Ceremonia de ingreso de doña Concepción Company Company

    Jueves, 10 de noviembre de 2005.

    El siglo XVIII y la identidad lingüística de México



    Señor director de la Academia Mexicana de la Lengua Española, don José G. Moreno de Alba
    Señor director honorario perpetuo, don José Luis Martínez
    Señor director adjunto, don Ruy Pérez Tamayo
    Señoras académicas y señores académicos
    Señoras y señores:


    1. PRESENTACIÓN: HUMANIDADES E IDENTIDAD

    La búsqueda de identidad es consustancial al ser humano. Las preguntas ¿quiénes somos?, ¿cómo somos? y ¿por qué somos de una particular manera? ocupan sin duda el centro de reflexión de la mayoría de las disciplinas humanísticas; son el objeto de estudio inmediato de algunas de ellas, como la filosofía, la historia, la literatura o la filología, y muy posiblemente esas mismas interrogantes constituyen un telón de fondo en el quehacer disciplinario cotidiano de algunas ciencias, como la medicina, la bioquímica o la genética. Subyacente en esas preguntas está el fin último de conocernos mejor como seres humanos, en nuestras similitudes y diferencias con los otros, esto es, de tener conciencia de lo propio. La consecución de ese fin es parte inherente y definitoria de las Humanidades.

    El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española en su vigésima segunda edición define identidaden sus acepciones 2 y 3, como, respectivamente, el “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Estas dos definiciones guiarán el discurso al que damos ahora comienzo.

    Una manera inequívoca de conocer el conjunto de rasgos propios de una colectividad es observar cómo se expresa y mediante qué rutinas o hábitos lingüísticos lo hace, o lo ha venido haciendo por siglos, ya que el uso de las formas lingüísticas está anclado y determinado en gran medida por la forma de percibir, de sentir y de conocer de los pueblos. No cabe duda de que la lengua es el sistema que mejor permite acercarse, si bien nunca de manera directa, a la organización conceptual del ser humano y a su visión de mundo, y, en efecto, a través del estudio lingüístico se pueden hacer evidentes, a la vez que matizar, aspectos culturales no fácilmente aprehensibles a primera vista. La lengua es patrimonio cultural intangible del ser humano. Otros patrimonios menos intangibles, como las diversas manifestaciones de las artes plásticas, la música o, por qué no, la gastronomía, son también testimonio directo de la identidad de un pueblo.

    Un gran intelectual e ilustre mexicano, don Rubén Bonifaz Nuño, quien ocupara por 34 años la silla V de esta sabia y honorable corporación —silla que hoy inmerecidamente se me concede, y el adverbio en este caso tiene pleno contenido, no es un mero efecto retórico—, ha dedicado toda su vida, desde la palabra grecolatina, desde las artes plásticas prehispánicas y desde la palabra creativa del poeta, a reflexionar sobre la identidad de México y a aportar en una vastísima obra interpretaciones originales e iluminadoras sobre ella. Como traductor de la cultura clásica grecolatina, como ensayista y hermeneuta de la cultura prehispánica, como creador poeta, como universitario cabal y como maestro de generaciones, la obra toda de Rubén Bonifaz Nuño ha estado al servicio de un mejor conocimiento del México actual, a través de sus raíces y de sus fundamentos históricos. La palabra es para Bonifaz portadora de identidad y de placer; ella ha sido su herramienta en su largo caminar filológico y creativo y ella ha sido también su principal objeto de estudio.

    Su obra filológica se centra en dos de las civilizaciones que, junto con la hispánica, nutren la esencia de la cultura mexicana: el mundo clásico grecolatino y el mundo prehispánico mesoamericano. Como traductor, ha vertido al español más de una docena de nuestros antiguos clásicos y algunos de ellos en varias de sus obras e incluso en sus obras completas: Virgilio, César, Lucrecio, Catulo, Ovidio, Horacio, Homero, Eurípides y un largo etcétera. Sus traducciones, siempre acompañadas de largas, sabias y eruditas introducciones y notas críticas, además de haber merecido reconocimiento internacional, son empleadas como base de investigación y como libros de texto en numerosas instituciones de educación superior de México y del extranjero. Posiblemente, de mayor trascendencia para la cultura mexicana que sus traducciones mismas es el hecho más que notable de que el estilo y normativa de traducción de Bonifaz Nuño han creado una escuela en traducción, la de la literalidad, escuela ya de larga tradición y con muchos seguidores, en la cual el traductor se propone conservar el espíritu y el ritmo de la lengua clásica vertidos en la sintaxis normal de la lengua española para que aflore el espíritu de aquella. Como ha dicho un estudioso de su obra, y discípulo suyo, Bulmaro Reyes, [1] las traducciones de Bonifaz Nuño constituyen por sí mismas un ars poetica en lengua española, cuyo objetivo es, en palabras del propio Bonifaz, “dar a la máxima elaboración literaria la apariencia del habla común; fingir la naturalidad mediante el empleo del sumo artificio; concentrar en una voz muchedumbre de sonidos y significados”. [2] En definitiva, desnudar la sintaxis para que a través de la lengua española fluya la lengua originaria.

    La otra vertiente de investigación filológica de Rubén Bonifaz ha estado dedicada a la iconografía prehispánica. Sus ensayos constituyen una mirada original llena de sentido común y son sin duda un fuerte reto para el diálogo con las concepciones e interpretaciones más tradicionales del arte prehispánico. Para Bonifaz Nuño —pensemos, por ejemplo, en su interpretación de Tláloc, dios creador y unidad en la diversidad, de cuádruples y quíntuples formas—, las imágenes plásticas prehispánicas deben ser observadas e interpretadas desprovistas de la tradición textual y oral que las ha acompañado por siglos, ya que habitualmente su interpretación había dependido de los testimonios literarios novohispanos. La razón, nos dice Bonifaz, es obvia: [3]

    Por razones evidentes, tales textos o fuentes deben ser considerados dudosos. Todos ellos son posteriores a la conquista, y contienen datos proporcionados a los conquistadores —soldados o frailes— o consignados por indios ya sometidos y aculturados por ellos. En cambio, los monumentos plásticos, grandes y pequeños, están libres de cualquier sospecha de contaminación. [...] Me parece evidente que el vencido no está nunca dispuesto a entregar secretos, aquellos que para él constituyen en mucho la raíz de su existencia.

    Es claro a mi entender que existe un paralelismo conceptual y metodológico entre su acercamiento a los clásicos —desnudar la palabra— y su acercamiento a la iconografía prehispánica —desnudar las imágenes—. Los dos quehaceres filológicos participan de una misma actitud científica en este sabio mexicano, a saber, la capacidad de observar con mirada virgen el objeto de estudio y el atrevimiento, bastante doloroso las más de las veces, de caminar sin muletas en la búsqueda de la verdad, ello con el fin de que los resultados y el posterior diálogo académico puedan verdaderamente enriquecer el entendimiento de nuestras raíces a través del entendimiento de los seres humanos que crearon esos objetos, llámense textos, llámense imágenes. De nuevo las palabras del propio Bonifaz Nuño son mucho más elocuentes que cualquier posible interpretación sobre su obra: [4] "La base de toda investigación seria consiste en la desconfianza con que ha de ser visto todo cuanto existe, en palabras o en imágenes, con respecto al objeto que se investiga. No es posible encontrar una verdad si no se desconfía radicalmente de la cultura existente, inclusive la propia".

    En Bonifaz Nuño esa mirada virgen ha ido siempre de la mano de una actitud de humildad explícita ante el objeto de estudio, ya que solo así quedarán resquicios por donde asomarse de nuevo a él y solo así quedará abierta la capacidad de seguir aprendiendo. Alumno siempre para poder ser maestro. Las palabras de Bonifaz en su introducción a las Geórgicas ayudan a iluminar este punto: [5] "Comprendo que mi versión puede ser mejorada en gran manera, pero también admito que soy incapaz de hacerlo. Lo público tal cual está, solo porque la considero fruto de una labor asidua, humilde y honrada".

    No sería posible hablar de Rubén Bonifaz Nuño sin mencionar que ha sido siempre un gran universitario y que a lo largo de casi 70 años de vida universitaria en la Universidad Nacional Autónoma de México ha llevado a cabo una importantísima obra fundacional en forma de institutos, seminarios y colecciones de publicaciones, espacios todos de proyección nacional e indispensables para alentar la reflexión y el análisis sobre nuestra cultura e identidad. Pero hoy quiero señalar que tan importante como haber sido el coordinador de Humanidades por muchos años, haber dirigido también por años la Dirección General de Publicaciones, haber creado el Instituto de Investigaciones Filológicas, haber creado el Seminario de Estudios para la Descolonización de México y haber fundado y alimentado con sus propias traducciones una de las colecciones clásicas más extensas e importantes en el mundo, la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, es el hecho de que Rubén Bonifaz, entre tanta actividad de funcionario, no haya abandonado nunca su compromiso de maestro y formador de futuras generaciones. Y tan importante o más que ello es, a mi sentir, que Rubén Bonifaz Nuño logró convertir cada uno de los espacios por él fundados y dirigidos en una continuidad de nuestra casa, en un verdadero segundo hogar, donde —literal y metafóricamente— tuvo siempre abiertas las puertas de su despacho y nos mostró con su ejemplo que la vida afectiva, la vida profesional y la vida institucional son en realidad una sola. Desde aquí vaya mi reconocimiento, Rubén, por haber abierto las puertas de Filológicas para esta becaria hace ya muchos años y por aquel ambiente fantástico hogareño que teníamos. Sobra decir que no es posible suceder a este profundo intelectual y ser humano, pero que es un altísimo honor para mí ocupar esa misma silla y que ello me compromete aún más con este país.

    Otros mexicanos académicos ilustres que ocuparon esta silla V en el siglo pasado aportaron también lo mejor de su pensamiento y de su obra en la búsqueda de los identificadores de nuestra cultura. Baste mencionar, por ejemplo, al oaxaqueño José Vasconcelos con su concepción sobre el mestizaje y la raza cósmica, sobre el hispanoamericanismo de la cultura mexicana y sobre el valor fundamental de la educación y la cultura para alcanzar la libertad del espíritu. [6]

    Hoy hablaremos también de identidad, pero desde la historia de la lengua, concretamente desde la sintaxis histórica y desde la filología, las disciplinas que han ocupado mis intereses desde mis tiempos de estudiante y las que, desde hace ya no pocos años, han constituido mi quehacer profesional cotidiano. Intentaré exponer a ustedes la serie de razones lingüísticas e históricas que indican que el siglo XVIII novohispano constituye un periodo clave en la conformación lingüística de nuestro país. Se acumula en ese siglo un concentrado importantísimo de microquiebresfuncionales o pequeños cambios, ya sea en forma de incrementos notables de frecuencia de empleo, ya sea en forma de primeras documentaciones, que sugiere que ese periodo fue un parteaguas gramatical entre el español peninsular y el mexicano, ya que a lo largo de él tomó carta de naturaleza, esto es, se volvió parte del habla cotidiana del pueblo, un buen número de formas de expresión que constituyen caracterizadores dialectales del español de México hoy en día.

