Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Martes, 23 de marzo de 2021. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Cuando amanece

    Las primeras palabras del poema
    las escribe la muerte, y en seguida
    se adueñan de la página. Nos besan
    las mejillas, los ojos, desplegando
    su invisible poder sobre las cosas.
    Una imagen oculta en la memoria
    el párrafo inicial: “Cuando amanece
    oigo a un niño que llora sin remedio
    en una habitación desconocida”.
    Se apaga el cielo falso, nos encienden
    en silencio una lámpara. En el pecho
    hay un sudor de fiebre. Alguien murmura
    las últimas palabras: “Ya nos vamos”.

    Jorge Valdés Díaz-Vélez (1955)
    Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982
    Margarito Cuéllar, Mario Meléndez,
    Luis Jorge Boone y Mijail Lamas
    UNAM / UANL, México, 2012.

    Martes

    Yo escucho los cantos…

    Yo escucho los cantos
    de viejas cadencias
    que los niños cantan
    cuando en corro juegan,
    y vierten en coro
    sus almas que sueñan,
    cual vierten sus aguas
    las fuentes de piedra:
    con monotonía
    de risas eternas
    que no son alegres,
    con lágrimas viejas
    que no son amargas
    y dicen tristezas,
    tristezas de amores
    de antiguas leyendas.
    En los labios niños
    las canciones llevan
    confusa la historia
    y clara la pena;
    como clara el agua
    lleva su conseja
    de viejos amores
    que nunca se cuentan.
    Jugando, a la sombra
    de una plaza vieja,
    los niños cantaban…
    La fuente de piedra
    vertía su eterno
    cristal de leyenda.
    Cantaban los niños
    canciones ingenuas,
    de un algo que pasa
    y que nunca llega:
    la historia confusa
    y clara la pena.
    Seguía su cuento
    la fuente serena;
    borraba la historia,
    contaba la pena.

    Antonio Machado (1875-1939)
    Poesías completas
    Editores Mexicanos Unidos,
    México, 1993.

    Miércoles

    Un piano solitario en el desván

    “Tu madre fue un piano”, dice alguien cuyo rostro olvido. Lo dice tan serio que sé que es cierto. Le beso las manos en señal de agradecimiento. En el aire se dibuja la perfección de un piano pequeño. Observo el teclado. Las teclas negras y blancas, verticales y nítidas. Sin odiosas mezclas, sin tímidos grises. Pureza y elegancia.
    Pienso a solas: “Así era ella. Quizás por eso decía que en la vida hay dos senderos, el de marinero borracho o el de monja. Yo la escuchaba con devoción. Ahora sé que hay también el de la monja ebria y el del marinero virgen, entre otros”.
    El del rostro olvidable toca al piano una melodía ambigua y desaparece.
    Me quedo tan quieta como mi silla, sola y pensativa, sola con el aroma de mi madre.

    Beatriz Novaro (1953)


    La puerta

    El viejo portón era mi paisaje favorito.
    El tiempo antiguo de su madera,
    Mi espejo favorito.
    Repasaba mi mano niña en su pecho polimorfo,
    invadido de extraños animales,
    caras de espantos,
    mi cuento favorito.
    Ya no está,
    tampoco mi madre.
    Mi madre también era mi cielo favorito.
    Sus últimas palabras fueron:
    “Entre ser marinero borracho o monja,
    elige marinero”.
    Claro que ya nadie la podía tomar en serio.
    Sin embargo,
    fue lo mejor que me dijo.
    Ya no existe el portón,
    no existe mi madre.
    Vestida de novia me mira ambigua,
    delgada y ausente,
    cautiva en su foto.

    Beatriz Novaro (1953)
    Desde una banca del parque
    Conaculta, México, 1998.

