Homenaje luctuoso a don Carlos Fuentes

    Jueves, 23 de mayo de 2013.

    Sin Carlos Fuentes


    La última conversación que sostuvieron Jorge Luis Borges y Pedro Henríquez Ureña versó sobre la Epístola moral a Fabio de aquel sevillano que acabó sus días en México y cuyo nombre, Andrés Fernández de Andrada, permaneció oculto en el anonimato durante más de trescientos años. Hablaron particularmente del terceto que dice:

    ¿Sin la templanza viste tú perfecta
    alguna cosa? ¡Oh muerte!, ven callada
    como sueles venir en la saeta.


    Días después, según lo ha podido reconstruir con asombrosa precisión Leila Guerriero, el sabio dominicano murió repentinamente apenas había subido al vagón del tren que lo conduciría, como todas las tardes, de la terminal Constitución de Buenos Aires a la Ciudad de La Plata, donde impartía cursos en un instituto pedagógico. La muerte le llegó callada, como si una flecha invisible –veloz, certera, silenciosa– le hubiese atravesado el corazón. Tras su fallecimiento, Borges escribió un cuento imposible, titulado El sueño de Pedro Henríquez Ureña, en el que relata aquella conversación y el sueño premonitorio que su respetado interlocutor tuvo la víspera de su muerte. El cuento de Borges va más allá de la omnisciencia, pues el narrador sabe lo que su personaje soñó aunque el personaje mismo, al despertar, lo haya olvidado por completo y no haya tenido, por tanto, ninguna oportunidad de relatarlo.

    La epístola moral a Fabio y la recordación que hace Borges de ese terceto y de la muerte fulminante de su amigo se me vinieron encima, no sé si como una revelación o como un consuelo, cuando me dieron la terrible noticia de que Carlos Fuentes acababa de morir, increíble, intempestiva, sorpresivamente, sin que ningún indicio hubiese anunciado el fatal desenlace, sin que hubieran mediado enfermedades, despedidas ni dolencias.

    Lúcido, fecundo, vigoroso, jovial, apuesto, enérgico, vital, saludable. Así murió Carlos Fuentes. Como había vivido.

    A lo largo de los años de su carrera literaria, desde los primeros signos asaz precoces de su talento narrativo hasta sus últimas novelas, con las que cerró el ciclo que denominó La edad del tiempo, Fuentes fue creciendo, madurando, aquilatando su escritura, culminando su ambiciosa obra, pero tuvo la cortesía y el privilegio de no envejecer nunca.

    Habrá quien piense que la suya fue una muerte afortunada y hasta envidiable, porque, como recuerda Borges, “morir sin agonía es una de las felicidades que la sombra de Tiresias promete a Ulises”; sin decadencia, sin degradación. La imprevista saeta dio en el blanco cuando Carlos Fuentes acababa de entregar tres libros a la imprenta y estaba preñado de proyectos; cuando la víspera había concedido una entrevista al diario El País y hacía públicos su legítima preocupación y sus agudos análisis sobre el proceso electoral mexicano; cuando, apenas unas semanas antes, los cuatro escritores que nos habíamos constituido en una suerte de interlocutor plural para poder alternar con su sabiduría nos habíamos reunido a comer con él para conversar, como siempre, de literatura y de la situación política de México. Quizá haya sido una muerte afortunada para él. Cómo saberlo sin quedarnos en la mera suposición conjetural, semejante a la que Borges pergeñó en su cuento imposible para amortiguar de algún modo el dolor que le causó la muerte de uno de sus pocos interlocutores pares. Pero dado el caso que su muerte hubiera sido afortunada para él, lo cierto es que nunca lo será para nosotros, los que aquí permanecemos todavía, a saber por cuánto tiempo. Cómo asimilar una desaparición tan imprevista, cómo digerir un silencio tan inesperado; cómo rellenar esa oquedad inmensa que de pronto se abre a la mitad del foro.

    Claro: nos quedan sus libros y su ejemplo; su voz y su pensamiento, los frutos de su capacidad crítica, la conciencia, infundida por él mismo, de quiénes somos y por qué somos como somos, es decir la conciencia de nuestra identidad, en cuya búsqueda ya no tenemos que romper ninguna lanza porque, gracias a él, ya podemos caminar por el mundo sin necesidad de presentar ningún pasaporte cultural identitario.

