Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Domingo, 16 de junio de 2019. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

    “Poetas” puros

    No es nada; sólo una nota,
    una nota que rechaza al poeta
    cegado por la luna del olvido,
    sordo al sol hueso del crujido.
    No es nada; sólo una muerte,
    una muerte de amarillo Octubre
    dejando un remolino por serpiente,
    regalo en cumbre al poeta puro.
    No es nada; sólo un cuchillo,
    cuchillo de cristal siempre presente
    en el cuello del perro y el hambriento
    que el poeta transforma en un suspiro.
    No es nada; sólo es mi letra,
    letra que se niega por ser letra,
    palabra que se niega a quedar muda.

    Joaquín Xirau Icaza (1950-1976)
    Poemas
    Presentación de Octavio Paz
    Fondo de Cultura Económica, México, 1989

    Martes

    Robar

    A la edad de trece años robaba dinero a mis padres. Sustraía todos los días las monedas suficientes para ir al cine, al que iba siempre solo, huyendo del clima agobiante de mi casa. Iba a la primera función vespertina, cuando el cine estaba prácticamente vacío. No recuerdo una sola película, un solo título, una sola imagen de lo que desfilaba ante mis ojos. Creo que el sentimiento de ser un ladrón me impedía disfrutar del espectáculo y procuraba no mirar a la cara a la empleada de la taquilla que, estaba seguro, adivinaba de dónde venía el dinero con que pagaba el boleto. Casi no tenía amigos en esa época, mi desempeño en el colegio había caído en picada y el cine era mi único alivio. Robaba a la misma hora, después de comer, aprovechando la breve siesta de mis padres. Me temblaban las manos al hurgar en los bolsillos del saco de mi padre y en el monedero de mi madre. Reconocía al tacto las monedas que necesitaba sustraer y sólo me llevaba la cantidad justa para la entrada, ni una moneda más. Ignoro qué repercusión tuvieron esos hurtos en mi vida y me he preguntado si no influyeron en mi inclinación literaria; si la escritura no ha sido una prolongación de ellos, porque me otorgaron, junto con la vergüenza y el remordimiento, una tendencia introspectiva que más tarde me llevó a leer muchos libros y a escribir yo mismo unos cuentos. No me arrepiento pues de esos hurtos y pienso incluso que habría que enseñar en los talleres literarios a robar pequeñas cantidades de dinero, porque cuando se escribe con intensidad se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más. Todavía hoy, después de muchos años, acostumbro levantarme muy temprano para escribir, cuando todo el mundo está dormido. No concibo la escritura como una actividad preclara, sino furtiva. Busco las monedas justas para huir del clima agobiante de siempre. Como me levanto muy temprano, mis amigos me admiran por mi disciplina.

    Fabio Morábito (1955)
    El idioma materno
    Sexto Piso, México, 2014

    Miércoles

    El hombre

    Para Wenceslao Rodríguez

    ¿Qué ha visto el hombre?
    Nada.
    Ciego y desnudo llegó,
    desnudo y ciego se irá
    del polvo al polvo.
    Un gesto de ternura podría salvar al mundo,
    pero el hombre jamás bajó los ojos
    a ese pozo de luz.
    —Llorarás, le dijeron,
    mas no es fácil llorar.
    Llorar es desprenderse,
    irse en ríos de uno,
    y el hombre sólo sabe
    devorar y perderse.
    No conoce más muros
    que los que cercan su ciudad en sombras
    y hasta allí ha bajado a envejecer,
    a morir en sí mismo,
    a sepultarse testarudo,
    mientras la soledad circula por su cuerpo
    como el viento por una casa en ruinas.
    Yo insisto,
    un gesto de ternura podría..., de pronto,
    me irrito, tiemblo, río, me quebranto.
    Yo soy el hombre.

    Enriqueta Ochoa (1928-2008)
    Material de lectura. Poesía moderna. 182
    Selección y notas introductorias de
    Esther Hernández Palacios
    UNAM, México, 1968

    Jueves

    Hospital

    A mi cuerpo

    I
    Este cuerpo
    silencio que se revela
    signa en tintes azulados sobre láminas oscuras
    la sentencia de las vísceras.
    Hay una aguja, una silla fría,
    el cuarto frágil envuelto en un halo.
    Este instante lento palpita.
    Rumor metálico
    olor a hule.
    Una certeza rotunda, un tambor en el vacío:
    mi grito detenido entre algodones
    a fuerza de presente.

