Ceremonia de ingreso de doña Juliana González, don Jean Meyer y don José Sarukhán

    Jueves, 13 de agosto de 2015.

    Respuesta al discurso de ingreso de doña Juliana González, don Jean Meyer y don José Sarukhán

      

    La ceremonia que tiene lugar esta noche en la Academia Mexicana de la Lengua es, por muchos conceptos, insólita, sin duda alguna. Por primera ocasión en nuestra historia, nada corta por cierto, se produce el hecho de que rindan su discurso de ingreso, el mismo día, tres personas. Los tres de primer nivel, los tres inmersos en actividades diferentes: una es filósofa, otro es historiador, el tercero es un biólogo, un hombre de ciencia. Y los tres lo hacen en su calidad de miembros honorarios.

    Lo anterior denota, de entrada, el carácter amplio, plural, multidisciplinario, de nuestra institución: todo cuanto guarde relación con la dimensión más profunda del ser humano, digo, con la palabra, con el λόγος(razón y lenguaje a un mismo tiempo), tiene cabida en nuestra Academia.

    La AML tiene 36 miembros de número y 36 correspondientes en el interior de la república y en el extranjero. Pero sólo 5 miembros honorarios. ¿Qué significa esto? ¿Por qué? Cada uno de esos 5 miembros honorarios podría también, no cabe duda, serlo de número. Lo impide, acaso, su exceso de trabajo, el que realicen sus actividades fuera del país o el que estén ausentes de modo constante. Sin embargo, la institución estima de todo punto necesario que formen parte de ella. En fechas recientes han sido miembros honorarios de la AML (me limito a mencionar unos cuantos nombres, todos mexicanos): Antonio Alatorre, Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Luis Villoro, lingüista y crítico el primero, poeta y ensayista el segundo, narrador y ensayista el tercero, narrador y poeta el cuarto, filósofo el finalmente mencionado. Todos, escritores de primer rango, cuya presencia en la AML nos era imprescindible. Y su ausencia, un vacío de dimensiones insondables. Además de los tres ilustres académicos que han rendido su discurso de ingreso la noche de hoy, forman parte de esta nómina, escasa y selecta, don Pablo González Casanova, un sociólogo y don Sergio Fernández, un narrador.

    Doña Juliana González es una filósofa rigurosa y audaz, al propio tiempo. Se ha desempeñado como docente en la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, en donde, además, ha ocupado su dirección. No puedo ni debo omitir un dato personal estricto: doña Juliana González forma parte de la generación universitaria a la que yo pertenezco, una generación que se ha mantenido fiel a sus intereses filosóficos. Fuimos poco más de treinta los alumnos inscritos en la FFyL el año de 1957. Añado que el número de mi matrícula universitaria denota, con claridad, la cantidad tan escasa de estudiantes que había en la UNAM en aquel año: 575 514 (o sea, que fui el alumno 5 514 inscrito el año de 1957 en el nivel de licenciatura). Pero aquel alud de jóvenes interesados en las arduas cuestiones filosóficas hizo que Luis Villoro, uno de nuestros mejores profesores, asombrado ante ese número, que consideró excesivo, dijera "¡Pero qué va a hacer México con tantos filósofos!"

    No sé qué hizo México con tantos filósofos. Lo que sí sé es qué hicieron estos filósofos con México: dedicarse a trabajar de manera seria, profesional, rigurosa y constante, en su oficio. Doña Juliana González ha trabajado, pues, intensamente, en asuntos de ética y metafísica, no en balde fue una de las alumnas más brillantes y fieles del maestro insigne que respondía al nombre de Eduardo Nicol. Del maestro Nicol escuché, el primer día de la primera clase que recibí en la FFyL (la clase era la de Presocráticos), una lección de vida, un ejemplo de rigor profesional, que jamás he podido olvidar. Al término de aquella clase (cada una de ellas, una conferencia perfecta), alguno de los compañeros pidió al profesor que nos indicara cuál sería el libro de texto que habíamos de leer (¡pero qué expresión más horrible, un libro de texto!). Nicol respondió con presteza: "aquí no habrá ningún libro de texto; hay que leer a los autores mismos y arrojarse al agua; el que sepa nadar, añadió, llegará a la orilla; el que no pueda hacerlo, se ahogará". Creo recordar que doña Juliana González se hallaba en ese pequeño salón y que, al igual que yo, recibió el impacto profundo, de ética profesional, de rigor académico, audacia e innovación, que nos legó Nicol.

