Ceremonia de ingreso de don Eusebio Leal Spengler

    Viernes, 23 de abril de 2004.

    Discurso de ingreso como académico correspondiente

     

    Muchas gracias. 
    Señor doctor don José Moreno de Alba, director de la Academia Mexicana; 
    señor secretario; 
    señoras y señores académicos; 
    señor presidente de la Fundación; 
    señoras doñas Claudia y Germaine Gómez Haro, benefactoras; 
    queridos y queridas amigos: 

    En el día de hoy cumplo el deber, al ingresar por vuestra generosidad como miembro correspondiente en La Habana, Cuba, de esta ilustre Academia, de recordar a mis predecesores en el tiempo, cuya vida ya se ha extinguido hace años: al doctor José María Chacón y Calvo, cuya sabiduría pude disfrutar en vida, a José Miguel Carbonell, a Miguel Ángel Carbonell y a nuestro profesor Raimundo Lazo, de ilustre memoria y gratísima recordación para todos. La intensa correspondencia que mantuvieron ilustres cubanos como don Fernando Ortiz, don Medardo Vitier y su hijo don Cintio, don Eliseo Diego y muy particularmente don Alejo Carpentier, con grandes figuras de esta Academia como lo fueron don Alfonso Reyes y don Octavio Paz, honra extraordinariamente el poco mérito que puedo yo reunir para estar entre ustedes.

    Quisiera decir que nuestra Academia, en La Habana, presidida actualmente por el doctor, tan querido y tan estimado por sus alumnos, don Salvador Bueno, continúa en este tiempo la de nuestra inolvidable poeta Dulce María Loynaz, Premio Cervantes, de cuya casa tomará posesión la Academia en la calle 19 y E, en el Vedado, La Habana, como su sede próxima, en el mes de mayo. Dulce María, con su extraordinaria generosidad, estableció un puente entre esa Academia que parecía extinguirse en los años sesenta y la Academia actual, cuando abrió paso a don José Antonio Portuondo, el ilustre académico, alumno de El Colegio de México y Embajador de Cuba en esta República. Fue el doctor Portuondo el primer académico que podríamos denominar de una modernidad de la Academia en los tiempos que vivimos y fue a don José Antonio y a doña Dulce María a los que debemos el haberla engrosado, el haberla engrandecido y el haber reunido en ella numerosos méritos de personalidades de la vida de la cultura cubana, distinguida por su culto a la lengua y a las bellas artes. De esa manera, siendo esta la única Academia superstiva en nuestro país, donde las funciones académicas fueron tomadas en función por otras instituciones del Estado, tiene ella, con ese mérito singular, el carácter de ser un foro en el cual se debate habitualmente algo más que el tema puro del idioma que ya sería suficiente materia para empeñarnos teniendo en cuenta que es el idioma la patria común y el espacio común en que habitamos.

    A esa nobilísima ciudadanía fuimos llamados hace más de seis años por Dulce María y hoy, cuando venimos a México por vuestra generosidad, después de haber obtenido el acuerdo en la sesión precedente de la Academia para nuestro ingreso como miembro correspondiente, me complace y honra venir a agradecerles sintiendo el deber de rendir tributo a las letras mexicanas y a su enorme aportación al caudal del español americano. Y es que en este año en que se conmemora el bicentenario de José María Heredia, que México tan intensamente ha celebrado, este año en que también nosotros asumimos, con el homenaje a nuestro poeta nacional muerto en Toluca hace ya tantos años, el deber de sentirnos parte de una heredad compartida en el idioma y en el sentimiento más profundos.

    Ayer decíamos en la Casa Lamm, precioso espacio del que nacen tantos auspicios y tan importantes iniciativas para la cultura, que no fueron pocas las ocasiones en que el ala bienhechora del águila mexicana se extendió sobre nuestro pueblo, pequeña isla en el Caribe americano, que es su Mediterráneo, esa isla en cuyo escudo entre dos peñones aparecen la tierra mexicana y la cubana, entre cuya magnífica representación el golfo mexicano extiende un sol esplendente, magnífica aurora.

    Me alegro muchísimo de entrar en esta casa. Quisiera haber estado al menos una vez y esta mañana lo he hecho por romántica emoción a la puerta de la casa bicentenaria de la calle de los Donceles y vinimos a esta sede que tanto ha hermoseado la generosidad de la Fundación y que ha sido, además, reconocida como una de las más bellas obras en pro de redimir a la Academia de tantas limitaciones y de tantas dificultades, para darle el espacio que merece en el seno de la sociedad mexicana e hispanoamericana.

    Muchas gracias, señor director, señoras benefactoras, señoras y señores académicos. Muchas gracias.

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