    Celosa, selectiva y discriminatoria como es, la literatura universal se quedará con muchos títulos de Fuentes: con la polifonía urbana y estamental de La región más transparente; con el misterio de los avatares amorosos de Aura; con La muerte de Artemio Cruz, que corona la novelística de la Revolución mexicana, hasta entonces subordinada a la fe testimonial o a las reivindicaciones de facción; con ese portentoso monumento verbal que es Terra nostra, equiparable a Paradiso de Lezama Lima o Gran sertón de Guimaraes Rosa; con las confrontaciones entre pasado, presente y futuro de Cristóbal nonatoLa silla del águila o los cuentos de El naranjo. Pero estos libros, y tantos otros de su autoría, que la literatura conservará en su seno para siempre, también son importantes para la historia de la literatura: unos precedieron el venturoso estallido de la nueva novela hispanoamericana, abrieron las puertas a la modernidad y utilizaron los más audaces recursos narrativos para dar cuenta de una realidad que aún no había pasado por el tamiz de la palabra; otros construyeron prodigiosos mundos verbales a partir de referentes históricos o literarios y todos cobraron una dimensión crítica hasta entonces inédita e hicieron calas profundas en la realidad que les sirvió de referencia. De cualquier obra de la narrativa hispanoamericana se puede saber a ciencia cierta si se escribió antes o después de Carlos Fuentes. Y su influencia no sólo fue determinante en las generaciones posteriores, que transitaron por la brecha que él desbrozó, sino también, milagrosa y retroactivamente, en los escritores anteriores a él porque Fuentes nos enseñó a leer con otros ojos a Borges y a Reyes, a Rulfo y a Machado de Asís, a Quevedo y a Cervantes.

    A Carlos Fuentes, espíritu renacentista encarnado en el siglo XX, nada humano le era ajeno: la literatura, la historia, las lenguas, el cine, la pintura, la música, la ópera, el teatro, la política, la economía, las relaciones internacionales. Fue un humanista moderno. Su capacidad de trabajo, su disciplina, su humillante fecundidad, su curiosidad siempre niña, su pasión política y su templanza crítica, aunadas a su amor a México, lo ubican en una estirpe de excepcionales escritores mexicanos para quienes, como lo quería Alfonso Reyes, que fue su modelo, su maestro y su padrino literario, la única manera de ser generosamente nacionales es ser provechosamente universales. Pero la universalidad de Fuentes no se debe solamente a su vocación humanista, que no deja de ser una abstracción y con frecuencia remite al pasado clásico, sino a la dimensión internacional de su obra, de su pensamiento y de sus intereses intelectuales; se debe a su interlocución de tú a tú con los filósofos, los sociólogos, los historiadores, los periodistas, los políticos, los estadistas, los empresarios más destacados de su tiempo en el ámbito de las naciones. Si fue un dignísimo heredero –y en ciertos aspectos un antagonista– de aquellos pensadores mexicanos de vocación universal, también se convirtió en paradigma utópico de las generaciones subsecuentes, que difícilmente podrán recibir estafeta de tal envergadura, aun cuando sus enseñanzas y su legado hayan dejado una impronta imborrable, porque quizá él haya sido el último exponente del intelectual ecuménico, comprometido lo mismo con su obra personal que con su país y con el mundo.

    Sí; sus libros, su ejemplo, su palabra siguen con nosotros y seguirán por siempre, pero hemos perdido su opinión cotidiana, su liderazgo intelectual, la tranquilidad orgullosa de que nos representara dentro y fuera del país como nuestro mejor embajador y, sobre todo, la alegría de su amistad asidua, porque Carlos Fuentes fue un hombre generoso, que reconoció a los escritores de las generaciones posteriores a la suya y les ofreció, fuera del aula, su luminoso y estimulante magisterio. Por eso no envejeció nunca.

    Volvamos, para concluir esta suerte de elegía prosaica, al terceto de la Epístola moral a Fabio, que atribuye a la templanza la perfección de las obras humanas: “¿Sin la templanza viste tú perfecta / alguna cosa?”.

