Ceremonia de ingreso de don Alejandro Higashi a la Academia Mexicana de la Lengua

    Jueves, 10 de septiembre de 2015.

    Respuesta al discurso de ingreso de don Alejandro Higashi

    Señor director de la Academia Mexicana de la Lengua.

    Compañeras y compañeros académicos.

    Señoras y señores.  

    Es un signo elocuente de la pervivencia y renovación de nuestra Academia, no menos que de la inalterada continuidad de sus tareas en pro de la conservación y estudio de nuestra lengua nacional y, muy particularmente, de sus producciones literarias, el hecho de que sea uno de los ancianos miembros de esta corporación el encargado de dar la bienvenida al que será, a partir de ahora, uno de sus más jóvenes integrantes.

    Pudo pensarse que nuestra tradición académica obligaba a que quienes se incorporasen a ella debían ser individuos cuya madura edad los hubiera provisto de una larga experiencia profesional y una acrisolada sabiduría científica, pero hoy —y muy probablemente también en los próximos meses— se verá enmendada, si cabe, esa opinión reaccionaria: a pesar de todas las desdichas que aquejan a nuestro país en todos los ámbitos de la vida social, de las carencias materiales e intelectuales que padecen grandes estratos de la población, aún así han podido egresar de nuestras universidades jóvenes estudiosos que han alcanzado —gracias a su talento y firme voluntad— el máximo grado de preparación profesional y madurez crítica. Entre ellos sobresale el doctor Alejandro Higashi Díaz y, por cierto, en una de las disciplinas filológicas de más antigua prosapia: la ecdótica o arte de restituir los textos de la cultura clásica y moderna al estado que más se acerque a su redacción original.

    Como sabemos, el origen de tan eminente disciplina se remonta al siglo III, cuando los eruditos alejandrinos restablecieron la lección de los antiquísimos poemas homéricos, y revivió y se perfeccionó en los siglos XV y XVI por obra del humanismo renacentista, siempre afanado por hallar el modo más eficaz de restablecer el estatuto original de los clásicos griegos y latinos, de los cuales no sobrevivieron ni autógrafos ni copias que hubieran podido ser confrontadas con los manuscritos originales, de ahí que la tarea esencial de la ecdótica sea la llamada constitutio textus.

    Pero no solo las obras de la antigüedad clásica, también las grandes creaciones literarias de la Edad Media, de los siglos áureos y las épocas moderna y contemporánea, son dignas de ser editadas con igual cuidado y perfección; he ahí la importancia que concedemos a las llamadas ediciones críticas, cuyo carácter, necesidad y utilidad acaba de sernos mostrado —con precisión conceptual y justificado entusiasmo— por nuestro nuevo y admirado colega, cuyos vastos intereses literarios se extienden desde el Cantar de Mío Cidy la tradición petrarquesca, hasta las más recientes creaciones de los novelistas y poetas mexicanos, sin olvidar —desde luego— a los grandes ingenios de los Siglos de Oro ni a los de nuestra etapa virreinal; a todos ellos ha dedicado Alejandro Higashi un buen número de estudios que destacan por su lúcida y sutil erudición, matizados en ocasiones por un estimulante sentido del humor. Vale destacar entre sus trabajos un libro oportuno, necesario e iluminador de todo cuanto atañe el método ecdótico y a su correcta aplicación:Perfiles para una ecdótica nacional. Crítica textual de obras mexicanas de los siglos XIX y XX (UNAM, UAM, 2013) cuya buena fortuna no es necesario augurar. Notemos también que la actividad docente de nuestro nuevo académico se inició en edad muy temprana, siendo aún estudiante fue maestro de otros y de sí mismo.

    Queda bien claro en este su discurso de ingreso que la edición crítica y pulcramente anotada de un texto literario —ya sea clásico o moderno— excede los estrechos límites de una disciplina meramente bibliográfica o paleográfica; es siempre —o siempre debería serlo— el resultado de una ardua labor filológica, que atiende no sólo a los aspectos meramente lingüísticos de una obra determinada, sino a todo cuanto en ella se relacione con la más amplia cultura de una época y, más aún, con las intrincadas peripecias semánticas de su proceso creativo, por cuanto que de lo riguroso y afortunado que resulte el trabajo del editor dependerán, en alto grado, las posteriores tareas a cargo de la historiografía, la crítica y la hermenéutica literarias. Digo más, el meditado conocimiento de las producciones literarias de una lengua y, por ende, de aquella visión o imagen del mundo que ellas elaboran y transmiten, así como los valores humanos (morales, cívicos, filosóficos, estéticos…) que las sustentan, no ha de quedar constreñida al grupo privilegiado de los lectores profesionales, sino que habría de extenderse al conjunto de la sociedad para dotar, así, a todos sus individuos de una clara conciencia comunitaria: la de ser parte constitutiva de un dilatado proceso civilizador.