    Presentaré en primer lugar, capítulo 2, el concepto de lengua y cambio lingüístico que conducirá esta exposición, los criterios para establecer qué es un mexicanismo, así como las construcciones sintácticas y formas léxicas que se concentran en el siglo XVIII novohispano, con un breve análisis de cada una. En segundo lugar, capítulo 3, haré una comparación de cuatro de esas construcciones, dos del sintagma nominal y dos del sintagma verbal, entre el español mexicano y el español peninsular, con el fin de mostrar cuáles son los rasgos semánticos y sintácticos que se ponen de relieve en uno y otro dialecto y que constituyen la causa, al menos una de las causas, de la identidad lingüística del español de nuestro país y, por tanto, de la diferenciación dialectal entre esas dos variedades. En un cuarto y último capítulo intentaré establecer algunos vínculos entre la historia interna de la lengua española en el XVIII novohispano y los acontecimientos históricos de México en ese siglo, vínculos que a mi parecer son claros y, sobre todo, determinantes de la actual configuración lingüística de México, pero que suelen pasar desapercibidos en los estudios de gramática histórica.

    El corpus en que se basa esta exposición está constituido por documentos novohispanos no literarios, de carácter coloquial, que pueden definirse como documentación informal y semiinformal, tales como cartas privadas, notitas, recados, peticiones e informes de particulares, así como testimonios de particulares en juicios de carácter no administrativo, ya que, en conjunto, ellos permiten un mayor acercamiento —en la medida en que puede hacerlo un texto escrito— a la lengua hablada en el virreinato de la Nueva España. Integran también el corpus de esta investigación, aunque en menor medida, algunos materiales hemerográficos, tales como las primeras gacetas y periodiquillos que empezaron a publicarse en México a partir de la segunda década del siglo XVIII. La documentación está geográficamente circunscrita a la zona del Altiplano central, y refleja en buena medida la diversidad étnica y social de los novohispanos de aquella época. Procede esta documentación de seis fondos: el Archivo General de la Nación, el Archivo General de Indias, el Archivo Histórico del Distrito Federal, el Archivo Histórico de la Secretaría de Salubridad y Asistencia, el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional y el Fondo Reservado de la Hemeroteca Nacional. [7]

    Es importante insistir en el carácter no literario de los documentos base del corpus, ya que ellos nos permitirán aproximarnos algo más a la vida cotidiana de los hombres y mujeres comunes que integraban la sociedad novohispana. En efecto, en la documentación no literaria, no obstante estar condicionada por el formato textual del sistema jurídico y administrativo del virreinato, no existe una conciencia o voluntad folclórica o costumbrista, por lo cual no aparecerán hipercaracterizados ni distorsionados los usos lingüísticos más frecuentes, tal como sí suele suceder en las literaturas costumbristas o casticistas nacionales. Además, es sabido que la literatura colonial, hasta bien entrado el siglo XIX siguió modelos peninsulares, por lo que difícilmente deja aflorar las peculiaridades morfosintácticas americanas, ello aunado al hecho de que en toda creación literaria existe una reflexividad y revisión por parte del autor que, por lo regular, inhibe o retrasa el empleo e integración de innovaciones lingüísticas.

    2. EL SIGLO XVIII Y ALGUNOS CARACTERIZADORES DIALECTALES MEXICANOS

    2.1. Cambio lingüístico y el concepto de mexicanismo

    Es conveniente definir qué es un cambio gramatical, qué es un mexicanismo lingüístico y cuáles son los criterios para su identificación antes de mostrar el concentrado diacrónico de cambios ocurridos en el siglo XVIII en México.

    La esencia de las lenguas es su continuidad, garantizándose con ello que el sistema sigue operando. Sin embargo, paradójicamente, consustancial también a ellas es el hecho de que cambian constante e imperceptiblemente. Un cambio lingüístico es una transformación, un microquiebre funcional, un pequeño reajuste en un sistema dado que garantiza que la lengua siga manteniendo su función básica, la comunicación. Cuando se acumulan varios de esos microquiebres casi imperceptibles en una determinada zona gramatical o construcción, se produce un cambio diacrónico o una escisión dialectal, los cuales se manifiestan, las más de las veces, como alteraciones —incrementos o decrementos— en las frecuencias relativas de uso de las formas o construcciones ya existentes, o bien como creación de nuevas construcciones, o bien, más raramente, como pérdida de formas o construcciones ya existentes. Los cambios diacrónicos crean un proceso dinámico constante nunca concluido, cuyo resultado es la variación sincrónica y diatópica, puesto que en cualquier etapa de lengua coexisten, a veces bajo un mismo exponente formal, usos innovadores y usos conservadores o etimológicos, a la vez que esa variación sincrónica y diatópica modela y condiciona la evolución histórica de las lenguas. En otras palabras, sincronía y diacronía se condicionan mutuamente. Asimismo, conservación e innovación son inherentes al funcionamiento de la lengua. Cualquier lengua o dialecto será conservador en muchos de sus usos, según el principio del cambio lingüístico de que las lenguas hijas, o dialectos hijos, reflejan en gran medida a la lengua madre —estabilidad que garantiza que la comunicación siga operando generación tras generación—, pero al mismo tiempo será innovador en otros de sus usos, para garantizar también flexibilidad y adaptabilidad a nuevas situaciones. Toda lengua supone un balance dinámico entre innovar y conservar viejas estructuras y expresiones, y como tal se conforma también la historia del español de México.

    En líneas generales, a lo largo de la historia de la lingüística ha habido dos conceptos del cambio lingüístico: a) una postura que podríamos llamar tradicional, derivada del estructuralismo, que considera que un cambio es una descompostura o un desajuste en el sistema, [8] y b) un enfoque mucho más reciente, que considera que un cambio lingüístico es una innovación creativa que logra éxito comunicativo, eficiencia comunicativa, y que garantiza que se preserve la comunicación entre los grupos sociales y las distintas generaciones. [9] Nosotros adoptaremos esta segunda posición, ya que, como veremos, todos los cambios tienen una motivación sintáctica y semántica y conducen a sistemas mejor adaptados a las nuevas necesidades sociales y culturales de la comunidad lingüística usuaria del dialecto o variante en cuestión. [10]

    Operaremos, por tanto, con un concepto dinámico de sistema y uno de cambio como innovación creativa, ya que solo así se puede conciliar la estaticidad y acronía que se desprenden de las lenguas como diasistemas con el hecho esencial de que ellas cambian constantemente, y porque solo así se da cabida a la ambigüedad, la polisemia, la redundancia, la inestabilidad y las inconsistencias propias de las lenguas naturales, las cuales son necesarias para que se produzcan cambios lingüísticos, puesto que a través de ellas se generan permanentemente pequeños reajustes y microquiebres imperceptibles que terminan incidiendo en la estabilidad global del sistema.

    Un acercamiento de este tipo permite estudiar la variación como transformación dinámica propiamente y no solo como un cambio cumplido, resultado de comparar dos sistemas, dos sincronías en sí mismas cerradas y bien formadas. Dado que la variación dialectal, y en general la variación lingüística, se manifiesta como dijimos en forma de pequeños microquiebres dentro de un sistema esencialmente estable, consideramos que es imprescindible estudiar las frecuencias relativas de uso de las diferentes distribuciones sintácticas o contextuales de una forma, ya que ellas son muchas veces el único síntoma de que el sistema se está deslizando y de que se está produciendo un cambio lingüísticamente relevante desde el punto de vista dialectal o histórico.

    Entenderemos por mexicanismo lingüístico, retomando la definición de identidad del DRAE expuesta en el capítulo anterior, el conjunto de voces, formas o construcciones que son caracterizadoras del habla urbana, popular o culta, o ambas, de este país en la variedad del Altiplano central —recordemos que de esta zona procede la documentación colonial base del análisis— y cuyo uso muy frecuente y cotidiano distancia la variante mexicana respecto del español peninsular, dialecto que hace 500 años se constituyó en la lengua madre del español americano. [11] Con frecuencia, los mexicanismos son formas y construcciones compartidos por otras variedades del español americano, al punto de que pueden constituir un panamericanismo; tal es el caso, por ejemplo, de la pronominalización “anómala” eso se los dije.

    En perspectiva sincrónica, resultado del acontecer diacrónico del español en México, pueden identificarse tres tipos de mexicanismo lingüístico: [12]

    1) Formas o construcciones empleadas en el español mexicano inexistentes en el español peninsular general. Es el caso de la duplicación posesiva su novia de mi primo, su casa de Juansu conferencia de usted, con doble mención del poseedor en el mismo sintagma nominal, bastante productiva en México desde el siglo XVI, pero que ha desaparecido del español general peninsular urbano al menos desde el siglo XIX. [13] En la sintaxis es un tipo de mexicanismo muy poco común en cuanto que son escasísimas las estructuras no compartidas con el español peninsular general. El léxico es sin duda el nivel de lengua donde más comúnmente aflora este tipo de mexicanismo; pensemos, por ejemplo, en los indigenismos de uso cotidiano solo empleados en el español de México, tales como itacate apapachar, entre muchos otros.

    2) Construcciones compartidas, en forma y significado, con el español peninsular, pero que muestran en México una mucho mayor frecuencia de empleo y generalización. A este rubro pertenece la pronominalización “anómala” de objetos en la oración bitransitiva:eso ya se los dije a los alumnos, el uniforme ya se los compré a mis hijos, en lugar de la pronominalización etimológica eso ya se lo dije a los alumnos, clitización anómala que constituye un rasgo panamericano, pero que no es exclusivo de este continente ya que lo comparte el español de Canarias, español atlántico al fin y al cabo, y de otra manera, con clitización leísta, el español de Aragón: el cesto ya se les he comprado a los niños.[14] También es mexicanismo de este segundo tipo el mayor empleo de los usos concordantes del verbohaber existencial, tanto concordancia de número con la frase nominal adyacente: han habido problemas últimamente, van a haber muchas lluvias este año, como, sobre todo, concordancia de persona:habemos muchos que no lo sabíamos, esta última especialmente identificadora, al parecer, del dialecto mexicano. Este segundo tipo de mexicanismo es quizá el más común como caracterizador del español de México: una fisonomía propia basada en la mayor frecuencia relativa de uso de una construcción. Los casos de menor frecuencia de una construcción en México que en España, como sería el escaso uso del leísmo, bien pudieran también ser considerados mexicanismos de este segundo tipo.

