Ceremonia de ingreso de doña Yolanda Lastra a la Academia Mexicana de la Lengua (Parte 2)

    Jueves, 22 de mayo de 2014.

    Respuesta al discurso de ingreso de doña Yolanda Lastra

    Señor director de la Academia Mexicana de la Lengua don Jaime Labastida
    Amigos y colegas

    Hoy celebramos con júbilo el ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua de doña Yolanda Lastra, quien llega a esta corporación como reconocida investigadora de varias lenguas indígenas y en alto grado también de las lenguas española, inglesa y francesa. Este doble saber de lenguas indoeuropeas y amerindias le confiere un conocimiento sólido de las diversas estructuras de las lenguas y del lenguaje, un saber que será muy provechoso para la Academia, que desde hoy cuenta con varias lenguas más en su repertorio lingüístico.

    Doña Yolanda nació en la ciudad de México y desde joven se asomó al mundo de las lenguas. En su temprana juventud, casi adolescencia, ganó una beca para hacer el Bachillerato en los Estados Unidos, concretamente en el Smith College, en Massachussets, donde obtuvo su título en 1954. En aquellos cuatro años de bachillerato aprendió bien el inglés y se adentró en la lengua y literatura francesas. El hecho de abrirse tan joven a dos lenguas, además de la propia, estimuló su vocación por el estudio de un saber que, a la larga, se convertiría en una profesión, la de lingüista.

    Con su título de Bachelor bajo el brazo, regresó a su ciudad, dispuesta a entrar en la Universidad, pero desafortunadamente no pudo revalidar el grado y, mientras tomaba una decisión, aprovechó para estudiar más francés en el IFAL y dar clases de español en la Embajada de los Estados Unidos. Poco duró su estancia en esta ciudad pues pronto le ofrecieron una beca para cursar la Maestría en Georgetown. En aquella Universidad tomó contacto con las nuevas corrientes de la lingüística derivadas del estructuralismo, de labios de reconocidos maestros que despertaron en ella el interés por meterse en esta disciplina del conocimiento tan en boga en el siglo XX. Allí tuvo su primer gran entrenamiento en la lingüística sincrónica de la mano de dos grandes: el norteamericano Charles Trager (1919- 1994) y el checo Paul L. Garvin.

    De nuevo al terminar la maestría en 1957, volvió a México con el deseo de quedarse y cursar aquí el doctorado. Y de nuevo se topó con los imposibles de la revalidación; entonces, regresó al norte, esta vez a la Universidad de Cornell donde obtuvo su título de doctora en 1963. En Cornell selló su destino: se adentró en el estudio de las lenguas americanas dentro de una línea de lingüística descriptiva sincrónica, siempre con un trasfondo antropológico. Trabajó de la mano de Charles Hockett (1916-2000), un reconocido lingüista autor de estudios en el campo de la fonología y la morfología dentro de la línea de pensamiento de Leonard Bloomfield (1887- 1949), según afirma el propio Hockett en su Curso de lingüística moderna, publicado en inglés en 1958 y traducido al español en 1971. Allí vivió el vendaval de la naciente lingüística generativa de Chomsky que conmovió los cimientos del estructuralismo a partir de su libro Syntactic Structures, 1957.1

    En definitiva, durante sus años en Cornell, que fueron siete en total pues se quedó un tiempo como profesora, Yolanda realizó una honda investigación en la lengua quechua que cristalizó en lo que fue su tesis de doctorado y más tarde un libro, publicado con el título de Conchabamba Quechua Syntax, The Hague, Mouton, 1968. Este trabajo de tesis revela ya el dominio de un modelo y un método: el estudio de la lengua hablada a través de textos recogidos en trabajo de campo y el análisis fonológico y morfosintáctico de ellos, además del registro de un vocabulario. Y revela también una línea de estudio clara: la dialectología.

