensa la conduce a elaborar la Crónica de una quimera: 692 páginas que son simultáneamente una novela de intriga política y una reconstrucción rigurosa, día a día, de un proyecto frustrado de relaciones comerciales entre México y Estados Unidos.

    Díaz Covarrubias.- Su libro Los afanes y los días, además de ser el estudio más completo sobre la institución fundada por don Gabino Barreda, es una microhistoria de una batalla educativa que aún sigue librándose.

    Altamirano.- En Clementina, el impulso personal se transforma en cosecha colectiva. En memoria de su marido, el odontólogo Joseph D. Berke, se da a la tarea de recopilar información periódica sobre los afanes y los días de esos verdugos refinados e imprescindibles. El resultado es otro volumen, así de grueso, titulado Odontología y publicidad .

    Riva Palacio.- ¿Qué es Clementina Díaz y de Ovando?

    Díaz Covarrubias.- Para entendernos, mi general, hay que ser un poco como nosotros. Al intentar definirlo a usted no le alcanza una sola palabra y escribe: "inquieto abogado, general, poeta, prosista satírico, crítico literario, novelista, cuentista, historiador, político y diplomático". Nosotros teníamos que hacerlo todo, escribiendo sobre la silla de montar o en el escritorio burocrático o entre debate y debate del Congreso.

    Riva Palacio.- Es cierto. Clementina puede hacer un libro a partir de un suceso en apariencia insignificante, levanta puentes entre las más diversas disciplinas, es sabrosa para contar y ejerce la ciencia de la imaginación. Pero la suya es la imaginación que se nos exige a los nacidos en países pobres, donde todo está por hacerse y todo hay que hacerlo a contracorriente, con el placer solitario de quien se nutre descubriendo.

    Altamirano.- Que Clementina sea investigadora emérita y haya sido directora del Instituto de Investigaciones Estéticas, escriba sobre cocina mexicana, lea textos literarios desde un triple enfoque -sociológico, histórico y artístico-, sea solicitada por rectores, ingenieros metalúrgicos, historiadores, odontólogos y literatos, la vuelven imposible de definir. Eso sí, su pasión puede resumirse en una palabra: México.

    Riva Palacio.- El buen juez por su casa empieza. Echen un vistazo a su alrededor, por si alguna duda cupiera. Cómo no nos va atraer esta casa, si parece que no nos hemos ido. Uno sube al estudio y ahí encuentra, en primeras ediciones, a los viejos y siempre jóvenes amigos. Estos bodegones del comedor nos perturban todos los sentidos; y los cuadros, la vajilla adecuadamente rigurosa, los colores de nuestra tierra y nuestro aire. La comida. Esos soberbios tacos de chilorio, umbral obligado de los banquetes clementinos.

    Altamirano.- Tacos, que por otra parte, ninguno de nosotros había conocido, porque no fuimos de los "inmaculados" que siguieron a Juárez por el Norte.

    Riva Palacio.- Ignacio, Ignacio, suéltalo un poco, ya que no lo dejan en paz las reformas constitucionales.

    Díaz Covarrubias.- Caballeros, me parece que es el tiempo de interrumpir esta conversación, pues está llegando nuestra anfitriona.

    En ese momento se escucha la puerta de la calle. Mientras la luz del exterior inunda poco a poco el acceso a la estancia, los tres personajes se incorporan y permanecen estáticos. Paulatinamente, mientras los pasos de doña Clementina Díaz y de Ovando se hacen más definidos, la sala se envuelve en la penumbra.

     

    Doña Clementina Díaz y de Ovando, una presencia perenne


    Un homenaje como el que ofrecemos a doña Clementina Díaz y de Ovando se explica por sus años de intensa labor univeristaria, de cuidadosa indagación y reflexión histórica, y de amorosa entrega a la corporación de la que formó parte durante casi treinta años, que hoy le rinde un reconcimiento más. Fueron décadas de compañerismo generoso, de amistad fraterna, de lección inolvidable.

