Ceremonia de ingreso de don Aurelio González Pérez a la Academia Mexicana de la Lengua (Parte 2)

    Jueves, 27 de febrero de 2014.

    En otros casos los referentes de estatus social o de actividad son distintos de los que estaban en la tradición en España. En esta versión costarricense de Las señas del esposo la esposa con naturalidad va al mercado y la riqueza tiene que ver con el café:

    —Yo tengo oro y mucha plata y manzanas de café,
    si usted se casa conmigo todo eso será de usted.
    Nos iremos pa’l mercado y en son de comprar verdura,
    pa’que toda la gente diga ¡Qué guapa quedó la viuda!34


    Otro nivel de adaptación corresponde a la nueva realidad geográfica, lo que implica la introducción de nuevos topónimos reales americanos de países: Chile, Nicaragua, Honduras:

    —Tal vez fue un hombre valiente que en Honduras me encontré,

    sangre tenía en la mano, en el poncho y el corcel.
    [...]
    En tierra de Nicaragua lo mató un traidor inglés.35


    La geografía local también se hace presente con referencias a las regiones: Bajío en México o Jutiapa en Guatemala; ciudades grandes y pequeñas: como Morelia, La Habana, Puebla, Colima, Cartagena, Callao o Nueva York:

    —Levántate, hijita mía, ponte tu vestido de seda
    pa’que vayamos a misa a la ciudad de Morelia.36

    En La Habana hay un palacio que se llama la Isabel,
    allí vive una muchacha que se llama Isabel.37

    Por las señas que me ha dado su marido muerto es
    que en el sitio de la Puebla lo mató un traidor francés.38


    Estos últimos versos posiblemente relacionan la acción romancística de la ficción con la histórica batalla del 5 de mayo de 1862 durante la intervención francesa.

    Las versiones mexicanas de este romance de Las señas del esposo abren un enorme abanico de posibilidades para situar la supuesta muerte del marido, unas relacionadas con acciones bélicas que pueden tener un trasfondo histórico, otras absolutamente ubicadas en la geografía imaginaria. Así el esposo puede morir

    en la toma de Acapulco, ya rumbo a Puerto Marqués, (Tlachapa, Guerrero)
    en la guerra de Valencia lo mató un cabo francés. (San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas)
    en la guerra de Valencia le dio muerte un japonés (Coyuca de Catalán, Guerrero)
    en la ciudad de Valencia lo ha matado un japonés (Lagos de Moreno, Jalisco)
    en el sitio de Cuautla, lo mató un traidor francés. (Teziutlán, Puebla)
    y en el sitio de Querétaro lo mató un traidor francés. (México, D. F.)
    lo mataron allá en Valencia los del Imperio Francés. (Tuxtla Chico, Chiapas)
    lo mataron en Colima los soldados de Avilés (Huixquilucan, México)
    lo mataron en Colima los rurales de altivez (s. l.)


    Desde luego no se pierden las versiones que dicen que lo mataron en Valencia en casa de un genovés, tal como narra la versión vieja publicada en 1605 por Juan de Ribera, que es muy frecuente en casi todas las regiones de la tradición americana. Pero la muerte en la casa de juego, también puede adaptarse y hacerse local:

    —Señora, ese caballero, aquel que fue, muerto es,
    en una mesa vedada quedó muerto en Chiloé.39


    En algún caso la precisión geográfica llega al detalle, y el marido es “jaltevano”, esto es de Jalteva, barrio de la ciudad de Granada en Nicaragua.40

    Dos ejemplos extremos de la adaptación geográfica serían, por un lado una versión argentina (recogida en la Colección de Folclor de 1921) de Las señas del esposo en la que la acción se ubica en un país ausente en la tradición española, pero bien conocido como referencia en Sudamérica: Paraguay:

    En una noche de luna estando en el Paraguay41


    y una versión guatemalteca de Conde Olinos en la que éste da de beber a su caballo “a la orilla del Pululá”, río poco conocido de la región de Jutiapa, Guatemala, pero de americana sonoridad:

    Vení, mi chula a oír las sirenas del Pululá. 42


    Otras versiones de Las señas del esposo acercan la acción a su contexto geográfico, y así, en una versión guatemalteca, la mujer le pregunta al desconocido que se acerca, sobre la guerra en Nicaragua:

    —Oiga usted, señor soldado que de la guerra ha venido,
    en campos de Nicaragua ¿no me ha visto a mi marido?43


    Y por el contrario, en una versión nicaragüense la guerra se sitúa en Guatemala (específicamente en Jutiapa, departamento de ese país):

    —Soldadito, venga acá, ¿de Jutiapa viene usté?