    En 1968, Yolanda deja la Universidad de California en Los Ángeles, donde había estado dos años como profesora y regresa definitivamente a México, a la recién creada Sección de Antropología en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. La sección estaba bajo la jefatura de Juan Comas (1900- 1979), amigo de Yolanda, quien la recibió como investigadora para enriquecer la rama de lingüística. De repente, la fortuna se le presentó con doble rostro: por un lado, un buen trabajo en su país; por el otro, encontró a un destacado lingüista a quien ya conocía desde sus tiempos de Cornell: Jorge Alberto Súarez (1927-1985). Con él se casó en 1968 y con él formo una familia de cuatro hijos, Braulio, Manuel, Andrés y Emilio. Comenzaba así una doble vida, familiar y académica, una vida estable y prometedora, propicia para poner en práctica todo el saber acumulado en más de una década de peregrinar por universidades, congresos, viajes de estudios y trato con estructuralistas, chomkyanos, generativistas, funcionalistas y transformacionalistas.

    Llegaba a un espacio en el que se hablaban muchas lenguas: era la antigua Mesoamérica, una pequeña Babel en la gran Babel americana, un espacio en que cualquier lengua elegida era buena para analizar el tejido del habla con el saber teórico adquirido en los años de estudio. Y así fue como empezó su tarea con una lengua poco hablada y poco explorada, en la cual, recuerda ella, que sólo había algunos trabajos de Moisés Romero. Esta lengua era el chichimeco, lengua hablada por los antepasados de Nezahualcóyotl y ahora reducida a un rincón de Guanajuato, a una reliquia viviente. Este fue su primer amor, un amor que duró para siempre, al que dedicó uno de sus primeros trabajos en 1969.2 Pero pronto fue seducida por el náhuatl, la lengua que había sido general entre las generales, lingua franca como se dice hoy, durante muchos siglos. A ella dedicó su esfuerzo en la década de 1970 y parte de la siguiente con el objetivo de conocer su variedad y vitalidad en el Centro de México.

    Para ello emprendió un prolongado trabajo de campo con un famoso filológo y nahuatlahto, Fernando Horcasitas (1924-1980). Ambos a dos, trabajaron durante el día en numerosas comunidades nahuas del Distrito Federal y estados cercanos. Salían una vez a la semana durante el día; en la noche, siempre regresaban a la casa. Organizaron su trabajo conforme a un método geográfico, en círculos concéntricos. Llevaban itacate, supongo, para aprovechar un tiempo precioso que es el que marca el sol. Con los datos obtenidos integraron un corpus de lengua hablada en el que quedaron registrados multitud de elementos de lingüística descriptiva, sociolingüística y dialectología, con los cuales los autores pudieron marcar identidades y límites de las variantes del náhuatl moderno del Centro de México. El resultado de la investigación fue una serie de artículos publicados en Anales de Antropología entre los años de 1975–1980. Más allá de los artículos Yolanda publicó además dos monografías, una sobre el náhuatl de Texcoco y otra sobre el de Acaxochitlan.3

    Culminación de esta etapa de estudio de la lengua mexicana es un extenso libro de casi 800 páginas titulado Las áreas dialectales del náhuatl moderno, que salió a la luz en 1986 publicado por la UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas. El libro está sustentado en un cuestionario de 431 palabras elegidas por Jorge Suárez y la autora con el consejo de Leonardo Manrique. Es muy interesante acercarse al cuestionario construido, a su vez, sobre el referente próximo e íntimo del ser humano: mundo exterior, paisaje, clima, cuerpo humano, parentesco, plantas y animales cercanos, comida y verbos usuales. Otro dato interesante del cuestionario es la pregunta correspondiente a la forma del pretérito, dato que nos lleva al primer diccionario de la lengua náhuatl de fray Alonso de Molina, en el que se da a conocer la forma de este tiempo en cada lema verbal. Con este cuestionario trabajó un grupo de investigadores que hoy son lingüistas famosos en universidades mexicanas y del extranjero e inclusive uno de ellos, don Leopoldo Valiñas, es miembro de esta Academia4.