    II
    Pies desnudos, rodillas, uñas,
    pelo, huesos, carne.
    Este cuerpo es tierra, silbido en el espejo,
    hinchazón del alma.
    La soledad íntima es la evidencia
    que opaca el rasguño
    de mi sangre.

    III
    Luces artificiales, túneles, números
    un zumbido, el preludio del desmayo
    la pared de mosaico verde
    verde claro que penetra.
    Palpita una lámpara, se afilan las tijeras
    se doblega el miedo.

    IV
    Un despertar punzante, mamá
    mi cuarto de hospital lleno de juguetes,
    ramos y un hueco.
    Con gasas sobre el fulgor orgánico
    y costuras en la cáscara escarbada
    soy la estrella fugaz que llena el cuarto.

    V
    Días sin clases, catéteres
    cuentos de hadas, flemas, venas.
    Me han arrancado el sol de olor tibio
    y compañía transparente.
    Tres vampiros en semicírculo me observan.
    Deliro, soy un ojo en una fábrica de ojos
    un ojo en el proceso de las máquinas
    un solo Ojo.

    VI
    Este cuerpo pulsa, pesa
    se cansa en la lucha de sábanas y sondas
    de sus puntadas quirúrgicas
    y la angustia que drena sin prisa.
    Al ritmo de las gotas breves
    y las sombras largas, a un lado de la cama,
    en el reloj de agua salada
    cuento el tiempo.

    VII
    Entre caricias y punciones, los cuentos
    de papá me escoltan.
    Recogen las nodrizas los racimos rojos
    de la almohada.
    Una lechuza en la cavidad del pecho
    extiende su brío de alas.
    Y, sin paralizarme
    ante la claridad zurcida de saberme efímera,
    me levanto.

    Mariana Pérez Villoro
    En “Dedicatorias”
    Claro de lunes
    Taller Editorial La Casa del Mago
    Guadalajara, México, 2017

    Viernes

    El árbol

    A Verónica Volkow

    Frente a la puerta de la casa donde vivo
    hay un árbol muy viejo, alto, grande,
    desmochado de aquí, de allá, a mansalva,
    por algún hijueputa –así decimos en mi pueblo–
    que en tiempos lejanos quiso derribarlo.
    El árbol todavía tiene ganas de vivir.
    Se aferra al único sostén: su altura.
    La tierra negra desgastada por el tráfago,
    el ocioso cemento que cubre sus raíces,
    a veces se compadecen de él.
    Unas ramas medio verdes, amarillentas,
    se alzan insolentes en el día, la noche,
    con lluvia o sol, entre una y otra
    calamidades que un Dios ciego descarga
    irreverente sobre su sabio tronco.
    Cuando viaja el verano, silencioso
    llega el otoño, como ahora.
    Su tallo lívido no resiente los cambios.
    En sus gajos ocres secos crece la soledad
    con un sigilo creador de eternidades.
    En el invierno, la clorofila se contrae
    por falta de luz. El horizonte
    cubre toda orfandad desmemoriada.
    Así el hombre. Como este viejo árbol sembrado
    frente a la puerta de la casa donde vivo
    cumple su ciclo, reverdece con los años,
    en otra tierra,
    con nuevas gentes,
    en cualquier lado.

    Dionicio Morales (1943)
    Material de lectura. Poesía moderna. 200
    Selección y nota introductoria de
    José Homero
    UNAM, México, 1999

    Sábado

    Autorretrato muerta

    Los ojos ya no miran
    están como ríos muertos,
    marchitas las raíces
    y yemas de los dedos
    donde crecía la tierra
    follaje piel adentro.
    Desalojaron las sombras
    los laberintos del sueño
    y enmudeció la oreja
    como un pájaro muerto.
    El bosque de las venas
    fue sacando su incendio
    y el ovillado viento en los alvéolos
    quedóse quieto.
    Ya no siente siquiera
    el mar que se vacía,
    la oscuridad que encierra,
    mientras que en otro orbe inconcebible
    bajo el agobio inmenso de la noche
    se concentra el carbón de las estrellas.