    Alude don Alejando en su discurso a la “brecha cada vez más amplia entre la educación media y los estudios universitarios”, al punto de que no han faltado pedagogos que propongan el establecimiento de ciertos programas de alfabetización académica con el fin de que los alumnos de primer ingreso en las universidades puedan “insertarse en el circuito de la comunicación académica,” del que hasta ahora suelen hallarse muy alejados. Y tal propuesta responde a una cruda realidad inocultable, pues en efecto, muchas veces nuestros jóvenes alumnos no acabaron de entender bien a bien lo que decían los libros que mal leyeron en la escuela, y sus maestros no siempre fueron capaces de abrirles las puertas del entendimiento para penetrar sin tropiezo en los tupidos bosques de la lectura.

    Nuestra casa perdurable es la lengua que hablamos, el espacio simbólico en que se finca y desarrolla nuestro ser; de manera, pues, que entre mayor sea el dominio de los recursos expresivos de nuestra lengua, en esa misma medida alcanzaremos los dones del juicio y el pensamiento: la dignidad del ser humano se afirma y ensancha en tanto que éste sea capaz de valerse de aquella prodigiosa red de signos comunicables que nos permiten descubrir y comprender los infinitos reclamos del mundo que nos rodea y responder a ellos de manera coherente y adecuada. Mal andan las cosas cuando los hablantes comunes —y en especial los jóvenes ayunos de todo trato literario— se ven obligados a reducir sus conversaciones cotidianas al uso reiterado de las formas de expresión más triviales y mecánicas, que quizá les permitan, al menos, producir un remedo de intercambio verbal.

    Siendo esto así, la propuesta de Alejandro Higashi no puede ser tomada tan solo como una recomendable estrategia para la superación de las incompetencias cognitivas de nuestros estudiantes universitarios, sino como uno de los medios más idóneos para que éstos alcancen su impostergable capacitación epistemológica en los campos de muy diversas disciplinas y, más importante aún, para que puedan tener acceso a la entera posesión de nuestra lengua, por gracia de la cual alcanzamos la plena conciencia y proyección de nuestro ser individual.

    Es preciso reconocer que lo que suele llamarse incompetencia lectora no es un problema que afecte únicamente a los jóvenes estudiantes, sino a la entera sociedad mexicana. En este mundo de las comunicaciones perentorias, en que nos vemos constantemente requeridos por los diversos “medios masivos de comunicación”, nuestro espíritu queda avasallado por la prepotencia de aquellos mensajes políticos o publicitarios –si es que acaso puede establecerse alguna diferencia entre ellos— que no nos convocan precisamente a la reflexión y al diálogo, sino que nos instruyen autoritariamente acerca de lo que debemos asumir como las únicas verdades incontestables de nuestra convulsa sociedad actual.

    La lengua, como bien se advierte, puede ser ejercida, no ya como un instrumento de solidaridad y concurrencia, sino también como una impalpable pero eficaz cadena de vasallaje: el vasallaje inconsciente al que puede condenarnos nuestra propia incapacidad para descubrir en los discursos ajenos sus secretas o falaces intenciones. Y nunca mejor aplicado el epíteto “masivo” a estas formas electrizadas de la comunicación universal que, en la práctica, van irremediablemente convirtiendo a los destinatarios singulares en un solo bloque homogéneo y anónimo, al despojarlos del insoslayable carácter activo que les correspondería dentro de un genuino intercambio social.

    Todo lo contrario ocurre en la comunicación directa y efectiva de la lectura: la hoja impresa, el libro o, inclusive, las multitudinarias páginas web, forman parte de un acto esencialmente libre y voluntario en el que intervienen un destinatario real —la persona que lee— y ciertas secuencias discursivas, que son la manifestación textual del pensamiento de quien las transmite por medio de la escritura. He ahí el quid de la cuestión: la escritura, más aún que la palaba hablada —siempre sujeta a los tropiezos o dubitaciones del hablante— supone dos procedimientos concordantes y simultáneos; uno, el atinado escogimiento y distribución de los signos que forman una cadena enunciativa; otro, la plausible correspondencia de aquellos signos convencionales con el contenido vivo y singular del pensamiento o las voliciones de su emisor.