    3) Voces y construcciones formalmente compartidas con el español peninsular, pero que han desarrollado en México valores semánticos propios. Este tercer tipo de mexicanismo atañe fundamentalmente a estructuras que involucran preposiciones y cierto tipo de adverbios temporales y locativos, los cuales con frecuencia muestran en el español de México valores semánticos diferentes de los usuales en el español peninsular, por lo cual exhiben en cada una de esas dos variedades una distribución y selección contextual diferente, y en esta selección diferente reside precisamente su carácter de mexicanismo sintáctico y no léxico. El significado divergente de algunos verbos puede ser considerado también mexicanismo de este tercer tipo. Son mexicanismos de esta clase, por ejemplo, el valor de límite temporal inicial de la preposición hasta sin concurrencia con negación:el doctor llega hasta las tres ‘llega a partir de las tres’, los usos de ciertos cuantificadores temporales adverbiales:siempre no lo voy a hacer‘definitivamente no lo voy a hacer’, cada que lo veo, me dice lo mismo ‘siempre que lo veo’, recién me di cuenta del problema ‘apenas me di cuenta’. La resemantización de ciertos verbos, como coger en la acepción de ‘realizar el coito’, pararse ‘ponerse de pie’, etc., entraría también bajo esta tercera clase de mexicanismo.

    2.2. Mexicanismos léxicos y sintácticos en el siglo XVIII

    Pasemos, ahora sí, a analizar algunos mexicanismos léxicos y sintácticos que surgen como primeras documentaciones o cuya frecuencia de empleo se activa en el siglo XVIII en los corpus analizados. Algunos de los mexicanismos que se manifiestan con especial fuerza en el último siglo del virreinato son: notable incremento de indigenismos léxicos, importantísimo aumento de diminutivos, primera documentación de la resemantización del verbo coger, primera documentación de las pronominalizaciones del tipo eso se los dije, proliferación de pronombres posesivos, incremento significativo de sintagmas posesivos con doble mención del poseedor, su casa de mi prima, y generalización del pretérito simple a expensas del pretérito compuesto. El punto de partida es que el paralelismo cronológico de estos cambios —todos concentrados en el siglo XVIII; algunos pocos en la primera década del XIX— no puede deberse al azar o a mera coincidencia, sino que requiere de una explicación, que creemos que debe ser buscada en la historia social, étnica y económica de México en ese periodo, explicación respaldada y motivada, sin lugar a dudas, por el proceso interno, lento y gradual propio de cualquier cambio lingüístico. Nos detendremos en algunos de ellos en este capítulo; otros serán tratados en el siguiente.

    2.2.1. Cambios en el léxico

    1) Indigenismos léxicos. Es bien sabido que el léxico es el nivel más externo o superficial de la estructura lingüística y que por ello es el nivel más permeable a ser modificado como consecuencia del contacto lingüístico derivado del contacto cultural. Es bien sabido también que el léxico de cualquier lengua constituye un sistema básico de organización conceptual que refleja de manera bastante directa los aspectos culturales que son relevantes para una determinada comunidad lingüística. El léxico del español fue desde luego modificado con la incorporación de voces indígenas, como resultado de la necesidad de nombrar la nueva realidad americana con la que entraron en contacto los primeros españoles arribados a este continente en el siglo XVI, nueva realidad que supuso una profunda reorganización conceptual, la cual quedó plasmada en buena medida en el léxico del español, especialmente en el del español americano.

    Para el español general, la mayor incorporación de vocablos indígenas tuvo lugar, como es lógico, en los momentos de los primeros contactos del español con las lenguas indígenas insulares y mesoamericanas, esto es, en el siglo XVI; voces como huracán, canoa, cacao, caimán, cacique, etc., aparecen ya documentadas en los testimonios literarios y no literarios de ese periodo y continúan en uso hasta el día de hoy en cualquiera de sus dialectos. La integración de indigenismos en el español general decreció en los siglos coloniales subsecuentes, y es prácticamente nula en el español actual. [15]

    Para el español de México, sin embargo, el proceso de incorporación de indigenismos léxicos no parece haber seguido la misma trayectoria diacrónica del español general. Contra lo que hubiera sido esperable, en la documentación colonial novohispana no literaria, el momento de mayor entrada de nuevas voces procedentes de las lenguas indígenas de adstrato es el siglo XVIII y no el XVI, a la vez que son los siglos XVII y XVIII los que reflejan una mayor frecuencia en el empleo recurrente de indigenismos. La gráfica 1 abajo, ápud Reynoso, [16] muestra de manera clara que para el español de México la incorporación de indigenismos fue un proceso gradual y progresivo a lo largo de los tres siglos del virreinato, pero con incrementos notorios de siglo a siglo, especialmente entre el XVI y los dos siglos siguientes, con su mayor auge precisamente en el último siglo novohispano. En el corpus Documentos lingüísticos de la Nueva España (DLNE), base del estudio de Reynoso, la frecuencia de uso de indigenismos en el siglo XVII se incrementa, como se aprecia en la gráfica, a más del doble respecto de la del siglo XVI y se mantiene con una muy elevada frecuencia en el XVIII; y, lo más importante para nuestro análisis, la frecuencia léxica, esto es, la incorporación de nuevas voces indígenas, tiene el mayor número de registros en el siglo XVIII. Los DLNE arrojan un total de 391 indigenismos, con 129 entradas léxicas diferentes, de las cuales 31 corresponden al siglo XVI, 39 al XVII y bastantes más, 59, al XVIII. Cabe señalar que este corpus tiene un universo de palabras similar para cada uno de los tres siglos, unas 100 000 por periodo, de manera que el incremento de indigenismos observable en la gráfica se debe al comportamiento mismo de la lengua y no a posibles diferencias cuantitativas en la estructuración del corpus.

    GRÁFICA 1 . Indigenismos en el español novohispano. Frecuencia en léxico y en uso

     

     

     

    El proceso de adaptación o integración a la lengua española de esos indigenismos es también revelador de que en el siglo XVIII las nuevas voces indígenas ya no eran tan nuevas, sino que estaban perfectamente adaptadas tanto a la vida cotidiana como a la estructura del español. Cuando se comparan las estrategias discursivas empleadas en la adaptación de indigenismos en el siglo XVI y en el XVIII, es posible percatarse de que en el primer periodo junto al indigenismo aparece con frecuencia una explicación o una equivalencia en español, como se muestra en (1a), mientras que en el último siglo del virreinato los indigenismos suelen emplearse solos (1b), sin establecer un paralelismo lingüístico con realidad alguna de la lengua española. Es decir, la paráfrasis explicativa del primer siglo indica que los indigenismos nombraban una realidad nueva y ajena y requerían por ello de un apoyo, a manera de traducción, con los recursos léxicos y gramaticales de la lengua que los tomaba en préstamo; en cambio, para fines de la Colonia esas voces referían ya a entidades conocidas, perfectamente acopladas a la vida cotidiana de aquellos hispanohablantes, y solían, por tanto, emplearse solos. El mecanismo discursivo de apoyo se emplea únicamente cuando la voz indígena aparece mencionada por primera vez en la documentación colonial, en las menciones siguientes aparece ya integrada, sin apoyo discursivo alguno. Reynoso, [17] al analizar las estrategias de adaptación de indoamericanismos léxicos, aporta las siguientes cifras: 25% de las voces indígenas de los DLNE se emplea en el español del siglo XVI con un apoyo discursivo, mientras que solo 11% de los nuevos vocablos, menos de la mitad de la frecuencia del primer siglo, requiere de tales giros explicativos en el XVIII. Sin duda, un caracterizador del dialecto mexicano es el empleo en el léxico cotidiano de palabras de origen indígena no compartidas por el español general, ni por el peninsular ni por los otros dialectos americanos. Una buena parte de esos indigenismos del habla cotidiana actual entraron en el siglo XVIII. Son mexicanismos lingüísticos del tipo 1.

    (1) a. y beven vino de España con mejor voluntad que el pulcreque ellos tienen por vino, que pareçe un poco a çerveza, aunque no es tal DLNE,1525, 1.27) [18]

    vino un señor que se dice el casulçinel mayor despues del grand señor Moteçuma (LHEM, 1529, s.v. caltzoltzin)

    dos barras y maiz y cacaoque son unas almendras que ellos usan por moneda (LHEM, 1555, s.v. cacao)

    b. echandole agua y atole caliente y injuriandola sumamente (LHEM, 1736, s.v. atole)

    le a dado a sus yndios para que se casen siete pesos y medio de derechos, como es costunbre, para vestuario de ambos, que se compone de naguashuepil y paño para la muger, calsones, tilma, coton y sombrero para él (DNLE, 1741, 206.516)

    por haver hallado en nuestra casa una ollita también de tepache (DNC, 1771, 32).

    2) Diminutivos. La proliferación de diminutivos ha sido señalada en un buen número de estudios como un caracterizador dialectal del español de México y se ha llegado incluso a sugerir como causa de este elevado empleo la posible influencia de adstrato de las marcas de reverencialidad del náhuatl y de otras lenguas indígenas mesoamericanas. [19] Frente a tal “abuso”, el español peninsular castellano parece caracterizarse en este punto por la “austeridad” con que emplea las marcas de disminución. Se trataría de un mexicanismo lingüístico del tipo 2.

    En perspectiva diacrónica, la trayectoria del diminutivo vuelve a poner de relieve el último siglo del virreinato como un periodo clave en la conformación de la identidad lingüística mexicana, ya que es el momento del español colonial con la mayor documentación de marcas sufijales dedisminución. Como se observa en la gráfica 2, ápud Reynoso, [20] a lo largo del periodo colonial se produjo un constante incremento en el empleo de diminutivos con notables quiebres cuantitativos de frecuencia de siglo a siglo: el XVII triplica la frecuencia léxica y quintuplica la frecuencia de uso registradas en el siglo previo, a la vez que el siglo XVIII multiplica con creces tanto el uso de diminutivos cuanto la introducción de nuevas voces sufijadas diminutivas. Los DLNE, base del análisis de Reynoso, arrojan un total de 322 diminutivos, con 214 entradas léxicas diferentes, de las cuales 19 corresponden al siglo XVI, 66 al XVII y 129 al XVIII.

    GRÁFICA 2 . Diminutivos en el español novohispano. Frecuencia en léxico y en uso

     

    Los datos procedentes de la literatura popular novohispana del siglo XVIII confirman que, en efecto, el elevado empleo de diminutivos es un identificador del español mexicano desde las etapas de conformación dialectal, y que debía ser explotado ampliamente por la literatura popular de la época. Por ejemplo, uno de los testimonios irónico-eróticos procedente del ramo Inquisición en el Archivo General de la Nación, recogido por Georges Baudot y María Méndez, [21] las Décimas a las prostitutas, que data de 1782, contiene 96 diminutivos en 92 décimas, con un promedio de un diminutivo cada 48 palabras. [22] En (2) puede verse el impresionante concentrado de diminutivos empleado por el autor de estas coplas picarescas.