    Clementina Díaz y de Ovando fue uno de los más claros ejemplos del ser universitario. Su vida completa estuvo dedicada a enriquecer la cultura mexicana, recuperándola y recréandola para nosotros, y mostrándola con elegancia en el exterior. Más de un centenar de ensayos, aparecidos en México, en Estados Unidos y en Europa, dan prueba de su afanosa dedicación. A ellos se suman numerosos libros que tocan episodios centrales de nuestra vida pretérita, y una constante presencia en foros académicos que le llevaron a recorrer el país y que la acercaron a auditorios de España, de Francia y de Estados Unidos, entre otros países.

    Indagando siempre acerca de la esencia mexicana, doña Clementina se internó por senderos preciosos y los iluminó con su talento y con su prosa. Nos permitió, a sus muchos leyentes y oyentes, disfrutar de los resultados de su propia curiosidad. Así, unas veces nos asomamos a la ciudad de México durante el segundo imperio; otras recorrimos la calle de Plateros durante 1880-1882, o visitamos la de Palma por esos y otros años; una más nos llevó a recorrer la exposición de las clases industriales de Guadalajara, allá por 1880; y qué decir de la vida mexicana referida con impar maestría, ya la de 1844, ya las de 1872 o 1888; para no omitir el antiguo arte culinario nacional, rescatado de manera tan acuciosa como apetitosa. Gracias a nuestra infatgable investigadora y escritora, la vida cotidiana del México viejo adquirió con su pluma presencia y vigencia. Por eso muchos esperamos la edición de las obras completas de Doña Clementina.

    A través de la prosa de doña Clementina también nos familiarizamos con el perfil de muchos próceres de nuestra cultura en los dos siglos de su mayor interés: Luis Felipe de Alfaro, Ignacio Manuel Altamirano, Gabino Barreda, Juan Díaz Covarrubias, Justino Fernández, Manuel Gutiérrez Nájera, Francisco de la Maza, Vicente Riva Palacio, Manuel Toussaint… y muchos más.

    En las páginas de doña Clemenrtina se recrearon la imaginación y la memoria. Fueron tan vivos los cuadros que nos ofreció, tan fresca su prosa, tan ágil y grácil su narración, tan precisos los tonos y los tiempos, que nos trasladaba al escenario de los hechos con enorme maestría. En buena medida esto se debió a que doña Clementina imprimió a sus fuentes hemerográficas del siglo XIX un tratamiento muy moderno.

    Su inmersión en el pasado nos devolvió un México límpido, vibrante. A través de los ojos de doña Clementina podemos ver un país optimista, de buen talante, cosmopolita. Echemos a correr las páginas, por ejemplo, de Carlos VII, el primer Borbón en México. Hallaremos personalidades luminosas (como Ignacio M. Altamirano) y umbrosas (como Francisco de Paula Eurile); escenarios de la suntuosidad y de la pobreza; reseñas chuscas y proclamas patrióticas; programas de teatro y menús de banquete; prosa y poesía. Todo, en el alto contraste que se consigue cuando una sociedad intensa es descrita por una mente ordenada y con una pluma pulcra.

    En ese libro sobre el príncipe Borbón, doña Clementina dejó asentada una verdad actualísima: “lo que más enorgullecía al Maestro (se refería a Altarmirano) era esa tolerancia conquistada en los campos de batalla para cualquier credo religioso o posición política… tolerancia que le permitía llevar excelentes relaciones con obispos católicos, protestantes, con monarquistas, imperialistas y comunistas”. La tolerancia, pues, como fundamento de la cohesión social, de la libertad individual y de la seguridad colectiva, era postulada por un prócer de la República y de la Reforma; su lección hizo escuela en el México liberal y revolucionario.

    Virtud de quien ve el ayer es anticipar el mañana. En un apretado volumen cercano a las setecientas páginas, nuestra investigadora elaboró la Crónica de una quimera. Publicada en 1988, la crónica es el relato pormenorizado del que la autora llama “episodio Zamacona”: la acción del enviado mexicano a Washington, Manuel María de Zamacona, durante 1878-79, para promover un adecuado entendimiento entre nuestro país y el del norte.