    En su discurso de ingreso, se ha referido don Alejandro a la necesidad de proporcionar a nuestros estudiantes “los primeros rudimentos académicos a quienes ingresan a las universidades por primera vez”, es decir, “alfabetizarlos” de manera formal y sustancial, con el fin de capacitarlos para percibir las variadas referencias y las recónditas alusiones de un texto literario, y con ello alcanzar su más amplia comprensión y su pleno disfrute estético e intelectual. Porque ni los lectores comunes ni, mucho menos, los futuros profesionales de las disciplinas humanísticas debieran ignorar la distancia que separa un texto propiamente literario de un discurso práctico, historiográfico o científico; en éstos, para ponerse al amparo de peligrosas ambigüedades, el uso de la lengua se contrae a sus más explicitas formas denotativas; en la creación literaria, por el contrario, el texto emprende largos recorridos de experimentación semántica: su propósito es el de revelar las ocultas o inéditas conjunciones entre los seres y las cosas. Tal clase de textos solicita, pues, dos tipos de lectura y compresión, diversos y, sin embargo, convergentes: la primera apela a la común normatividad lingüística (aquella según la cual debemos llamar al pan, pan, y al vino, vino); la segunda, está atenta a las infinitas posibilidades de todo sistema semiótico para crear nuevas formas de expresión que den cuerpo sonoro y calidad plástica a los íntimos sustratos de la conciencia y a su asombroso poder de imaginación.

    La extendida incapacidad de los lectores —que es, por desdicha también, la de una creciente zona de hablantes oficialmente alfabetizados— requeriría que se tomaran con urgencia las medidas más eficaces al respecto, y que tanto las autoridades “competentes”, como las instituciones de enseñanza media y superior se dispusieran a contribuir seriamente a la solución de este problema verdaderamente nacional: porque el destino de una nación nunca llagará a ser verdaderamente justo y democrático si la inmensa mayoría de sus ciudadanos carece de los instrumentos del pensamiento y la palabra.

    Por lo que toca a la Academia Mexicana —cuyo principal objeto es “el estudio de la lengua española y en especial cuanto se refiera a los modos peculiares de hablarla y escribirla en México”— le corresponde asimismo, como tarea fundamental— el estudio y difusión de nuestros monumentos literarios, que son el legado irrenunciable de cuanto han visto, sabido, pensado e imaginado los escritores de nuestra lengua, tanto de España como de Hispanoamérica. Desde sus inicios, la Academia difundió los trabajos de sus miembros en las correspondientes Memorias anuales, así como en algunas publicaciones aisladas, pero a partir de 2014 se organizó un ambicioso programa editorial dividido en tres colecciones: Lengua y Memoria, Horizontes y Clásicos de la Lengua Española. Si las dos primeras albergan textos sobre temas generales que han sido objeto de investigación, análisis o discusión por parte de los académicos, la última tiene el propósito de constituir un vasto programa de ediciones críticas y anotadas de las obras literarias más representativas de nuestra lengua; algunas de ellas provienen de las ediciones ya incluidas en la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española; otras han sido puestas a cargo de nuestros propios académicos y de reputados especialistas en cada uno de los autores seleccionados.

    Con la difusión de esos textos cuidadosamente editados, la Academia se propone remediar en lo posible la actual carencia de ediciones críticas y contribuir al firme establecimiento de aquel tipo de lectura que conduzca a la cabal comprensión, análisis y contextualización de lo leído. La lectura necesariamente “discontinua” de una edición crítica requiere del ejercicio de una creciente capacidad reflexiva, la cual consiste en relacionar diversas partes del texto entre sí e, inclusive, con otras obras leídas o por leer; en suma —como acabamos de escucharlo de labios de don Alejandro Higashi— la edición crítica de un texto literario “permite al público lector aprender página a página no sólo los contenidos de lo que lee, sino estrategias metacognitivas para leer mejor y con más provecho”.

    Desde el momento de su elección, el Dr. Higashi manifestó su deseo de incorporarse a los trabajos de la Comisión Editorial de nuestra Academia, a la que ya ha contribuido ampliamente con sus atinadas propuestas y, muy en especial, con la elaboración de unas indispensables “Normas para la preparación y entrega de originales de la colección Clásicos de la Lengua Española de la Academia Mexicana de la Lengua”.

    Don Alejandro, sea muy bien venido a esta casa: los frutos de su trabajo nos honrarán a todos.

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