    Doña Juliana González se ha desempeñado como maestra e investigadora en dos grandes áreas: la filosofía griega, por una parte, la ética, lo dije ya, por otra. No puedo examinar, en este breve espacio, todos los aspectos de la tarea filosófica de doña Juliana González. Lo que debo decir es que, por lo que a la ética corresponde, ha señalado que la ética está anclada en la libertad. Frente a la ética estrictamente formal de Kant, doña Juliana subraya que la libertad no está opuesta a la necesidad, sino que es su otro extremo, imprescindible. No hay ética sin libertad, establece: la conducta ética implica una elección y así la conciencia libre se autodetermina. ¿Qué clase de ética propone doña Juliana González? Copérnico arrojó la Tierra hacia los cielos, la arrancó de sus raíces y la convirtió en un planeta más. Galileo destruyó, a su vez, y no sólo con el telescopio, sino también al postular la ley de la inercia, ese movimiento constante en línea recta, la bóveda celeste. Poco a poco, el avance de la ciencia y de la filosofía ha desplazado a los dioses del sitio inmóvil que ocupaban: desaparecieron del espacio no menos que de la conciencia. Pascal ya no es capaz de escuchar, como Pitágoras, la música de las esferas celestes; por el contrario, a Pascal le aterra el silencio eterno de los espacios infinitos. ¿Qué clase de ética podrá ser la que carezca del fundamento anterior, una Tierra sólida, un dios omnipotente? En el caso de la ética y la libertad que le es intrínseca, ¿qué hacer? Si Dios no existiera, dice Fiodor Mijailovich Dostoievsky en Los hermanos Karamazovtodo estaría permitido. ¿Se puede concebir una ética carente del fácil asidero de un dios? Si dios no existiera (si dios hubiera muerto), ¿todo estaría permitido? La ausencia de Dios en la conciencia de los hombres, ¿conduce a la negación, a la muerte? ¿Se puede concebir una ética sin dios? ¿Una ética sin dios, diferente sin embargo a la ética desgarrada que propone el existencialismo de Sartre, inmerso en la angustia y en la muerte? He aquí el grave problema de la ética contemporánea: ¿cuál es el límite de mi libertad? ¿Todo está permitido? La respuesta que ofrece doña Juliana González se desplaza en este horizonte. Hay un límite, una frontera, que la libertad del hombre no puede traspasar, haya o no haya dios, existan o no existan dioses: el límite lo traza la conciencia propia. La base de la ética es la libertad: ésta es la condición ontológica del hombre y el pilar de la ética de Juliana González.

    Se trata, no puedo omitir decirlo, de una ética optimista, que pone el acento en la posibilidad de la realización personal, al propio tiempo que de la colectiva. No puede haber ética sino en compañía de los Otros. Para doña Juliana González, como para Nicol y para Platón, no puede haber una ética racional, apoyada en la razón (en el λόγος que es a un mismo tiempo palabra) sin el vínculo más estrecho con el amor, con el ἔρος. De aquí deriva doña Juliana una ética contraria a la que postula el existencialismo sartreano, no menos que a la ética del sufrimiento. Doña Juliana subraya que son la vida, la salud, el amor, la felicidad, a la vez el medio y el fin de la ética. Por tal causa, de manera necesaria, esas reflexiones la llevaron hacia la ética médica y la bioética, espacio donde se ha convertido en voz autorizada.

    En su discurso, doña Juliana González dice que ha cobrado “conciencia de la indisoluble relación que hay, en el presente, entre los grandes problemas éticos y los extraordinarios logros que, desde la mitad del siglo pasado hasta el presente” nos ofrecen “las ciencias de la vida y la bioética”. Se trata, pues, de una filósofa que ha anclado su pensamiento y su reflexión en la vida moderna. Por esto, asume que la teoría de la evolución es trascendental para la ética contemporánea.

    Por su parte, el historiador Jean Meyer, que ha hecho de México su segunda patria, ha desarrollado una investigación de primera magnitud sobre hechos que la historiografía oficial, de modo deliberado, soslayaba: son hechos que avergüenzan a la conciencia nacional. Fue así que, muy joven, en un país que apenas empezaba a conocer (pero también a amar), Jean Meyer investigó la llamada Guerra Cristera, herida dolorosa, incomprendida en muchos aspectos. Su manuscrito original tenía 1 600 cuartillas; convertido en libro, se despliega por más de 1 100 páginas (y en 3 volúmenes). Al publicarlo, en 1973, Meyer tenía 31 años: era un joven francés, por completo desconocido, tanto en México como en Francia. El tema que abordaba, lo dice él mismo, era tabú y, para colmo, lo publicó una editorial, Siglo XXI, que tenía fama de publicar libros de orientación contraria a la que Meyer le daba a su texto. Sin embargo, el libro, que recibió un nombre de resonancia épica (alude a la Ilíada, qué duda cabe), fue recibido con gran respeto por los historiadores mexicanos, ya que mostraba una investigación audaz, prolija, en muchos aspectos abrumadora. El libro, afirma Meyer, lo transformó.

