Ceremonia de ingreso de don Everardo Mendoza Guerrero (Parte 2)

    Jueves, 14 de abril de 2016.

    Un caso como el que a continuación comento nos ilustra la función e importancia del diccionario para los hablantes del propio dialecto: Un profesor me contó que mandó a dos de sus alumnos a tirar la basura del salón en el depósito recolector de la escuela, que al salir los niños con el bote de la basura les dijo: “La tiran y se vienen, no se entretengan”, que los dos enviados no tardaron mucho en regresar y le informaron: “Profe, ya, la jondeamos y nos venimos derechito para el salón”; que él ni tarde ni perezoso les hizo ver, no sólo a ellos sino al grupo en general, que no se decía ‘jondear’, que aunque significaba lo mismo, ‘tirar’ era la palabra correcta, y que para respaldar su explicación les pidió que buscaran aquella palabra en el diccionario para mostrarles que ni siquiera existía. Que ante la observación, uno de los niños le replicó señalando que no habían podido tirar la basura en el depósito, que por eso la tuvieron que jondear. Me dijo que por su interés de aprovechar la situación para corregir los usos indebidos de estas palabras vulgares no puso mucha atención en lo que el niño le había dicho y reiteró su recomendación sobre la palabra correcta que debían usar. Que ante su insistencia, el niño de nueva cuenta le aclaró: “Es que no alcanzábamos y tuvimos que jondearla para venirnos pronto”. Pensando que aquello era una terquedad del niño, resolvió que no tenía caso seguir con lo mismo ante el grupo y decidió cerrar el asunto, no sin antes remarcar la recomendación sobre el uso de la palabra correcta. Más tarde, antes de salir, llamó a los dos niños a su escritorio y en tono de amonestación les reconvino: “Olvídense por un momento de la palabra correcta, pero la basura no se jondea, debe echarse al contenedor para no contaminar los espacios de la escuela”. El niño que no había participado le aclaró que la basura no la habían jondeado en cualquier lugar sino en el tambo grande donde la echan todos. ¡Ah!, dijo el profesor, ¡Ya entendí! Es que cuando se dice ‘jondear’ significa que se arroja en cualquier parte, sin orden ni cuidado. ¡Ah, no profe!, dijo uno de ellos, nosotros lo que hicimos fue aventarla al tambo. ¡Oiga profe!, intervino el otro, ¿qué no dijo que las dos palabras significaban lo mismo, pero nomás que una era la correcta y la otra no? Ahora dice que ‘jondear’ significa otra cosa; entonces, ¿no debemos decirla porque no es correcta o porque no dice lo que quisimos decir? De verdad no supe que contestar y por eso te busqué, me dijo el profesor con la esperanza de que yo le aclarara el asunto, después de pensarlo bien creo que ‘jondear’ tiene un sentido y, no sé, algo que no cumplen las otras palabras que son sinónimas. Como no está en el Diccionario, supongo que se refería a alguno de los llamados generales, quiero ver si en el diccionario regional ya la tienes contemplada, pues debe aparecer como de aquí, para saber exactamente qué significa. Ahora pienso que a lo mejor los niños tienen razón, que por la forma en que dicen que realizaron la acción, ‘jondear’ es la palabra más precisa, aunque sigo creyendo que no es la correcta porque si la fuera estaría en el Diccionario.

    La situación descrita por el maestro tiene varios aspectos que hay que considerar tanto para dar una respuesta a sus dudas como para explicar las vacilaciones respecto al uso y significado de la palabra en cuestión. Hay que aceptar que la primera reacción del profesor es explicable en tanto que se espera que su función sea la de promotor de los usos canónicos, lo cual pretende respaldar con el principio de autoridad que representa el diccionario; aunque, como puede advertirse en el pasaje, ello no pudo resolver ni el entendimiento en la situación comunicativa dada ni el aprendizaje que el maestro insistió en lograr en sus alumnos.

    Los niños, en tanto hablantes de la comunidad, echaron mano de la palabra que ésta les ha provisto para significar lo que insistentemente señalaron al profesor, pues para ellos ‘jondear’ no era otra cosa que “Lanzar algo bruscamente, sin cuidado ni previsión” (DLRS), que fue lo que hicieron, pues, según se desprende de sus participaciones, entendieron que ‘tirar la basura’ era, como lo señala la quinta acepción del DRAE, “Desechar algo, deshacerse de ello”, sólo que no lo pudieron hacer de boca a boca del bote al recolector como tal vez entendieron que debería hacerse, pues la altura del recipiente no se los permitió.