    ¿No me ha visto a mi marido, que en la expedición se fue?44


    Son muchas las guerras que dan marco histórico a la historia de este marido que quiere probar a la esposa fiel: además de las que hemos mencionado son guerras que tienen lugar en España, en Francia, Brasil; pueden ser acciones bélicas como la Invasión francesa, las guerras de Independencia, o incluso del periodo de la Conquista, como en la versión recogida en 1913 por Ciro Bayo en Bolivia que dice:

    En la punta de la lanza, lleva un pañuelo bordés,
    que cuando yo era chotita en la escuela le bordé.
    Mi marido fue a la guerra con don Cañete el virrey.45


    Posible alusión a Andrés Hurtado de Mendoza y Cabrera, Marqués de Cañete, quien fue el tercer virrey del Perú, entre 1556 y 1560. Además, como otro elemento de americanización del romance está el término “chotita” que designa familiarmente en Perú a las jovencitas.

    Las referencias geográficas pueden ser casi desconocidas más allá de su propio ámbito, como Zanjón, ignorado pueblo de Santiago del Estero, donde se sitúa la ermita de San Simón a donde acuden damas y galanes a oír un sermón en el romance de La bella en misa:

    En Zanjón hay una ermita que llaman San Simón,
    donde damas y galanes acuden a oír sermón.46


    o hacer referencia un lugar concreto de una ciudad, como es este caso de La Habana:

    Y si acaso nace hembra, la mujer de Santa Clara,
    y si nace varón, será chulo ‘el Malecón.47


    En una versión cubana de La adúltera tenemos un buen ejemplo de este trabajo de variación geográfica y de apropiación local. En ella, ya que la esposa infiel ha perdido las llaves, se plantea la substitución de las llaves de plata por otras de oro. En una dimensión simbólica, se subraya el poder o valor del marido con la mención de quien hará el trabajo de substitución, orfebre que naturalmente está situado en esa geografía fantástica que otorga valor a las cosas que de ahí proceden

    Se me han perdido las llaves de tu rico comedor.
    —Si de plata se han perdido, de oro las tengo yo;
    un platero tengo en Francia y otro tengo en Aragón.48


    En este ejemplo la tradición cubana conserva la referencia a Francia (en la América decimonónica como en la Europa medieval este país era lugar de referencia obligado a propósito lujo, refinamiento y exquisitez caballeresca) y Aragón, este último aunque más local en la perspectiva española, probablemente por la lejanía de Cuba, empieza a ser un lugar exótico (aunque poco adecuado como lugar extraordinario o de maravillas). En cambio, la siguiente versión actualiza la referencia en una perspectiva cubana y utiliza como ubicación el mítico lugar del sueño americano: Nueva York:

    Se me han perdido las llaves de tu rico mirador.
    —Un platero tengo en Francia y otro tengo en Nueva York,
    si se han perdido de plata, de oro las traigo yo.49


    La siguiente versión del mismo romance, pero de la tradición venezolana, convierte a España en un lugar legendario, paralelo a la misteriosa “Iroró” en la que transforma el común Aragón de la tradición peninsular, que probablemente no le decía nada al transmisor:

    se me han perdido las llaves de tu rico almirador
    —Si de plata eran mis llaves, de oro las mando hacer yo,
    tesoros tengo en España, plateros en Iroró.50


    También el lugar que se abre o cierra con las llaves de plata de la adúltera presenta una amplia gama de posibilidades de variación: para la tradición de Nuevo México, México y Nicaragua se trata de un “rico tocador”, en Cuba encontramos un “rico mirador” o un “rico comedor”, en Uruguay un “amante bastidor”, en Venezuela un “rico almirador” y en Chile simplemente se perdió una llave, no sabemos de qué lugar, pero la pérdida de las llaves es finalmente lo que importa pues es al pretexto para el retraso de la esposa en abrir la puerta y es a la substitución de llaves a la que se le puede atribuir un valor simbólico.

    La geografía se vuelve entorno local cuando se introducen con toda naturalidad en la narración romancística los términos particulares o regionales que designan lugares cercanos. En Blancaflor y Filomena, en una versión colombiana de Barbacoas, se dice

    Y ya de haberla gozado a un guaico la rumbió.51


    Donde “guaico” es la designación local de un valle oculto de la Tierra Caliente de Nariño y “rumbió” se usa con el sentido de llevar.