    La templanza fue una de las mayores cualidades de Carlos Fuentes, hombre de temple si los hay. Su disciplina escritural y su vocación literaria se sobrepusieron a cualquier otro apetito. Sus grandes pasiones –y vaya que las tuvo–, que lo podrían haber reducido a la frivolidad, la galantería, la presunción o la erudición trivial, se sujetaron siempre al gobierno de la palabra fecunda, que las expresaba y al mismo tiempo las exorcizaba y las contenía. Los frívolos, los presuntuosos, los vacuos son muchos de sus personajes, que desfilan por el escenario de la sociedad mexicana que retrata con severidad implacable. Por encima del vigor con el que podía comerse una docena de ostras, meterse a nadar en las aguas gélidas del mar Cantábrico o brincar con agilidad de adolescente a un podio para dictar una conferencia en español o en la lengua de Shakespeare o en la de Victor Hugo, estaban el rigor, el trabajo, la disciplina, la inteligencia, la lucidez.

    Esa templanza, la virtud más perfecta según el sevillano que redactó la Epístola moral a Fabio, será la que tendríamos que invocar para aceptar su muerte y seguir, sin él, nuestro camino, que no es otro que el que trazó con luminosidad y con amor.

    Madrid, julio de 2012

     

    Carlos Fuentes: su voluntad, nuestra fortuna

     

    Debo a la generosidad de Silvia Lemus el privilegio de haber podido dialogar mi duelo con Carlos Fuentes. El año transcurrido desde su partida lo he pasado en combate contra el endriago de su intercambio epistolar con Arnaldo Orfila, uno de sus más lúcidos y leales editores. La consigna y el pretexto de anotar estas cartas infinitas me ha permitido remembrar a mi maestro en la aventura de leerlo para conversarlo. El milagro reencontrado de sus letras, escritas en una época apasionada y turbulenta en la que yo aún no había nacido, me ha dejado acompañarlo entonces y acompañarme de él ahora, cuando lo hecho y lo dicho en esos tiempos da a los nuestros un significado que de otro modo no tendrían. Comentar hoy a Carlos Fuentes, indagar en sus fantasmas, iluminar para el ahora y para los míos lo que él iluminó entonces para los suyos ha sido mi gozosa manera de recordarlo con la dicha de quien descubre por primera vez nuevos rostros de un viejo amigo y de un indiscutible maestro.

    Como estas cartas, como todas sus letras, la vida de Carlos Fuentes fue y sigue revelándose total, prolija, abarcadora, fundada tanto en la inteligencia cuanto en el querer hacer, así en su pasión por la lucidez como en su desprecio por la estupidez, menos en la soledad que en la generosidad para con sus cofrades, sus maestros y sus discípulos. No sé si pueda ni creo que deba buscar ahora nuevos modos para articular lo que me importa y me conmueve su partida. Fuentes mismo defendió siempre, para casos como éste, la vigencia de los lugares comunes de la pena impronunciable. Con tal licencia acudo ahora a algunos de esos lugares comunes, pues sé que no conseguiré estremecer la desmesura de su silencio ni decir nada que no hayan dicho mejor otros mejores que yo.

    Diré, por ejemplo, que la desaparición física del artista acentúa por fuerza su presencia. La muerte del escritor nos obliga a volver a la raíz misma de su obra. Una obra que resucita y nos sacude como quiso que ocurriera para siempre quien dedicó su vida a matar la muerte sin morirse. Esto es especialmente claro y necesariamente cierto en el caso de Carlos Fuentes, en cuya vida la abundancia jamás fue óbice para la trascendencia. Hay mucho mundo suyo al cual volver ahora, mucho literatura grande para reintegrarlo a este presente y para dejarnos abducir por él al planeta de sus pasmosas intuiciones y sus visionarias reflexiones. Hay bajo el yermo de su partida mucho espejo cóncavo que desenterrar para observarnos.

    Como si no bastase ya su obra publicada para poseernos, su obra inédita y hasta sus libros soñados nos siguen sorprendiendo. Muchos de ellos nos esperan ansiosos y agazapados en el testamento de un hombre que fue pura voluntad literaria, puro ímpetu para articular todo lo existente y todo lo posible antes de que se lo estorbase la muerte. Cierto, la de Carlos Fuentes nos tomó por sorpresa: nos habíamos acostumbrado a su ímpetu y a su apostura infatigable, dimos por hecho su énfasis vital, su nunca titubear ni nunca tolerar que lo sospechásemos vulnerable o cansado, resignado o ausente. En suma, Carlos Fuentes nos engañó a todos: su pensamiento expansivo y jovial hasta lo fáustico nos convenció de que duraría para siempre y de que nos sobreviviría a todos.