    Verónica Volkow (1955)
    En Poetas de una generación, 1950-1959
    Selección y prólogo de Evodio Escalante
    UNAM, México, 1988

    Domingo

    Aproximaciones a la muerte de mi padre

    A mi hijo Pablo

    Primera aproximación

    Ése era el mes azul, soplaban grandes vientos.
    Afuera el sol se estremecía,
    abriendo el horizonte
    con un gran arco de palabras puras.
    Adentro la noche se agrandaba
    hasta ocupar el tamaño de tu cuarto,
    hasta anidar entera en tu cerebro.
    Era un grito de luz la luz del cielo,
    pero en nosotros sólo sombra y dolor,
    sólo ceniza, polvo, lacerante espera.
    En otros territorios, el otoño
    podía precipitarse entre las hojas.
    Aquí no, aquí el verano destellaba, inmenso.
    Arces y álamos, abetos y abedules
    semejaban sangre, oro ya opaco
    el sol caído entre sus ramas,
    mientras tú resistías, padre tristísimo,
    como una hoja seca, moribunda, viva.
    Te vi como una vela que se consumía.
    Miré cómo cruzabas el río sin ruidos
    de la noche, con qué paso pequeño,
    tal vez endurecido, atravesabas
    el umbral de la muerte.
    Imaginé también que alguien soplaba,
    con un rencor de ciego,
    en contra de esa vela.
    Nuestro amor más completo se estrellaba
    en contra de esa noche lenta,
    la noche más oscura de mi vida.
    Te ofrecimos entonces un poco de nuestro aire,
    quién sabe cuánta sangre,
    mientras oíamos palabras
    con sabor a martirio
    y tu llama pequeña se apagaba.
    Ay padre amadísimo, yo era un ladrón
    en busca de palabras. Y me quedé
    arropado en un oscuro manto de sollozos.
    Pero tú despertaste desde el sueño.
    Ignoro cómo fue, pero con labios
    de aserrín dijiste: “Mira el paisaje, árido
    y triste, inmensamente triste.” Quizás
    ese paisaje que mirabas era la geografía
    del dolor, las miradas
    opacas de nosotros. ¿Qué encontraste
    en la penumbra larga de ese sueño? Recordé
    que de tu mano conocimos
    el mar inmenso y las grandiosas olas
    y también el desierto
    y las vastas planicies cultivadas
    y a tu lado, todo azoro y preguntas,
    caminé por crepúsculos
    de sangre y conocí la frontera fragosa
    que divide a la muerte
    y me enseñaste a desatar la vida
    de las palomas y a manejar esquifes
    en el mar airado y a domeñar caballos
    y con cuchillos de plata descubriste
    los tumores de los moribundos y extendías
    la sábana más dulce para los enfermos
    y vi cómo ayudabas a morir tranquilamente
    a los agonizantes y juntos contemplamos
    el implacable avance del violeta
    en el rostro de un niño.
    ¿Qué paisaje, pues, querías que viéramos,
    padre dulcísimo, si todo territorio era dolor?
    Y tú, dime, ¿qué podías mirar que no fuera
    la llanura calcinada, acaso el vuelo de las aves,
    sin estrépito? Áridos los pulmones, ardidos
    también los intestinos, más seca aún
    nuestra esperanza. Te movías en el límite
    extremo de la vida. El cerebro ya muerto,
    paralizados para siempre los riñones.
    Y sin embargo, despertaste desde ese largo
    sueño y nos dijiste que miráramos un paisaje
    triste, inmensamente triste. Alto
    gritaba el sol cuando morías.
    Y junto a ti agonizábamos también
    tu mujer y tus hijos, tus nietos,
    tu casa, tus trajes, tus zapatos,
    hasta el paisaje se moría contigo,
    mientras entrabas y salías
    desde la muerte, mientras entrabas
    y salías hasta la vida.
    Nos has dejado a oscuras, aprendiendo
    a masticar de nuevo, en ese mes azul
    en que soplaban con furor los grandes vientos,
    ese día en que el cielo era una fiesta
    y el sol estremecía las nubes y los árboles,
    cuando la noche inundaba tu cerebro
    y aves nocturnas, en vuelo altísimo,
    sin prisa, sin viento, sin estrépito,
    circulaban dentro de nuestro cráneo.

    Jaime Labastida (1939)
    Dominio de la tarde
    Siglo XXI, México, 1991

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