    El cambio del entorno no sólo es geográfico: también implica la flora y la fauna locales, y en el lenguaje romancísticos no son extraños términos como el durazno (melocotón), el zopilote (ave carroñera de plumaje negro llamada en algunos lugares aura), el coyote, los pinacates (insectos rastreros), la flor de araguaney (árbol nacional de Venezuela, llamado en otros lugares guayacán) o el saraguato (mono aullador):

    Me casó mi madre con un zaraguato
    que yo no quería ni conocía
    y todas las noches el pícaro se salía
    con sarape al hombro y espada ceñida.52

    ¡Mariquita, Mariquita, linda flor de araguaney,
    éstas son mis tres hijitas, tú, mi querida mujer!53


    O podemos encontrar el arcaizante término de pejes (peces) que está presente en el mágico romance del Conde Arnaldos que nos cuenta de la nave que llega a la ribera una mañanita de san Juan y los efectos que produce:

    Los pejes que andan n’el hondo, arriba los ha de sacar,
    las aves que andan volando, n’el mastel las haz pasar.54


    En otros casos la tradición hace inteligible un término desconocido como el jato (ternero) de algunas versiones españolas, convirtiéndolo en pato o gato, animales poco propios para el rebaño de un pastor, pero comprensible; cambio que encontramos en una versión de La dama y el pastor recogida en Nuevo México:

    —Te pago el perro y el pato, el gato y el almirez
    tan sólo porque te quedes, esta noche y otras tres.55


    Otra forma de apropiación de la tradición más profunda es la que lleva el romance a volverse corrido, expresión mexicana de la balada derivada del romance. Así, el popular romance sobre Bernal Francés, que no está recogido en las colecciones antiguas, pero cuya tradicionalidad está comprobada desde el siglo XVI, pues Góngora cita algunos versos en una composición burlesca de 1597, Lope de Vega lo utiliza en Amor secreto hasta los celos (1614) y Calderón lo emplea en su comedia burlesca de Céfalo y Pocris (1691), mantiene su vitalidad en México bajo la forma de corrido. Posiblemente el referente histórico del romance antiguo sea un capitán de las guerras de Granada,56 que en México, posiblemente por el nombre de Bernal Francés, la tradición lo transformó en don Fernando de la Francia, un militar de la intervención francesa del siglo XIX, “un soldado muy valiente/ que combatió en el Bajío cuando Bazaine salió”, según la recreación de Eduardo Guerrero, el popular editor de hojas volantes y pliegos sueltos de la primera parte del siglo XX, que ubica la acción en Plan de Barranca, Jalisco.

    En la tradición mexicana se ha asimilado el romance tradicional de Bernal Francés al nuevo género baladístico, y es conocido comoCorrido de Elena, introduciendo las fórmulas, el estrofismo, y las características introducciones y despedidas de narrador que identifican al corrido:

    Ahora les voy a decir a las señoras honradas,
    no den su brazo a torcer cuando se encuentren casadas;
    ya ven lo que le pasó a la infeliz Elena,
    quiso tratar en latín teniendo su letra buena.57
    [...]
    Vuela vuela, palomita, vuela y sigue tu volido,
    anda a ver cómo le fue a Elena con su marido.58

    Ya con ésta me despido de ver mi suerte tan buena,
    aquí se acaba el corrido de la señorita Elena.59


    Otro romance muy ‘acorridado’ en sus finales es el de Delgadina que también utiliza una amplia gama de despedidas de narrador:

    Ya con esta me despido, blancos azahares de lima,
    aquí termina el corrido “La muerte de Delgadina”.60


    Este tipo de despedidas normativas, típicas de los corridos, no sólo se encuentra en la tradición mexicana, pues tenemos ejemplos en versiones recogidas en otros países, como esta versión peruana de Las señas del esposo recogida por Menéndez Pidal del investigador Mariano Cornejo en su viaje por el continente americano de 1905:

    Así se acaban los versos de una famosa mujer,
    hablando con su marido sin poderlo conocer.61


    Pero no imaginemos románticamente al pueblo creador absoluto. En ocasiones, es cierto, la tradición es ingenuamente creativa, pero en otros casos casi llega al absurdo. Así, en el romance del Conde Olinos, el protagonista es el conde Niño (llamado también conde Lirio); pero en algunas versiones colombianas –probablemente por confusión fonética– se transformó en un “corderillo” con lo que obviamente la acción que lleva a cabo, es incomprensible:

    Se levanta un corderillo la mañana de san Juan
    a darle agua a su caballo a las orillas del mar.
    La madre le dice a su hija –¡Levantate, no durmás!62


    También, en su afán por enaltecer algo, la tradición puede llegar a crear un color “azul carmesí”, lo cual no deja de ser extraordinario, pero desafortunadamente no podemos imaginar cual sería ese color al que hace referencia para el manto de la difunta Merceditas una versión argentina de ¿Dónde vas Alfonso XII?63:

    El cajón que la llevaba, era de oro y de marfil,
    y el manto que la cubría, era de azul carmesí,
    recamado en oro y perlas y con hojas de jazmín.