    Jueves

    A ti, rosal, nevado por la cima

    A ti, rosal, nevado por la cima
    de hielo ligerísimo,
    a ti, que en el rigor abres tu rosa
    póstuma, desplegada
    sobre tu vago verde, y que la agitas
    como una carta del verano ausente.
    A ti, esbeltez intrépida, que subes
    para estallar de tu mudez de espinas
    hasta tu coro de dispersa nieve,
    para mecer y para orear tu viaje,
    en ésa tu paloma de alas quietas,
    bajel de suavidad, vuelo de espumas.
    Para ti, que contigo la trajiste,
    que la sacaste de la tierra oscura
    como si nos subieras un diamante.
    Para ti, que una noche la tuviste
    en soledad, como se tiene un sueño,
    y luego, bajo el sol, su puerta abriste
    igual que desatando
    una celeste voz en tus espinas,
    lo mismo que si anclaras
    una pequeña nube en tus orillas.
    Para ti, tesorero de la nieve,
    silencioso arquitecto de la espuma,
    este poema de este triste día.
    Es que hablándote así, del frágil tallo
    hundido y doloroso de mi voz,
    desde mi noche que olvidó su estrella,
    desde mi soledad, desde mi enero
    y su granizo y sus perdidas aves,
    me parce, loándote en la gloria
    tardía y denodada en que terminas,
    que, como tú, levanto yo una rosa.

    Margarita Michelena (1917-1998)
    Material de lectura. Poesía moderna. 128
    Selección y nota de la autora.
    UNAM, México, 1987.

    Viernes

    Cortad el árbol

    Cortad el árbol… ¡cortadlo!
    Es demasiado bello:
    no me deja cantarlo.
    Cuando ya no haya árboles,
    yo brotaré una selva, un bosque nuevo,
    vivo en el solo ardor de mi palabra;
    con la raíz mojándose en mi centro,
    y, al aire, entre sus ramas, hojas, tallos,
    estremecidas alas de mis versos.

    Ángela Figuera Aymerich (1902-1984)


    Añoranza

    Como encallada en áspero cemento,
    alta, se asoma mi terraza al río
    de la ciudad. Naufragan en neblinas
    oros y rosas del atardecido.
    Paz de la hora, golpeada y rota
    por los estruendos y los gritos.
    Mientras se van prendiendo en las ventanas
    estrellas diminutas y sin brillo…
    (¡Álamos dulces del lejano Duero!
    ¡Agujas afiladas de los pinos
    tejiéndome los ocios del verano!
    ¡Cielo perfecto y limpio!...)


    En tierra escribo

    Si por amar la tierra pierdo el cielo,
    si no logro completa mi estatura
    ni pongo el corazón a más altura
    por no perder contacto con el suelo;
    si no dejo a mis alas tomar vuelo
    para escalar mi pozo de amargura
    y olvido el resplandor de la hermosura
    para vestir el luto de mi duelo,
    es porque soy de tierra: en tierra escribo
    y al hombre-tierra canto, que, cautivo
    de su vivir-morir, se pudre y quema.
    Mi rein-o es de este mundo. Mi poesía
    toca la tierra y tierra será un día.
    No importa. Cada loco con su tema.

    Ángela Figuera Aymerich (1902-1984)
    Material de Lectura
    Serie Poesía Moderna 59
    Selección y nota introductoria de Carmen Alardín.
    UNAM, México.

    Sábado

    La canción del alba, I/IV

    Il principe ignoto:
    Nessun dorma! Nessun dorma!
    Tu pure, o Principessa,
    Nella tua fredda stanza
    Guardi le stelle
    Che tremano d’amore e di speranza.
    Ma il mio mistero é chiuso in me,
    Il nome mio nessun sapra!, no, no.
    Sulla tua boca lo diro!...

    All’alba vincero!

    GiuseppeAdami y Renato Simoni

    El príncipe desconocido:
    ¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma!
    Tampoco tú, oh Princesa.
    En tu fría estancia
    miras las estrellas
    que tiemblan de amor y de esperanza.
    ¡Mi nombre nadie lo sabrá! No, no…
    Sobre tu boca lo diré…

    ¡Al alba venceré!