    (2) La Conguito, con su modito / provoca a todo varón, / que es más chusca que este son, / sí, por cierto, La Conguito. / Por gozar de su estilito, / los moritos se convocan, / hacen mal, si se provocan,/ porque no baila esta hembrita, / tan solo una piececita, / al son baila que le tocan (décima núm. 47).

    Tan interesante como el incremento cuantitativo del último siglo virreinal es la flexibilización cualitativa categorial de la disminución. En este periodo se empiezan a documentar marcas de diminutivo sufijadas a bases léxicas categoriales que son poco comunes de ser disminuidas en otras variedades dialectales hispanohablantes, por ejemplo adverbios de tiempo y de modo, entre otras razones porque, desde un punto de vista estricto de semántica denotativa, el tamaño de la base de esos referentes, el tiempo y el modo, no puede ser objetivamente disminuido. Así, adverbios de tiempo, ahora: ahorita, de modo, presto: prestito, adjetivos y pronombres indefinidos, algo: alguito, tanto: tantito, todo: todito,además de gran cantidad de adjetivos y sustantivos, concretos y abstractos, de los más diversos campos semánticos pueden emplearse con marcas sufijales de disminución en el español de México y son, sin duda, un identificador lingüístico de este país. Un buen número de documentaciones de esas categorías léxicas innovadoras en cuanto a la sufijación diminutiva se registra a fines del virreinato y algunos ya desde el siglo precedente. En (3) se muestran algunos ejemplos de español novohispano con diminutivos de distintas bases categoriales, y puede verse en ellos el elevado número de marcas de disminución que aflora también en la prosa no literaria novohispana.

    (3) Y que les dixo: “¿cómo os tardasteis tanto que yo de prestito me confessé?” (DLNE, 1621, 86.256)

    le dio a ésta unos polbos blancos y un pajarito pintadito, muerto y amarrado con un listonçito, diçiéndola que aquellos polbos le echase al dicho hombre en el chocolate y que el pajarito lo traxese consigo (DNC, 1706, 3)

    Yo no sé quién tendra la culpa. Si fueres tú, me la pagaras todita (DLNE, 1790, 258.611)

    Yo, a que te llegues y a que estes aqui pegadita, y tú, a retirarte, peloncita, ¿ya me ves bien, hijita mia? ¿Le has dado a tu niño [Jesús] muchos abrazos y muchos vesos? [...] lo estrechas entre tus pechos. Y que cuando se retiraba y se ponia a verla, le decia: “vosotras tanprendiditas, que aunque soys mugeres como las otras, no andais como ellas que parecen bacas, como ya os haveis acostumbrado a traerlos [los pechos] ajustaditos y andar ajuntaditas” (DLNE, 1797, 261.628).

    3) Resemantización del verbo coger. Sin duda, un identificador léxico del español mexicano es el desplazamiento semántico del verbo coger, que derivó desde el etimológico colligere ‘reunir con la mano’, ‘juntar’,‘asir’ y ‘comprender’ hacia el sentido sexual de ‘realizar el coito’. Este desplazamiento tuvo lugar también en algunas otras variedades dialectales hispanoamericanas, como es el caso del español rioplatense, pero es totalmente desconocido en el español peninsular, aunque en opinión de Corominas (s.vcoger) “en el sentido sexual coger es ya antiguo y fue corriente aun en España”, [23] si bien no aporta ejemplo castellano alguno; por su parte, el Diccionario de autoridades (s.vcoger), de inicios del XVIII, 1726, no registra la acepción sexual, ni tampoco la recoge Cuervo en su Diccionario de construcción y régimen (s.v. coger). [24]  Parece claro que el cambio semántico tuvo lugar mediante un proceso inferencial de base metonímica, por el cual una acción física realizada con la mano sobre un objeto particular pasa a predicarse de seres humanos en su totalidad. Se trata de un mexicanismo lingüístico del tipo 3.

    Por razones obvias de pudor, es evidente que es dificilísimo, si no es que imposible, tener testimonios de esta acepción innovadora en la lengua escrita. No obstante, en la documentación del español novohispano, y de nueva cuenta en el siglo XVIII, más concretamente en su segunda mitad, pueden encontrarse algunas evidencias indirectas, pero muy claras, de que este verbo tenía ya en la vida cotidiana de fines del virreinato un significado sexual. Por lo tanto, vuelve a surgir el siglo XVIII como un momento clave en la configuración de la actual fisonomía del español mexicano.

    Las tres evidencias aparecen ejemplificadas en (4), (5) y (6). La primera de ellas corresponde a un documento de 1799, a primera vista carente de interés filológico. Sin embargo, como puede apreciarse en (4), la clave para percatarnos de este cambio semántico reside en la repetición y el lugar anómalo de la frase de la mano. En el original, las dos expresiones de la mano aparecen en letra más pequeña, con tinta más tenue que el resto del documento, subrayadas e interlineadas: la primera entre cogió a la declarante, y sobre esta última palabra, la segunda repetición. No es difícil imaginarse la situación: el escribano asentó de corrido el testimonio del joven testigo, pero al releerlo para dárselo a firmar se dio cuenta de que podría malinterpretarse —esto es, cogió a la declarante ‘tuvo relación sexual con ella’, no ‘agarró a la declarante’—, por lo cual, para evitar un grave malentendido, regresa al locus criticus,ciertamente problemático para el testigo, y con la tinta de la pluma un tanto seca ya hace la aclaración pertinente asentando dos veces la expresión de la mano sobrescrita ligeramente por encima de la caja del renglón. Arrepentimiento que constituye una evidencia filológica indirecta, y preciosa, de que ya a fines del siglo XVIII —y muy probablemente dos o tres generaciones antes, dado el carácter conservador de la lengua escrita— el español de México había realizado esta innovación semántica.

    (4) Y que al instante se apeó dicho muchacho del burro y cojiode la manoa la declarantede la mano, diciendole que a ónde estaba el medio que llebaba (DLNE, 1799, 272.657).

    La segunda evidencia indirecta es el empleo frecuente de los verbos tomar (5a) y agarrar (5b) a fines del XVIII e inicios del XIX como sustitutos de coger en contextos sintácticos en los que sin duda la variedad peninsular castellana emplearía este último verbo, sustitución verbal que pone de manifiesto que el uso del verbo coger debía ser ya un tabú lingüístico.

    (5) a. Siempre que se lo permitia la ocasion se tomavan las manos (LHEM, 1798, s.vtomar)

    El Santo Tribunal hacía mal en tomarse los bienes de los reos (LHEM, 1805, s.vtomar)

    b. alcansó a Nieves de los cavellos, asi a la puerta, por lo que agarró Apolinario a Domingo (LHEM, 1813, s.vagarrar).

    La tercera y última evidencia —bastante menos indirecta que las anteriores— procede de la literatura popular picaresca de fines del XVIII. En una décima de 1782, [25] puede entreverse, o ya verse, la nueva acepción sexual. Se trata de un contexto polisémico, en el que el autor juega con el doble sentido que ya debía tener el verbo coger, y donde el desplazamiento de la relación biunívoca entre el significante y el significado hace posible el albur, tan característico de la cultura mexicana.

    (6) ¿qué diré / de mujer de quien me espanto? / [...] / Desde que empezó tal fue, / y hasta la presente lo es, / que he de decir esta vez,/ q ue más hombres la cogieron, / que indios bárbaros murieron / cuando conquistó Cortés (décima núm. 59).

    Hemos visto, por tanto, tres cambios en tres zonas del léxico de la lengua española, los tres, característicos del español mexicano y los tres coinciden cronológicamente en mostrar el siglo XVIII como un periodo clave en el que afloraron algunos de los rasgos idiosincrásicos del español de este país. Pasemos ahora a la sintaxis.

    2.2.2. Cambios en la sintaxis

    4) Pronominalización “anómala” de pronombres objeto en oraciones bitransitivas. La pronominalización ortodoxa del español, por la cual los clíticos de objeto directo y objeto indirecto deben concordar con sus referentes en número y persona —y el directo también en género—, es casi sistemáticamente alterada en el español mexicano cuando se cumplen dos condiciones: ambos pronombres aparecen en secuencia inmediatamente antepuestos o pospuestos al verbo bitransitivo que los rige, y el objeto directo tiene un referente singular mientras que la referencia del objeto indirecto es siempre plural, bien segunda personaustedes, bien tercera persona, ellos-ellas. El cambio, como se ve en (7) con datos del siglo XX, consiste en que el clítico de objeto directo singular exhibe una marca morfológica “anómala” de plural, que corresponde al referente del clítico dativo, el cual, dada su invariabilidad morfológica en se, es incapaz de indicar rasgo léxico o morfológico alguno de su referente. En los ejemplos se señala en cursivas el nominal que debiera controlar la concordancia singular del clítico acusativo.

    (7) Se los conté a mis hermanas y lo creyeron a pies juntillas (Habla culta de la Ciudad de México, 143) [26]

    En estos días que él no va a pasar la charola [...] Qué bien pero los empresarios no necesitaron que se las pasara para llenarla a priori ( El Financiero, junio 2000)

    ¿Dónde está? Dímelo. Te juro que lo mato. —¡No seas ridícula! —Está bien —aceptó muy tranquila. Se los dije, es mentira. ¡También él dijo que tenía veinte años [...]! (CREAGustavo Sáinz, Gazapo). [27]

    Es una innovación sintáctica compartida por todas las variantes del español americano, por lo cual puede otorgársele el estatus dialectal de panamericanismo y en todos esos dialectos constituye ya la pronominalización estándar, mientras que la clitización conservadora se lo-se la se encuentra en franco retroceso: en promedio, 92% de pronominalización innovadora frente a 8% de la conservadora etimológica. [28] Por el contrario, en el español peninsular castellano es prácticamente desconocida esta pronominalización, pero se puede llegar a documentar, aunque muy ocasionalmente. [29]

    Este americanismo sintáctico muestra una cierta profundidad histórica, y para el caso de México el siglo XVIII vuelve a ser el momento clave de la documentación del cambio. Está atestiguado por lo menos desde el siglo XVI: el Corpus Diacrónico del Español (CORDE) de la RAE registra un caso, ejemplificado en (8a); en el siglo XVII es todavía muy esporádico (he podido encontrar un ejemplo (8b), en documentación jurídica procedente de Ecuador), [30] y a partir de fines del siglo XVIII es ya relativamente frecuente documentarlo incluso en la literatura. Para México se encuentran ya testimonios (9) en los periódicos y gacetillas de fines del XVIII e inicios del XIX. Es de notarse que el ejemplo de (9a) corresponde a la Gazeta de México, 1795, publicada durante años, y escrita en buena parte por el cultísimo don José María Alzate, y ello quiere decir que el cambio ya había tomado carta de naturaleza en los registros elevados de la lengua novohispana del último siglo del virreinato, al punto de que el cambio se puede atestiguar también en la literatura de inicios del XIX, como muestra el ejemplo (9c) procedente del Periquillo sarniento. [31]

    (8) a. tenían de meter los nuestros sin ser sentidos en Huacacholla y matar a los de Culúa, entendieron que querían matar a los españoles, o los engañó quien se los dijo [los: lo dicho anteriormente] (CORDE, 1538, López de Gómara, Historia de la conquista de México)

    b. les hazen daño sin que los dueños de los ganados se los hayan satisfecho a los vezinos (Ecuador, 1668)

    (9) a. todos tres enfermos quedaron en mucha debilidad [...]: seis papeles [...] con un grano de tártaro emético mixturado, y esto se los daba por delante en los primeros días (LCM, Gazeta de México, 1795, 57)

    b. ordena que vuestra reverencia proceda a recoger el dicho libro del modo más quieto y prudente [...] Podrá vuestra reverencia examinar por sí y ante sí a las religiosas que lo han visto [...] y hacer que de­claren lo que contiene el dicho libro, quién se los prestó (AGN, 1816, Inquisición 1463, exp. 5, f. 62)

    c. Después entró el cirujano y sus oficiales, y me curaron en un credo; pero con tales estrujones y tan poca caridad que a la verdad ni se los agradecí [el hecho de haber sido curado] (CORDE, 1802, Fer­nández de Lizardi, Periquillo sarniento).