    Zamacona, singular personaje que por igual practicó el periodismo, ejerció la diplomacia, dominó la política, cultivó la poesía y desempeñó la abogacía, protagonizó un capítulo notable para las relaciones económicas con Estados Unidos. El remiramiento de su itinerario, a través de un nutrido acopio de datos que, sin embargo, fluyen con rapidez gracias a la fácil manera con que los ensambla nuestra historiadora, revela el talante visionario del protagonista, pero también de quien lo eligió como tema: nuestra Clementina.

    Documento básico para la historia de la Universidad es el estudio de la doctora Díaz y de Ovando sobre la Escuela Nacional Preparatoria. Los afanes y los días (Instituto de Investigaciones Esteéticas, UNAM, México, 1972) es una monumental investigación hecha con el apoyo de otra sobresaliente universitaria: Elisa García Barragán. En ambas la cultura universitaria tiene de qué enorgullecerse. De ambas la Universidad y el país han recibido notables aportaciones y a ambas debe gratitud nuestra comunidad. Con sello propio, la doctora García Barragán ha proseguido en el Instituto de Investigaciones Estéticas una obra ejemplar para el rescate y engrandecimiento de nuestro patrimonio cultural.

    Doña Clementina indagó en las páginas efímeras de los diarios para rescatar lo perenne. Para darnos el panorama de un mes, el del natalicio de López Velarde en 1888, por ejemplo, revisó casi una veintena de los periódicos editados en esta capital, tres de los cuales se publicaban en lengua extranjera: francés, inglés y alemán, como prueba inequívoca del cosmopolitismo del México de aquellos días. De entre esos periódicos sobresalían El Siglo Diez y NueveEl Monitor RepublicanoEl Diario del HogarEl DemócrataEl NacionalEl Tiempo. Todos contaban. La ciudad que habitamos ha sido pródiga –y lo sigue siendo– en publicaciones periódicas: así muestra su vitalidad y ejerce su libertad.

    Otro tema es el krausismo, que también identificó la doctora Díaz y de Ovando, y que tiene mucho de rescatable en nuestros días. No se olvide que fue Karl Krause quien fundó el denominado “racionalismo armónico”, que permitía postular un liberalismo no individualista y, por ende, compatible con la democracia y con los fines de bienestar colectivo que explican, en alguna medida, al constitucionalismo del la Reforma.

    Sobre el krausismo en México se ha hablado poco. El tema espera. Su adopción por algunos pensadores del siglo XIX, como fue el caso de Riva Palacio, refleja la riqueza y la diversidad cultural de una sociedad donde se podía examinar al pensamiento europeo y optar, como en este caso, entre Hegel y Krause.

    Como bien dijo doña Clementina, la identidad nacional no se pone en riesgo cuando nos universalizamos. Por el contrario, afirmó, a la cultura mexicana “ya no la amenazan las influencias provenientes del exterior, porque ha aprendido a meditarlas, a asimilarlas, a engrandecerse con esas influencias; pero permaneciendo, siendo ella misma [la cultura] mexicana, ya con un perfil creador propio, con una identidad nacional y al mismo tiempo universal”.

    Un personaje de sus amores fue Vicente Riva Palacio. En la historia de la cultura se les verá como una pareja que unió las letras de dos siglos. En 1994 publicó Un enigma de los CerosVicente Riva Palacio o Juan de Dios Peza, (Coordinación de Humanidades, Dirección General de Publicaciones, UNAM) y unos años más tarde, con otro poético título, dio a la estampa Las ilusiones perdidas del general Vicente Riva Palacio (La exposición internacional mexicana, 1880) y otras utopías (Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Coordinación de Difusión Cultural, UNAM, 2002).

    Riva Palacio fue una figura de excepcional versatilidad; por eso atrajo el interés profesional de doña Clementina. Fue un político liberal que gobernó los estados de México y Michoacán, integró el Congreso y figuró en el gabinete de Porfirio Díaz; un militar valeroso que se enfrentó a la intervención francesa; un jurista ilustrado que presidió la Suprema Corte, y un escritor elegante y prolífico, historiador, narrador y poeta, que perteneció a la Real Academia Española antes de que se constituyera la Mexicana. Figuras así no hemos tenido muchas. A doña Clementina la cautivó y en la charla informal lo mencionaba como “mi Chente” (a veces aclaraba: uno de sus “Chentes”, el otro era Quirarte).

