Ceremonia de ingreso de don Eduardo Matos Moctezuma

    Jueves, 14 de mayo de 2015.

    Respuesta al discurso de ingreso de don Eduardo Matos Moctezuma

     

    Creo que la mejor prueba de que nos interesa el decir de las piedras, el lenguaje de las piedras, el ver este auditorio lleno y voy a recordar algo que ocurrió creo que en el mismo año de 1978, estábamos aquí Eduardo y yo y el auditorio estaba repleto y no sólo el auditorio, el vestíbulo y llegaba más gente y trataban de entrar, estaban las conferencias que se habían iniciado sobre los descubrimientos en el Templo Mayor, creo que no me dejarás mentir, así fue. Quiere decir que este lenguaje de las piedras nos interesa. Eduardo Matos Moctezuma, de alguna manera, da vida a una antigua tradición de la Academia. En la Academia —voy a hacer una comparación de tu agrado: arqueológica— hay un acontecer semejante a lo que vemos en algunas inscripciones: en algunos paneles del mundo maya aparece una deidad con una carga a cuestas en una fecha determinada, y esa deidad la va a llevar y entregar a otra deidad en un punto específico. Nuestro Anuario —esto parece pedestre—, el Anuario de la Academia registra las entregas de esos bultos. ¡Es verdad! es un poco pedestre, pero ahí está fulanito, tu anterior dios que te llevó la carga, el tesoro del saber de la lengua. Fue José Guadalupe Moreno de Alba. Es verdad: así es la Academia: un ser viviente que transmite.

    Voy a hacer una reflexión primero: en la Academia, claro está que nos interesa la lengua española que nos permite entendernos con 500 millones de seres humanos aproximadamente. Pero en la Academia nuestra se cultivan muchas formas de lenguaje. Eso, creo, que le da gran vitalidad: tenemos el lenguaje de la música, que representa Carlos Prieto; tenemos el lenguaje de la ciencia, que nos dice Julieta Fierro; tenemos el lenguaje de la filosofía, que nos da nuestro director, el lenguaje de la novela que nos da Gonzalo Celorio; el lenguaje de la medicina que nos da Ruy Pérez Tamayo, el lenguaje de la filología que nos da Margit Frenk, el lenguaje de la lingüística que nos da Concepción Company. Y ya no sigo más, porque no quiero pasar la lista entera y, si se me olvida alguien, se me va a mosquear, “mosquear” creo que es palabra castellana.

    En la Academia hubo otro arqueólogo también muy distinguido. Ha sido mencionado, Ignacio Bernal. Ahora Eduardo Matos Moctezuma retoma la carga para continuar hablándonos, como lo acaba de hacer, con el lenguaje de las piedras. ¡Qué hermoso que tengamos toda esa gama de posibilidades de comunicación! Desde la música, desde la ciencia, desde la novela; Hugo Gutiérrez Vega nos acerca con su poesía y nos lleva a esa otra herencia que es la de la poesía griega. Eduardo Matos Moctezuma ha dedicado su vida justamente a descifrar el legado que tenemos en Mesoamérica. Somos un país con un legado cultural riquísimo. Yo insisto mucho en ello: tenemos el legado de la civilización originaria de Mesoamérica, que ahora se torna presente en el lenguaje de nuestro colega y tenemos, por el otro lado, la herencia nada menos que mediterránea que nos enriquece desde allá, desde el remoto Egipto, después la de la luminosa Grecia, el rígido derecho (me faltó hablar del lenguaje del derecho con Fernando Serrano y Diego Valadés), y después nos viene por el camino de España, en un momento en que España estaba en pleno esplendor y España era ya de por sí mezcla de mezclas desde lo fenicio, desde lo ibero, desde lo celta, desde lo griego, desde lo árabe, desde lo judío y desde lo indígena porque hubo indígenas mexicanos en la Nueva España, la familia de los Moctezumas. Vamos a decir algo, ya no de lo que nos acaba de presentar lúcidamente Eduardo, que fue justamente acercarnos a ese lenguaje plasmado en esas tres obras maestras. Eduardo ha publicado con Leonardo López Luján una obra muy interesante, La escultura monumental mexica, y ahora nos habla de esto. Pero él ha dedicado su vida a excavaciones, las ha hecho en muchos lugares de Mesoamérica, pero sobre todo en Teotihuacán y, obviamente, aquí en el centro de esta ciudad en torno al gran hallazgo de México Tenochtitlan.