    En este mismo romance, en una versión nuevomexicana, el color carmesí sigue dando problemas, pero el transmisor interpreta que debe tratarse de algo muy elegante y así modifica el término que indica un matiz del rojo en el neologismo “cortesí” que intuimos debe referirse a algo de la corte y por tanto algo valioso. El verso en cuestión dice así:

    El coche en que la llevaban era de oro y cortesí.64


    En varias versiones nicaragüenses de Delgadina la sala cuadrada por la que pasea la muchacha se transforma, por el simple desplazamiento de una letra, y hace a Delgadina un ser alado ¿angelical?:

    Delgadina se paseaba con sus alas bien cuadradas.65


    El verso que ha dado lugar a la variante anterior: “Delgadina se paseaba por una sala cuadrada”, con variantes menores y menos impactantes se encuentra en varias versiones mexicanas de Durango, Chihuahua, Jalisco, Zacatecas y Guanajuato. En este mismo romance, pero en una versión argentina, se nos dice por posible transformación, pensando en creación poética y reinterpretación del transmisor, o en otra perspectiva, incomprensión de “adoradas” que

    El rey tenía tres hijas y las tres eran doradas.
    La menorcita de ellas Delgadina se llamaba.66


    Sin embargo, todas estas variaciones un tanto ingenuas o absurdas, son creación poética (obviamente de valor muy discutible), y siguen siendo formas de apropiación americana de la tradición hispánica y muestra de la vitalidad de los textos en este continente.

    Durante siete siglos los romances han sido dichos o cantados en todos los rincones de la península Ibérica, y se han transmitido oralmente en español, catalán, portugués o gallego y ladino, y su presencia se encuentra incluso en baladas vascas. Los temas surgidos en la Edad Media, y especialmente difundidos a partir del siglo XV, con el paso de los siglos se han refuncionalizado para explicar nuevos tiempos; al lado de los antiguos temas épicos castellanos los romances también han expresado temas más universales presentes en la balada internacional. Los romances, como casi toda la poesía narrativa, se han sentido más cómodos en la montaña que en la costa. Por razones que se nos escapan, las costas y el mar no han sido espacios geográficos habituales de los romances, y han preferido la canción lírica y la copla.

    De los valles umbríos de Asturias y Galicia, y de las reuniones al calor del fuego en los largos inviernos norteños o en las faenas de la siega en los campos abiertos castellanos, vinieron los romances como los emigrantes a los valles de Tierra Caliente, a las rancherías del Bajío, a los llanos de Colombia y Venezuela y en la pampa platense se asentaron, al igual que en las reuniones en las plantaciones cubanas de caña y tabaco.

    Los romances, textos abiertos por excelencia, vitales en la variación, se integraron al Nuevo Mundo; y el hombre americano, al variar palabras, fórmulas, estructuras y asuntos, hizo suya la vieja tradición hispánica. América se apropió de la palabra y a las de todos agregó la suya. El romance tradicional vive en variantes que se extienden por el amplio horizonte americano; y el transmisor de la nueva tierra, como el marinero de la nave de Arnaldos, sólo dice su canción a quien va con él. Y así la he dicho yo a ustedes.


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    1 Ramón Menéndez Pidal, Romancero hispánico. Teoría e historia, Espasa-Calpe, Madrid, 1968, t. I, p. 226.

    2 Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, ed. crítica José Antonio Barbón Rodríguez, El Colegio de México-Universidad Nacional Autónoma de México-Servicio Alemán de Intercambio Académico-Agencia Española de Cooperación Internacional, México, 2005.

    3 Bartolomé de Las Casas, Brevísima relación de la destruición de las Indias, ed. de A. Saint Lu, Cátedra, Madrid, 1989, p. 108.

    4 Pedro Gutiérrez de Santa Clara, Historia de las guerras civiles del Perú y de otros sucesos de las Indias, Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1904, t. II, p. 459.