    Cada uno, dice Don Quijote, es hijo de sus obras. A su vez, don Jean Meyer señala que “ha sido engendrado por la Cristiada —tan es así que vive en México y es mexicano”. Lo dice en la Advertencia a la 14ª edición, de 1994. Esa confesión no le fue suficiente, sin embargo: diez años más tarde, en 2004, escribió un nuevo texto, que tituló Pro domo mea: La Cristiada a la distancia, en el que reconoce lo mucho que ha cambiado la perspectiva histórica sobre el fenómeno cristero que, de haber sido satanizado, ha pasado a convertirse en una especie de lucha popular contra todas las agresiones del poder. Dice Meyer: “de guardia blanca de los hacendados malditos, de asesinos de los santos maestros de la escuela socialista, los Cristeros pasarían a ser los hermanos de todos los guerrilleros del mundo”. Y escribe esta frase, lapidaria: “No merecían tanta abominación ayer, tampoco les corresponde semejante gloria hoy”. Me gustaría subrayar que el libro de Jean Meyer rompió un paradigma y nos obligó a valorar los aspectos ocultos, malditos, de la Revolución mexicana, considerada casi un monolito de mármol, una masa sólida de bronce.

    El indudable mexicano que es don Jean Meyer conserva, sin embargo, una raíz francesa y ha escrito otro libro ejemplar, en el que también se aparta de los lugares comunes, que no son pocos, de la historiografía oficial: Yo, el francés, cuyo subtítulo es La intervención en primera persona. Se trata de una serie de biografías y relatos, desde ángulos personales, de oficiales y soldados que formaron el cuerpo expedicionario francés, que invadió y ocupó nuestro país en el siglo XIX. Los textos son, no cabe duda, fascinantes: muestran facetas de carácter íntimo en el curso de esa guerra: desmitifican el supuesto heroísmo de los combatientes y exhiben, en no pocos casos, las crueldades que realizaron. Debo señalar otro texto: Le livre de mon père ou une suite européenne. En él se revela la raíz alsaciana, francesa por lo tanto, de don Jean Meyer. Es un libro de amor filial y de vínculo profundo con esa región en vilo que es la Alsacia (que un día amanece renana, alemana, y otro día francesa).

    En su discurso, don Jean Meyer plantea la oposición entre la universalidad y la nación. No desdeña ni la una ni la otra. Es más, en tanto que acepta la enseñanza de don Luis González, también reclama para sí el orgullo de pertenecer a la patria chica, la matria, término caro a don Luis: de ahí, en Meyer, su raíz alsaciana que no lo aleja, empero, ni de la nación ni de la comunidad internacional.

    Don José Sarukhán es el mayor, el más importante de todos los darwinistas mexicanos. Aclaro: no es darwinista en el sentido de que sostenga, sin cambios, las tesis del gran hombre de ciencia que fue Charles Darwin. Lo es en el sentido radical en que lo es todo biólogo comprometido con la ciencia, hoy. Sarukhán advierte, así, el carácter decisivo de la revolución darwiniana, aquello que nadie puede soslayar: cuánto y de qué manera las tesis de Darwin destruyeron paradigmas y provocaron una de las transformaciones mentales más profundas y permanentes de las que se guarde memoria. Darwin, el hombre, y su libro, El origen de las especies, dice don José Sarukhán, revolucionaron la ciencia y el pensamiento. Asegura José Sarukhán: “ninguna obra científica ha igualado la repercusión de la obra de Darwin en la ciencia, la política, la religión o la filosofía”. He aquí el nudo de la cuestión: asumir la revolución darwiniana es adoptar un compromiso total con la ciencia. No hay ni puede haber, en el mundo contemporáneo, ningún hombre de ciencia (mejor aún: no puede haber ningún hombre, simple y llanamente), que no arranque de las tesis darwinistas para ampliar el espacio inagotable del conocimiento. Ser darwinista es la condición primera, insoslayable, para ser hoy hombre de ciencia. En ese sentido radical, don José Sarukhán es un hombre de ciencia moderno, riguroso y honesto.

    Lo anterior no significa, de ningún modo, que Sarukhán acepte todas y cada una de las tesis de Darwin, lo digo de nuevo. Si la revolución lograda por Darwin marca un hito, un antes y un después en la historia no sólo de la ciencia sino de la conciencia humana, no significa que sus tesis se sostengan, intactas. Por tal razón, hoy se habla de neodarwinismo, de la síntesis entre las tesis originales de Darwin y las aportaciones de la ciencia contemporánea. José Sarukhán es consciente de los aportes de Darwin y, al propio tiempo, de sus limitaciones. Así, Sarukhán subraya que Darwin no conoció las leyes de la herencia establecidas por Gregor Mendel, mientras que de ellas se vale la moderna teoría de la evolución. Tampoco, es obvio, pudo conocer la genética actual ni la biología molecular. Es lo que ocurre en todas las ciencias: nuevos y decisivos aportes ensanchan los límites de la teoría inicial. Sin embargo, los avances siguen la ruta originalmente trazada por su precursor.

