Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 11 de enero de 2021. - Noticias sobre: Noticias, Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Inminencia del plenilunio

    Se va poniendo grande
    y redonda, carnal, la luna.
    Creciente está desde su propia entraña.
    Espejo o vientre
    luminoso de un dios que la fecunda.
    Su luz no es suya, pero el don es suyo.
    Luna solar que el día me arrebata.
    Permanece en el cielo para siempre,
    perpetuamente derramada madre.
    Ven, reaparece.
    Celeste acude o vuelve.
    Jamás te ocultes, duradera, danos
    la paz.

    ***

    Versión de Li Po

    Templo de la cima, la noche:
    la mano alzada acaricia la estrella.
    ¡Pero cuidado!
    Bajad la voz.
    No despertemos a los habitantes del cielo.

    ***

    I El sacrificio

    Perdón, la luna,
    para toda la especie
    engendrada en sus ciclos más secretos.
    Los cuerpos gimen bajo el cielo nocturno
    que en tu terrible luz se enciende.
    Baja tú, la celeste, hasta el barro y la sangre
    que en tu luz nos conciben.
    Desciende, engendradora
    de una especie infeliz que nunca
    alcanzará su reino.


    II Llanto

    Ahora que tu disco resplandece
    con plenitud solar en el cielo de estío,
    ten piedad de nosotros,
    la luna en esta noche.


    y III Luna

    Vienes.
    No estás.
    Desapareces.
    Hay duras ráfagas de viento.
    Espesas nubes.
    Vienes de pronto.
    En luz te manifiestas.
    Un instante tan solo.

    Deja caer tu no palpable velo
    en la ciega raíz de nuestro sueño.

    José Ángel Valente (1929-2000)
    Fragmentos de un libro futuro.
    Galaxia Guteberg, Barcelona, 2019

    Martes

    El cuarto Rey Mago
    Para Emmanuel Carballo Villaseñor

    –Me lo trajeron los Reyes Magos –dijo Fermín, y metió la cuchara en la crema de pimientos tiernos que Toña acababa de servirle.
    –¿En mayo? –se escandalizó la tía Celia.
    Algo iba a decir el Nene, pero las primas memoriosas lo miraron de mala manera.
    –-Fue hace dos años, o cuatro –explicó Fermín-, pero antes no me quedaba –y alzó el brazo para que lo viéramos.
    –¿Vas a apagar tu cigarro? –preguntó la Beba botando en el plato una flota de aros de cebolla.
    La tía Martucha estaba de dieta y no respondió. Aspiró el humo y lo dejó escapar hacia las cenefas de estuco.
    –Voy a escribirles otra vez –dijo Fermín muy serio, mientras cuchareaba la sopa.
    –¿En mayo? –insistió la tía Celia, que estaba esperando el agua de arrayán.
    –Y ¿qué más si es mayo? –exclamó Martucha, malhumorada porque no se había dejado seducir por las tostadas de cazón.
    –¿Estamos en mayo? –preguntó Fermín.
    –En mayo, en agosto, cuando se te dé la gana –siguió Martucha y enseguida, con la voz reblandecida, con aire de misterio-. Esas cartas a destiempo van a dar a manos del cuarto Rey Mago.
    La Beba resopló molesta, ahuyentando el humo con las manos. El Nene abrió la boca para decir algo, pero optó por morder un pedazo de pan. Martucha esperó hasta que el silencio fue tan denso que pudimos escucharlo.
    –El cuarto Rey Mago –dijo la tía con su vocecita de clavo– era un astrólogo poco competente. Se equivocó de estrella. Olvidadizo. Desorientado. Llegó al pesebre mucho tiempo después que los demás.
    Toña apareció en la puerta de la cocina con los canelones al ron, pero no se atrevió a entrar.
    –No se dio por vencido –siguió Martucha-. Regresó a sus libros y a sus apuntes. Salió cada noche a escudriñar los cielos. Cruzó mares y desiertos. Siguió nuevas estrellas. Incansable y torpe, siempre llegó tarde. Años y años pasó en su empeño. Todo lo perdió. Familia, amigos, fortuna. Los días y las noches.
    –Es una historia muy triste –suspiró Celia.
    –Hasta que lo alcanzó –prosiguió Martucha con las manitas crispadas–. Porque finalmente dio con Él. Claro que para entonces el cuarto Rey Mago era ya un anciano. Y aquel cielo no tenía estrellas. Y Jesús no era ya un niño. Estaba en la cruz.
    Celia iba a sollozar, pero prefirió servirse más agua.
    –Y el cuarto Rey Mago tuvo miedo de haber llegado definitivamente tarde. Pero Jesús todavía estaba vivo, así que el astrólogo, con el corazón desbocado, comenzó a buscar entre su ropa el regalo que había cargado toda la vida para el Niño divino y, con horror, descubrió que no lo llevaba. Tal vez nunca lo tuvo encima; tal vez lo olvidó desde que comenzó su aventura, tanto tiempo atrás. Ya les dije que era distraído.
    –Quiero más sopa –pidió Fermín.
    –Y entonces sí, el cuarto Rey Mago sintió que lo había echado todo a perder. Sintió un dolor tan intenso que de los ojos envejecidos dejó caer tres lágrimas. Y Jesús, conmovido por la constancia de aquel hombre, hizo aún un milagro y le convirtió las lágrimas en perlas, para que el astrólogo, a pesar de su impericia, tuviera qué regalarle.
    –¿Me sirves, tía? –insistió Fermín.
    –Así que ahora él tiene a su cargo las peticiones hechas fuera de tiempo. Seguro que él recibió tu carta –terminó Martucha mientras aplastaba la colilla con un gesto de suprema elegancia.
    –Yo les pedí otra cosa –protestó Fermín con el plato extendido, mientras Toña partía en dos la tarde con el aroma de los canelones.
    –Ya te dijeron que es distraído, niño –refunfuñó la Beba, que no encontraba el pañuelo y se quería sonar.

