Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 15 de julio de 2019. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

     

    Noche

    La noche inmemorial, pródiga noche
    de los pactos oscuros, innombrables,
    de las siniestras, ocultas voluntades
    que a la mención del día empalidecen;
    la noche feraz, la noche cómplice
    que despliega su sombra como un manto
    sigiloso y ambiguo, torva noche
    agazapada en las márgenes del día
    anticipando su reino silencioso:
    pero la noche débil, turbia espera,
    aire que corre en el país de nadie,
    tierra del eco, junta de fantasmas:
    cántaro negro que en la luz se rompe.

    Blanca Luz Pulido (1956)
    Raíz de sombras
    FCE, México, 1988

     

    Martes

     

     

    Poema para desaparecer

    Mira
    esta cicatriz es de cuando me sacaron el alma
    mi mejor amiga desapareció en
    un sombrero
    a los seis años.
    su madre era una mona
    la alimentaba con leche de mil flores
    de cerca sus ojos eran una familia de columpios
    ¡Marjorie!
    gritaba su madre desde el auto
    ella corría agitando la mano peluda
    yo me asomaba para ver a la mona
    que manejaba un auto color vino
    Volví a verla a los quince
    me contó
    que cuando desapareces el tiempo se te junta
    en los bolsillos
    como cuando las olas de la playa te revuelcan:
    llenas tu traje con arena
    y piensas que te estás desmoronando
    igual a una galleta
    pero nada de eso
    se trata de un impasse
    un severo cambio de planes
    tienes que cerrar los ojos
    los crustáceos de los ojos
    los reinos que abriste
    tienes que sacar el agua del espacio
    volver a respirar de a poco
    toser la sal
    y echar fuera millones de planetas
    que te hacían
    baba interestelar en la garganta
    tóselos
    para que vuelvan a su reino y
    te dejen
    regresar al mundo
    con los árboles de copas turbulentas
    al mundo de la lluvia y el verano
    de las calcetas secándose al sol
    al mundo de los rábanos y las zanahorias
    de las puertas que se cierran automáticamente
    al mundo que se ve en el cine
    me dijo
    calzándose el sombrero
    ese mismo en el que cabía a los seis años
    y que ahora le bordeaba la cabeza
    a dios, Marjorie, agité la mano
    su padre era Darwin
    y su mamá una mona.

    Cecilia Juárez (1981)
    Parkour pop.ético (o cómo saltar las bardas hacia el poema)
    Armando Salgado y José Agustín Solórzano
    SEP Dirección General de Educación Superior
    para Profesionales de la Educación, México, 2017

     

    Miércoles

     

     

    En el baño

    Del escondido bosque en la espesura
    Que cubre a trechos el azul del cielo,
    Do canta el ave con amante anhelo,
    Y el aura tibia de placer murmura;
    Blanca, gentil, radiante de hermosura,
    Cubierta apenas con ligero velo,
    El pie desnudo, destrenzando el pelo,
    A Leida vi junto a la fuente pura.
    Yo vi copiados en la linfa clara
    Aquellos sus contornos soberanos,
    Que de Milo la Venus envidiara;
    Yo vi de su belleza los arcanos,
    Y un suspiro lancé; volvió la cara
    Y al blanco seno se llevó las manos.

    Manuel E. Rincón (1784-1849)
    El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
    Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
    José López Rodríguez, Habana

     

    Jueves

     

     

    Desde esta banca

    Desde esta banca esperanzada
    miré tu rostro
    en el de cada mujer frente a mis ojos
    El sol vino un momento
    y en poco tiempo decidió
    dejarme solo
    Llegó la tarde con su luto eterno
    y derramó conmigo algunas lágrimas
    parecidas a la ausencia o la llovizna
    Vino la noche finalmente
    desde la misma banca oscurecida
    de nuevo miré en cada mujer tu rostro

    Eduardo Langagne
    Lo que pasó esto fue
    Prólogo de Saúl Juárez
    La cabra ediciones / Conarte
    México, 2009

     

    Viernes

     

     

    Tokonoma: un pequeño espacio en una habitación de estilo tradicional japonés, donde se cuelgan pinturas.