    5 Francisco Ximénez, Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala de la orden de predicadores, 5 vols., Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 1999, t. I, p. 29.

    6 Alejo Carpentier, La música en Cuba, Fondo de Cultura Económica, México, 1972, pp. 21-22.

    7 Guillermo Lohman Villena, El arte dramático en Lima durante el virreinato, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1945, pp. 16 y 64.

    8 Irving A. Leonard, Los libros del Conquistador, Fondo de Cultura Económica, México, 1953, apéndices.

    9 Guillermo Prieto, El romancero nacional, pról. Ignacio M. Altamirano, Porrúa, México, 1984, p. 227.

    10 Samuel Feijóo, Romances cubanos del siglo XIX, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977, p. 43, publicado originalmente en 1886.

    11 Carlos Walker Martínez, Romances americanos, Imprenta Litografía y Encuadernación, Barcelona, 1899, p. 81.

    12 Ismael Enrique Arciniegas, Romancero de la Conquista y de la Colonia, Ministerio de Educación Nacional, Bogotá, 1938.

    13 Catamarca, Ismael Moya, Romancero. Estudios sobre materiales de la colección de folklore, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1941, t. II, pp. 78-79.

    14 Delgadina, La Rioja, Argentina, Gloria B. Chicote, Romancero tradicional argentino, Queen Mary University of London, London, 2002, p. 78.

    15 Rafael Lapesa, Historia de la lengua española, 8a. ed. Gredos, Madrid, 1980. Más recientemente lo han hecho desde este lado del Atlántico Concepción Company y Luis Fernando Lara.

    16 El Marinero, Ciudad Trujillo, Dominicana, Edna Garrido, Versiones dominicanas de romances españoles, Pol Hermanos, Ciudad Trujillo, 1946, p. 77.

    17 Las señas del esposo, Alajuela, Costa Rica, Michèle S. de Cruz-Sáenz, Romancero tradicional de Costa Rica, Juan de la Cuesta, Newark, 1986, p. 18.

    18 Regla, La Habana, Cuba, Maximiano Trapero y Martha Esquenazi Pérez, Romancero tradicional y general de Cuba, Gobierno de Canarias-Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”, Madrid, 2002, p. 175.

    19 Gisela Beutler, Estudios sobre el Romancero español en Colombia, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1977, p. 383.

    20 Blancaflor y Filomena, Antigua Guatemala, y Bernal Francés, Guatemala, Carlos Navarrete, El romance tradicional y el corrido en Guatemala, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1987, pp. 26 y 39.

    21 La adúltera. Publicada originalmente por Vicente T. Mendoza sin indicación de lugar, Mercedes Díaz Roig y Aurelio González, Romancero tradicional de México, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1986, p. 55.

    22 Arthur L. Campa, Spanish folk-poetry in New Mexico, The University of New Mexico Press, Albuquerque, 1946, p. 34.

    23 Versión de La dama y el pastor, Chillán, Biobio, Chile, Raquel Barros y Manuel Dannemann, El Romancero chileno, Universidad de Chile, Santiago, 1970, p. 45.

    24 Valdivia, Chile, Julio Vicuña Cifuentes, Romances populares y vulgares, Imprenta Barcelona, Santiago, 1912, pp. 119-120.

    25 Versión de San Felipe, Antigua Guatemala, Navarrete, op. cit., p. 29.

    26 Beutler, op. cit., p. 362.

    27 Versión de Jutiapa, Guatemala, Navarrete, op. cit., p. 46.

    28 La dama y el pastor, versión de Tejas. Américo Paredes, A Texas-Mexican cancionero. Folksongs of the lower border, University of Illinois, Chicago, 1976, pp. 7-8.

