Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 02 de septiembre de 2019. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

    Lunes

    Cuatro canciones y un final feliz

    1
    Había una vez un mar.
    Y junto al mar la niña.
    Había también un cielo
    hecho sólo de estrellas,
    un sol muerto de frío,
    un cielo opaco,
    y las desnudas nubes.
    Era el amanecer. Había
    un martillo lento, suave,
    lento, firme, suave,
    un martillo de espuma.
    El mar era gigante
    con ojos blancos. La niña
    amanecía bañada por la música.
    Cuerdas, metales, trompas
    del aire abierto, los cellos
    de Vivaldi, la dura luz sonora
    de Bach o Brahms encanecían
    el mar, el mar pesado
    como un espeso grito.
    Venían las olas con un rumor
    salvaje, nacía la luz
    mientras la niña
    navegaba en un barco de sombras,
    moribundo de sueños.
    Sola en el mar del amanecer,
    sola en la luz,
    sola con toda su sangre,
    mirando al sol, envuelta
    en el sonido puro del metal,
    la niña, como una paloma
    herida sobre el cerro,
    entre la arena y la ciudad,
    la niña amanecía.

    2
    Había una vez un lago.
    Y una niña dormida junto al lago.
    Había también un viento
    que dibujaba la música en un árbol.
    El mismo viento perseguía
    las nubes lentas y muy blancas.
    Luego este viento,
    hecho todo de sal,
    dormía tranquilo sobre el lago.
    El mediodía se agrandaba
    como un gran plato de acero.
    En ese cielo transparente, la niña
    se metía. La niña,
    hecha de luz y de sonrisas,
    sola en esa canícula
    sagrada, volvía más cierto
    al sol en su sonrisa.

    3
    Había una vez un campo.
    Y una niña tendida junto a un árbol.
    La tierra era amarilla y dorado,
    como un fruto, el vientre
    del abismo. Las nubes lloraban,
    detenidas, encima de ese campo,
    blando y verde. Triste estaba
    la tarde, triste y lenta.
    La niña estremecía
    a la tarde con su canto.

    4
    Había una vez un cerro.
    Y una niña subiendo entre las rocas.
    Había también un río
    y una pequeña catarata.
    Todo el rumor del agua, congelado.
    Junto al cauce batido
    por el río, por el tiempo
    tenaz, por el silencio,
    la niña se dormía,
    mecida por la noche.
    Ninguno de los astros
    dejaba de mirarla.

    5
    Estoy aquí, aguardando
    el invierno. Las cuatro niñas
    me miran y comprenden.
    El otoño se alarga.
    Será un final feliz,
    viví contento. El barco
    se despega de la costa.
    Y voy con él. La roca
    allá, a lo lejos,
    ha de seguir batida por las olas.

    Jaime Labastida (1939)
    Álgebra del polvo
    Colección Álamo
    Coordinador, Rogelio Guedea
    Lectorum, México, 2019

    Martes

    La niña sabe…

    La niña sabe que no debe tocar nada,
    que algunas casas son como museos
    o como aparatos
    que pueden fácilmente burlarse de sus manos.
    Obedece a su madre en la cocina
    y limpia primero lo que es más evidente.
    (Incluso podría limpiar el valor que tiene un niño
    que es estorbosamente más alto
    o el de una niña que se ríe como niño.)
    La niña limpia las manos de las cosas,
    hasta el polvo queda limpio,
    hasta el polvo.
                    Los cuartos se dejan hacer sin tanto trámite
    y son la fantasía de la niña
    porque es donde sus manos juegas
    con la desobediencia.
             Debajo de su cama, sin que su madre sepa,
    guarda una caja de zapatos
    que se ensancha
    con basura invisible de otras casas:
    el tapón mordido de un bolígrafo,
    un labial que no pinta,
    la cabeza despeinada de una muñeca joven,
    un empaque de mentas con una frase de la suerte
    que la niña no entiende
    la ropa sucia se lava en casa,
    ¿por qué, entonces,
    ella y su madre lavan casas ajenas
    con la ropa de siempre,
    por qué
    le limpian a otros lo sucio que les toca?

    César Cañedo (1988)
    Sigo escondiéndome detrás de mis ojos.
    Premio Bellas Artes
    de Poesía Aguascalientes 2019
    ICA, INBA, FCE, México, 2019

    Miércoles

    Eloge

    Soy una mujer hermética:
    veo pasar frente a mí
    balas enloquecedoramente ciegas;
    los muros fríos y húmedos
    logran conmoverme.
              Soy una mujer zurda:
    El susurro gélido del silencio
    lame lascivamente
    las plantas de mis pies;
    el hombre
    que ahora yace inerte a mi lado,
    recrea atardeceres en los lugares por él mismo creados.
              Soy una mujer diestra:
    subo escaleras interminables
    y al llegar
    desciendo para volver a repetirlo,
    me enternecen los ciclos,
    aunque soy cada vez más desparpajada y vieja.
             Sí, definitivamente
    soy una mujer hermética,
    pero me parece de buen gusto.