    El pabellón de la vacuidad

    Voy con el tornillo
    preguntando en la pared,
    un sonido sin color
    un color tapado con un manto.
    Pero vacilo y momentáneamente
    ciego, apenas puedo sentirme.
    De pronto, recuerdo,
    con las uñas voy abriendo
    el tokonoma en la pared.
    Necesito un pequeño vacío,
    allí me voy reduciendo
    para reaparecer de nuevo,
    palparme y poner la frente en su lugar.
    Un pequeño vacío en la pared.
    Estoy en un café
    multiplicador del hastío,
    el insistente daiquiri
    vuelve como una cara inservible
    para morir, para la primavera.
    Recorro con las manos
    la solapa que me parece fría.
    No espero a nadie
    e insisto en que alguien tiene que llegar.
    De pronto, con la uña
    trazo un pequeño hueco en la mesa.
    Ya tengo el tokonomo, el vacío,
    la compañía insuperable,
    la conversación en una esquina de Alejandría.
    Estoy con él en una ronda
    de patinadores por el Prado.
    Era un niño que respiraba
    todo el rocío tenaz del cielo,
    ya con el vacío, como un gato
    que nos rodea todo el cuerpo,
    con un silencio lleno de luces.
    Tener cerca de lo que nos rodea
    y cerca de nuestro cuerpo,
    la idea fija de que nuestra alma
    y su envoltura caben
    en un pequeño vacío en la pared
    o en un papel de seda raspado con la uña.
    Me voy reduciendo,
    soy un punto que desaparece y vuelve
    y quepo entero en el tokonoma.
    Me hago invisible
    y en el reverso recobro mi cuerpo
    nadando en una playa,
    rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
    de matemáticos y de jugadores de pelota
    describiendo un helado de mamey.
    El vacío es más pequeño que un naipe
    y puede ser grande como el cielo,
    pero lo podemos hacer con nuestra uña
    en el borde de una taza de café
    o en el cielo que cae por nuestro hombro.
    El principio se une con el tokonoma,
    en el vacío se puede esconder un canguro
    sin perder su saltante júbilo.
    La aparición de una cueva
    es misteriosa y va desenrollando su terrible.
    Esconderse allí es temblar,
    los cuernos de los cazadores resuenan
    en el bosque congelado.
    Pero el vacío es calmoso,
    lo podemos atraer con un hilo
    e inaugurarlo en la insignificancia.
    Araño en la pared con la uña,
    la cal va cayendo
    como si fuese un pedazo de la concha
    de la tortuga celeste.
    ¿La aridez en el vacío
    es el primer y último camino?
    Me duermo, en el tokonoma
    evaporo el otro que sigue caminando.

    José Lezama Lima (1910-1976)
    México, Revista Diálogos número 71,
    septiembre-octubre de 1976

     

    Sábado

     

     

    Comparaciones

    I
    Como un jazmín liviano
    que cae sosteniéndose en el aire
    que cae cae
    cae.
    Y que va a hacer.

    II
    Como un perro que aúlla interminable
    que aúlla inconsolable
    a la luna
    a la muerte
    a su tan brava vida.
    Como un perro.

    III
    Como el que desvelado
    a eso de las cuatro
    mira con ojos tristes
    a su amante que duerme
    descifrando la vieja eterna estafa.

    IV
    Como aquel que se saca los zapatos
    y suspira
    y se deja caer con ropa y todo
    y sin mirar
    sin ver
    fija en el techo
    anchos ojos vacíos.

    V
    Como un disco acabado
    que gira y gira y gira
    ya sin música
    empecinado y mudo
    y olvidado.
    Bueno
    así.

    Idea Vilariño (1920-2009)
    Material de lectura. Poesía moderna. 153
    Selección y nota introductoria
    de Susana Crelis Secco
    UNAM, México, 1990.

     

    Domingo

     

     

    Despertares

    Despertares de mañanas provincianas
    con sus llamadas a misa;
    porque las campanas van
    lentas o violentas,
    según la prisa
    del sacristán.
    Madrugadas en que están
    con el sol, únicamente,
    la torre parroquial y el campanario;
    pero al medio día,
    las calles, los suburbios y la vía
    se alfombran con un oro coronario.
    Compaginadas a la huérfana ventana
    a la que el alma no se asomará;
    porque aquello ya no vino,
    porque aquello se ha devuelto del camino
    y aquello ya no vendrá;
    compaginadas van
    las silenciosas siestas
    en que el viento no corre.
    Tan calladas que se oye el arrullo
    de las palomas, allá en la torre.
    Casamenteras visiones
    de casonas solteronas:
    las jaleas, los guayabates,
    que saben a miel de abejas:
    almíbares suaves
    que el arcón guarda bajo siete llaves.
    Lo hogareño lindante con lo triste:
    las historias calladas,
    las ventanas cerradas,
    el patio donde lo húmedo persiste,
    los corredores amplios y achatados,
    gatos refectoleros y mimados,
    y canarios más rubios que el alpiste.

                                                      (DMLDH)

    Francisco González León (1862-1945)
    Material de lectura. Poesía moderna. 32
    Selección y nota introductoria
    de Ernesto Flores.
    UNAM, México, s/f.

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