Ceremonia de ingreso de don Raúl Dorra (parte 2)

    Jueves, 03 de marzo de 2016.

    Respuesta al discurso de ingreso de don Raúl Dorra

    Es un alto honor, una prueba de confianza y de grande amistad que me honra y que mucho agradezco, que don Raúl Dorra me permita responder a sus palabras en esta ceremonia que celebra su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, y que haya conspirado con quien debía hacerlo para que esto ocurra aquí, en su casa, en este recinto, emblemático de aquella que, gracias a los inescrutables designios del seguro azar, ha venido a ser su alma mater, la madre providente de su vida intelectual, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.[1]

    Don Raúl Dorra, electo en 2011, es el cuarto miembro correspondiente que la Academia Mexicana de la Lengua ha tenido en el estado de Puebla. Los dos primeros fueron, en esta misma ciudad, don Enrique Gómez Haro, electo en 1921, y don Enrique Cordero y Torres, electo en 1955; el tercero fue don Salvador Cruz Montalvo, electo en 1976, en Tehuacán. La Academia Mexicana de la Lengua se siente muy honrada, enormemente complacida de que don Raúl Dorra sea uno más de sus miembros. Las palabras que acabamos de escuchar, “Acerca del habla en México”, dejan constancia de sus conocimientos, su capacidad como expositor, su pasión por la libertad y el lenguaje, y aun su sentido del humor: todos lo hemos escuchado calificarse, hace un momento, con retórica humildad, como un simple “aficionado a la lingüística”.

    También yo celebro su ingreso a la Academia, y me congratulo de tener esta ocasión de hablar ahora, cuando nos encontramos congregados en torno a los trabajos y las palabras de don Raúl Dorra, al amparo de su probada bonhomía y de sus desvelos, con ese sentimiento de alivio y ciega esperanza con que, en una noche de tormenta, uno se aproxima al luminoso optimismo de una hoguera que crepita oscuras fórmulas de consuelo. Pues, por muchos años, para sus alumnos, sus compañeros y sus amigos dentro y fuera de esta Universidad; para quienes hemos tenido la fortuna de escucharlo, de leerlo y, más aún, de conocerlo, don Raúl Dorra ha sido eso: un guía, un faro, una luz.

    Entre muchas otras cosas, las palabras, lo más humano de lo humano –dice nuestro amigo común, don Adolfo Castañón-, los textos y los libros que las palabras y los silencios construyen son fogatas, antorchas, fraguas, veladoras, cirios, faroles, anafres, hornos, lámparas votivas. La brasa intermitente del tabaco. Les propongo que veamos los trabajos de don Raúl Dorra de ese modo. Como una serie de fuegos que él ha ido encendiendo para mitigar su profunda desolación y para satisfacer su insaciable necesidad de entender el gran libro del mundo, al través del enorme sistema de vasos comunicantes que en todo tiempo y lugar ha vinculado la oralidad con la escritura y con los lenguajes no verbales.

    Acabamos de escuchar, al escritor Enrique Pimentel, en una por necesidad apretada reseña de las obras de Raúl Dorra. Al recordarlas me deslumbra, en la imperfecta memoria que guardo de muchas de ellas, la asombrosa profusión de lumbres que este hombre ha encendido y que nosotros seguimos en busca de luz y calor; de claves que nos pemitan conocernos y edificarnos.

    Está claro que yo veo en sus obras formas que arden; desde el fugaz resplandor del cerillo que se extingue apenas se enciende, hasta la piedra vuelta brasa en la lava y la zarza inextinguible desde donde habla el Espíritu.

    La domesticación del fuego es un parteaguas en la historia de los hombres, y muchas antiguas culturas imaginaron mitos que cuentan cómo lograron robarlo a los dioses, siempre temerosos de sus creaturas. Para los zapotecos, en los valles de Oaxaca, el humilde tlacuache metió la cola en una hoguera y salió corriendo con el rabo en llamas para llevarles el fuego; de ahí que su cola no tenga ya pelos y sea de color cenizo. Para los sapé, de la amazonia venezolana, Kumafari el joven hundió los brazos en la tierra y dejó que de ellos brotaran dos arbustos para engañar al zopilote y quitarle el ascua divina. Un titán, Prometeo, desafió a los dioses para poner el fuego en manos de los antiguos griegos.

    Yo sé que estos mitos disfrazan un robo mayor. No es el poder sobre el fuego lo que realmente nos acerca a la naturaleza divina. Lo que en verdad confiere a los hombres la capacidad de crear, lo que nos hace semejantes a los dioses, es el lenguaje, que nos permite trascender el espacio y el tiempo y acumular experiencias, sueños, conocimientos, creencias, leyes, divagaciones.