    La motivación del cambio tiene un origen multicausal, como sucede con la mayoría de innovaciones morfosintácticas. El objeto indirecto está codificado en estas oraciones bitransitivas mediante un pronombre invariable se que carece de morfología y es, en consecuencia, totalmente opaco para el número y la persona del referente: se tanto para singular como para plural, tanto para tercera persona como —más tardíamente con la creación del pronombre usted(es)— para segunda de cortesía: se paraél-ellos, para ella-ellas, y para usted-ustedes. Se conoce en la gramática tradicional como se espurio, ya que, como resultado de su evolución, llegó a ser homónimo del pronombre se, etimológicamente reflexivo, procedente del latino se.

    La invariabilidad del clítico dativo se illi(s) creó tanto problemas morfológicos como sintácticos y semánticos. En la morfología, la forma dativo se es el único pronombre átono de tercera persona que no es transparente para el número de su referente; todos los demás clíticos de tercera persona son transparentes en cuanto al número, e incluso el género, del referente; por lo tanto, el pronombre dativo sesufre aislamiento paradigmático. En la sintaxis, la homonimia con el reflexivo se genera una incómoda ambigüedad en la interpretación de ciertas oraciones que contienen la secuencia sintagmática se lo(s)-se la(s); por ejemplo, una oración como Juan se las debe puede tener tanto una lectura reflexiva: Juan se debe [a sí mismounas vacaciones > Juan se las debe, cuanto una lectura bitransitiva:Juan debe unas vacaciones a sus hijas > Juan se las debe. Finalmente, existen también problemas semánticos. La secuencia bitransitiva ortodoxa eso se lo dije a ellos / a ustedes exhibe una situación desequilibrada también desde el punto de vista semántico, situación que podría ser calificada de contradictoria: el participante objeto indirecto, pronombre dativo, ocupa en una jerarquía semántica un estatus mayor que el objeto directo, ya que aquel es prototípicamente humano, individuado y definido, mientras que este refiere, por lo regular, a entidades inanimadas; sin embargo, el participante más importante, dativo, tiene a su disposición menos morfología —de hecho, carece de morfología— que el participante semánticamente menos importante, el objeto directo, pronombre acusativo, que tiene, en cambio, toda la morfología a su servicio. El cambio aquí analizado solucionó en parte este desequilibrio: el hablante codifica la entidad más importante asignándole una marcación morfológica propia, de manera que el dativo abandona su estatus oculto y muestra su prominencia utilizando al acusativo como huésped morfológico. La pronominalización se los, se las se comporta como una forma inanalizable, selos, selas, en la que los hablantes solo reconocen ya una estructura simple con un solo argumento, el objeto indirecto. [32]

    La pronominalización innovadora eso se los dije codifica la pluralidad del objeto indirecto pero codifica también, simultáneamente, el carácter humano de este argumento; es decir, el morfema -s de se los es una marca tanto de pluralidad como de animacidad. Prueba de ello es que cuando el objeto indirecto es inanimado, en el español mexicano no surge la pronominalización innovadora, sino que se prefiere emplear un solo pronombre, el de dativo; en efecto, oraciones como ¿ya les echaste agua a las macetas?, ¿ya les pusiste agua a los coches? tienen, por lo común, como respuesta espontánea sí, ya les eché, ya les puse, y no la secuencia con doble clítico se los eché, se los puse.

    5) Proliferación de pronombres posesivos y duplicaciones posesivas. Uno de los rasgos que de manera más notoria caracteriza la sintaxis del español de México es la abundancia con que se emplean los pronombres posesivos. Pues bien, también este identificador dialectal empieza a manifestarse con una mayor frecuencia a partir del siglo XVIII.

    Una variada gama de construcciones posesivas contribuye a esta configuración de exceso de posesivos. Por una parte, son sintagmas nominales con duplicación de la referencia del poseedor. Están marcados formalmente con un posesivo, pero por tener muy próxima la referencia al poseedor, muchas veces dentro de su misma frase nominal, han debilitado la fuerza anafórica del pronombre posesivo, además de que producen una apariencia de redundancia y sobreespecificación posesiva en la sintaxis del español mexicano, como se ve en los ejemplos de (10), tomados tanto del español novohispano como de la literatura mexicana del XIX y del habla espontánea de mexicanos, la mayoría cultos, del siglo XXI. Pueden ser bien duplicaciones posesivas con mención del poseedor en una frase prepositiva adnominal pospuesta (10a), bien duplicaciones en un sintagma posesivo que contiene la segunda mención del poseedor en unaoración adjetiva relativa especificativa (10b), [33] o bien, con cierto tipo de verbos, fundamentalmente psicológicos, la mención del poseedor aparece inmediatamente antes en forma de un argumento clítico dativo, en el papel semántico de experimentante o receptor, y reaparece en el pronombre posesivo introductor del sustantivo poseído, como en (10c). Las construcciones de (10a) y (10b) serían mexicanismos del tipo 1; las de (10c), del tipo 2.

    (10) a. una llerba que en la bolsa traía buena para sanar de sus picadas de ormigas (DNC, 1705, 1)

    y que le iba a dar un bocadito y la halló muerta; que luego le abisa­ron a Victoriano Hernandes, su hijo de la difunta (DNC, 1781, 44)

    Es que yo creo que en esa escena entiendes su importancia de las imágenes anteriores [34]

    b. que el motivo de no irse a dormir a la casa de su hermano es por sus trastes que tiene en la pulquería (DNC, 1789, 62)

    que primero me quite Dios la vida, que consentir en que se empañe el honor de mi apellido que me legaron mis padres, y lo trans­mitiré aunque pese al mundo entero (Luis G. Inclán, Astucia, 202-203) [35]

    pobre guaje, con una sopita de su propio chocolate que le he dado, se va a quedar a la luna de Valencia (Luis G. Inclán, Astu­cia, 294)

    c. la havía atajado en el camino, y haziéndole fuerza con un quchillo en la mano, le havía quitado su virginidad (DNC, 1775, 34)

    ¡Cómo me duelen mis piecitos!, me caminé todo el Centro

    Estoy muy contento, le dieron su mención honorífica

    Vamos a ponerle su salsita.

    Otra manifestación de este cambio global es el mucho mayor empleo de los pronombres posesivos en general, como se aprecia en (11), no necesariamente en construcciones duplicadas o sobreespecificadas, tanto con poseedores humanos como no humanos. Suelen en el español de México aparecer presentadas con posesivo entidades que difícilmente se marcan con posesivo en el español de otras variedades, por ejemplo, en el peninsular, y en esos casos el pronombre posesivo parece ser innecesario, bien porque es obvia la relación posesiva, como sucede con la edad (11a) fórmula que, por cierto, es la usual en los obituarios novohispanos del XVIII—, bien porque se trata de entidades difícilmente poseíbles, como el tiempo (11b), bien porque en realidad las dos entidades no contraen una relación de dependencia posesiva, como en (11c), ya que los granitos de sal no pertenecen propiamente a las migasni la rebanada pertenece todavía al potencial comprador. La abundancia de pronombres posesivos en el español mexicano es tal que, en ocasiones, puede llegar a afectar el anclaje anafórico usual del español de distancia deíctica mínima entre poseedor y poseído, como se ve en el ejemplo de (11d) de inicios del siglo XVIII, ya que en él es el sustantivo locativo ciudad el que controla el anclaje del posesivo y no el más cercano muger. Son mexicanismos del tipo 2.

    (11) a. El 27 falleció a los 63 años de su edad la señora doña María Anna Gómez de Cervantes (LCM, Gazeta de México, 1734, 14)

    b. D. Juan Fernández de Oraz y D. Manuel Rodríguez Pedrozo, quienes, arreglándose a las órdenes de S. Exc. Ilma., saldrán a su tiempo de esta capital para el pueblo de Xalapa (LCM, Gazeta de México, 1736, 17)

    c. Quando comienzen a dar señales de madurez [las viruelas], se pue­de ir dando al enfermo un poco demigas de pan bien cocidas y con sus granitos de sal (DNC, 1779, 40)

    ¿Cómo quiere su rebanada, gruesa o delgada?

    d. Es indecible el concurso, que el día 30 inundó las anchurosas calles acostumbradas de esta ciudad,para veer a una muger, que se ajusti­ció en su plaza principal (LCM, Gazeta de México, 1728, 7).