    De Riva Palacio dijo: “es una de las personalidades más atractivas y dignas de estudio en el panorama de la literatura nacional del siglo XIX”; y sin rodeos confesó: “mi admiración por [él] me llevó al estudio de su obra tan variada y rica”. El Enigma es un trabajo de erudición literaria digno de los próceres analizados: Riva Palacio y Juan de Dios Peza. Página a página examinó los notables ensayos de crítica literaria aparecidos bajo el seudónimo de Cero, y fue diferenciando los estilos, la sintaxis, las preocupaciones temáticas dominantes y las fuentes clásicas utilizadas de cada autor, para concluir: “En Los Ceros, por Cero, Peza no tuvo intervención alguna, así lo jurara por su Juan y su Margot cargados de fusiles y de muñecas”. En realidad doña Clementina no sólo revisó los célebres ensayos de Cero; conocía la extensa obra poética y prosística de Peza y de Riva Palacio, y admitía la seducción que la de don Vicente ejercía sobre ella.

    Con frecuencia escuché en sus labios la festiva composición Adiós mamá Carlota

    Acábanse en palacio
    Tertulias, juegos, bailes,
    Agítanse los frailes
    En fuerza de dolor.
    La chusma de las cruces
    Gritando se alborota.
    Adiós, mamá Carlota;
    Adiós, mi tierno amor.

    En una ocasión, para orientar mi propio criterio, le inquirí por su novela favorita en el extenso repertorio de Riva Palacio. Esperé que coincidiríamos en Martín Garatuza pero no, la suya era Monja y casada, virgen y mártir. Para persuadirme, me obsequió una hermosa edición, ilustrada, producida en los talleres de El Mundo en 1900. Le di la razón: a más de un siglo de su primera edición, sigue siendo una lectura atractiva con un desarrollo convincente. Defiende la dignidad de la mujer, exhibe los excesos del poder civil sometido al de la Inquisición, se asoma a las pasiones como cualquier novela romántica pero a la vez abunda en las peculiaridades de la vida cotidiana colonial, incluida la estratificación social.

    Sea por la afinidad de mi admirada Clementina con Riva Palacio, sea por la identificación con los temas que aborda, y porque en sus novelas están presentes el abogado y el historiador que no pierde oportunidad para denunciar los ultrajes inquisitoriales a la dignidad y a la libertad de las personas, Riva Palacio es también uno de mis favoritos, como autor y como personaje. Sus novelas son vigorosos alegatos en pro de la laicidad. Habría que darlas a leer a los jóvenes de secundaria y de preparatoria, ahora que nuevos embates confesionales amenazan las que se creyeron firmes bases del Estado laico en México.

    Otra obra de doña Clementina, Las ilusiones perdidas del general Vicente Riva Palacio, podría ser de lectura preceptiva para quienes dudan de México, o para quienes quieren creer pero no saben cómo. Se trata de un proyecto que comenzó hace 150 años, y que algún día veremos, o verán nuestros sucesores. El “bardo y guerrero” que nos legó el Observatorio Astronómico Nacional, que fomentó los ferrocarriles y concluyó el Paseo de la Reforma, también concibió la idea de realizar una magna exposición universal en México, en 1880. El entonces ministro de Fomento consideraba que México podía atraer inversión extranjera si, como lo hiciera el príncipe Alberto en Inglaterra, se organizara una feria semejante a la del Hyde Park en 1851. No la hicimos, no la hemos hecho, pero sigue siendo una buena idea. Por eso hay que tener presente esta luminosa obra de doña Clementina y las no menos certeras palabras de don José Pascual Buxó cuando alude a “las ilusiones perdidas pero nunca olvidadas” de Riva Palacio, “por llevar al país a la felicidad y al progreso”.