    29 Beutler, op. cit., p. 346

    30 Versión de Lima, Emilia Romero, El romance tradicional en el Perú, El Colegio de México, México, 1952, p. 106.

    31 Versión de Hilitos de oro de ciudad Guerrero, Chihuahua, México, Díaz Roig y González, op. cit., pp. 148-149.

    32 La Rioja, Argentina, Chicote, op., cit., p. 44.

    33 Carpentier, La música en Cubaop. cit., p. 35.

    34 Barbacoas, San José, Costa Rica, Cruz-Sáenz, op. cit., pp. 20-21.

    35 Las señas del esposo, versión de la ciudad de Guatemala, Navarrete, op. cit., p. 53.

    66 Tamazula de Gordiano, Jalisco, México, Delgadina, Díaz Roig y González, op. cit., p. 98.

    37 Rico Franco, Cruces, Cienfuegos, Cuba, Trapero-Esquenazi, op. cit., p. 162.

    38 Teziutlán, Puebla, México, Las señas del esposo, Díaz Roig y González, op. cit., p. 35.

    39 Curicó, Chile, Vicuña Cifuentes, op. cit., p. 50.

    40 Ernesto Mejía Sánchez, Romances y corridos nicaragüenses, Imprenta Universitaria, México, 1946, p. 91.

    41 Las señas del esposo, Moya, op. cit., t. I, p. 481.

    42 Celso Lara Figueroa, “La décima y la copla en la poesía popular de Guatemala”, Folklore Americano, 28 (1979), pp. 106-107.

    43 Navarrete, op. cit., p. 191.

    44 Versión recogida en Jinotega. Mejía Sánchez, op. cit., p. 98.

    45 Chuquisaca y Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, Ciro Bayo, Romancerillo del Plata, Victoriano Suárez, Madrid, 1913, p. 25.

    46 Santiago del Estero, Argentina, Chicote, op. cit., p. 46.

    47 Versión de Polonia y la muerte del galán recogida en Las Tunas, Trapero-Esquenazi, op. cit., p. 254.

    88 Beatriz Mariscal, Romancero General de Cubaop. cit., pp. 151-152. Recogido y publicado originalmente por Carolina Poncet y de Cárdenas en “El Romance en Cuba. Consideraciones sobre la poesía popular cubana”, Revista de la Facultad de Letras y Ciencias (La Habana, 1914).

    49 Ibid., p. 159. Versión que Carolina Poncet recogió antes de 1969 y apareció publicada en el “Apéndice” de sus Investigaciones y apuntes literarios, Letras Cubanas, La Habana, 1985.

    50 Mercedes Díaz Roig, Romancero tradicional de América, El Colegio de México, México, 1990, p. 31. Originalmente lo publicó Lourdes Dubuc de Isea, Romería por el folklore boconés, Universidad de los Andes, Mérida, 1966, pp. 210-211.

    51 Beutler, op. cit., p. 356.

    52 Versión de La malcasada del pastor de Yucatán, México. Díaz Roig y González, op. cit., p. 51.

    53 Versión de Las señas del esposo de Altagracia de Orituco, Guárico, Venezuela, R. Olivares Figueroa, “Romances coloniales recogidos en Venezuela”, Diario Ahora (Caracas), 3 de octubre 1943. Díaz Roig, op. cit., p. 240.

    54 Versión de Córdoba, Argentina, Chicote, op. cit., p. 42.

    55 Bernalillo, Nuevo México, Campa, op. cit., p. 44.

    56 Juan Bautista Avalle Arce, “Bernal Francés y su romance”, Anuario de Estudios Medievales, 3 (1966), pp. 327-392.

    57 Versión del Estado de Guerrero, México. Díaz Roig y González, op. cit., p. 68.

    58 Versión de San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas, México, recogida por Vicente T. Mendoza. Díaz Roig y González, op. cit., pp. 73-74.

    59 Versión de Tehuantepec, Oaxaca, Díaz Roig y González, op. cit., p. 66.

    60 Versión de la ciudad de México. Díaz Roig y González, op. cit., p. 86.

    91 Romero, op. cit., p. 69.

    62 Versión de Chocó, Colombia. Beutler, op. cit., p. 342.

    63 Versión de Tucumán, Argentina, Chicote, op. cit., p. 37.

    64 Versión de Socorro, Nuevo Mexico, Estados Unidos, Aurelio Macedonio Espinosa, Romancero de Nuevo Mejico, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1953, p. 24.

    65 Versiones de Sabana Grande y Granada, Nicaragua. Mejía Sánchez, op. cit., pp. 119, 121, 123.

    66 Versión de La Rioja, Moya, op. cit., t. I, p. 429.

     

    Respuesta al discurso de ingreso de don Aurelio González

     

    Nacido en México en 1947, Aurelio González es descendiente de inmigrantes asturianos, hecho que, en varios sentidos, ha marcado parte de su vida. Hizo la Licenciatura en la UNAM y el Doctorado, en El Colegio de México, donde es profesor-investigador desde 1985 y fue director del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios entre 2003 y 2009. Además es profesor de asignatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


    Plenamente asentado, pues, en la ciudad de México, tiene, por otra parte, múltiples contactos con España. Su formación se centró en la literatura española de la Edad Media y del Siglo de Oro, como era común en nuestra Facultad hasta hace varias décadas (las generaciones actuales se interesan sobre todo por la literatura mexicana moderna y, en menor medida, por la latinoamericana). Y muchas de sus investigaciones han girado en torno a temas de la literatura medieval, renacentista y áurea. De modo que actualmente es Aurelio uno de los pocos representantes mexicanos en los congresos sobre esos temas.