    Nos engañó a todos menos a sí mismo: él sabía. La muerte fue para él, desde un principio, una fatalidad esencial, acaso el más valioso combustible de su enorme actividad creadora. “La muerte –escribió Fuentes– es el gran mecenas, la muerte es el gran ángel de la escritura. Uno debe escribir porque no va a vivir más”. Quienes mejor lo conocieron podrán dar fe de cuánto lo ocupaba, sin amedrentarlo, la muerte. El silencio que conlleva la extinción lo retaba, literalmente lo enchinchaba y lo espoleaba con su abreviar tanto la vida humana cuando hay tanto por contar y tanto por entender. En su combate contra el silencio Carlos Fuentes esculpir con el martillo de la muerte lo que había de ser uno de sus rasgos más notables: la voluntad. Hacer, escribir, querer entenderlo todo para postergar en lo posible el silencio de la muerte está tatuado en cada línea de la obra y en cada pasaje de la abundante vida de Carlos Fuentes.

    Esta consciencia de muerte, y su relación íntima con la voluntad de escribir de Carlos Fuentes, se cuenta entre las muchas confirmaciones que he podido hacer durante la anotación de su correspondencia con Orfila. Entre otras cosas, esta odisea me ha llevado a recalar en numerosos epitafios que el propio Fuentes escribió o declaró para los compañeros de ruta que se le adelantaron en el camino. De cada uno de ellos puede espigarse la idea que el propio autor nutría de su propia ausencia y de su tremebunda presencia. Así, por ejemplo, del propio Orfila, muerto centenario, escribió: “Orfila no sólo vivió un siglo. Lo llenó. Lo llenó de valentía editorial, de coraje político, de calor humano”. Así también de su amigo Carlos Monsiváis dijo: “No hemos perdido a Carlos Monsiváis; un escritor no se muere porque deja una obra. No se pierde a Monsiváis: se ha ganado a Monsiváis para siempre.” En definitiva, la muerte de otros nos define en la eternidad: imposible no leer ahora estos y otros epitafios como sentencias que Carlos Fuentes buscó y consiguió merecer para sí mismo. En ellos fraseó su autor el privilegio de permanencia del que goza el artista de veras, sazonado siempre con aquello que tanto respetó en otros como atrajo para sí en su testamento: la inteligencia, la valentía, la voluntad de quien todo lo supo emprender y mucho consiguió entender.

    *


    Desde luego, no fue sólo en sus epitafios donde Carlos Fuentes nos legó su versión de la vida y de la muerte, de su vida y de su muerte. He aquí otro lugar común de la pena impronunciable: releer hoy cualquiera de sus libros, no menos que recordar sus anécdotas, sus discursos y sus conversaciones, es también reconstruirlo, invocarlo. Uno de ellos me ha perseguido en este año con particular insistencia. Muchas veces oí a Carlos Fuentes hablar sobre el impacto que sobre su vocación tuvo su encuentro en juventud con cierto autor a quien él describía en términos que hoy, más que nunca, me estremecen porque lo describen sobre todo a él. Más tarde, en el que considero uno de sus libros más personales, Fuentes redactó lo que antes sólo había contado sobre aquel encuentro. Carlos Fuentes escribió sobre un autor “inmensamente disciplinado cuyos impulsos dionisíacos eran siempre controlados por el dictado apolíneo de gozar la vida sólo a condición de darle forma.” Leo y releo estas palabras y no puedo no pensar en el propio Carlos Fuentes, o en mi recuerdo juvenil de Carlos Fuentes, o en el recuerdo de tantos jóvenes que un día se encontraron por primera vez con Carlos Fuentes. Lo pienso y vuelvo a estremecerme cuando leo que el escritor mexicano describe su asombro ante ese “circunspecto hombre de letras, digno hasta un punto menos que la rigidez, pero con ojos alertas y horizontales.” Aquél, prosigue Fuentes, era “un hombre de más de setenta años, tieso y elegante, como las servilletas almidonadas, vestido con saco blanco cruzado e inmaculadas camisa y corbata. Aun mientras comía, el escritor parecía envergado como una vela, con una rigidez militar.”