    El profesor, sin duda, fue complicando las cosas después de establecer que no se decía ‘jondear’, que aunque era un sinónimo de ‘tirar’, ésta última era la palabra correcta; más adelante él mismo se desdijo y definió el primer verbo con otro significado diferente al de ‘tirar’, lo que provocó que los alumnos lo cuestionaran. Detrás de esta posición del profesor se evidencia más que nada confusión y falta de conocimiento al momento de afrontar la situación, pues es claro que ‘tirar’ y ‘jondear’ no son sinónimos como él mismo lo admitió con la definición dada; que ‘jondear’ no es una palabra incorrecta con relación a ‘tirar’, pues ello es inexacto, por decir lo menos, quizá lo que debió señalar es que ésta última es de uso regional y coloquial, lo que tampoco la hace incorrecta. Sustentar su postura en la inclusión o no de la palabra ‘jondear’ en el Diccionario para mostrar su incorrección es aceptar que todas las palabras que no aparezcan incluidas son incorrectas, por lo que no deben usarse y menos enseñarse en la escuela; esto mismo llevaría a admitir que todo diccionario diferencial, como el DLRS o uno de mexicanismos, por ejemplo, se compone de palabras incorrectas, pues casualmente su rasgo definitorio es que se integre con palabras no registradas en otras variedades lingüísticas o en el español culto, nivel de lengua éste último del que dicho diccionario es expresión.

    Deseo concluir mi exposición señalando que esta travesía que ha llegado hasta la elaboración del Diccionario del Léxico Regional de Sinaloa inició con el acercamiento a dos importantes obras cuando aún no veían la luz y, más todavía, con el afortunado privilegio de haber tratado a sus autores cuando yo apenas buscaba mi camino como lingüista. La primera obra, El español en América de José G. Moreno de Alba, despertó en mí el interés por la diversidad de la lengua, fuente de riqueza y expresión natural de la misma, además me permitió valorar la importancia de las variedades lingüísticas como expresión de las regiones de la dilatada América y el valor de las lenguas indígenas en la constitución de dichas variedades; la otra obra, el Atlas Lingüístico de México de Juan M. Lope Blanch, me ofreció una imagen amplia del español de México, en cuya representación advertí la zona que me interesaba estudiar, la cual obviamente no deduje por mi perspicacia sino que retomé del mismo Lope Blanch la propuesta hecha años atrás en su célebre artículo “El léxico de la zona maya en el marco de la dialectología mexicana”. Con ambas obras como detonantes de mis inquietudes investigativas y como buenos puertos para encontrar refugio cuando me veía perdido, surgió mi primer trabajo: “El español hablado en Sinaloa: el léxico en la conformación dialectal del Noroeste”. Después de caminar por el sendero que se abrió con este proyecto, como tengo dicho, un día como consecuencia esperada los pasos me llevaron necesariamente a la lexicografía, así aparecieron otras dos obras significativa para mis intereses de investigación: el Diccionario del español usual en México y Teoría del diccionario monolingüe de Luis Fernando Lara, de cuyo autor he aprendido mucho de lo poco que sé de lexicografía y de teoría del diccionario.

    MUCHAS GRACIAS.

     

    REFERENCIAS

    Haensch, Gúnther(1999) Los diccionarios del español en el umbral del siglo XXI, Ediciones Universidad de Salamanca.

    Lara, Luis Fernando (1996) Diccionario del español usual en México, El Colegio de México.

    Lara, Luis Fernando (1997) Teoría del diccionario monolingüe, El Colegio de México.

    Lara, Luis Fernando (2008) “Método integral lexicológico y lexicografía regional”, en Everardo Mendoza Guerrero et al (coords.) Estudios Lingüísticos y Literarios, vol. I, Estudios Lingüísticos, UAS-H. Ayuntamiento de Culiacán-DIFOCUR, pp. 33-48.

    Lara, Luis Fernando (Director) Diccionario del Español de México (DEM), versión electrónica, El Colegio de México, en http://dem.colmex.mx/moduls/Buscador.aspx

    Lope Blanch, Juan M. (1971) “El léxico de la zona maya en el marco de la dialectología mexicana”, NRFH, vol. 20, n° 1, El Colegio de México, pp. 1-63.

    Lope Blanch, Juan M. (1999) Atlas Lingüístico de México, tomo III vol. V, Léxico, El Colegio de México.

    Mendoza guerrero, Everardo (Director) Diccionario del Léxico Regional de Sinaloa, Universidad Autónoma de Sinaloa-Academia Mexicana de la Lengua-El Colegio de Sinaloa-Instituto Sinaloense de Cultura.