    Con los datos de los encuestadores, Yolanda integró un cuerpo de variantes dialectales de 16 estados de la República mexicana más el Salvador y, hay que recordar, que tuvo muy en cuenta el náhuatl clásico. A pesar de las dificultades de delimitar las isoglosas que marcan las áreas, pudo ella definir cuatro áreas con varias subáreas y de esta forma, dibujar un mapa en el que claramente se reconocen las formas de habla del náhuatl moderno. Las áreas son: Periferia occidental (costa pacífica, Durango, Nayarit, Occidente del Estado de México); Periferia oriental (Sierra de Puebla, Istmo y pipil); Huasteca y Centro (Puebla, Tlaxcala y Guerrero).

    Importante es saber que la lengua no ha cambiado mucho desde 1571 y que el trabajo de fray Alonso de Molina (1510-1579) es exhaustivo, según afirma ella (p. 137). En suma, el libro de Yolanda por la cantidad de datos y la forma de interpretarlos es una aportación al conocimiento de la lengua y, a su vez, es fuente para otros estudios particulares sobre muchos rasgos lingüísticos de las variantes del náhualt moderno.

    Al terminar este gran proyecto Yolanda regresó a su primer amor, las lenguas otomianas, que son parte de un enorme tronco llamado otomangue porque se extiende desde el otomí hablado en el Centro de México hasta el mangue que se habló en lo que hoy es Nicaragua. El tronco otomangue es muy antiguo en Mesoamérica y forma un profundo sustrato lingüístico con grandes civilizaciones en el periodo Clásico como es la zapoteca de Monte Albán. Yolanda ha trabajado mucho la familia norteña de este tronco, la llamada otopame, que además del otomí cuenta con otras dos lenguas, el pame y el chichimeco.

    El chichimeco está muy lejos de Monte Albán, en el ejido de Misión de Chichimecas cerca del pueblecito de San Luis de la Paz, Guanajuato. Con esta lengua, recordemos, Yolanda entró en el mundo mesoamericano cuando llegó a México recién doctorada. A ella le siguió dedicando esfuerzo y cariño y un completo estudio publicado en el Handbook of Middle American Indians en 1984. Y mientras se adentraba en el chichimeco emprendía un gran proyecto sobre el otomí, lengua difícil por sus particulares fonemas y tonos. Ello requería un intenso y sostenido trabajo de campo, ya que el otomí lleva siglos pulverizado en regiones y comunidades del Centro de México. Así que, a partir de 1981, Yolanda no dudó en emprender una campaña de salidas al campo con ánimo de documentar esta lengua en las comunidades más importantes y ofrecer un panorama lingüístico, descriptivo y dialectológico de ella. Su primer destino fue el otomí de Toluca; siguió el de Tlaxcala, el de Hidalgo, y después el de otros estados de la República, hasta terminar con el de Michoacán, dentro del cual recogió una narración muy bonita del cuento de Alí Babá. El número de trabajos que Yolanda publicó sobre esta lengua en las décadas finales del siglo XX es tal, que forman un corpus único de textos orales en los que se registran toda clase de elementos lingüísticos de las hablas otomíes y permiten reconocer tres grandes zonas dialectales: los dialectos orientales (Sierra Madre Oriental, Tilapa, Ixtenco), los noroccidentales (Mezquital, Querétaro) y los suroccidentales (San Felipe, Amealco).5

    Culminación de este proyecto es el libro Los otomíes, su lengua y su historia, publicado por la UNAM en 2006. El libro, de casi 800 páginas, es un rescate de la lengua y de las creaciones culturales de los otomíes y de su presencia en la vida de México. En él, la autora reúne un saber adquirido en horas de escuchar a los hablantes de muchos rincones apartados que manejan hablas diferentes y que, a veces, no se entienden entre sí. Oficio de Yolanda fue volver a unir aquella lengua pulverizada, buscar la forma original de aquellos rasgos desfigurados por el cambio lingüístico y reconstruir el artificio para encontrar las estructuras universales de la propia lengua, los fonemas y los morfemas y su articulación en el tejido del habla y de esta manera entender la variación dialectal de una lengua rica en rasgos fonológicos muy propios y en la quedan muchos papeles por estudiar.