    He perdido la cuenta de las veces que oí a Carlos Fuentes referir su encuentro con aquel fantasma. Lo mismo en conferencias públicas como en conversaciones íntimas, palabras más o menos, a Fuentes le gustaba invocar así a Thomas Mann, o a su recuerdo juvenil de Thomas Mann. Era cosa de escuchar y no creer la precisión cariñosa y el asombro perenne con los que Fuentes narraba aquel encuentro fugaz en Suiza, cuando él tenía escasos veinte años y Mann pasaba ya de los setenta. Hoy siento que de tanto escuchar esa invocación, con sus discretas pero infinitas variantes, muchos acabamos también por convertirnos en fantasmas de una mocedad literaria y estuvimos ahí, o soñamos con haber estado allí, aquella tarde zuriquesa en que el joven Fuentes, azorado ante la figura de Thomas Mann, se propuso ser como Thomas Mann, o mejor dicho, ser para nosotros lo que para él había sido Thomas Mann.

    No es ésta una mera evocación de Fuentes sobre su encuentro con un autor al que admiraba. Tampoco se trata de una epifanía. Es algo más: acaso se trate también de una jactancia, acaso sea ante todo la confesión de un hombre que estuvo desde el principio profundamente seguro de su vocación, un hombre que hasta el final de sus días estuvo consciente y orgulloso de ser él mismo una profecía autocumplida a fuerza de pura necedad creadora. Como Borges, esa tarde Carlos Fuentes eligió soñarse un día de su madurez conversando también en Suiza con su otro más joven. Y fue entonces cuando emprendió con coraje un interminable diálogo con su futuro y una incansable elaboración del presente y el pasado de todos los hombres. Esa tarde en Zúrich, nos consta, Carlos Fuentes emprendió la construcción de sí mismo en el diálogo con un grande, con todos los grandes. Se enfrascó, en fin, en una deliberada emulación de Mann y de Balzac, de Hugo y de todos aquellos escritores que ahora engrosan con él el quinteto glorioso al que cantó Dante en el Canto Cuarto de su Commedia.

    Que Fuentes decidiese ser un escritor total desde una edad tan temprana es sin duda admirable. Que lo haya conseguido con creces, es francamente milagroso. Rara vez en nuestras letras vocación y voluntad se han conjugado de manera tan feliz. Al construir su literatura y al construirse con ella para alcanzar dimensiones gigantescas, Fuentes queda como ejemplo de la nitidez con que ciertas vocaciones literarias pueden y deben ser reconocidas desde su punto de partida, aun a despecho de cualquier adversidad, aun a despecho de uno mismo. La vastedad tumultuosa, casi patológica de la obra de Carlos Fuentes, no menos que su vida como algo irremediablemente literario, estaba ya en aquel muchacho que, confrontado con otro escritor total como Mann, señala y grita que su destino está encadenado a la palabra. La decisión de Fuentes es tanto una declaración de principios cuanto una resignación, un acto de fe que no habría podido verificarse de haber sido su protagonista un autor distinto, un autor que no fuese, como Fuentes, pura voluntad.

    Muchas veces, al verlo en su bonhomía elegante, al percibir su radical energía de septuagenario que subía escalones de dos en dos y que parecía inyectado de la fuerza de quienes lo rodeaban, pensé en aquel abrumador y monstruoso Thomas Mann. Ante la inviabilidad física de tal portento, pensaba y pienso aún que Fuentes debió ser un superdotado de la voluntad. Su maldición, como la de Mann, fue no poder detenerse, no querer contenerse, no dejar de pensar, fue fijarse en todo para fijarlo todo, leerlo todo, traducir el mundo para los otros.

    Hoy sé que toda una generación de escritores, y tal vez muchas otras desde Buenos Aires hasta Londres, evoca con asombro y un poco de envidia su encuentros con Carlos Fuentes, ya no en Zúrich y no en la primavera de 1950, sino en México o en Barcelona en el aquí y el ahora. Cada uno de nosotros podríamos, sin mucho éxito, intentar escribir ahora, cada uno desde nuestra impotencia ante su avasallante voluntad, las palabras con las que Fuentes se construyó pretextando a Mann. Concluyo pues este homenaje a mi maestro parafraseando las palabras que él mismo usó para describirse a sí mismo en el futuro que hoy es ya su eternidad: “Había logrado, a partir de su soledad, el encuentro de la afinidad anhelada entre el destino personal del autor y el de sus contemporáneos. A través de él todos nosotros hemos imaginado que los productos de la soledad del escritor y de su afinidad se llaman arte (creado por uno solo) y civilización (creada por todos).” Termino cita. Muchas gracias.