    Moreno de Alba, José G. (2003) El español en América, FCE, México.

    Real Academia Española Diccionario de la Lengua Española (DRAE), versión electrónica, en http://dle.rae.es/?id=DvFJZYE

    Zambrano Castro, Wilmer “La lengua: espejo de la identidad”, en http://www.saber.ula.ve/bitstream/123456789/27675/1/articulo19.pdf. Consultado el 23 de febrero de 2016.

     

    Respuesta al discurso de ingreso de don Everardo Mendoza Guerrero



    Es un grato deber y un honor representar a la Academia Mexicana de la Lengua en este acto para dar la bienvenida a don Everardo Mendoza Guerrero como miembro correspondiente en Culiacán, capital del estado de Sinaloa. Es asimismo un placer y un honor en lo personal contestar su discurso de ingreso porque conozco a don Everardo desde hace muchos años, cuando en la UNAM él era alumno de José Moreno de Alba, nuestro querido compañero y director de esta institución, hoy tristemente ausente, y porque conozco los trabajos de don Everardo Mendoza. Bienvenido a esta Corporación, que es ya tu casa académica, muy apreciado Everardo. 

    Everardo Mendoza Guerrero realizó sus estudios de posgrado, Maestría en Lingüística y Doctorado en Lingüística, en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM. Es, por tanto, lingüista de formación, y así lo reflejan su práctica docente y su quehacer de investigación. Sus libros, artículos y abundantes ponencias en congresos se han centrado por más de 30 años en la Lingüística, y dentro de esta disciplina su quehacer se ha centrado en la Dialectología y, más específicamente, sus afanes han estado centrados en describir y analizar la lengua, la lengua oral, sobre todo, de su estado y, de manera particular, el léxico de Sinaloa y con él hacer lexicografía diferencial regional. No debo dejar de mencionar su trabajo de campo para recabar datos y textos orales sobre el habla de Culiacán y de otras entidades de Sinaloa. Con estos materiales, los estudiosos de la lengua podemos contar con los textos adecuados para acercarnos al habla de ese estado del noroeste mexicano. Por esos estudios léxicos especializados y por su trabajo de lexicografía diferencial regional fue elegido miembro de nuestra Academia.

    La elección e ingreso de Everardo Mendoza Guerrero como académico correspondiente en Sinaloa y el perfil profesional que él representa atiende cabalmente el artículo 1 de los Estatutos de nuestra Academia, que a la letra dice: “La Academia Mexicana de la Lengua tiene por objeto el estudio de la lengua española y en especial cuanto se refiera a los modos peculiares de hablarla y escribirla en México”. Los modos que hoy nos convocan son los propios del estado de Sinaloa.

    El discurso de don Everardo Mendoza se centra, a primera vista, digamos, por fuera, en el léxico de Sinaloa y en las actitudes sociolingüísticas que los propios hablantes sinaloenses manifiestan hacia ese léxico. Sin embargo, el discurso de ingreso de Everardo tiene un hilo conductor mucho más profundo, hecho explícito también en diversos puntos del texto, a saber, el sentimiento de dualidad, a veces de pluralidad y de enfrentamiento interior, que tiene casi cualquier hablante de vivir constantemente entre dos o más realidades lingüísticas. La mayoría de esas veces, ese sentimiento de dualidad, aunque real y presente, dista de ser algo consciente en los seres humanos.

    Esas dos realidades lingüísticas pueden ser de naturaleza social, porque en el día a día debemos acoplar nuestro modo de hablar a situaciones sociales y comunicativas diversas, por ejemplo, el habla de la casa frente al habla del trabajo, o la plática informal entre amigos frente al habla con el jefe. Pueden ser dos realidades geográficas internas a un país, la provincia frente a la capital del país, como es la planteada por Everardo Mendoza en su texto, o el habla rural frente al habla urbana, como fue la experiencia de vida de Everardo, según podemos leer en las páginas iniciales de su discurso. O pueden ser dos realidades geográficas y sociales, de manera simultánea y de forma extrema, tal es el caso de los hablantes que han emigrado de un país a otro, así sean las migraciones dentro del mundo hispanohablante. La dualidad de realidades e identidades en estos casos extremos puede ser tan radical que se manifiesta, las más de las veces, como un enfrentamiento cultural interior, nada fácil de consensar y poner en equilibrio.

    La dualidad de que nos habla Everardo Mendoza se ancla en dos conceptos esenciales para entender qué es la lengua y cómo funcionan sus hablantes, a saber, los conceptos de Identidad y de Valoración Lingüística. El problema de identidad está avisado ya desde el título de su discurso, “Léxico, identidad y diccionario”. El asunto de valoración, más complejo y sutil, recorre las páginas de su texto de manera implícita. A estos dos conceptos regresaremos enseguida.