    La generalización de posesiones de naturaleza léxica abstracta y débil de (11) junto con la sobreespecificación y proximidad sintagmática del poseedor, vistas en los ejemplos de (10), produjeron en el español mexicano —y también en el de otras variedades hispanoamericanas— un claro debilitamiento anafórico del pronombre posesivo que lo aproximó funcionalmente a un artículo, con un valor más gramatical, y menos semántico, de simple actualizador. [36] Aunque todas las construcciones ejemplificadas en (10) y (11) son arrastres del español medieval, varias de ellas, como veremos en el siguiente capítulo, realizaron una recategorización semántica importante respecto de su valor medieval, por lo cual, más que una retención, creemos que deben ser consideradas una innovación. [37]

    El momento clave del cambio, esto es, el inicio de su mayor difusión, es, de nueva cuenta, el siglo XVIII, con un aumento sostenido en el siglo XIX y otro incremento importante en el siglo XX; todas las estructuras posesivas continúan con elevada productividad hasta la fecha. El último siglo del virreinato vuelve a surgir, por tanto, como un periodo clave en la configuración de la identidad lingüística de nuestro país. Los datos proporcionados por Huerta [38] sobre la diacronía del posesivo en México y España (véase cuadro 1 abajo), sobre un corpus cuantitativamente similar en ambos dialectos, son más que elocuentes de que la multiplicación de marcas de posesión es, en efecto, un identificador dialectal del español mexicano. Se puede observar que la variedad mexicana (datos del Altiplano central) emplea mucho más el posesivo que el español peninsular castellano en todos los periodos, al punto de que en los siglos XIX y XX aquella dobla ampliamente a este. Sin duda, el mayor uso de pronombres posesivos provocó que estos se extendieran en el dialecto mexicano a todo tipo de poseídos, incluidos los abstractos, y coadyuvó a la abundancia de frases nominales posesivas duplicadas y sobreespecificadas en el habla cotidiana del español de México. [39]

    Cuadro 1. Diacronía de los posesivos en México y España

     

    Español mexicano                                                                       Español peninsular

    XVIII                              55% (423/766)                                                                            45% (343/766)

    XIX                                66% (501/759)                                                                            34% (258/759)

    XX                                 68% (670/992)                                                                            32% (322/992)

     

    6) Mayor empleo del pretérito simple y retraimiento del pretérito perfecto. El español de México difiere cuantitativa y cualitativamente del español peninsular castellano en el empleo y valores que asigna al pretérito perfecto simple y al pretérito perfecto compuesto o antepresente; es un identificador lingüístico compartido con todos los dialectos hispanoamericanos, con excepción posiblemente del español de Bolivia, que hace un uso mayoritario del pretérito perfecto compuesto, tanto para valores temporales próximos al presente como distantes de él. [40] Se trata de un mexicanismo sintáctico del tipo 2.

    Desde un ángulo cuantitativo, España emplea mucho más el pretérito perfecto compuesto y mucho menos el pretérito simple; son significativos los datos de Otálora para el siglo XX: [41] 2160 pretéritos compuestos frente a 1 056 pretéritos simples (67% frente a 33%), respectivamente, mientras que el español mexicano hace un uso abrumadoramente mayor del pretérito simple y, a manera de contrapeso, hace un escaso empleo del compuesto: 404 pretéritos compuestos frente a 1871 pretéritos simples (18% frente a 82%), respectivamente, acorde con los datos de Moreno de Alba. [42]

    Cualitativamente, el empleo del antepresente en el español de México es de tipo esencialmente pragmático y aspectualmente imperfectivo, y la diferencia con el pretérito simple no es temporal sino aspectual-pragmática: se emplea un pretérito perfecto compuesto cuando desde la perspectiva del hablante siguen teniendo relevancia presente, o aun futura, los hechos significados por la forma verbal. Así, un mismo evento pasado será codificado con un pretérito simple si el hablante mexicano considera que es un hecho concluido (12a) y (13a), o será codificado con un pretérito perfecto compuesto (12b) y (13b) si, desde la perspectiva y valoración del hablante, el fenómeno o sus consecuencias siguen vigentes, o tiene relevancia en el presente o se puede repetir en el presente o en un futuro. [43] Volveremos sobre este punto en el siguiente capítulo.

    (12) a. Este año llovió mucho [se espera que no siga lloviendo, ya no hay lluvias]

    b. Este año ha llovido mucho [se espera que sigan las lluvias]

    (13) a. No se casó [ni se casará, no importa la edad, puede ser joven]

    b. No se ha casado [posiblemente todavía se case, no importa la edad, puede tratarse de una persona mayor].

    Diacrónicamente, no parece constituir el siglo XVIII un microquiebre estructural importante para esta zona de la gramática, sino que más bien se observa a partir del siglo XVI novohispano, acorde con los datos proporcionados por Moreno de Alba, [44] que toman como base los DLNE, un crecimiento sostenido de pretéritos simples a expensas del pretérito perfecto compuesto y de otros tiempos para señalar acciones o estados relacionados con el presente, incluso inmediatez al presente: ¡ya acabé!, ¡ya estuvo!, para mañana ya acabé, y en el siglo XIX queda más o menos fijado el sistema de oposiciones del español mexicano actual.

    7) Otros identificadores dialectales. Existen otros caracterizadores dialectales morfosintácticos que contribuyeron a distanciar el dialecto mexicano del peninsular originario, pero de los que, al momento presente, carecemos de estudios que nos informen de su trayectoria diacrónica. Es, sin duda, una importante tarea pendiente en la historia del español en México.

    Algunos de ellos son: la pérdida de todas las formas integrantes del paradigma pronominal-adjetivo devosotros y, en consecuencia, la pérdida de la morfología verbal de segunda persona de plural, cantáis, decís, paralelas ambas a la generalización de ustedes como única forma de tratamiento para referir a los interlocutores en plural; el empleo más frecuente de usted como forma de tratamiento respetuosa; el notable alargamiento discursivo y mayor complejidad estructural de las construcciones empleadas para la interacción pragmática con el interlocutor, por ejemplo la disminución del modo imperativo a expensas del paralelo incremento de oraciones que son gramaticalmente interrogativas pero pragmáticamente exhortativas, como se aprecia en (14a), cuyos correspondientes en el español peninsular castellano serían oraciones exhortativas, casi siempre averbales, y que contendrían únicamente el referente sustantivo y la fórmula de cortesía por favor: un poco de salsa, por favor; un vaso de agua, por favor; [45] el frecuentísimo empleo, ya desde el español colonial, de pronombres dativos en posiciones no argumentales, dativos éticos, o de débil argumentalidad, con una rica gama de significados pragmáticos, como se ejemplifica en (14b), los cuales debieron coadyuvar a la creación del dativo intensivo mexicanoándale, híjole; la preferencia por codificar el agente responsable de una acción no como un sujeto, perdí las llaves, sino como un oblicuo en forma de dativo (14c), o incluso con la desaparición total del posible agente, es decir sin pronombre átono dativo alguno en la oración (14d).

    (14) a. ¿Lo podría molestar con un poco de salsa, por favor?

    Disculpe ¿no sería tan amable de regalarme un vaso de agua?

    Si no fuera mucha molestia ¿me podría prestar un cuchillo?

    Señor, ¿lo molesto si me regala un poco más de café?

    b. Que esta dicha Tereza jure y declare con todo rigor [...], conpeliendo­mela a que me dejen perfecto (DLNE, 1748, 231.565)

    Se arrojó a mi casa dando vozes y golpeandome las puertas (DLNE, 1806, 298.696)

    Me guarde la ymportante vida de v. m. (DNC, 1791, 69)

    Me sacó diez la niña

    c. Se me perdieron los lentes

    d. Señora, se rompió el jarrón.

    El concentrado de aumentos de frecuencia de uso y primeras documentaciones de cambios que tuvieron lugar en el siglo XVIII novohispano, vistos en este capítulo, son indicadores de que el último siglo virreinal fue un momento clave, un verdadero parteaguas en el desarrollo de las variantes lingüísticas mexicanas. Dado el carácter conservador de la lengua escrita, incluso de la no literaria, la documentación del cambio no debe interpretarse como el inicio del fenómeno, sino más bien como que en los registros menos conservadores de la lengua ese fenómeno estaba ya muy difundido y generalizado. Por ello, habrá que suponer que una buena parte de esos identificadores lingüísticos comenzó a ser empleado en la lengua oral tres o cuatro generaciones antes de las fechas de documentación. Es decir, las últimas décadas del siglo XVII y las primeras del XVIII son, a mi entender, el momento central en que la idiosincrasia lingüística de México tomó carta de naturaleza en la vida cotidiana de los hombres y mujeres comunes novohispanos.

    3. LA SEMÁNTICA DE LOS CARACTERIZADORES LINGÜÍSTICOS DE MÉXICO

    Dado que una buena parte de los identificadores dialectales mexicanos analizados en el capítulo anterior es compartida con el español peninsular castellano, puesto que se trata de diferencias en la frecuencia relativa de uso de las formas y construcciones y no tanto presencia o ausencia de tales construcciones, las preguntas obligadas ahora son: ¿en qué radica la diferencia?, ¿en qué consiste esa mexicanidad lingüística? Intentar contestar esas interrogantes, aunque sea muy parcialmente, es el objetivo de este capítulo.

    El punto de partida es que la semántica es un nivel esencial de la codificación sintáctica y la sintaxis es no solo el resultado de la operatividad de reglas automáticas, sino que es en gran parte resultado de elegir o poner de relieve ciertos rasgos semánticos y pragmáticos contra otros. En esta capacidad de elección, ya sea de seleccionar un rasgo semántico contra otro, ya sea de optar por una estrategia gramatical contra otra, reside la esencia misma de la variación lingüística, sincrónica y diacrónica, y en esa libertad de elección reside también la creatividad de la sintaxis.

    La semántica de cualquier lengua puede ser definida como el conjunto de rasgos denotativos y connotativos que le permiten a un hablante identificar y valorar una entidad dada, es decir, hablar de ella, y a un oyente comprenderla. Los rasgos semánticos denotativos identifican o ubican una entidad, un referente, en un eje espacio-temporal dado, y constituyen la semántica referencial de una lengua; los rasgos semánticos connotativos aportan valoraciones sobre ese referente y constituyen, por tanto, susemántica pragmática relacional. En resumen, la semántica es un nivel de lengua complejo integrado por, al menos, dos subconjuntos: semántica referencial + semántica pragmático-relacional. [46] En un sentido lato, podría decirse que la primera es más objetiva o externa al hablante, en cuanto que describe a la entidad per se, mientras que la segunda es más subjetiva o interna, en cuanto que atiende a la valoración que el hablante hace de ella.

    Los datos del corpus indican que, aunque el español de España y el español de México comparten en lo esencial una misma sintaxis, se ha producido entre ellos una escisión dialectal sintáctica debido, en gran parte, a la selección de diferentes rasgos semánticos para codificar una misma área nocional funcional; esto es, cada uno de estos dialectos comunica una “misma” situación desde diferentes perspectivas semánticas, cristalizándose dos distintas sintaxis, y ello hace que se constituyan en dialectos diferentes. El español de España y el español de México gramaticalizaron varias zonas de sus respectivos sistemas siguiendo dos pautas distintas de hacerlo, las cuales obedecen a una distinta selección o codificación formal de un mismo sistema semántico: los rasgos semánticos externos o referenciales el primer dialecto; los rasgos internos, relacionales o valorativos el segundo.