    En un libro ameno y preciso, Las musas de Darwin, Sarukhán pone en relieve las contribuciones hechas por el autor de El origen de las especies e indaga, a un mismo tiempo, por las fuentes de que se alimenta: vienen de múltiples disciplinas y son producto de diversos autores, entre otros, Charles Lyell en geología, Thomas Robert Malthus en economía política… Sarukhán destaca, por supuesto, el impacto que a Darwin le produjo la lectura de las teorías demográficas de Malthus. Advierte que la ciencia es de carácter interdisciplinario y se nutre de toda clase de materias. En este caso, la teoría de la evolución recibió un influjo decisivo de una ciencia que era, por entonces, una novedad: la Economía política, ciencia de la macroeconomía (de modo más específico aún, de la naciente demografía). De esas ciencias, Darwin dedujo tesis fundamentales: la lucha por la existencia; el dato, insoslayable, de que las especies producen un número superfluo de descendientes: sobreviven los más aptos. Esto genera, por necesidad, la variedad de los individuos, razón por la cual aquellos que se adaptan mejor a las condiciones del medio son los que finalmente sobreviven: ellos transmiten los caracteres que adquieren a su progenie.

    El impacto que estas tesis produjo fue inmediato: el hombre se consideró, a partir de ese momento, uno más de los productos de la incesante evolución de las especies. Sin duda, es el producto más alto del proceso evolutivo, pero guarda, con toda humildad, los estigmas de sus antepasados en cada una de sus células. El ser humano no sólo es una síntesis específica de gases y minerales, sino que también ha heredado la capacidad de adaptación que tienen las especies anteriores, desde los protozoarios hasta el hombre. En este aspecto, don José Sarukhán es consciente del vínculo que existe entre azar y necesidad. Por tal razón, subraya que la ciencia contemporánea es una ciencia de la probabilidad y no de la certeza absoluta.

    Don José Sarukhán muestra, en Las musas de Darwin, todo aquello que este científico obtuvo al asimilar las teorías de sus contemporáneos. Narra igualmente el trabajo de campo que realizó, a lo largo de los casi cinco años que duró el viaje del Beagle. Debo añadir que el libro de don José Sarukhán es mucho más que esto. Es un relato de la vida de Charles Darwin (tanto la dedicada a la ciencia como la de su entorno íntimo, donde destacan su esposa, Lyell, Huxley, Wallace, muchos más).

    La trayectoria de don José Sarukhán no se limita a sus aportaciones directas a la investigación científica. Por igual ha desempeñado, se sabe bien, con rectitud y sabiduría, el cargo más honroso a que pueda aspirar todo universitario: fue Rector de nuestra máxima casa de estudios en dos periodos sucesivos. Por si lo anterior aun fuera poco, a su empeño se debe la creación de un organismo intersecretarial que protege la fauna y la flora de nuestro país: la Comisión para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), que se dedica a la conservación y el desarrollo de la biodiversidad nacional, rica, como pocas, en el planeta. Don José Sarukhán ha podido desplegar allí, en toda su amplitud, sus indudables dotes de ecólogo.

    Hoy, don José Sarukhán ha puesto el énfasis en el hecho de que, a diferencia de los primates y los homínidos de los que indudablemente descendemos, nuestra especie, la especie llamada homo sapiens sapiens, posee un instrumento específico: el lenguaje, acaso la octava transición central del proceso evolutivo, que se apoya en el desarrollo de nuestro cerebro y que es capaz de transmitir, de una generación a otra, la experiencia acumulada por nuestra especie en el curso de los millones de años que lleva de habitar nuestro planeta.

    Permítaseme finalizar estas palabras diciendo que, además de su amor por Darwin, don José Sarukhán ha mostrado su amor por otras investigaciones sobre la fauna y la flora de nuestro país. Ama los códices Badiano y Florentino, la obra del protomédico de Felipe II, Francisco Hernández; conoce la Real Expedición Botánica a Nueva España, dirigida por Martín de Sessé y José Mariano Mociño; no olvida las aportaciones de Alexander von Humboldt. Añado que, en buena medida, comparto con él esos amores, tanto así que, a sus instancias se debe que la magna exposición sobre Darwin, que coordinó él mismo y que tuvo lugar en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en 2014, contó con una sala dedicada a la expedición de Sessé y Mociño, apoyada en textos cuya publicación pude coordinar, lo que agradezco desde lo más hondo de mi corazón.

    En nombre de todos los miembros de la AML, queridos amigos doña Juliana González, don Jean Meyer y don José Sarukhán, les doy la más cordial bienvenida a su nueva morada académica. Los recibimos con los brazos abiertos.

    Muchas felicidades y muchas gracias.

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