    El texto que nos leyó don Everardo Mendoza toca además tres aspectos importantes para entender qué es la lengua española y, en particular, el español de México. En primer lugar, el hecho de que el contacto y los préstamos ─vengan estos de las lenguas indígenas, vengan del inglés o vengan de cualquier lengua─ son parte integral de la lengua española. En segundo lugar, nos dice implícitamente que la variación dialectal y social es inherente al funcionamiento de cualquier lengua, porque las lenguas viven en sus variantes, como así vive el Romancero, viven los corridos o vive cualquier manifestación de la lírica tradicional. Y en tercer lugar, Everardo Mendoza nos plantea el aspecto lingüístico nodal de que todo hablante y toda comunidad de hablantes se enfrenta al problema básico y fundamental de la estandarización, es decir, al problema de qué lengua enseñar y por qué enseñar esa modalidad dialectal, y no otra u otras posibles, que son igualmente válidas y correctas desde el punto de vista de la Gramática.

    Retomemos el concepto de identidad. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, mejor conocido como el DRAE ─aunque esta sigla nunca haya correspondido a su nombre─ define identidad en sus acepciones 2 y 3 (en línea: s.v. identidad), como el “Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Es decir, identidad es tanto compararse o confrontarse uno mismo con el otro o los otros, como el auto-reconocimiento que deriva de tal comparación o confrontación. El discurso de Everardo Mendoza toca de lleno la confrontación de los hablantes sinaloenses con los usos lingüísticos del Centro, aparentemente más normativos que los regionales, y el autorreconocimiento de lo sinaloenses en los usos regionales y la incertidumbre del grado de normatividad lingüística que esos usos tienen. 

    Para los profesionales de la lengua ─aunque quizá no para los hablantes normales, porque ‘nosotros’ no somos normales, aclaro─, es una obviedad que nadie habla EL español, sino una variante del español, a la vez que cualquier hablante habla EL español. Es una obviedad también que todas las variantes contribuyen por igual al concierto de hacer del español una lengua integral, viva y funcional, policéntrica y multinormativa, como lo es cualquier lengua. Y es también una obviedad ─al menos para quienes nos interesamos por la historia de la lengua─ que la capacidad de hablar una lengua es lo único que nos hace ser seres históricos. Y hablar un determinado dialecto nos hace ser seres con una determinada historia y con una determinada identidad. De esa determinada identidad nos ha hablado hoy don Everardo Mendoza. Identidad e historicidad van siempre unidas de la mano.

    Todos los seres humanos hemos recibido la lengua que hablamos como una herencia del pasado, que, además de permitirnos la comunicación, con nuestros semejantes, nos hace depositarios también de la cultura y de la visión de mundo de los seres que la utilizaron antes de nosotros. Gracias a la lengua somos seres históricos ya que por medio de ella transmitimos experiencias de padres a hijos, de abuelos a nietos, de amigos a amigos. Posiblemente lo que nos hace únicos en el planeta es la posibilidad de transmitir experiencia mediante la lengua. La historicidad está cargada de rutinas ritualmente repetidas a lo largo de siglos y generaciones; está cargada también de innovaciones, de creación léxica y metafórica y de adaptación constante a nuevas necesidades culturales, sociales o económicas. Ese conjunto de rutinas o hábitos aprendidos y sobre todo heredados por los hablantes, transmitido de padres a hijos, es, en esencia, la lengua. En esta historicidad surge, vive y se recrea el español hablado en Sinaloa, con lo que comparte con otros dialectos de México, y en sus regionalismos, de los que hoy nos ha hablado Everardo Mendoza.

    Pasemos al problema de la valoración lingüística. Al problema de por qué los propios hablantes nativos de Sinaloa, incluso los cultos, dudan de la corrección y del estatus normativo de las formas regionales propias y cotidianas del habla de Sinaloa. Consustancial a la estructura gramatical es que esta es ajena, neutra o indiferente a asuntos de calidad, es decir, en la gramática no existen ni buenas ni malas estructuras, ni mejores ni peores construcciones, todas están presentes por algo y todas operan a la perfección en tanto que los hablantes logran comunicarse exitosamente con ellas. La prueba de ese éxito es que el oyente-interlocutor responde y reacciona de manera adecuada a lo que quiere o solicita el hablante. Es decir, las voces correcto o incorrecto no caben en la gramática, sólo le son pertinentes gramatical o agramatical. Por otro lado, consustancial también a los hablantes es el sentido y la búsqueda de corrección lingüística, en tanto que somos seres insertos en sociedad, en convivencia social cotidiana, y nos importa, y mucho, la valoración que el otro haga de nosotros, de ahí que preguntas importantes y frecuentes en todo hablante sean: ¿qué está mejor dicho?, ¿cómo suena mejor? Podría resumirse la razón de la preocupación de los hablantes por la calidad lingüística con la paráfrasis, que he repetido en muchas ocasiones, de un conocido refrán: “dime cómo hablas y te diré quién eres”. En efecto, el modo de hablar es una variable importante en el “diagnóstico”, en la “valoración”, que el otro hace de nosotros.