    CARLOS FUENTES Y LAS PALABRAS
    I de II

    Hugo Gutiérrez Vega

    Una tardel del verano de 1964, celebramos en el Palazzo Rúspoli de Roma, una semana de la cultura de México: Grabados de Posada, oleos del pintor tapatío, Claudio Favier Orendáin, una pequeña muestra de libros y de revistas culturales, la proyección de las películas “Raíces”, “Enamorada”, “Los olvidados” (con todo y el absurdo prólogo impuesto por los censores de Gobernación) y “El compadre Mendoza”. El que les habla y que a lo largo de su vida siempre ha hablado de más desoyendo el consejo alteño de su prudente abuela, dio dos charlas: una sobre Juan Rulfo y la otra sobre Carlos Fuentes. Estaba presente el Embajaodr de México, Rafael Fuentes, diplomático ejemplar, hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra, y padre del autor de las tres novelas comentadas por el locuaz conferencista: “La región más transparente”, “Las buenas conciencias” y “La muerte de Artemio Cruz”. Recuerdo haber dicho que la región abría las puertas a la novela urbana en México, y haber analizado algunos antecedentes de descripción de la ciudad capital: “Los bandidos de Río Frío” de Payno, algunas novelas cortas de “Facundo”, los cuentos de Micrós y las novelas inciales de José Revueltas. Sin embargo, la primera novela en la que el personaje principal es la ciudad con sus avances y retrocesos, su crecimiento teratológico, sus contradicciones sociopolíticas, sus facetas canallas, sus niños bien, sus caifanes (retratados con gran vigor en la película cuyo guión escribió Carlos, basado en el acierto verbal del spanglish fronterizo: me cae “fine” (-me cae bien-caifán); sus barrios nuevos, sus fiestas tradicionales y el final, tan celebrado por Rafael Alberti, (quien por aquellos años vivía en Roma) en el cual la resignación nacional se deslíe en la aurora de Nonoalco, como la alondra de Gorostiza, y se abisma en la transparencia. Novela. de personajes ficticios y reales a la vez, como la mayoría de los creados por ese fabulador incansable que fue Carlos Funetes, la Región tiene una fuerza lírica especial y está llena de valores musicales que ponen a danzar, a cantar, a llorar y a reír a nuestra lengua que, bien lo sabemos, tiene una riqueza inagotable. Pasados los años, lo que queda incólume y rejuvenecido es el lenguaje. Las estructuras narrativas pueden ser efímeras, pero las palabras permanecen y se van ennobleciendo con el polvo del tiempo.

    “La buenas conciencias” en cambio tiene su ámbito de acción y de expresión en la provincia, y hace realidad el viejo apotegma “pueblo chico, infierno grande”. El personaje central de esta saga de encuentros, desencuentros y malos entendidos es la moral social autoritaria y represiva que, desde siempre, entristece la vida y retuerce las conciencias de muchos habitantes de las ciudades de la provincia hispánica, mestiza y católica.

    “La muerte de Artemio Cruz “pone fin a la valiosa y crítica serie de la llamada novela de la revolución mexicana. Si aceptamos una catalogación más flexible, podemos partir de Azuela, pasar por Vasconcelos y Nellie Campobello, Martín Luis Guzmán, Rafael F, Muñoz, Magdaleno, Rubén Romero, Urquizo, Yáñez, Rulfo, Arreola y Fuentes. Artemio, moribundo en su lecho de angustias y de memorias, pone fin a una historia de valor, audacia, corrupción, ambigüedad moral, cinismo, demagogia, simulación (gesticulación, diría Usigli, quien, junto con Elena Garro y su “Felipe Ángeles”, nos dan la visión teatral del largo conflicto); pena, remordimiento… en fin… el conjunto de sentimientos encontrados que libran a esta excelente novela de la maldición nacional del maniqueismo y del hábito melodramático iberoamericano.

    Terminó la charla y, ya en el pasillo de salida, bajo un retrato de César Borgia (“César o nada” era el lema de la terrible familia), el embajador me abrazó y, con un candor inusual en el experimentado diplomático, me preguntó con lágrimas en los ojos: ¿En verdad son tan buenas las novelas de Carlos? asentí con la cabeza y le entregué una libreta en la que Elena Mancuso, la traductora de Rulfo y de Asturias, me hacía una serie de preguntas sobre las novelas de Carlos en las que estaba trabajando. “Artemio es lo mejor que he leído últimamente”, comentaba la hábil traductora. “Lo ve, embajador, aquí tiene un testimonio extranjero intachable y competente”. Esa noche, el embajador impecable y su verboso agregado cultural bebieron unas copitas de más del peleón vino “dei castelli romani”.