    Asevera don Raúl Dorra, en Lecturas del calígrafo que, fija la mirada en el trazo que su pluma estampa, el calígrafo deja que las palabras dibujadas en la página tomen la iniciativa en el hablar, las deja que discurran entregadas a su propia manera de tratar los asuntos que ellas tratan. ¿Quién podría reprocharle al calígrafo si, por ejemplo, concentrado en el trazo de sus letras escribiera, aquí o allá, una palabra por otra, cambiara alguna frase? El calígrafo promueve una suerte de espera del decir de las palabras, pero es inocente de lo que ellas dicen, hacen. Emulando, pues, la inocencia del calígrafo, yo he dejado y he movido, he tratado lo ajeno como propio y lo propio como ajeno, he llevado a algún autor a poner en su novela lo que él ostensiblemente había desechado, he practicado el arte de la conjetura cuando no el de la confusión. [2]

    Confusión que tiene su origen en un paulatino ir difuminando las fronteras que a veces separan la crítica literaria, semiología, literatura, historia, lingüística, biografía, y que permite aspirar a que se cumpla el antiguo deseo de asumir la identidad del otro.

    Leo unas líneas, porque me urge traer aquí otra muestra de la espesa, rica, demorada, cuidadosa escritura de don Raúl Dorra. Leo unas líneas, pues, que tomo de “De amor y melancolía”, uno de los cuatro discursos, el dedicado a Poe, que recoge el libro que ya mencioné:

    […] En una habitación amplia y suntuosa –espesos cortinados color púrpura, paredes y pisos afelpados, chimenea donde las brasas tratan ¿vanamente? de corregir el frío– un hombre sentado sobre un cojín de terciopelo verde comienza a adormecerse, o está dormido ya. El hombre, dotado de la sensibilidad del poeta, ha pasado largas horas leyendo, sobre antiguos folios, historias y leyendas de otra edad; leyendas seguramente tristes, adecuadas a la melancólica disposición de su ánimo. Historias y leyendas que se prolongarían y hasta quizá confundirían en el brumoso pasadizo que conduce hasta ese sueño en el que el hombre lentamente se ha adentrado. La habitación se vacía; sus muebles y sus muros se deslizan y comienzan a borrarse cuando se oyen unos golpes en la puerta. Todo ahora se detiene. ¿Es en el sueño que escucha, ahora, aquellos golpes o, por el contrario, tales golpes lo arrancan de su sueño en ese instante donde todo es, o debería ser, silencio? Lento, sonambúlico, el hombre no siente contrariedad por aquella interrupción: el llamado, ejercido con una suavidad de tal modo noble y tímida, lo ha convencido de que se trata de un distinguido visitante, de un alma delicada a la que el frío y las sombras retrasaron o quizá extraviaron. Decidido a corresponderle con un trato hospitalario, ignora el esfuerzo que le causa levantarse, alza la voz para pedir al recién llegado que disculpe su tardanza, y se encamina hacia la puerta. Llega, la abre. De par en par abre la puerta pero afuera hay sólo oscuridad, un viento helado. Sus ojos se demoran en el lóbrego abismo de esa noche. Atónito, o quizá todavía sonambúlico, cree oír que la oscuridad le está devolviendo un nombre, un nombre de mujer que, de ello está convencido, sólo los ángeles pronuncian: Leonora. ¿Le ha traído la noche esa estremecedora palabra? ¿O se trata sólo del rumor del viento, un invisible agitar de frondas a través del cual sus oídos han imaginado sílabas ya impronunciables, las que, al sucederse, han terminado por formar el nombre de la amada muerta?[3]

    Siento también la necesidad de dar muestra del agobio que marca sus ficciones, donde tal vez se encuentra su más íntima, su más personal expresión. La canción de Eleonora o “El cantar de Ismael”, por ejemplo.

    En La canción de Eleonora, dondeNoé Jitrik encuentra una perturbación total, “se pierde el aliento; es como si nuestra propia garganta se secara con la angustia de la palabra que no cesa”.[4] Un grupo de personajes va de un lado a otro en un mundo destruido por una explosión nuclear, en busca de agua. Habla Lippias, el director de un circo que los engloba a todos, el gran impostor, como lo llama Francisco Prieto,[5] quien ve en este personaje una imagen de Dios:

    -El negocio de siempre. Buscan un Dios: necesitan del gusto del pecado. Necesitan que brille la figura de un ídolo para andar a la sombra y manejar los hilos. Quieren ser los ministros de mi iglesia, los dueños del poder y de mi imagen. Todo esperan de mí, todo me lo pidieron, que cure paralíticos, que limpie a los leprosos de sus llagas, que arroje a los demonios, esos trucos malsanos que deparan espanto y servidumbre. Se mueven en la noche, horadan, merodean, fabrican ilusiones miserables.

    . . . . .

    -Comenzaron a temerme cuando advirtieron que mi capacidad de ayuno era infinita. Golpeaban el sarcófago al amanecer. “Lippias, te morirás; abandona ya, Lippias.” Yo llevaba cien días, ciento cincuenta días. Yo era para entonces la atracción; el circo se movía alrededor de mí.