    Aurelio ha desplegado y sigue desplegando una enorme, incansable, actividad. Siempre da cursos y siempre está asesorando a gran cantidad de tesistas, en los tres niveles universitarios. Pero también es un gran organizador: de congresos, de investigaciones colectivas, de ediciones y coediciones de libros sobre los temas que le interesan. Con Concepción Company Company y Lillian von der Walde va editando, casi cada año, las actas de los congresos de Medievalia que publican la UNAM y El Colegio de México, y él solo, las actas de los congresos que organiza en El Colegio. Aurelio es, por cierto, un excelente editor; y es otras cosas, como, por ejemplo, director teatral en el Centro Asturiano.

    Entre todas estas actividades destaco la de sus variadas investigaciones, que han venido cuajando en libros y en abundantes artículos, aparecidos en publicaciones especializadas. Sus temas preferidos parecen ser: el teatro español del Siglo de Oro, y sobre todo, el romancero tradicional hispánico.

    Es éste, sin duda, el tema al que más se ha dedicado y sigue dedicándose en su vida profesional. Como ayudante y colaborador de mi gran amiga Mercedes Díaz Roig, preparó El Romancero en México, publicado en 1986, cuando Aurelio ya había publicado un libro dedicado a un aspecto del romancero viejo y preparaba su tesis doctoral en torno al romancero tradicional moderno. Muchas son sus investigaciones y publicaciones en torno al romancero, y no sólo dedicadas al romancero viejo y al de tradición oral, sino también a los romances llamados “nuevos”, que a fines del siglo XVI inventaron Góngora, Lope de Vega y muchos otros poetas y que se publicaron anónimamente. Le ha interesado, en menor medida, el corrido mexicano.

    Como la madrileña Mercedes Díaz Roig, Aurelio es un discípulo indirecto de Ramón Menéndez Pidal. Las notables publicaciones que este gran filólogo español (1869-1968) dedicó a la poesía épica medieval y al romancero antiguo crearon escuela en España y Latinoamérica y todavía hoy cuentan con discípulos que hacen perdurar muchas de sus ideas y sus interpretaciones. Cito un ejemplo. La distinción que en cierto momento estableció Menéndez Pidal, exclusivamente para España, entre poesía popular y poesía tradicional ha sido adoptada por propios y ajenos. Lo curioso en este caso es que sus seguidores la aplican con mucho mayor rigor que él mismo. En efecto, Menéndez Pidal incurrió en fluctuaciones y contradicciones; llegó a decir que la palabra popular tiene dos sentidos, ‘divulgado’ y ‘tradicional’, incluyendo lo tradicional dentro de lo popular, cuando originalmente contrapuso las dos categorías. Popular, junto a oral, es la palabra que, para designar las manifestaciones folclóricas emplean italianos y franceses, y los ingleses y alemanes no han necesitado otra, para la poesía oral que folk-poetry y Volksdichtung. Quizá no hacía falta un término especial para la poesía popular en lengua española; pero, en fin, el término tradicional se ha impuesto para ella casi en todas partes (algunos herejes seguimos hablando de poesía popular).

    Se trata, si se quiere, de una cuestión meramente terminológica; pero la influencia de Pidal ha calado más hondo. Su justificada exaltación de los romances llamados “viejos”, que surgieron en el siglo XIV y tuvieron su mayor auge en el xvi, lo llevó a despreciar un género de romances muy diferente y de creación posterior, los llamados “romances vulgares” o “de ciego” o “de pliego” y que él prefirió llamar plebeyos, “pues son destinados al pueblo abatido e inculto”. Esos romances que cantaban los ciegos y vendían impresos en baratos pliegos de cordel y que, por cierto, están en el origen del corrido mexicano, tienen su propio interés y han sido objeto en nuestros días de valiosas investigaciones. Pero quienes han seguido de manera más o menos ortodoxa las ideas del Maestro continúan menospreciándolos o simplemente los dejan fuera de su discurso.