    En el concepto de nación estamos incluidos los muertos y los vivos. Es probable que entre las varias generaciones de la independencia acá, sumemos ya trescientos millones de mexicanos. A lo largo del tiempo hemos perdido oportunidades pero no podemos perder las ilusiones. Para conservarlas, resulta recomendable leer y releer a las figuras que ya hermana la cultura: Riva Palacio y Díaz y de Ovando.

    El libro póstumo de doña Clementina es un gran tributo al México literario y humano del siglo XIX. En sus Escenarios gastronómicos. Banquetes y convites (1810 – 1910) está presente la alta calidad de su prosa. Escrita con el intenso amor por nuestra cultura que habita en toda su obra, le implicó un esfuerzo físico mayúsculo porque sus manos, doloridas, se resistían a portar la pluma. Triunfaron la voluntad y la inteligencia, y además de las hermosas páginas que nos legó, cuidó que la tipografía y la iconografía correspondieran a lo que nos quería ofrecer: un auténtico banquete.

    Los Escenarios gastronómicos son un pretexto literario para doña Clementina, como lo fueron para sus protagonistas decimonónicos. Esos escenarios reflejan el valor de lo cotidiano en la vida cultural de un país naciente. La autora fue a la búsqueda de los protagonistas de la política, de la diplomacia y de la guerra, igual que de los ciudadanos de la república de las artes, y los situó en los espacio urbanos y arquitectónicos donde celebraban sus encuentros. Vemos desfilar la moda femenina y masculina, nos asomamos a los proscenios, a los salones y a los figones, para ver de cerca lo mismo el México refinado, afrancesado, que el de los oficios menores; para conocer igual a quienes expendían vinos, licores y aguas envasadas, que a sus consumidores; o a quienes comerciaban cristalerías y cuchillerías, y a sus elegantes usuarios. También desfilan tocineros, pasteleros, panaderos, heladeros y lecheros, lo mismo que hospederos y cocineros. Y en seguida aparecen poetas, novelistas, dramaturgos y editores; actores y vocalistas; militares y tribunos; los anfitriones de moda y los tertuliantes de fama. Uno muy bien puede asociar este formidable desfile de personas y de estilos con el fascinante Banquete de los eruditos en el que Ateneo perfiló el ensamble de la cotidianidad urbana y de la creatividad cultural en la Roma del siglo II.

    Escenarios gastronómicos. Banquetes y convites no es el último convite de doña Clementina; es apenas uno más de los que nos reserva para el tiempo que vivamos, porque siempre ocurriremos al recuerdo de su cariño y de su conmovedor amor por México y por la Universidad, y nos orientará la recreación cultural de un país que ella supo ver como nadie antes lo hizo, para regalárnoslo en cada una de sus amenas e ilustrativas obras.

    Gracias a doña Clementina, cuya modestia ya no ofendemos con nuestra admiración, un lector del siglo XXI puede internarse en el México pasado. Doña Clementina se entregó a la tarea de rescatar el ayer nuestro. Fue una gran traductora de los tiempos. Su formidable cultura, alimentada por la lectura cotidiana, infatigable, inevitable, le permitió ver lo que a otros se oculta. Con ella podemos entrar a espacios poco visitados y sabernos bien acompañados y guiados.

    Oirla también era una experiencia fascinante. Ingenio, sagacidad, buen decir, hacían que su palabra transmitiera emociones, conocimientos, opiniones, afectos, con la precisión de quien manejaba el idioma con destreza. Y es que doña Clementina tenía amor por la palabra. De allí que la cultivara con esmero y que, sin duda, le diera esplendor.

    Nuestra inovidable maestra y colega, tan hecha en los desvelos de la investigación, también tuvo los de la conducción de nuestra Casa de Estudios. Directora del Instituto de Investigaciones Estéticas, y gobernadora, la primera en nuestra historia universitaria, entregó su entusiasmo y celo al cuidado de la Institución que tanto amó.

    Reconocida por la Universidad Nacional Autónoma de México con el emeritazgo como investigadora, sus otras casas fueron las academias Mexicana de la Historia y la Mexicana de la Lengua.