    Pero además, el libro es también una historia de la lengua y de sus hablantes desde sus orígenes hasta nuestros días, elaborado con una finalidad que ella explica muy bien en la “Introducción”: “se ha hilado una historia de manera sencilla para que cualquiera que tenga interés pueda leerla y darse cuenta de la profundidad temporal de la cultura otomí sin perder la cosmovisión de muchos siglos”. También para que los otomíes supieran unos de otros, del valor de su lengua, del pasado teotihuacano, de su papel en la colonia como fundadores de pueblos, de su papel en México independiente. “Que no se sientan menos con la historia escrita, en la cual, piensa ella, muchas veces son minusvalorados; necesitan saber que son un pueblo de vieja raíz mesoamericana que ha sabido adaptarse a los avatares del devenir”. En fin, el “Prólogo” de Yolanda es el de un investigador que no solo sabe la lengua sino que con ella adquiere las vivencias humanas y culturales de la gente que la habla.

    Aún no terminaba su proyecto sobre el otomí y ya había puesto la mirada de nuevo sobre las lenguas otopames, Y así, en 1998 vuelve sobre el chichimeco Jonás, su primer amor; y lo hace con un estudio sobre la obra de un misionero dieguino que codificó la lengua chichimeca en el siglo XVIII llamado José Guadalupe Soriano, quien escribió un Arte de los idiomas otomí y pame: vocabularios de los idiomas pame, otomí, mexicano y jonáz, 1776, Arte que ella acaba de publicar6. En realidad en lo que va de siglo, Yolanda ha consolidado su trabajo sobre esta lengua que ahora es también suya, pues en 1996 adquirió una casa en San Miguel de Allende y con frecuencia se traslada a San Luis de la Paz, población cercana donde se conserva el chichimeco. Como siempre, trabaja en el día y regresa en la noche a su casa donde, yo creo, ella ha creado un espacio muy agradable de “ocio y sosiego”, como decía Nebrija, para poder entregarse con gusto y tranquilidad a la lengua que ama. No es extraño que en estos últimos años Yolanda haya publicado un cúmulo de trabajos en los que se estudian aspectos relevantes del chichimeco, relativos a lexicografía, morfosintaxis y fonética, además de un corpus de textos sobre topónimos, conversaciones, fiestas y rituales religiosos, cuentos y relatos y hasta una fábula de Esopo.

    Todos estos trabajos se enmarcan en un gran proyecto que tomó vida en 1995 cuando ella y otros investigadores organizaron losColoquios Internacionales de Estudios Otopames que han dado a estas lenguas una proyección académica internacional. Corolario de los Coloquios es la revista Estudios de Cultura Otopame que ella edita en colaboración con colegas del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Y cabe recordar que en este proyecto entran también las primeras codificaciones hechas por misioneros en el siglo XVI, concretamente las de fray Pedro de Cáceres (1510- ¿), autor de una Gramática de la lengua otomí cogida de las migajas de los padres beneméritos della, ca 1580 y fray Alonso Urbano (1522- 1608), Arte de la lengua otomí y Vocabulario trilingüe, ca. 16087. Con estos estudios, Yolanda entró de lleno en la Lingüística Misionera, una nueva disciplina en el campo de la lingüística que se está consolidando y en la que México tiene mucho que decir.