    El español peninsular castellano, como veremos enseguida, gramaticaliza más las características referenciales de las entidades en juego, esto es, las propiedades semánticas observables de las entidades, mientras que el español de México gramaticaliza las valoraciones que el hablante realiza sobre esas entidades y las relaciones que esas entidades contraen dentro del discurso. Esto es, el español de España parece haber seguido una dinámica semántica de tipo referencial; el español de México, en cambio, siguió una dinámica semántica de tipo pragmático-relacional. En líneas generales, el español de España muestra en varias y distintas zonas de su gramática una codificación motivada por los rasgos léxicos referenciales de las entidades involucradas, tales como el género, el número, el tamaño, la animacidad, el tiempo, y en general rasgos que o bien permiten una identificación clara, no ambigua, del referente, o bien ubican el momento de realización de la predicación. Por el contrario, la sintaxis del español de México en esas mismas áreas refleja una codificación motivada por factores que atañen a la capacidad relacional de esas entidades, tales como, entre otros, la dinamicidad de las entidades en su relación con el verbo, su grado de afectación a consecuencia de la transitividad del verbo, su grado de proximidad al dominio de otra entidad, el carácter aspectual télico o atélico del verbo y de la predicación, y desde luego también la relevancia pragmática y cultural que el hablante otorga a esa entidad en un contexto dado o la relevancia y actualidad de la situación comunicada en cuestión.

    La suma de las dos clases de rasgos semánticos, referenciales y pragmático-relacionales, crea un conjunto semántico cohesionado que caracteriza a una entidad dada en su uso sintáctico, pero la sintaxis del español peninsular enfatiza un subconjunto de esos rasgos y debilita u opaca el otro subconjunto semántico, mientras que la sintaxis del español de México pone de relieve el otro subconjunto, opacando o debilitando el que se enfatiza en el dialecto peninsular. Ambos dialectos operan con el mismo espacio semántico, el del español general, pero cada uno de esos dos dialectos resalta un subconjunto semántico distinto y construye su gramática guiado por una distinta selección semántica. Esta diferente puesta en relieve queda reflejada, como veremos, en una diferente frecuencia de uso de las formas o construcciones en los dos dialectos estudiados. En el esquema 1 puede verse representada la distinta selección de rasgos semánticos para actualizar estas dos gramáticas distintas.

    Esquema 1. Estrategias semánticas del español de México y del español de España

     

    3.1. La semántica de cuatro mexicanismos 

    Para intentar comprobar el planteamiento que acabamos de exponer, analizaré cuatro caracterizadores dialectales del español mexicano, tres de ellos vistos en el capítulo anterior, en los dos dialectos, español del Altiplano central de México y español peninsular castellano, en una comparación estricta, cuantitativa y cualitativamente, y en corpus comparables. Dos son estructuras nominales y dos corresponden a la frase verbal.

    3.1.1. Las duplicaciones posesivas

    Las construcciones posesivas del tipo su mujer de Juan, su novio de mi prima tienen dos valores en todas las épocas y textos del español en las variedades que documentan esta construcción:

    a ) Duplicación referencial o desambiguadora. En un contexto próximo hay dos entidades nominales capaces de funcionar como el poseedor de la entidad poseída, tal como se aprecia en los ejemplos de (15); la presencia de una duplicación posesiva está motivada por una necesidad de desambiguar entre los dos posibles poseedores. Dos factores motivan esta desambiguación; por una parte, la falta de transparencia del pronombre su(s) en cuanto a rasgos del poseedor, ya que su(s) es invariable y totalmente opaco en su referencia al poseedor —tanto de él, como de ella, de ellos de ellas, de usted ode ustedes—, y, por otra, el hecho de que la referencia posesiva, debido a esa opacidad, se rige por un principio de deixis de distancia mínima, y se ancla en español en el constituyente más próximo a su(s),anafórico o catafórico, capaz de operar como poseedor.

    (15) a. Nunca te oí dezir mejor cosa. Mucha sospecha me pone el presto conceder de aquella señora y venir tan aína en todo su querer de Celestina (La Celestina, 11.192) [47]

    b. Pero que él tenía en su tierra del dicho Cacamazin muchas per­sonas principales que vivían con él y les daba su salario (Cortés, Cartas, 1.68). [48]

    c. Nuestro Señor, que lo ordenó ansí, debía ver ser mijor. Puestas todas las cosas en sus manos, sus deseos de vuestras mercedes y los mios, pues, todos van guiados para gloria suya (Santa Teresa,Escri­tos, Cartas, 6.6b). [49]

    d. aora no lo ago porque no sé si se dilatará v. y sean los gastos de val­de, y más quando se an aunado con Vernardo, pues ya también dise no bengan a su casa de v. md. por nada (DNC, 1781, 47)

    e. Me pasaron a la sala; ahí estaban las dos hermanas, me parece que su papá de él, [...] no, su papá, no; las dos hermanas y esa Lo­lita que fue mi madrina (Habla culta de la Ciudad de México, 7).

    Las duplicaciones posesivas de (15) tienen la función de desambiguar quién es el poseedor de la entidad poseída; en efecto, si en esos ejemplos no se especifica el poseedor en su mismo sintagma nominal, se interpretaría, acorde con el principio de anclaje referencial de distancia mínima, que la entidad poseída por el clítico su(s) pertenecería a otro poseedor, los nominales resaltados en cursivas:aquella señora y no Celestina en (15a), él y no Cacamazin en (15b), Nuestro Señor y no vuestras mercedes en (15c), Vernardo y no v. md. en (15d) y las dos hermanas y no él en (15e).

    Se trata de una duplicación no redundante, sino justificada por el contexto, motivada por un conflicto en el discurso entre posibles poseedores. En todos los ejemplos de (15), la presencia pospuesta del poseedor tras la entidad poseída está justificada, por lo tanto, por la necesidad de aclarar la referencia del poseedor. Por ello, el parámetro que hemos denominado referencial o externo guía la aparición de este primer tipo de duplicaciones posesivas.

    b ) Duplicación no referencial o no desambiguadora. Este tipo de duplicación no está guiado por un parámetro referencial, ya que su uso no está motivado por la necesidad de desambiguar la referencia del poseedor. Aparece en esta segunda clase un sintagma posesivo duplicado no obstante que no existen cerca en el discurso otros posibles poseedores de la entidad poseída. Puede verse en los ejemplos de (16) que se emplea un poseedor pospuesto aun cuando no existe duda alguna de quién es el poseedor, ya que ha sido nombrado varias veces antes, como en (16a); y en muchos ejemplos de esta segunda clase de duplicación la frase nominal posesiva duplicada ocupa una posición inicial absoluta o casi absoluta (16b), funcionando el poseedor como la entidad tópico de la que se viene hablando o escribiendo líneas atrás.

    (16) a. ¿Quieres tú hacer creer a éstos lo que los padres predican e dizen? ¡Engañado andas! Que eso que los frayles hazen es su oficio dellos hazer eso (AGN, 1539, Inquisición, f. 436)

    Realmente sí, hoy la maternidad es un problema para las mujeres, la maternidad entra en conflicto con sus responsabilidades de las mujeres en este nuevo rol social que les toca ejercer

    b. Su padre de un mi amante, que me tenía tan honrada, vino a Marsella, donde me tenía para enviarme a Barcelona, y por mis duelos grandes vino el padre primero (La lozana andaluza, 8.200). [50]

    Sus papás de Maru viven ahora en Chapultepec.

    Las dos clases de duplicación tienen, como vemos, una misma manifestación formal pero su funcionamiento discursivo obedece a razones distintas: en un caso depende de la opacidad referencial desu(s) en cuanto a rasgos del poseedor; en el otro, la ambigüedad referencial no cuenta para que aparezca una duplicación posesiva.

    Lo relevante para sostener que el español de México opera sobre un parámetro semántico más relacional que el español peninsular, el que arribó a México en el siglo XVI, es que el dialecto mexicano ha realizado un cambio importante en la motivación del empleo de una duplicación posesiva, a saber, ha disminuido las duplicaciones que desambiguan la referencia del poseedor y ha incrementado notablemente el empleo de estas expresiones posesivas con fines no desambiguadores. En el cuadro 2, abajo, se comparan las frecuencias de duplicación posesiva en tres periodos del español, siglos XV-XVI, tanto textos escritos desde España como desde la Nueva España, XVIII novohispano y XX mexicano; puede verse que las frecuencias de duplicaciones desambiguadoras y no desambiguadoras han ido progresivamente invirtiéndose, al punto de que el español mexicano actual es una imagen de espejo respecto del que arribó a la Nueva España a inicios del XVI, ya que se aprecia un incremento sostenido hacia valores de tipo pragmático. En los siglos XV-XVI hay un 65% de duplicaciones posesivas motivadas por un conflicto de posibles poseedores en el contexto próximo, pero en el español del XX solo tenemos 22% de duplicaciones motivadas con ese mismo propósito de desambiguar la referencia del poseedor, con el siglo XVIII como un puente hacia el nuevo valor innovador de la duplicación. Es decir, la necesidad de aclarar los rasgos referenciales del poseedor sigue siendo una causa para la aparición de una duplicación posesiva en el español mexicano actual, como lo era en el temprano español novohispano, pero está ya sumamente debilitada. En otras palabras, el dialecto mexicano actual emplea una duplicación con fines comunicativos distintos de la desambiguación referencial. [51]

    Cuadro 2. Diacronía de la duplicación posesiva en el español de México: referencial-desambiguadorafrente a no referencial-no desambiguadora

    Referencial                                                         No referencial

        XV-XVI                                          65% (103/158)                                                      35% (55/158)

        XVIII                                              42% (32/76)                                                          58% (44/76)

        XX                                                 22% (38/169)                                                        78% (131/169)

     

    El cuadro 2 indica que el español de México realizó un cambio semántico en el valor de las duplicaciones posesivas, que evolucionaron hacia un valor menos externo, menos referencial y más pragmático-relacional. El español del siglo XVI cargaba el peso de la duplicación en la opacidad referencial del pronombre posesivo, y el español mexicano actual, como se ve en el promedio del siglo XX en el cuadro 2, arriba, no depende de esa opacidad para posponer un poseedor tras su entidad poseída.

    ¿Cuál es ese nuevo valor de la duplicación posesiva en el español de México? Un hablante mexicano emplea una duplicación posesiva cuando entre poseído y poseedor se establece desde la perspectiva valorativa del hablante una relación intrínseca o inherente de tipo inalienable. Con estas frases posesivas el hablante indica que el poseedor es una entidad relevante, importante dentro de un determinado discurso, suele ser el tópico de la conversación, indica también que el poseído se encuentra muy cercano al dominio del poseedor, que constituye una parte importante de él y que los dos miembros de la relación posesiva contraen una relación de inherencia y de proximidad conceptual, como se observa en los ejemplos de (17), donde los sustantivos poseídos caja ‘ataúd’, vida estado de ánimo constituyen conceptos inalienables para los respectivos poseedores. Cuanto más prominente sea el poseedor dentro de la situación comunicativa y más estrecha e indispensable la relación y proximidad conceptual entre poseído y poseedor, más probabilidades habrá de que se emplee una construcción posesiva duplicada en el español actual de México. Es decir, el empleo de una duplicación está motivada en este dialecto por la semántica relacional de poseído y poseedor y por la valoración que el hablante hace de esa relación, y no por la necesidad de desambiguar textual o discursivamente la referencia del poseedor, tal como ocurría en el español llegado a México en el siglo XVI.

