Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 02 de julio de 2018. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

    Epitafio

    De estatura mediana.
    Con una voz ni delgada ni gruesa.
    Hijo mayor de profesor primario
    Y de una modista de trastienda;
    Flaco de nacimiento
    Aunque devoto de la buena mesa;
    De mejillas escuálidas
    Y de más bien abundantes orejas;
    Con un rostro cuadrado
    En que los ojos se abren apenas
    Y una nariz de boxeador mulato
    Baja a la boca de ídolo azteca
    –Todo esto bañado
    por una luz entre irónica y pérfida–
    Ni muy listo ni tonto de remate
    Fui lo que fui: una mezcla
    De vinagre y de aceite de comer
    ¡Un embutido de ángel y bestia!

    Nicanor Parra (1914-2018)
    Material de Lectura
    UNAM, México, 1987

    Martes

    Dolor

    Mi abismo se llenó de su mirada,
    y se fundió en mi ser, y fue tan mía,
    que dudo si este aliento de agonía
    es vida aún o muerte alucinada.
    Llegó el Arcángel, descargó la espada
    sobre el doble laurel que florecía
    en el sellado huerto… Y aquel día
    volvió la sombra y regresé a mi nada.
    Creí que el mundo, ante el humano asombro,
    iba a caer envuelto en el escombro
    de la ruina total del firmamento…
    ¡Mas vi la tierra en paz, en paz la altura,
    sereno el campo, la corriente pura,
    el monte azul y sosegado el viento!

    Enrique González Martínez (1871-1952)
    Poemas truncos (1935)
    En Obras completas, El Colegio de México, México, 1971

    Miércoles

    La camisa azul

    Fernando:
    Estoy aquí con la mirada fija en tu camisa azul. Está colgada en la silla. Si fuera una camisa verde te la habría tenido que planchar porque las verdes son tus favoritas, pero no, es azul como mis sueños; está arrugada, encogida, como me queda el corazón cuando te vas.
    Afuera, la lluvia no cesa. También me llueve por dentro y tengo frío. El Adagio de Albinoni hoy suena más triste. La luz mortecina de la tarde se está disolviendo en el aguacero, y yo, con esta nostalgia en que me dejas. Clavada en mi silla con mi mirada verde, sin esperanza, sigo platicando con tu camisa y no voy a la cama porque sin ti es más ancha y más fría, aunque las sábanas sean azules, del color de mis sueños.
    Nomás porque estás colgado de mi corazón, como la camisa en el respaldo, hoy tu ausencia es más fuerte que tu presencia.

    Lucero Martínez Miranda (1950-2016)
    Palabras de mi mano
    Cravioto Editores (Torreón),
    Guadalajara, 2017

    Jueves

    Paspié

    Orza el timonel (la casa será el mundo),
    con la calma de la pausa el mar recorre la proa, deletrea la quilla,
    silencio a derredor, un golpe apenas se aparea:
    goteo de alcohol sobre la borda.
    Ando curtido de sal, de rastros minúsculos de cielo
    (irrumpen olas a destajo),
    crujidos, madera engarzada de tempestad y rabia,
    la caída de un cuerpo en las amarras.
    Sin paz, sin voz, mecido al viento y a la suerte,
    atrapado por el olor a yodo (el laurel no habita en su cabeza),
    sujeto por la sal que trae consigo la desventura,
    huele su líquida fortuna.
    En la almadraba los atunes (prisa y bravía, sopor),
    ante el calor la ocultación de la fiebre, el pasmo;
    embrutece el ruido al oído. Rastros, olores;
    en el ámbito de su piel (paisaje) se solazan los insectos.

    Rocío Cerón (1972)
    En La luz que va dando nombre: Veinte años
    de la poesía última en México 1965-1985
    Alí Calderón (coordinador) Jorge
    Mendoza, Álvaro Solís, Antonio Escobar
    Gobierno del estado de Puebla, Puebla, 2007

    Viernes

    De “Elementos para un poema”

    XIV
    Puedo asegurarte que jamás escribiré un poema que me salve. Ninguno más allá del ruido de los platos en la mesa, ninguno más musical que un canto de paloma solitaria en la sequía, ninguno con más calor que la tibieza de una sábana limpia. Llevo la marca inevitable de la muerte y, sin embargo, regreso, para perder el tiempo, a la misma mesa del café todas las tardes. No escribiré pues un poema que se vuelva mi sarcófago, mi carne; sin bálsamo, se perderá en la arena.

    Norberto de la Torre (1947)
    Tiempo es una metáfora que duele
    Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
    Editorial Universitaria (UMSNH), 2002