    La pregunta en términos de calidad no es gratuita ni banal, porque bajo ella subyacen dos objetivos sociales inherentes al hablar: ser aceptado el hablante en su grupo, esto es, ser uno más del grupo, a la vez que sobresalir del grupo, esto es, parecer más educado, más cosmopolita, más original, más brillante, etc. Ambos objetivos son complementarios en cualquier hablante, sea cual sea su nivel social y educativo.

    En suma, la neutralidad de la estructura gramatical y la búsqueda de corrección lingüística son dos aspectos, contrapuestos pero reales, de la lengua y de sus hablantes, y los dos se enfrentan y crean una verdadera tensión ─tensión imperceptible las más de las veces─ en el funcionamiento lingüístico diario. Tal tensión se agudiza enormemente cuando se incorporan la variación social y la variación regional, de la que hoy se ha ocupado don Everardo Mendoza.

    En el trasfondo de esta tensión entre la neutralidad de la gramática y la preocupación de cómo el otro nos evalúa está un problema que es nodal a la hora de enseñar español, sobre todo en los niveles primario y secundario, mencionado por Everardo Mendoza en la bonita pero dolorosa, anécdota del maestro que reprime a sus alumnos en el uso de jondear. ¿Qué lengua enseñar: la regional, la central, la nacional ─aunque no exista tal cosa como un español mexicano nacional─? O en otras palabras, ¿cómo conciliar en la enseñanza de la lengua la identidad regional sin mermar la enseñanza de un español general, estándar, y quizá por ello más neutro? Porque esa conciliación o equilibrio va a otorgar a decenas de millones de niños seguridad, autoestima y, en definitiva, mejor calidad de vida. Es decir, tras el reconocimiento de la identidad regional, sea cual sea el ámbito o extensión del adjetivo regional, está el problema del derecho a la estandarización de la lengua, que es patrimonio y propiedad de cualquier hablante.

    Finalizaré con una invitación. Nos dice don Everardo Mendoza que un diccionario “es un producto cultural”, sin duda, aunque cultura es todo lo relativo al ser humano, y que es “un objeto verbal en cuya veracidad cree la comunidad lingüística”, sin duda, también. Y añado que un diccionario es también un gran repositorio histórico de identidad lingüística. Las instituciones académicas tenemos la obligación de describir, de plasmar correctamente y de preservar esa identidad. Un modo de otorgar visibilidad, estatus nacional y estandarización a los usos regionales es consignarlos en diccionarios de ámbito nacional y de gran difusión, sean estos diferenciales o integrales, porque es dar un gran espaldarazo a la legitimidad de plazuela, jondear, calca o cena. Pero, curiosamente el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, editado en 2010 en una primera edición, y muy modificado y enriquecido en una versión casi concluida subida a la página de nuestra Academia, que verá la luz próximamente, no está citado en el texto de Everardo, y curiosamente el diccionario académico mexicano no contiene ninguno de esos regionalismos mencionados por Everardo, y que él refiere como no consignados en varias obras lexicográficas, porque no nos han sido enviados aunque lo hayamos solicitado. La Academia Mexicana de la Lengua no rechaza la legitimidad y el carácter estándar de esas formas y de esos significados, porque todas contribuyen a formar y caracterizar el español de la república mexicana.

    La invitación, estimado Everardo, es muy clara: estemos en estrecho contacto y envíanos el léxico, con sus definiciones claro está, con el que los sinaloenses deseen estar incluidos, verse representados y hacerse más visibles en un diccionario contrastivo de carácter nacional, como lo es el Diccionario de mexicanismos de la institución que hoy te acoge y da la bienvenida.

    Sólo me queda, para concluir, darte las gracias, muy estimado Everardo, en nombre de todos mis compañeros académicos por tan jugoso discurso y en nombre de la Academia Mexicana de la Lengua darte nuestra más cordial acogida en esta tu casa.

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