Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 04 de noviembre de 2019. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Desde Granada…

    Desde Granada subimos hasta Víznar. Vagamos por el borde sombrío del barranco. –¿Dónde?, decíamos. Era el otoño. Los hermanos, las viudas, los hijos de los muertos venían con grandes ramos. Entraban en el bosque y los depositaban en algún lugar, incierto, tanteantes. ¿En dónde había sucedido? –Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí también mataron a otros muchos, a tantos, a esos que ahora nadie ya recuerda. –Él ya no es él, le dije. Es el nombre que toma la memoria, no extinguible, de todos.
                                         Víznar, 1988

    José Ángel Valente (1929-2000)
    Fragmentos de un libro futuro
    Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2019

    Martes

    Profecía

    Y más hacia el norte
    mientras el tren avanza
    el silencio es mayor
    no se conversa en los vagones
    las palabras con esa luz
    que cede con serenidad dorada a la noche
    las mujeres y los hombres
    sin importar edad
    no pronuncian su mirar
    no duermen
    viajan así
    enmudecidos
    el mar no se escucha todavía
    los años que restan se cuentan con las manos
    los niños no lo saben
    las siluetas de los árboles y las montañas
    les pertenecen
    son sus sueños
    algo intuyen
    con sus brazos asemejan una ola
    dos
    tres
    pareciera que comienzan a oír
    el oleaje se aproxima
    es un latido que estremece.

    Tomás Calvillo (1955)
    Pausada tinta
    Secretaría de Cultura de San
    Luis Potosí, San Luis Potosí, 2016

    Miércoles

    Los nueve monstruos

    Y, desgraciadamente,
    el dolor crece en el mundo a cada rato
    crece a 30 minutos por segundo paso a paso,
    y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces
    y la condición del martirio, carnívora, voraz,
    es el dolor dos veces
    y la función de la yerba purísima, el dolor
    dos veces
    y el bien de ser, dolernos doblemente.
             Jamás, hombres humanos,
    Hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
    en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
    Jamás tanto cariño doloroso,
    jamás tan cerca arremetió lo lejos,
    jamás el fuego nunca
    jugó mejor su rol de frío muerto!
    Jamás, señor ministro de salud, fue la salud
    más mortal
    y la migraña extrajo tanta frente de la frente!
    Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,
    El corazón, en su cajón, dolor,
    la lagartija, en su cajón, dolor.
              Crece la desdicha, hermanos hombres,
    más pronto que la máquina, a diez máquinas, y crece
    con la res de Rousseau, con nuestras barbas;
    crece el mal por razones que ignoramos
    y es una inundación con propios líquidos,
    con propio barro y propia nube sólida!
    Invierte el sufrimiento posiciones, da función
    en que el humor acuoso es vertical
    al pavimento,
    el ojo es visto y esta oreja oída,
    y esta oreja da nueve campanadas a la hora
    del rayo, y nueve carcajadas
    a la hora del trigo, y nueve sones hembras
    a la hora del llanto, y nueve cánticos
    a la hora del hambre y nueve truenos
    y nueve látigos, menos un grito.
              El dolor nos agarra, hermanos hombres,
    por detrás, de perfil,
    y nos aloca en los cinemas,
    nos clava en los gramófonos,
    nos desclava en los lechos, cae perpendicularmente
    a nuestros boletos, a nuestras cartas;
    y es muy grave sufrir, puede uno orar…
    Pues de resultas
    del dolor, hay algunos
    que nacen, otros crecen, otros mueren,
    y otros que nacen y no mueren, otros
    que sin haber nacido, mueren, y otros
    que no nacen ni mueren (son los más).
              Y también de resultas
    del sufrimiento, estoy triste
    hasta la cabeza y más triste hasta el tobillo,
    de ver el pan crucificado, al nabo,
    ensangrentado,
    llorando, a la cebolla,
    al cereal, en general, harina,
    a la sal, hecha polvo, al agua, huyendo,
    al vino, un ecce-homo,
    tan pálida a la nieve, al sol tan árido!
    ¡Cómo, hermanos humanos,
    no deciros que ya no puedo y
    ya no puedo con tanto cajón,
    tanto minuto, tanta
    lagartija y tanta
    inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
    Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
    ¡Ah! desgraciadamente, hombres humanos,
    hay, hermanos, muchísimo que hacer.