    . . . . .

    -Nadie puede vivir si no es desde la muerte de los otros. Ustedes lo aprendieron. No alcanzaría el agua. Si la hubiera ofrecido, animales y hombres la habrían disputado sin piedad; cada cual planearía un exterminio. Al final el más fuerte de nuevo triunfaría; el astuto al final se alzaría con todo. Decidí ser el fuerte, ese hombre astuto. ¿Me reprochas?[6]

    En el final, Laura, una vidente ciega, logra sacrificar a Lippias cercenándole la garganta. Eleonora intenta evitarlo, pero no lo logra. En esta terrible novela, Eleonora, que vive buscando al hombre que ama, es la única oscura fuente de esperanza, pues va embarazada; su amor tendrá un fruto.

    En “El cantar de Ismael”, un largo cuento que es un eco de Rulfo, Sixto Paredes, fusilado porque se ha alzado en armas, mientras toma conciencia de su muerte, camino al inframundo, le narra a Ismael, su hijo, cómo él, a su vez, estuvo al lado de su propio padre, que agonizaba después de haber sido empalado:

    -Lo vi sobre aquel palo agonizando hasta que fue de noche. Levantado en la noche, aquel palo y tu abuelo fueron la misma cosa, un cuerpo largo y solo, inexplicable. Lágrimas que bebí, fuego vivo, fuego que andaba en mi pecho. Y se abrían las aguas y sonaban, y hubo una luz violeta y alumbraba la tierra. Él ya estaría muerto cuando le alcé mi voz, entre el llanto y la rabia y las heridas, cuando le dije padre, por qué usted lo consiente, por qué usted permitía que algunos infelices le amarraran sus manos y luego le quebraran toda la carne adentro; por qué escondió la voz, por qué no alzó la gente en la pelea. Y tu abuelo, Ismael, estaría ya muerto debajo de los arcos del poniente, su sangre se alumbraba de aquella luz violeta, y yo le dije entonces las palabras que digo y él nada contestó, él guardó su silencio y me miraba, yo tenía sus pies sobre mis ojos, él más luego me dijo: me he pasado la tarde esperando la hora, que sonara; no ha sonado la hora. Estoy tan confundido; yo no sé lo que pasa.[7]

    También en “El cantar de Ismael” hay, pese a todo, un oscuro mensaje de esperanza: Sixto Paredes cree que ha sonado la hora, que ha llegado el momento de la rebelión. Hace falta que me detenga; cada uno de ustedes tendrá que completar estas lecturas por su cuenta.

    El fuego es, pues, una imagen de la escritura y, al igual que el profeta, don Raúl Dorra ha sido arrebatado por el fuego. Su vida de entrega a la indagación de las palabras y de los discursos no verbales le ha ganado un lugar entre quienes escriben en nuestro tiempo, en la Benemárita Universiad Autónoma de Puebla y en la Academia Mexicana de la Lengua. Quiero proponerles que este hombre de mirada especialmente penetrante, que nunca tiene prisa y que de manera sobresaliente nos ayuda a comprender las fogatas que son los textos, de aquí en adelante, como sus compañeros de la Academia Mexicana de la Lengua, sea reconocido como uno más de esos hombres y mujeres a quienes llamo los guardianes del fuego.

     


    [1] En mi nombre, y en el de la Academia Mexicana de la Lengua, agradezco aquí la compañía y las participaciones de quienes estuvieron a mi lado en el estrado: el maestro Manuel de Santiago, director de la Biblioteca Lafragua; la maestra María del Carmen Martínez Reyes, vicerrectora de Docencia, con la representación del señor rector de la BUAP, don José Alfonso Esparza Ortiz; el doctor Ygnacio Martínez Laguna, vicerrector d Investigación y Estudios de Posgrado; y el escritor Enrique Pimentel.

    [2] Raúl Dorra, “La mirada en el trazo”, en Lecturas del calígrafo. Siglo XXI, México, 2011, p. 7.

    [3] Raúl Dorra, “De amor y melancolía”, en Lecturas del calígrafo. Siglo XXI, México, 2011, p. 56.

    [4] Noé Jitrik, “Un texto que no da respiro”, en Sábado, suplemento de UnoMásUno, núm. 203, 26 de septiembre de 1981, p. 19.

    [5] Francisco Prieto, “La Canción de Eleonora, de Raúl Dorra”, en Proceso, 1ª de junio de 1981, pp. 55-56.

    [6] Raúl Dorra, La Canción de Eleonora, Joaquín Mortiz, México, 1981, pp. 146, 147, 153.

    [7] Raúl Dorra, “El cantar de Ismael”, La Palabra y el Hombre, núm. 22, abril-junio de 1977, pp. 78-91.

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