    Marcela Moreno (1982)
    En El viento y las palabras. Renovación
    poética en Jalisco (autores de 1980-2000)
    Compiladores: Xóchitl Ramírez / Jeannette
    Guerrero / José Antonio Neri Tello
    La Zonámbula, Guadalajara, 2014

    Jueves

    El retorno maléfico

    A D. Ignacio I. Gastélum

    Mejor será no regresar al pueblo,
    al edén subvertido que se calla
    en la mutilación de la metralla.
              Hasta los fresnos mancos,
    los dignatarios de cúpula oronda,
    han de rodar las quejas de la torre
    acribillada en los vientos de fronda.
              Y la fusilería grabó en la cal
    de todas las paredes
    de la aldea espectral,
    negros y aciagos mapas,
    porque en ellos leyese el hijo pródigo
    al volver a su umbral
    en un anochecer de maleficio,
    a la luz de petróleo de una mecha
    su esperanza deshecha.
             Cuando la tosca llave enmohecida
    tuerza la chirriante cerradura,
    en la añeja clausura
    del zaguán, los dos púdicos
    medallones de yeso,
    entornando los párpados narcóticos,
    se mirarán y se dirán: “¿Qué es eso?”
             Y yo entraré con pies advenedizos
    hasta el patio agorero
    en que hay un brocal ensimismado,
    con un cubo de cuero
    goteando su gota categórica
    como un estribillo plañidero.
             Si el sol inexorable, alegre y tónico,
    hace hervir a las fuentes catecúmenas
    en que bañábase mi sueño crónico;
    si se afana la hormiga;
    si en los techos resuena y se fatiga
    de los buches de tórtola el reclamo
    que entre las telarañas zumba y zumba;
    mi sed de amar será como una argolla
    empotrada en la losa de una tumba.
             Las golondrinas nuevas, renovando
    con sus noveles picos alfareros
    los nidos tempraneros;
    bajo el ópalo insigne
    de los atardeceres monacales,
    el lloro de recientes recentales
    por la ubérrima ubre prohibida
    de la vaca, rumiante y faraónica,
    que al párvulo intimida;
    campanario de timbre novedoso;
    remozados altares;
    el amor amoroso
    de las parejas pares;
    noviazgos de muchachas
    frescas y humildes, como humildes coles,
    y que la mano dan por el postigo
    a la luz de dramáticos faroles;
    alguna señorita
    que canta en algún piano
    alguna vieja aria;
    el gendarme que pita...
    ...Y una íntima tristeza reaccionaria.

    Ramón López Velarde (1888-1921)
    Novedad de la patria;
    explicado por Felipe Garrido
    Conaculta, México, 2009

    Viernes

    Por qué no quise ser santo

    Todo empezó un mediodía de mayo, cuando el sol estaba a medio cielo, a la única hora en que las flores del amor de un rato se abrían, vistiendo de terciopelo guinda casi todo el brocal del pozo, al que me trepé a escondidas con el corazón a brinco y brinco, con las ganas de conocer el mar, pues un sueño me convenció de que pasaba por debajo del patio de mi casa... Pero ni hasta mero debajo de doce metros de tepetate lo pude ver como en el sueño. No, ahí nada más estaba yo, en un espejo redondo y quieto, con mi cara buscando con muchas ansias algo en el cielo. Desde arriba así me vi, con la cara igualita a la del único santo de la parroquia, ése al que nadie, ningún día del año, le lleva ya no digo un milagrito, ni siquiera una flor o algo que le diera esperanzas, como una veladorcita.

    José Esparza
    Por qué no quise ser santo
    Cuéntanoslo todo
    núm. 149, 16-VIII-2006
    Radio Educación, México