    Además de todas estas lenguas, Yolanda ha sido y es estudiosa del español, lengua a la que ha dedicado desde su juventud horas de enseñanza y de investigación, sobre todo como lengua hablada en zonas de contacto, y, en los últimos años, lengua hablada de mil maneras en esta megalópolis que es como un país comprimido, la ciudad de México. Con un colega de El Colegio de México, Pedro Martín Butragueño, ha emprendido un nuevo proyecto, Estudio sociolingüístico del español de la ciudad de México, el de que se pretende “ofrecer una descripción actualizada de los principales flujos lingüísticos presentes en esta ciudad”8. El proyecto puede verse también como la suma de dos intereses de Yolanda presentes en muchos de sus trabajos: el primero estudiar las lenguas per se, a partir de un corpus oral y desde una perspectiva sincrónica; el segundo el de enmarcar el estudio desde un sustrato social, es decir desde una perspectiva sociológica. No en balde es ella una de las pioneras de la sociolingüística desde su entrada a la vida académica cuando esta disciplina tomaba cuerpo y definía campo de estudio. De aquellos años data su Antología de estudios de etnolingüística y sociolingüística, 1974, elaborada en colaboración con su profesor de doctorado, el ya citado Paul L. Garvin. Años después y a través de muchas publicaciones, Yolanda publicó Sociolingüística para hispanoamericanos. Una Introducción, 1992 que sigue siendo una fuente de datos y reflexiones para cualquiera que tenga deseos de saber la evolución de la esta disciplina en los países americanos de habla hispánica.

    En suma, la vida académica de Yolanda es muy rica y su curriculum interminable. Su interés por las lenguas está ahí, en su extensa obra. No es menor su actividad en el mundo de la docencia y su presencia en congresos, cursos, conferencias y actos académicos. También ha sabido llevar una vida institucional muy completa como organizadora de coloquios, miembro de comités científicos, de consejos de revistas, de comisiones dictaminadoras, de jurados, y de mil juntas y reuniones dentro y fuera de la UNAM, además de editora de grandes series como el Archivo de Lenguas indígenas de México que supone un proyecto de rescate y salvaguarda de lenguas en peligro.

    Hoy nos ha hecho partícipes de un capítulo del trabajo en que se ocupa en estos años. Lo tituló La terminología de las fiestas religiosas en el área de San Miguel Allende. En él se recoge un conjunto de actividades religiosas de varios pueblos cercanos a San Miguel, sobre todo Santa Cruz del Palmar, San Luis de la Paz y Misión de Chichimecas. Son pueblos que comparten fiestas, que hablan otomí y chichimeco y que se comunican en español. Gracias a una red de informantes y colaboradores que ella ha sabido cultivar, Yolanda nos ha hecho un relato de las fiestas que dan vida a los habitantes de esta región: la fiesta de la Santa Cruz Peregrina, la de la Virgen de Guadalupe, san Luis Rey, el Santo Entierro. En unas cuantas páginas, recoge ella siglos de tradición, ya que las fiestas implican un ritual muy complicado y largo, a veces de varios días, un ritual en el que se plasman multitud de elementos culturales que se van trasmitiendo de generación en generación. El ritual tiene un orden y un ritmo y se desliza por un camino sagrado en el que hay muchos espacios, cada uno con sus ritos propios.

    Hay también un espacio intangible que abre la fiesta: es el lugar de las ánimas benditas de los ancestros que dan permiso para sacar la fiesta. Después del “Ensaye Real”, se viste la cruz con flores y ofrendas, hay mucho copal, música, flauta, tambor y hasta mandolina. Y hay también procesión, guerritas entre soldados y apaches, entre franceses y rayados, hay danzas, limpias, reparto de pan, mucho sahumerio y mil cosas más que unen a la comunidad y que hacen posible la concordia de todos, la armonía de cuerpos y almas.

    En los cantos y oraciones hay muchas palabras canónicas que van abriendo cada paso, cada etapa de la fiesta y con ellas se abre la mente y el corazón de los presentes para que venga la unión y armonía. Estas palabras atraen mucho a Yolanda, pues siempre ha sido lexicógrafa. Provienen, dice ella, de varias lenguas, la mayoría del español; pero algunas son del náhuatl, del chichimeco, del otomí y hasta del purépecha. Dice ella que algunas no están en el Diccionario de la Real Academia ni en el Diccionario de Mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua. Esto me lleva a pensar que ya tenemos tarea fresca los que estamos en la Comisión de lexicografía, la tarea de arrancar el secreto a palabras como flachico y tundito y aún algunas más difíciles. Lo bueno es que Yolanda está en la citada Comisión y ayudará en la talacha.