    (17) Ayúdenos, porque nos falta dinero para su caja [ataúd] de mi mamá que se acaba de morir aquí en Zaragoza [hospital de Zara­goza]

    Se la pasa toda su vida ahí, en la misma empresa haciendo dibu­jos, pintando, haciendo proyectos, formando programas. Ésa es su vida de Ramón. Tiene hermanas casadas, pero él no se ha casado (Habla culta de la Ciudad de México, 29)

    Definitivamente sí; el ciclo hormonal influye en su estado de áni­mo de la mujer; en cambio el hombre no es tan dependiente de las hormonas.

    El nuevo significado adquirido por las duplicaciones posesivas en el español de México supone un tipo de gramaticalización conocida como subjetivización, [52] o modalidad en la gramática tradicional, ya que son las valoraciones del hablante las que cuentan para la codificación sintáctica y no tanto el significado léxico de las entidades involucradas en la relación posesiva ni el conflicto entre posibles poseedores. El cambio supuso también un desplazamiento del foco de atención en cuanto al protagonista del discurso: del oyente o lector (duplicación referencial desambiguadora) hacia el hablante (duplicación no referencial). Responde este cambio a la tendencia señalada en lingüística histórica de que los cambios semánticos se deslizan con el transcurso del tiempo hacia motivaciones más internas o más pragmáticas. [53] El cambio semántico aparece sintetizado en el esquema 2,

    Esquema 2. Diacronía semántica de la duplicación posesiva

    La abundancia general de marcas de posesión (ejemplos 10c y 11), vista en el capítulo anterior, es también consecuencia, según creo, de esa semántica relacional y no referencial preferida por el español de México para algunas zonas de su gramática. No interesa vincular un referente con otro ni establecer el dominio real del poseedor respecto de su poseído; lo que interesa es integrar o vincular solidariamente al oyente en la escena comunicativa.

    3.1.2. Los diminutivos

    Desde la lengua madre latina, el diminutivo es una forma altamente polisémica que puede expresar tanto un valor referencial: la disminución del tamaño de la base (18), cuanto significados pragmáticos valorativos de distinta índole, tales como la proximidad afectiva, la ironía, el respeto, la humildad, el desprecio o la conmiseración (19). Esos dos significados han convivido por siglos bajo un mismo exponente formal a lo largo de toda la historia del español. [54] Puede verse en los ejemplos de (18) que en la disminución referencial suele aparecer en el contexto una referencia de algún tipo a la entidad base con respecto a la cual opera la disminución (piedra, mostrador diminuto)mientras que los diminutivos pragmático- relacionales carecen de este que podríamos llamar anclaje textual y el único punto de referencia es el propio hablante, que proyecta con un diminutivo su actitud hacia lo comunicado.

    (18) Sin embargo, la droga siempre les es insuficiente, pues una piedra [una dosis] se consume en una fumada y, entonces, comenzarán a buscarse en las bolsas del pantalón, la camisa, en el suelo. Todos en busca de residuos [...] dirigen la vista a las bolsas, a algún lugar donde pudieron haber guardado aunque sea una piedrita. Se incli- nan para ver si encuentran un punto blanco en el piso que pudiera ser fumable (E l Financiero, septiembre de 2001)

    Se abrió la puerta y entramos. Aquello no era un bar propiamente dicho, había una especie de vestibulito, un mostrador diminuto, como en algunos restaurantes chinos (Madrid, Grandes, Las edades de Lulú, 99) [55]

    (19) siempre que mencionaba en el confesionario alguna parte de la declarante era con diminutivos, comotu boquita, tus manitas LHEM, 1797, s.v. boca)

    Estimada Marta: devuelvo los platitos con un bocadito de pesca- do para que v. md. le guste (LEHM,1805, s.vbocado)

    Comencé a invocar a la virgen de Guadalupe. Ay, qué más te da —le decía— ayúdanos a meter un gol. A ti no te cuesta nada, y para nosotros en estos momentos es importantísimo. Mira, cuando Bernal esté muycerquita de la portería como que distraes al portero italiano. Ay, de favorcito haz como que le hablas y verás que en estos momentos, la pelotita entra y ¡listo! [...] ¡Gooool! [...] ¡Milagro, milagro!, comencé a gritar como loquita en tanto que daba de brincos (México, Loaeza, Obsesiones, 38) [56]

    El caso es que Susana se ha vuelto muy formalita de un tiempo a esta parte, era la más guarra del curso (Madrid, Grandes, Las edades de Lulú, 148).

    Al igual que ocurría en el área nominal examinada en el apartado anterior, de nuevo aquí el español de México suele emplear el diminutivo no por razones de semántica referencial externa, esto es, no suele usarse el diminutivo para indicar el menor tamaño de la entidad base, sino para significar diversas valoraciones de tipo pragmático que el hablante proyecta sobre esas entidades en una determinada situación comunicativa, y, por el contrario, en el español castellano no predominan los significados pragmáticos en el empleo de un diminutivo, ya que en esta variedad, como veremos, el valor referencial de disminución del tamaño del referente compite, y predomina ligeramente, con los valores no referenciales o pragmáticos. Esta zona gramatical indica que cada dialecto realiza elecciones semánticas distintas, que cristalizan en variación gramatical; las dos diferentes elecciones semánticas no parecen estar contrapuestas, sino que más bien uno de los dialectos: el castellano parece ser no marcado, o solo lo es ligeramente, en cuanto a la elección de alguno de los subconjuntos semánticos, y opera con los dos parámetros, referencial y pragmático-relacional, mientras que el otro dialecto, el mexicano, está claramente marcado para operar sobre un parámetro relacional. Esto es, mientras que el español mexicano parece estar polarizado para una semántica relacional, el español peninsular castellano parece ser indiferente a un tipo específico de elección, y valores referenciales y relacionales se complementan para construir ese espacio gramatical en este dialecto.

    El cuadro 3, ápud Reynoso, [57] muestra el empleo de diminutivos en estas dos variedades dialectales en su uso actual en lengua escrita, en un amplio corpus de lengua narrativa, oral y escrita.

     

    Valor referencial tamaño                                              Valor relacional pragmático

        Español peninsular                   58% (338/586)                                                               42% (248/586)

        Español mexicano                    28% (397/1434)                                                              72% (1037/1434)

     

    Puede verse en el cuadro 3 que los dos valores que venimos analizando como estructuradores de un mismo espacio categorial están activos en ambos dialectos; sin embargo, las diferentes frecuencias relativas de uso de un subconjunto semántico con respecto al otro indican que existen diferentes motivaciones semánticas para que aflore un diminutivo, distinta motivación que genera de nueva cuenta una escisión dialectal en la gramática: el español de México casi no emplea marcas de disminución para significar el menor tamaño de una entidad, es decir, casi no opera el parámetro referencial o externo (solo un 28%), sino que es una motivación semántica de tipo pragmático valorativo la que motiva de manera mayoritaria la aparición de un diminutivo en esta variedad dialectal (72%). Por el contrario, en el español peninsular las frecuencias de uso están bastante más equilibradas, y se emplean diminutivos tanto para significar valores referenciales de disminución (58%) cuanto valores pragmáticos relacionales (42%), si bien el parámetro referencial o absoluto juega un papel mucho más importante en el dialecto castellano, al igual que sucedía en la otra área gramatical examinada. Y, en efecto, en México lagordita siempre será referida en diminutivo, así pese muchísimos kilos; el muerto es por respeto elmuertito; o se dirá por ahí tengo un terrenito, aun cuando este mida varias hectáreas; o tenemos una dudita, cuando en realidad no se trata de una verdadera pregunta sino de solicitar una aclaración al interlocutor.

    Es de notarse también que, desde un punto de vista cuantitativo, el español de México casi dobla al español castellano en usos no referenciales del diminutivo (72% frente a 42%). Se observa además en el cuadro 3 que en términos absolutos hay diferencias cuantitativas importantes entre el español de México y el español de España, ya que el primero emplea bastantes más diminutivos que el segundo, algo más del doble de usos en el dialecto mexicano (1434 frente a 586) —el análisis está basado en corpus cuantitativamente similares—, lo cual respalda la caracterización tradicional, comentada en el capítulo precedente, de que este dialecto hace un empleo mucho mayor, “abusa” de las marcas de disminución.

    Un lugar común de la bibliografía especializada sobre diminutivos, comentado en el capítulo anterior, es que el abundante empleo de diminutivos en el español de México se debe a un fenómeno de contacto cultural y contacto de lenguas; en concreto, a la influencia de adstrato de la lengua náhuatl y otras lenguas mesoamericanas que hacen uso de marcas de reverencialidad, las cuales suelen ser traducidas al español por los propios hablantes indígenas como diminutivos. Sin embargo, el cuadro 4, ápud Reynoso, indica que este cambio del español de México parece deberse a una motivación interna propia, ya que el español hablado por indígenas está en frecuencias de uso bastante alejado del español urbano de la Ciudad de México, e incluso se aproxima algo más en el empleo de estos dos valores, referencial y relacional, al español peninsular castellano.

    Cuadro 4. Valores del diminutivo en tres dialectos del español

     

                Valor referencial tamaño                                         Valor relacional pragmático

        Español peninsular                    58% (338/586)                                                                42% (248/586)

        Español indígena                       45% (387/856)                                                                55% (469/856)

        Español mexicano                     28% (397/1434)                                                              72% (1037/1434)

     

    Los datos de las dos zonas de la gramática nominal que acabamos de examinar permiten adelantar ciertas conclusiones respecto de la relación entre la lengua y aspectos cognitivos y culturales. Parece indudable que los distintos comportamientos gramaticales de los dos dialectos estudiados reflejan visiones de mundo bastante diferentes. El español de México, al menos en las áreas base del análisis, sugiere que sus hablantes están más motivados por su propia relación (psicológica, moral, apreciativa, etc.) con las entidades y con los eventos que por las entidades mismas; esto es, parecen estar interesados en hablar de cómo ellos ven la realidad y no en hablar o describir la realidad misma; casi no emplean esas formas para indicar valores referenciales, sino que podría decirse que la lengua mexicana se sitúa en un proceso de subjetivización. Por lo contrario, el comportamiento gramatical del español de España sugiere en cambio que los hablantes adoptan preferentemente un plano más objetivo o distante y codifican las entidades atendiendo más a sus propiedades referenciales que a la relación que los hablantes contraen con ellas y con el discurso comunicado; es decir, los españoles, a diferencia de los mexicanos, prefieren describir la escena comunicativa más que aportar su propia visión y valoración al respecto.

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