    César Vallejo (1892-1938)
    Antología de poesía latinoamericana contemporánea
    Selección de Piedad Bonnett
    Norma, Bogotá, 2010

    Jueves

    ¡Qué bien están los muertos!

    ¡Qué bien están los muertos,
    ya sin calor ni frío,
    ya sin tedio ni hastío!
             Por la tierra cubiertos,
    en su caja extendidos,
    blandamente dormidos…
             ¡Qué bien están los muertos,
    con las manos cruzadas,
    con las bocas cerradas!
             ¡Con los ojos abiertos,
    para ver el arcano
    que yo percibo en vano!
             ¡Qué bien estás, mi amor,
    ya por siempre exceptuada
    de la vejez odiada,
              del verdugo dolor…;
    inmortalmente joven,
    dejando que te troven
              su trova cotidiana
    los pájaros poetas
    que moran en las quietas
             tumbas, y en la mañana,
    donde la Muerte anida,
    saludan a la vida.

                            17 de junio de 1912

    Amado Nervo (1870-1919)
    La amada inmóvil * Serenidad
    Elevación * La última luna
    Prólogo de Ernesto Mejía Sánchez
    Porrúa, México, 2009

    Viernes

    Las moscas

    1
    Porque la mosca es sucia
    y despreciable
    pero tan familiar
    como el cochambre de la estufa
    como la bacinica del abuelo
    como el salitre en las paredes
    como una mancha oscura
    en el mantel,
    como un bolillo húmedo,
    como el olor del gato,
    como los calcetines en remojo;
    porque la mosca vuela hipnotizada
    en la sala vacía,
    junto al balcón abierto,
    cuando la tarde presagia lluvia,
    su presencia nos duele
    y nos contenta.
    Ella es el ángel nuestro
    de alas turbias,
    un recado confuso
    que nos une a la vida.

    2
    Dulce animal casero,
    fantasma tolerable:
    no engordes demasiado;
    no insistas en chocar
    contra los focos;
    no fastidies al perro;
    no roces nuestros labios;
    no te seques en una telaraña;
    no recorras los bordes
    de las cazuelas sucias;
    pero ante todo,
    no caigas en la sopa
    –y no faltes en casa
    ni de noche
    ni de día.

    Eduardo Hurtado (1950)
    Ciudad sin puertas,
    Ediciones Toledo,
    México, 1992

    Sábado

    Yo soy

    Soy extraña en este mundo
    a veces singular y a veces nada.
    Soy el recuerdo de tres piedras
    y el estallido de una llamarada.
    Soy silenciosa cuando digo
    y elocuente si declamo al alba.
    Soy y no soy y a veces vivo
    en este mundo aparente de palabras.

    Lorena Avelar (1969)
    El puente
    Editorial Nazarí, Granada, 2019

    Domingo

    Coronación del amor

    Mirad a los amantes.
    Quieta la amada descansa muy leve,
    como a su lado reposa el corazón del amante.
    Es el poniente hermoso. Han pasado los besos
    como la cálida propagación de la luz.
    Ondas hubo encendidas que agitadas cruzaron,
    coloreadas como las mismas nubes que una dicha envolvieron.
    Luz confusa, son de los árboles conmovidos por el furioso y dulce soplo del amor,
    que agitó sus ramajes, mientras un instante, absorbido, su verdor se endulzaba.
    Para quedar sereno y claro el día, puro el azul, sosegada la bóveda que las felices frentes coronara.
             Miradles ahora dueños de su sangre, vencido
    el tumultuoso ardor que flamígera puso
    su corporal unidad, hecha luz trastornada.
    Los dorados amantes, rubios ya, permanecen
    sobre un lecho de verde novedad que ha nacido
    bajo el fuego. ¡Oh, cuán claros al día!
             Helos bajo los aires que los besan
    mientras la mañana crece sobre su tenue molicie,
    sin pasar nunca, convocación de rapto leve,
    porque la luz quiere como pluma elevarles,
    mientras ellos sonreían a su amor, sosegados,
    coronados del fuego que no quema,
    pasados por las alas altísimas que ellos sienten cual besos
    para sus puros labios que el amor no destruye.

    Vicente Aleixandre (1898-1984)
    Historia del corazón (1945-1953)
    Espasa Calpe, Madrid, 1954

     

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