    En una de sus muchas obras hay una cita que reza así: “el grado de civilización de las naciones se puede medir por el culto que en ellas se tributa a la mujer”. Gracias, pues, admirada y querida doctora Clementina Díaz y de Ovando, porque habiendo hecho lo que hiciste y siendo lo que fuiste, nos permites rendirte culto y certificar así, por ti y por muchas mujeres más, el grado de desarrollo alcanzado por nuestra nación.

    Pero doña Clementina no fue sólo una protagonista de la cultura mexicana. Fue, además, un fascinante ser humano. Cálida en sus afectos, firme en sus convicciones, nuestra Clementina tuvo un compromiso mayor con la vida: el de hacerla grata, para sí y para los demás. Doña Clementina dominó el arte mayor de la amistad; profesó devoción por la amistad, entendida, a la manera clásica, como condición de la felicidad y como culminación de la ética.

    Por doña Clementina hablaba su ser entero. Hablaba su voz timbrada por la intensidad de su carácter comunicativo; hablaba su mano, a través de una bien pulida pluma; hablaba su mirada, inteligente y escrutadora, que alternaba ironía con dulzura, y hablaba su corazón, siempre generoso.

    Hoy Clementina Díaz y de Ovando recibe un homenaje, que es apenas modesta reciprocidad frente a lo que de ella recibimos sus amigos, sus colegas, sus admiradores, sus discípulos: un ejemplo de rectitud, de dignidad, de hermosura humana.

    Concluyo mis palabras con las que fueron sus primeras expresiones literarias. Llegaron a mis manos gracias a la generosidad de su sobrina querida, de mi amiga querida, Elisa García Barragán.

    A los ocho años de edad, la pequeña Clementina festejó el cumpleaños de su padre obsequiándole un delicado folio ornado por grecas de inspiración mexicana, un florero de barro con cuatro rosas y una dulce dedicatoria: “muchas felicidades a mi querido papá”. A continuación, expresaba así su Cariño infantil:

    Soy chiquita
    Y aunque sé amarte,
    No encuentro frases
    En mi expresión
    Para mostrarte
    Como quisiera
    Los sentimientos
    Del corazón.

    No sé que haría
    Para que vieras
    Que el pecho late
    De amor por ti.

    Que aunque pequeña
    Te amo de veras
    Porque tu me amas
    También a mi.
    Ricos presentes
    No son obsequios
    Que esté a mi alcance
    Ni a tu placer.

    Sonoros versos
    Tiernas estrofas
    No es cosa fácil
    A mi entender.

    ¿Qué haré yo entonces
    Para mostrarte
    Mi afecto puro
    Mi amor sin fin?
    ¿Qué podría darte
    que no te ofenda
    yo pobre niña
    que nada soy?

    Los pensamientos
    Que el labio externa
    Los que sugiere
    Filial candor
    Sirvan de oferta
    Sencilla y tierna
    De la que en un beso
    Te manda amor.

    En este poema infantil aparece ya la sensibilidad literaria que la acompañaría en su vida fructífera y hermosa. Si dejó de hacer poesía (excepto algunos corridos inéditos) optó en cambio por vivir poéticamente. Entendió, como Thomas Mann, que “la lengua es un ingrediente de la alegría de vivir”; entendió, como Horacio, que la palabra dura más que el bronce y quien escribe nunca muere del todo.

    Clementina Díaz y de Ovando protagonizó la alegría de vivir en el saber y en el querer; descifró muchas claves de nuestro pasado y nos legó, para seguir construyendo el futuro, su credo en la amistad, en la rectitud de las conductas, en la cultura, y en la grandeza del país que veneró.

    En este homenaje no puedo –tampoco lo quiero– disociar mi admiración y mi cariño por quien para sus amigos fue sólo Clemen. Dejó huella en la cultura mexicana, en la Universidad, en esta Academia y en muchos corazones. El recuerdo de su cariño se irá apagando conforme la población de sus afectos también se extinga, pero su obra seguirá ahí, viva siempre, esperando a los lectores del mañana que quieran acercarse al México del ayer.

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