    Por fortuna, esa ortodoxia ha tenido un límite y no se ha extendido al desprecio pidaliano por el romancero de tradición oral, es decir, por los romances viejos que han perdurado, con modificaciones, entre las comunidades sefardíes y en las poblaciones rurales de España y de Latinoamérica. Menéndez Pidal, que conoció la tradición oral moderna y que la impulsó personalmente en Sudamérica, tenía de ella una opinión adversa. Habla repetidamente de “la decaída tradición moderna” y dice que a partir del siglo XVII ya no se crea, sino que sólo se repite, “y tal repetición queda en el siglo XVIII reducida a las clases más incultas, cuya descuidada memoria remedia sus olvidos y satisface algún elemental deseo de novedad mediante inhábiles retoques, invenciones y contaminaciones con otros romances”. Los romances que hoy se cantan sólo interesaron a Menéndez Pidal en la medida en que proporcionaban variantes y aun textos no recogidos en el Siglo de Oro, o sea, en la medida en que contribuyen a perfilar la imagen de aquel maravilloso romancero viejo, único digno de su interés y de su estima.

    Pues bien, desde hace unos cincuenta años, se ha venido cambiando esa concepción, y una serie de estudiosos se ha dedicado a reivindicar a los romances que se cantan actualmente y a definir su peculiar poética. Como leemos en el excelente estudio preliminar de la antología Romancero de la tradición moderna (Sevilla, 1987), de Pedro M. Piñero y Virtudes Atero, hay en los cantores de esos romances, además de un afán por adaptarlos a la realidad cotidiana de las diversas regiones, “una clara tendencia a completar la historia que se narra, remontando su desarrollo al principio, o inventando un desenlace [...]. Se crean nuevos sentidos o se toman otros pertenecientes a diversos temas”. Muchos textos tienden, por influencia de la copla lírica, a organizarse de cuatro en cuatro versos, a variar de rima, a llevar estribillos, etc., etc.

    El principal paladín de esta nueva concepción del romancero oral de nuestros días fue Diego Catalán Menéndez Pidal (1928-2008), nieto de don Ramón, director de la Fundación Ramón Menéndez Pidal y del Seminario Menéndez Pidal, que formó parte de la Universidad Complutense de Madrid. Para Diego Catalán y sus seguidores, el romance tradicional es un poema permanentemente abierto a cambios que lo van adaptando a las circunstancias en que se canta, y gracias a ello ha podido sobrevivir durante siglos en los más diversos lugares. El Seminario se dedicó a la recolección y publicación de romances cantados en España, y la Fundación Menéndez Pidal publicó -cosa notable- un volumen intitulado El romancero vulgar y nuevo.

    Durante cinco veranos (de 1980 a 1985) participó Aurelio González en los trabajos de campo en que el Seminario de Diego grababa romances en aldeas de la península ibérica, además de asistir a varios cursillos. Estas experiencias fueron, sin duda, decisivas para Aurelio. Entre otras cosas –como la adopción del concepto clave de “texto abierto”–, esas experiencias lo llevaron a una exploración del romancero americano, que culminó en el libro intitulado El Romancero en América, publicado en Madrid en 2003. Esta obra está en la base del Discurso que acabamos de escuchar. Como hemos visto, Aurelio se detiene ahora en las variadas manifestaciones lingüísticas de la americanización y en la adaptación de los viejos romances a situaciones, objetos y referencias culturales, geográficas y ecológicas de muchos países americanos. Hemos visto desfilar la impresionante variación de romances muy divulgados, como los de Delgadina y Las señas del esposo. Y Aurelio ha sabido ahora enriquecer su exposición, sazonándola con sabrosos ejemplos de nuestra tradición romanceril. Yo añadiría que esta tradición quizá no sea tan “ingenuamente creativa” como dice Aurelio, sino poéticamente creativa.

    Con su libro, con su Discurso y con sus muchos estudios sobre el romancero de la tradición oral moderna, Aurelio se suma a los investigadores que, desde ambos lados del Atlántico, están continuando y superando la gran labor de don Ramón Menéndez Pidal al apreciar esa poesía, a la vez vieja y nueva de nuestras poblaciones rurales. Como escribió Paul Bénichou, ya en 1968, en su admirable libro Creación poética en el romancero tradicional, “El privilegio creador no perteneció exclusivamente a la edad de oro del romancero”, y “mientras se canten romances, serán y tendrán que ser por fuerza poesía actual”. Porque “en la poesía tradicional [...] es donde se ve, mejor que en cualquier otra parte, nacer y vivir La poesía”.

    Gracias, Aurelio, por estudiar el nacer y el vivir de la poesía, y sé muy bienvenido, en este acto solemne, a la Academia Mexicana de la Lengua.

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