    En fin, no quiero alargarme en comentarios a este bello discurso que hemos disfrutado en el que doña Yolanda nos enseña a descubrir y registrar lo más profundo de las lenguas, pero también el alma de sus hablantes y la realidad cultural que cada lengua crea a su alrededor. No queda más que darle la bienvenida a esta casa que es la “Casa de la palabra”. Desde ahora, tu palabra sonará en esta casa y dará luz a todos los que en ella moramos. Me es muy grato en nombre de todos, decirte ¡Bienvenida Yolanda¡.

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    1 Una biografía bastante completa de Yolanda Lastra es la de Pedro Martín Butragueño “Lingüística descriptiva y lingüística social en la obra de Yolanda Lastra: historia de un compromiso científico”, en Entre las Lenguas Indígenas, la Sociolingüística y el Español. Estudios en Homenaje a Yolanda Lastra. Martha Islas, (compiladora), Muenchen, (Munich), LINCOM EUROPA, 2009, pp, 4-43.

    2 El trabajo versa “Notas sobre algunos aspectos sintácticos del chichimeco jonaz”, Anales de Antropología, 1969, v. VI, pp. 109-114.

    3 El náhuatl de Acaxochitlán, Hidalgo, México, El Colegio de México, 1980. (Archivo de Lenguas Indígenas, 10). El náhuatl de Tetzcoco en la actualidad, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 1980.

    4 Los principales encuestadores fueron Leopoldo Valiñas, Jeff Burham y la autora, según avisa la propia Yolanda. Otros que colaboraron activamente fueron Una Canger, Wick Miller, Karen Dakin, Carl Wolgemuth, Lyle Campbell y Guido Munch. La lista completa puede verse en la p. 10 del libro citado.

    5 Las publicaciones sobre el otomí ocupan una parte importante de su curriculum, Las primeras versan sobre El Otomí de San Andrés Cuexcontitlan, Toluca, 1989, y El otomí de Toluca, 1992, UNAM. Trabajo importante es el dedicado a “Los dialectos del otomí”, que la autora presentó como conferencia inaugural del X Congreso de ALFAL celebrado en Veracruz, en 1993. Otros dignos de recordarse son El otomí de Ixtenco. UNAM, 1997 y Unidad y diversidad de la lengua. Relatos otomíes, UNAM, 2001 en el que recoge textos en más de 30 variantes. Estos datos se pueden completar con la “Introducción” de Pedro Martín Butragueño a los Estudios en Homenaje a Yolanda Lastra ya citado, pp. 19-26.

    6 El primer trabajo sobre este tratado se intitula El vocabulario de Fray Guadalupe Soriano y fue presentado al IV Encuentro Internacional de Lingüística en el Noroeste, 1998. Poco después dedicó un estudio a la gramática de este mismo misionero en Anales de Antropología, 2005, v. 1. pp. 207-218. La publicación reciente del Arte de Soriano lleva el título de Tratado del Arte y unión de los idiomas otomí y pame; vocabularios de los idiomas pame, otomí, mexicano y jonaz. Estudio crítico por Doris Bartholomew y Yolanda Lastra. México, UNAM, Instituto de Investigaciones Antropológicas, 2012.

    7 Ambos tratados se publicaron en el siglo XX. El de Cáceres, en 1907 por Nicolás León y el de Urbano en 1990 por René Acuña.

    8 Así lo define Pedro Martín Butragueño en la citada “Introducción” al libro de Homenaje de Yolanda Lastra, p. 33. El proyecto cuenta, en la actualidad con grabaciones de 250 informantes de todas las edades y condiciones sociales y más de 400 horas de grabación.

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