    En México conocemos todo esto. Me acuerdo de otra anécdota que él me contó y que es muy elocuente. Dice que un día que se puso una exposición del arte del Templo Mayor en el Palacio de Bellas Artes, apareció una viejita con un ramo de flores, se santiguó y dijo: “¡Ay papacito, cuánto tiempo te tuvieron escondido, ¡ahí metido!”. ¡Qué maravilla! ¿no? Eso quiere decir que nos dice mucho ese lenguaje. ¿Qué ha hecho Eduardo? Sacarnos la posibilidad de que esas piedras nos hablen, y ¿qué otra cosa nos ha dado él? Nos ha dado sus libros. Ha sido un autor muy fecundo: ¿Artículos? ¡Muchísimos! La revista que tenemosEstudios de cultura náhuatl, se ha engalanado con sus artículos que nos van diciendo lo que él está trabajando. Pero él, yo diría, se ha enfocado en unos cuantos temas principales a los que quiero aludir. Eduardo es poeta también: La muerte al filo de obsidiana es una obra poética, figúrense, con el sacrificio humano transformado en una cierta forma de mística y extraña poesía. A veces la gente se horroriza y dice: “¡Qué horror esto de los sacrificios!”. Pues es porque no quieren entenderlos ¿No es acaso para los cristianos un dogma de fe, como clave, un sacrificio humano y divino?, ¿no es?, ¿no es? Y lo vemos por todas partes: en las iglesias y en otros muchos sitios ¿a aquél que fue sacrificado clavado en una cruz? Entonces, ¿por qué nos extrañamos? Alguien nos va a decir: “está usted blasfemando”. En una conferencia que di en España alguien se levantó y me dijo: “esto es una blasfemia”; yo le dije “si lo toma usted así, le ruego que no lo tome, por favor”. Él nos ha dado esa poesía, él nos ha dado la historia de la arqueología en México en una obra monumental, participó en otro libro sobre los descubridores del pasado de Mesoamérica con colaboradores muy distinguidos, algunos aquí presentes, y él también, además de darnos la historia de su profesión, del lenguaje que es el de las piedras, se ha enterado y se ha interesado por una figura señera en la antropología mexicana. Ha sido, diríamos, el que más ha insistido en los tiempos modernos sobre el gran legado de Manuel Gamio. Manuel Gamio fue un hombre, de verdad, extraordinario. Él comenzó, ya en el campo antropológico, realizando excavaciones en Azcapotzalco, allá todavía casi en la época porfiriana. Excavaciones, por primera vez, como lo hace ver él “estratigráficas”: antes sacaban tepalcates sin ton ni son, pero no se fijaban en los estratos que son la clave para poder entender el desarrollo de una cultura. Gamio establece una primera periodización: la etapa arcaica, más o menos lo que hoy decimos “preclásico”, la etapa tolteca lo que hoy decimos “clásico”, y él decía “la etapa azteca”, lo que hoy decimos “posclásico”. Gamio da cuenta de que esta cultura irradia hacia el norte y trabaja en Chalchihuites, en Zacatecas. Gamio, hace un siglo exactamente, ubica con precisión el sito donde estaba el Templo Mayor —lo han conmemorado en una obra, y también en conferencias en el recinto del Templo Mayor. Gamio trabaja en el Valle de Teotihuacán haciendo una exploración única que no se ha repetido: diacrónica, puesto que trata de conocer desde la geología del Valle como un ejemplo de lo que es la región central de México en un plan extraordinario de ofrecerle al gobierno salido de la Revolución: “¿tú quieres saber a quién gobiernas o vas a hacer a tontas y a locas?, ¿quieres saber a quién gobiernas? Te voy a dar en 16 zonas ejemplos representativos de lo que es México”. Ese fue el proyecto de Gamio que nadie ha repetido, y Gamio en Teotihuacán comienza desde la geología, la arqueología, la lingüística, la arquitectura tanto prehispánica como colonial con Ignacio Marquina; se rodeó de las mejores figuras. Y Gamio quiso también interpretar el arte y llegó a Saturnino Herrán y a Francisco Goytia y llega hasta los tiempos en que trabajaba allá por los años 18, 19 y 20 [del siglo presente]. Desgraciadamente, su investigación, por motivos políticos absurdos, quedó trunca. Todo eso ha estudiado Eduardo Matos; todo eso, y yo creo que la suya es una contribución muy grande. La bibliografía de Eduardo es una bibliografía muy rica. Podría demostrarles. La tiene publicada. Son páginas y páginas de artículos, de libros. Lo que nos ha dicho es un ejemplo magnífico de lo que es él. No me voy a alargar. Yo quiero que mi lenguaje no sea el de los pericos sino un lenguaje sensato y, según aquello, de que lo breve y bueno es dos veces bueno.

    Voy a hacerle una propuesta a Eduardo y a Leonardo López Luján que entiendo que están aquí: Ustedes han publicado esa obra de La escultura monumental mexica, nuestra amiga y colega también, Beatriz de la Fuente, que ya nos dejó, hizo una obra también extraordinaria reuniendo el corpus de la pintura mural mesoamericana que quedó trunco. Tere Uriarte actualmente continúa. Pero yo creo que hace falta el corpus de la escultura que abarca bajorrelieves, por ejemplo, muchísimos del área maya. Eso sería no solamente un tesoro para nosotros, sino algo así como otra biblia del lenguaje mesoamericano: el lenguaje de la escultura. Y con estas palabras y esta exhortación y felicitando a todos por haber venido y haberlo escuchado y felicitando a la Academia por tener ahora a este otro miembro tan distinguido, doy fin a mis palabras y muchas gracias por su atención.

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