    Felipe Garrido (1942)
    Conjuros.
    Jus, México, 2013

    Miércoles

    La noche

    La noche
    se quedó afuera
    ahuyentada
    por los reflectores
    se aleja
    les digo
    que es la noche misma
    ¡no importa!
    escucho
    no puede entrar
    ni siquiera por arriba
    la miro desde la ventana
    callada nos envuelve
    entre lunas y estrellas
    me gusta su humilde grandeza
    y ese silencio suyo
    donde los sueños se rinden.

    Tomás Calvillo (1955)
    Pausada tinta.
    Colección Libro Viaje
    Gobierno del Estado de San Luis Potosí.
    San Luis Potosí, 2016

    Jueves

    Ángeles

    Sus pies apenas tocan los andamios,
    sus brazos se apoyan en latas de pintura
    vacías y ligeras,
    su fuerza se desplaza
    sobre delgadas tablas que cruzan el abismo.
    No saben que son dioses,
    que edifican destinos
    y que la mezcla en sus manos
    secunda los espacios
    y hace crecer las sombras.
    Son ángeles de piedra,
    tallas de polvo,
    gárgolas cuya sangre
    pone en movimiento las fechadas
    y vuelve los deseos góticos y posibles.
    Sus objetos sagrados descansan en el suelo:
    un radio, unos zapatos, un refresco.
    Por la tarde descienden,
    guardan sus alas rotas
    y el edificio en construcción
    mira crecer su soledad
    desangelado y gris.

    Carmen Villoro (1958)
    Espiga antes del viento.
    Selección y prólogo de Jorge Orendáin
    La Zonámbula, Guadalajara, 2020

    Viernes

    Qué ángel…

    Qué ángel
    detendrá la piedra
    para que no perturbe el agua del espejo
    si alguien imprudente traspasara esta puerta
    que conduce al vacío
    y entrara en mí
    buscándome por todos mis rincones
    Y yo estuviera ahí pintándome los labios
    para ofrecerle un beso azul oscuro
    un olor a lluvia
    un aullar de ambulancia en la madrugada.

    ***

    Noche…

    Noche…
    dame tu esencia para incorporarme
    para ir por mis pasillos sin dolerme
    porque es jueves
    el delirio me acecha
    y la ciudad se enciende a cada abrazo

    Mañana
    sobre el atardecer
    permitiré que mis gusanos me devoren.

    Lidia Acevedo
    Mar de fondo.
    Fotografías de Hiram Castruita
    Agli Editorial, Durango, 2018

    Sábado

    Comenzábamos…

    Comenzábamos desmenuzando el día
    revuelto en las migajas de pan sobre la mesa.
    Venían los pájaros
    a picotear el fruto,
    mientras la muerte colgaba de las hojas.

    ***

    Urdías…

    Urdías un sueño y otro
    hasta formar una tela firme
    que amordazara tu voz.
    Quitamos velo tras velo
    hasta dejar un rastro de nudo.
    ¿Quién se rehace venido de la espuma?

    ***

    Pájaros…

    Pájaros insomnes,
    toda la noche en la memoria del bosque.
    En la herida de este espacio
    va un futuro verde cayendo.
    Su prontitud lo desaloja del terreno vivo,
    sólo cae
    no recuerda otra cosa
    que el abrirse paso en la precipitación.