    Sábado

    Los muertos

    Allá vienen
    los descabezados,
    los mancos,
    los descuartizados,
    a las que les partieron el coxis,
    a los que les aplastaron la cabeza,
    los pequeñitos llorando
    entre paredes oscuras
    de minerales y arena.
    Allá vienen
    los que duermen en edificios
    de tumbas clandestinas:
    vienen con los ojos vendados,
    atadas las manos,
    baleados entre las sienes.
    Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,
    cuñados, yernos, vecinos,
    la mujer que violaron entre todos antes de matarla,
    el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,
    la que también violaron, escapó y lo contó viene
    caminando por Broadway,
    se consuela con el llanto de las ambulancias,
    las puertas de los hospitales,
    la luz brillante en el agua del Hudson.
    Allá vienen
    los muertos que salieron de Usulután,
    de La Paz,
    de La Unión,
    de La Libertad,
    de Sonsonate,
    de San Salvador,
    de San Juan Mixtepec,
    de Cuscatlán,
    de El Progreso,
    de El Guante,
    llorando,
    a los que despidieron en una fiesta con karaoke,
    y los encontraron baleados en Tecate.
    Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,
    al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,
    los que estuvieron secuestrados
    con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años
    tres veces.
    ¿De dónde vienen,
    de qué gangrena,
    o linfa,
    los sanguinarios,
    los desalmados,
    los carniceros
    asesinos?
    Allá vienen
    los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,
    engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,
    caminan,
    se arrastran,
    con su cuenco de horror entre las manos,
    su espeluznante ternura.
    Se llaman
    los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,
    los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,
    los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,
    los muertos que encontraron tirados en La Marquesa,
    los muertos que encontraron colgando de los puentes,
    los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,
    los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,
    los muertos que encontraron en coches abandonados,
    los muertos que encontraron en San Fernando,
    los sin número que destazaron y aún no encuentran,
    las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos
    disueltos en tambos.
    Se llaman
    restos, cadáveres, occisos,
    se llaman
    los muertos a los que madres no se cansan de esperar
    los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,
    los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,
    imaginan entre subways y gringos.
    Se llaman
    chambrita tejida en el cajón del alma,
    camisetita de tres meses,
    la foto de la sonrisa chimuela,
    se llaman mamita,
    papito,
    se llaman
    pataditas
    en el vientre
    y el primer llanto,
    se llaman cuatro hijos,
    Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)
    y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando
    estudiaba la primaria,
    se llaman ganas de bailar en las fiestas,
    se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,
    se llaman muchachos,
    se llaman ganas
    de construir una casa,
    echar tabique,
    darle de comer a mis hijos,
    se llaman dos dólares por limpiar frijoles,
    casas, haciendas, oficinas, se llaman
    llantos de niños en pisos de tierra,
    la luz volando sobre los pájaros,
    el vuelo de las palomas en la iglesia,
    se llaman
    besos a la orilla del río,
    se llaman
    Gelder (17)
    Daniel (22)
    Filmar )24)
    Ismael (15)
    Agustín (20)
    José (16)
    Jacinta (21)
    Inés (28)
    Francisco (53)
    entre matorrales,
    amordazados,
    en jardines de ranchos
    maniatados,
    en jardines de casas de seguridad
    desvanecidos,
    en parajes olvidados,
    desintegrándose muda,
    calladamente,
    se llaman
    secretos de sicarios,
    secretos de matanzas,
    secretos de policías,
    se llaman llanto,
    se llaman neblina,
    se llaman cuerpo,
    se llaman piel,
    se llaman tibieza,
    se llaman beso,
    se llaman abrazo,
    se llaman risa,
    se llaman personas,
    se llaman súplicas,
    se llamaban yo,
    se llamaban tú,
    se llamaban nosotros,
    se llaman vergüenza,
    se llaman llanto.
    Allá van
    María,
    Juana,
    Petra,
    Carolina,
    13,
    18,
    25,
    16,
    los pechos mordidos,
    las manos atadas,
    calcinados sus cuerpos,
    sus huesos pulidos por la arena del desierto.
    Se llaman
    las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,
    se llaman
    las mujeres que salen de noche solas a los bares,
    se llaman
    mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,
    se llaman
    hermanas,
    hijas,
    madres,
    tías,
    desaparecidas,
    violadas,
    calcinadas,
    aventadas,
    se llaman carne,
    se llaman carne.
    Allá
    sin flores,
    sin losas,
    sin edad,
    sin nombre,
    sin llanto,
    duermen en su cementerio:
    se llama Temixco,
    se llama Santa Ana,
    se llama Mazatepec,
    se llama Juárez,
    se llama Puente de Ixtla,
    se llama San Fernando,
    se llama Tltltizapán,
    se llama Samalayuca,
    se llama el Capulín,
    se llama Reynosa,
    se llama Nuevo Laredo,
    se llama Guadalupe,
    se llama Lomas de Poleo,
    se llama México.

    María Rivera (1971)
    En La patria en verso. Un paseo por la poesía
    cívica en México. Felipe Garrido, selección y
    comentarios
    Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

    Domingo

    El mapa

    He mirado la patria largamente.
    Se le nota tristeza hasta en el mapa.
    Las personas mayores nos explican
    que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas.
    Y a punto estuve de quedarme ciego
    porque a la patria la oscurecen llagas,
    la pisan botas, se le cierran puertas:
    necesaria prisión con calles vigiladas.
    Con el sudor de todos levantamos la espera,
    pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha.
    Que sabemos de noches, de sentencias, amigos,
    pero también sabemos que llega la mañana.
    Despertemos, seamos el metal derretido,
    lo que quiera la sed, la tierra trabajada,
    lo que quieran las piedras, la sencillez del huerto,
    lo que pidan las llamas,
    en fin –al fin– la piel abierta en surco.
    He visto largamente el mapa.
    Pensé en mis hijos. Duele. Y eran todos los niños.
    Fui deletreando el nombre de la patria
    mientras buscaba dónde, dónde poner los ojos.
    Y recordé de pronto algo que sangra:
    mexicano de tierra ensalinada,
    desollado haraposo,
    comedor de la noche y de las hojas,
    catástrofe de costa a costa,
    ando buscando a un pueblo,
    ando buscando a un pueblo.
    Habla.

    Juan Bañuelos (1932-2017)
    En La patria en verso. Un paseo por la poesía
    cívica en México. Felipe Garrido, selección y
    comentarios
    Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

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