    ***

     

    ÚLTIMA DE II



    A los pocos meses, Carlos fue a Roma y lo llevé a cenar con Rafael Alberti, María Teresa León y Aitana; al “Campo dei Fioni” Frente a la estatua de Giordano Bruno que siempre nos recuerda los olores de la verdad y de la leña verde, comimos un carbonara impecable. Corrió el vino y Alberti recordó los pasajes de la Región que más le habían impresionado. Hablamos de los refugiados (transterrados, diría Gaos) españoles: Recassens, Comas, Pedroza, León Felipe, Cernuda, Rejano, Aub, Garfias, Altolaguirre, Prados, Domenchina, Renau, Buñuel, Alcoriza, Alejandro, Amparo Villegas… Alberti hizo la memoria de Pedro Garfias en las trincheras de la sierra de Córdova, y dijo el poema dedicado a Ximeno: “Ay, Ximeno, capitán del batallón de Garcés, capitán de la cabeza a los pies… “Alberti quería saber de Buñuel y Carlos dio brillante y entusiasta respuesta a sus inquietudes.

    Al día siguiente salí rumbo a Venecia con “Los caifanes” en hombros. Logramos incluirla en la sección informativa y fue vista con simpatía por algunos reseñistas. Salimos de la función, Sereni y yo, pensando en la Diana cazadora con brassiere y en el “santalós” borracho de nuestro amado cronista general, Carlos Monsivaís, “monstruo de la naturaleza”, como Lope de Vega.

    Conviví con Carlos y Rita en Londres. Vivíamos muy cerca en el hermoso barrio de Hampstead y mis hijas jugaban diariamente con la simpática e inteligente Cecilia. Carlos se disfrazaba de Drácula con toda la parafernalia vampírica y les daba sustos de órdago, avanzando solemnemente por el pasillo de la antigua casa de Hampstead Heath.

    Íbamos al cine con frecuencia y, a veces, cumpliamos ritos memoriosos estrambóticos como el asistir a un ciclo de cine argentino de la época extrañamente llamada dorada y a otro de cine comercial mexicano. Nos veo saliendo del “National Film” después de sufrir una película de Armando Bo y de la desbordante Isabel Sarli, que trataba el problema del contrabando de mate en la frontera con Paraguay. Carlos recordaba el reparto entero, incluyendo el nombre del maquillista. Por el lado mexicano, Juan Orol y las inmortales rumberas de caderas montadas en flan, nos regalaron momentos de beatitud.

    Por estas y por otras muchas razones, Carlos fue un hombre del Renacimiento. Releyendo Vlad, lo veo como vampiro asustador de infantas y como escritor de terror basado en la realidad de un país en donde abundan los chupasangre. Lo oigo hablar con admiración ilimitada de Balzac, Dickens, Tolstoi, Faulkner, Cervantes; lo veo instalado en la trivia que, bien utilizada, es una poderosa arma del fabulador. Veo a los personajes de sus novelas y me siento a charlar con el Ixca y a ver agonizar, en el sentido griego de la palabra, a Artemio Cruz. Constato la variedad y riqueza de sus temas, su inquietud social y política plasmada en ensayos, artículos y conferencias; pienso en su habilidad y en su carisma tanto en la cátedra como en las charlas informales, en sus viajes interminables, sus amores, sus pérdidas, sus premios y, sobre todo, en su deseo de vivir inagotable, revivido cada mañana, pues, ya lo afirmaba Italo Svevo, los día son siempre originales y de eso depende la variedad del mundo.

    Miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos nos deja como legado inmarcesible las palabras con las que construyó su obra variadisima. Fue uno de nuestros escritores mayores (perdón por la platitud y por el uso de esta palabra); fue un mexicano ejemplar y un hombre de mundo. Con el vívimos muchos momentos de inspiración renacentista, nos enamoramos del idioma y renovamos nuestro compromiso con las palabras, con el verbo que era y es en el principio.

    Gracias Carlos, por tu vida, tu obra, tu amor por el país, tu preocupación por el mundo, tu talante humanista y tu fe en el valor de las palabras.


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