    Leticia Luna

    I
    En los labios lánguidos del alba
    te convertí en mi nombre y mil palomas
    hoy vuelan a tu tumba
    donde alguien más te habita:
    el árbol y la última manzana
    o el tallo de la rosa y su blancura
    de pétalos suavísimos
    como la piel de bronce
    de dos cuerpos fundiendo sus historias
    en la amplitud del fuego

    II
    La brasa de la noche es una pira
    cuando enciendes o exaltas
    fragmentas o penetras
    en mi nombre furtivo
    Ah, el agua de los sexos
    ebrios desde el delirio
    hasta volver al celo de los cuerpos
    a conjugar las partes
    del despertar en llamas
    tras un sueño nutrido de tumultos

    III
    Horas y eras de voluptuosidad
    asida; amaneciente, primigenia,
    me vuelves a fundir
    en ojos, pies y entumecidas manos
    Un fino musgo brota
    de las paredes tibias
    nos toca suave, hiere
    es el Amor que a gatas
    camina silencioso y nos descubre
    abrazados, imperceptiblemente

    IV
    Ahora no es el alba y sí tu risa
    radiante de elocuencia
    tu falo adquiere mi vocación de orquídea
    vive alegre, da floración perpetua
    en el remanso corporal del sueño
    luciérnagas de una aromosa aurora
    cuando un agua más clara que una playa
    nos espera a la orilla de esta dicha
    Soledumbre, solsticio del incendio:
    sólo somos dos cuerpos
    en el confín del mundo.

    Mañana termina.

    Leticia Luna (1965)
    La canción del alba.
    Parentalia, México, 2018.

    Domingo

    La canción del alba, V/X
    Comenzó ayer; hoy termina.

    V
    Y en un rito lunar, solar, de vida
    invocas a la voz del Poderoso
    nombrándome princesa de tu reino
    y yo, ciega de luminosidad
    me enredo a tu costilla
    ¡Qué coartada feliz!
    ¡Qué cielo más allá del infinito!
    Sol: haz brotar el oro entre mis labios
    y no permitas que al amanecer
    se me olvide su nombre

    VI
    El amor es ahora imaginado
    por un alma famélica
    que escucha con voz sacra:
    tu ópera divina
    en el teatro del mundo
    Tu voz suelta su polen
    y entre mis pétalos mojados, canta
    da nacimiento al junco de la orquídea
    que silba y salva en la quietud del tallo
    trina y danza nuestra canción del alba

    VII
    Tu furor desde cada movimiento
    que disfruta tomarme de costado:
    un hombre mar y una mujer arena
    noche y día con trino de violines,
    tu mano toca trémula y descubre
    en el vientre del agua
    mi cavidad de esfera;
    si en una flor nos vierte
    sus pistilos navegan, paulatinos,
    como el furor que al alba nos desgrana
    con ebriedad de espiga

    VIII
    Fuimos un largo sí y un breve no
    la materia de luz incandescente
    un hombre de ceniza
    y una mujer de barro
    un cardumen de imágenes
    el árbol de un árbol dentro de otro árbol
    la posibilidad de dos historias
    cifrándose en palabras al oído
    anidando el lenguaje
    que nombra lo invisible:
    verbo recuperado en la memoria

    IX
    En la ciudad de viejos terremotos
    (barrios apuñalados por la Historia)
    muy cerca en una arista
    avanza la hojarasca:
    un edredón gastado
    y al fondo un piano en llamas
    vibrato entre relámpagos
    la flor de lis al filo del ocaso
    Mi ciudad es una estación violácea
    por los vientos que desprenden su cáliz
    ¡Jacarandas de abril, surgen de nuevo!

    X
    El brío de tus pupilas
    se encenderá cuando el árbol desnude
    otras ramas al alba
    y una brisa de eternidad tan breve
    (como nido de pájaros
    cuando amaneces mío)
    le invente nuevos ecos
    a mi esencia fortuita
    Y sabrás que soy hija de la luna
    al pronunciar mi nombre

    Leticia Luna (1965)
    La canción del alba.
    Parentalia, México, 2018.

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