    Sábado

    Nocturno del jardín

    El viento desnuda las aguas,
    los ríos verticales se mezclan en la flauta del árbol.
    Bajo el túnel de carbones preciosos la catarina pule sus lunares.
    ¿Qué dice de noche un jardín?
    ¿Quién habita los rincones floridos?
    Todo arbusto es un bosque.
    El tronco cierra las escamas de lagarto;
    cada rama enrolla sus alas de corteza,
    cada hoja funde su canción con la canción del jade.
            Los lazos esmeralda producen el rocío,
    engarzan el tintineo de la gota atareada,
    buscan los antiguos collares de la bugambilia que sangra.
    El limonero se enluta; cada limón es un planeta cerrado
    que ordena los cristales en su centro.
    Las piedras ofrecen un rocío de terciopelo.
    El musgo calla los asesinatos mínimos
    y en las redes se atoran los jadeos fértiles de las arañas.
           Ligeros tambores festejan la oscuridad,
    una partícula de tierra modifica el mundo,
    lo ácido cae, un escarabajo se fermenta en la esquina.
    Rueda,
    canta el engranaje,
    el higo abierto de la noche
    junta los dientes y los abre en un ritmo continuo.
             La tiniebla sabe a frutas moradas,
    lo dicen las lenguas de la jacaranda súbita;
    el jardín se toca a sí mismo, derrite la clorofila
    sobre los cuatrocientos sexos de la tierra,
    licua las privadas nubes de obsidiana que lo ciñen.
             Nada es silencioso,
    ni siquiera el caracol es silencioso,
    su voz es delicada y luminosa como una cinta de espuma.
    Ni siquiera las babosas se callan en sus promiscuas hamacas de saliva.
    Entre las yerbas se erigen ciudades transparentes,
    cunas de matices clandestinos, madrigueras que piden señales para abrirse.
    La abeja duerme, olvida el aguijón y su veneno en la sombra áurea;
    los nidos se distienden con el peso de las plumas que sueñan;
    cada pluma quiere ser un pájaro solo volando por la brisa.
    La espina de la rosa busca la sangre de un amante despierto,
    busca la luz de la luna para ofrecer los pétalos.
             Hay un desfile de hocicos hambrientos,
    semillas que se excitan con la idea de ser engullidas
    o llevadas al submundo antes de parir flores o árboles.
    Todo vibra,
    secretas lluvias de donde emergen las libélulas
    y fuentes enjoyadas de agua fresca
    y colibríes que ocultan su risa en el abrigo de seda.
             Lagartija es el nombre de una piedra que reposa,
    los espejos diminutos se llaman lagos.
    Quizás en lo hondo se desliza un pez que no se siente;
    allá lejos las raíces vivas se trenzan el cabello futuro de los futuros árboles,
    son como barcos tejidos en el fondo del precipicio.
               Sobre los coágulos de arcilla danza la lombriz
    una danza de contracciones escarlata.
                Las ramas llevan aretes de mariposa no nacida,
    el húmedo vuelo apenas se presiente.
    Y la fronda del tepozán, ¿la has visto?
    Es una cascada de innumerables notas,
    en un mar alado y cadencioso;
    lo mueve la música del grillo repetido entre pastos y rincones.
           Se han abierto los perfumes,
    cada olor sale en busca de pareja y pone huevos invisibles
    que a veces brotan en medio de las flores.
    También los cadáveres heredan el aroma a la tierra,
    el hueso exterior de los insectos brilla en su tumba de chaquira.
            No duermen las hormigas,
    trazan mapas que modifican el rumbo de una estrella,
    transportan enredaderas,
    le construyen una peluca móvil a la noche.
            No están las moscas a la vista,
    no se oye el vuelo eléctrico de púrpura;
    ahora reparten su negrura en lentejuelas ególatras
    que decoran la quietud.
              Ya viene.
              Ya viene el alba
    con un principio de pulpa de guayaba.
              Ya viene el alba
    con la rosada bruma.
    Ya viene el alba
    y de un cascabel roto salen los pájaros.
              Todos los picos trazan la alborada,
    la ventana con luz de escaramujo se abre.
    Despierta.
    Prueba la luminosidad.
             Todo lo vivo está naciendo otra vez.

    María Cruz (1974)
    Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982
    Coordinación y prólogo
    Margarito Cuéllar
    Selección y notas
    Margarito Cuéllar, Mario Meléndez,
    Luis Jorge Boone y Mijail Lamas
    UNAM / UANL, México, 2012

    Domingo

    Bellísima

    Y si uno de esos ángeles
    me estrechara de pronto sobre su corazón,
    yo sucumbiría ahogado por su existencia
    más poderosa.
                                         Rilke, de nuevo

    Óigame usted, bellísima,
    no soporto su amor.
    Míreme, observe de qué modo
    su amor daña y destruye.
    Si fuera usted un poco menos bella,
    si tuviera un defecto en algún sitio,
    un dedo mutilado y evidente,
    alguna cosa ríspida en su voz,
    una pequeña cicatriz junto a esos labios
    de fruta en movimiento,
    una peca en el alma,
    una mala pincelada imperceptible
    en la sonrisa…
    yo podría tolerarla.
            Pero su cruel belleza es implacable,
    bellísima;
    no hay una fronda de reposo
    para su hiriente luz
    de estrella en permanente fuga
    y desespera comprender
    que aun la mutilación la haría más bella,
    como a ciertas estatuas.

    Eduardo Lizalde (1929)
    La zorra enferma
    Joaquín Mortiz, México, 1975

     

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