    Marianne Toussaint (1958)
    De “Provincias de la noche”,
    En Cordillera de sombras
    UNAM, México, 2000

    Domingo

    Cantos de vida y esperanza

    A J. Enrique Rodó

    Yo soy aquel que ayer no más decía
    el verso azul y la canción profana,
    en cuya noche un ruiseñor había
    que era alondra de luz por la mañana.
    El dueño fui de mi jardín de sueño,
    lleno de rosas y de cisnes vagos;
    el dueño de las tórtolas, el dueño
    de góndolas y liras en los lagos;
    y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
    y muy moderno; audaz, cosmopolita;
    con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
    y una sed de ilusiones infinita.
    Yo supe de dolor desde mi infancia;
    mi juventud… ¿fue juventud la mía?,
    sus rosas aún me dejan su fragancia,
    una fragancia de melancolía…
    Potro sin freno se lanzó mi instinto,
    mi juventud montó potro sin freno;
    iba embriagada y con puñal al cinto;
    si no cayó es porque Dios es bueno.
    En mi jardín se vio una estatua bella;
    se juzgó mármol y era carne viva;
    una alma joven habitaba en ella,
    sentimental, sensible, sensitiva.
    Y tímida ante el mundo, de manera
    que, encerrada en silencio, no salía
    sino cuando en la dulce primavera
    era la hora de la melodía…
    Hora de ocaso y de discreto beso;
    hora crepuscular y de retiro;
    hora de madrigal y de embeleso,
    de “te adoro”, de “¡ay!” y de suspiro.
    Y entonces era en la dulzura un juego
    de misteriosas gamas cristalinas,
    un renovar de notas del Pan griego
    y un desgranar de música latinas,
    con aire tal y con ardor tan vivo,
    que a la estatua nacía de repente
    en el muslo viril patas de chivo
    y dos cuernos de sátiro en la frente.
    Como la Galatea gongorina
    me encantó la marquesa verleniana,
    y así juntaba a la pasión divina
    una sensual hiperestesia humana;
    todo ansia, todo ardor, sensación pura
    y vigor natural; y sin falsía,
    y sin comedia y sin literatura…:
    y si hay un alma sincera, ésa es la mía.
    La torre de marfil tentó mi anhelo;
    quise encerrarme dentro de mí mismo,
    y tuve hambre de espacio y sed de cielo
    desde las sombras de mi propio abismo.
    Como la esponja que la sal satura
    en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
    corazón mío, henchido de amargura
    por el mundo, la carne y el infierno.
    Mas, por desgracia de Dios, en mi conciencia
    el Bien supo elegir la mejor parte;
    y si hubo áspera hiel en mi existencia,
    melificó toda acritud el Arte.
    Mi intelecto libré de pensar bajo,
    bañó el agua castalia el alma mía,
    peregrinó mi corazón y trajo
    de la sagrada selva la armonía.
    ¡Oh la selva sagrada! ¡Oh la profunda
    emanación del corazón divino
    de la sagrada selva! ¡Oh la fecunda
    fuente cuya virtud vence al destino!
    Bosque ideal que lo real complica,
    allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela:
    mientras abajo el sátiro fornica
    ebria de azul deslíe Filomena.
    Perla de ensueño y música amorosa
    en la cúpula en flor del laurel verde,
    Hipsipila sutil liba en la rosa,
    y la boca del fauno el pezón muerde.
    Ahí va el dios con celo tras la hembra
    y la caña de Pan se alza del lodo;
    la eterna vida sus semillas siembra,
    y brota la armonía del gran Todo.
    El alma que entra ahí debe ir desnuda,
    temblando de deseo y fiebre santa
    sobre cardo heridor y espina aguda:
    así sueña, así vibra y así canta.
    Vida, luz y verdad, tal triple llama
    producir la interior llama infinita;
    el Arte puro como Cristo exclama:
    Ego sum lux et veritas et vita!
    Y la vida es misterio, la luz ciega
    y la verdad inaccesible asombra;
    la adusta perfección jamás se entrega,
    y el secreto ideal muerde en la sombra.
    Por eso ser sincero es ser potente;
    de desnuda que está, brilla la estrella;
    el agua dice el alma de la fuente
    en la voz de cristal que fluye d’ella.
    Tal fue mi intento, hacer del alma pura
    mía una estrella, una fuente sonora,
    con el horror de la literatura
    y loco de crepúsculo y de aurora.
    Del crepúsculo azul que da la pauta
    que los celestes éxtasis inspira,
    bruma y tono del Sol --¡toda la flauta!
    Y Aurora, hija del Sol --¡toda la lira!
    Pasó una piedra que lanzó una honda;
    pasó una flecha que aguzó un violento.
    La piedra de la honda fue a la honda,
    y la flecha del odio fuese al viento.
    La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
    con el fuego interior todo se abrasa;
    se triunfa del rencor y de la muerte,
    y hacia Belén… ¡la caravana pasa!

    Rubén Darío (1867-1916)
    Obras completas. Poesías.
    Anaconda, Buenos Aires, 1952

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