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Poesía y Etnobotánica “Yerbas del tarahumara” y otros papeles de Alfonso Reyes y Valery Larbaud anotados y presentados por Adolfo Castañón
I. Yerbas del tarahumara Han bajado los indios tarahumaras, que es señal de mal año y de cosecha pobre en la montaña. Desnudos y curtidos, duros en la lustrosa piel manchada, denegridos de viento y sol, animan las calles de Chihuahua, lentos y recelosos, con todos los resortes del miedo contraídos, como panteras mansas. Desnudos y curtidos, bravos habitadores de la nieve —como hablan de tú—, contestan siempre así la pregunta obligada: —“Y tú, ¿no tienes frío en la cara?” Mal año en la montaña, cuando el grave deshielo de las cumbres escurre hasta los pueblos la manada de animales humanos con el hato a la espalda. La gente, al verlos, gusta aquella desazón tan generosa de otra belleza que la acostumbrada. Los hicieron católicos los misioneros de la Nueva España —esos corderos de corazón de león. Y, sin pan y sin vino, ellos celebran la función cristiana con su cerveza-chicha y su pinole, que es un polvo de todos los sabores. Beben tesgüino de maíz y peyote, yerba de los portentos, sinfonía lograda que convierte los ruidos en colores; y larga borrachera metafísica los compensa de andar sobre la tierra, que es, al fin y a la postre, la dolencia común de las razas de hombres. Campeones del Maratón del mundo, nutridos en la carne ácida del venado, llegarán los primeros con el triunfo el día que saltemos la muralla de los cinco sentidos. A veces, traen oro de sus ocultas minas, y todo el día rompen terrones, sentados en la calle, entre la envidia culta de los blancos. Hoy sólo traen yerbas en el hato, las yerbas de salud que cambian por centavos: yerbaniz, limoncillo, simonillo, que alivian las difíciles entrañas, junto con la orejuela de ratón para el mal que la gente llama “bilis”; la yerba del venado, el chuchupaste y la yerba del indio, que restauran la sangre; el pasto de ocotillo de los golpes contusos, contrayerba para las fiebres pantanosas, la yerba de la víbora que cura los resfríos; collares de semillas de ojo de venado, tan eficaces para el sortilegio; y la sangre de grado, que aprieta las encías y agarra en la raíz los dientes flojos. (Nuestro Francisco Hernández —el Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos— logró hasta mil doscientas plantas mágicas de la farmacopea de los indios. Sin ser un gran botánico, don Felipe Segundo supo gastar setenta mil ducados, ¡para que luego aquel herbario único se perdiera en la incuria y el polvo! Porque el padre Moxó nos asegura que no fue culpa del incendio que en el siglo décimo séptimo aconteció en el Escorial.) Con la paciencia muda de la hormiga, los indios van juntando sobre el suelo la yerbecita en haces —perfectos en su ciencia natural. Pliego suelto, Buenos Aires, Colombo, 1934.—VS. LES HERBES DU TARAHUMARA Les Indiens Tarahumara sont descendus et c’est le signe d’une mauvaise année et d’une maigre récolte dans la montagne. Nus et tannés, leur peau tachetée et luisante durcie, noircis de vent et de soleil, ils animent les rues de Chihuahua, pleins de lenteur et de méfiance, avec tous les ressorts de la crainte contractés, comme des panthères apprivoisées. Honnêtes habitants des neiges, — comme ils tutoient tout le monde — ils répondent toujours ainsi à la demande de rigueur : « Et toi, tu n’as pas froid à la figure? » Mauvaise année dans la montagne lorsque la pesante débâcle des cimes fait descendre jusqu’aux villages le troupeau d’animaux humains avec la besace sur l’épaule. Les gens, à les voir, se félicitent de cette inclémence du temps, si généreuse d’une beauté différente de celle qui leur est familière. Ils furent baptisés catholiques par les missionnaires de la Nouvelle-Espagne, — ces agneaux au cœur de lion, — et, sans pain et sans vin, ils célèbrent l’office chrétien avec leur bière de maïs et leur pinolé qui est une poudre qui a tous les goûts. Ils boivent du tesgüino et du peyoté, herbe des prodiges, symphonie d’une esthétique accomplie qui transforme les bruits en couleurs, et une longue ivresse métaphysique les dédommage de cheminer sur cette terre, ce qui est, en somme et après tout, le malheur commun de toutes les races d’hommes. Champions du Marathon du Monde, nourris de la chair acide du chevreuil, ils arriveront les premiers avec les honneurs du triomphe le jour où nous franchirons la muraille de nos cinq sens. Parfois ils apportent de l’or de leurs mines cachées, et tout le jour, assis dans la rue, ils cassent les mottes aurifères, parmi l’envie poliment dissimulée des blancs. Aujourd’hui ils n’apportent que des herbes dans leur besace, les herbes salutaires qu’ils échangent contre des sous : L’herbe-anis, la limoinille, la simonille qui soulangent les entrailles malaisées, et aussi la piloselle pour le mal qu’on nomme « la bile » : et l’herbe du chevreuil, et le chuchupasté, et l’herbe de l’Indien, qui reconstituent le sang, les pousses du pin ocoté qui sont bonnes pour les coups et meurtrissures, l’herbe-antidote pour les fièvres des marais, l’herbe de la vipère qui guérit les rhumes, les colliers de graines d’œil-de-chevreuil qui ont une si grande efficacité contre les sortilèges, et le sang-dragon qui resserre les gencibes et fixe solidement les racinees des dents qui branlent. (Notre François Hernandez, — le Pline mexicain du XVIe siècle, — parvint à rassembler plus de douze cents plantes magiques de la pharmacopée des Indiens. Sans être un savant botaniste le Roi Philippe Deux eut l’esprit de dépenser soixante mille ducats pour que dans la suite des temps l’herbier unique au monde finît par disparaître dans l’incurie et la poussière ! Et en effet le Père Moxo nous assure qu’il ne fut pas détruit dans l’incendie qui, au XVIIe siècle, éclata dans l’Escurial.) Avec la patience silencieuse de la fourmi les Indiens vont disposant par terre leurs petites herbes en bottes, passés maîtres dans leur science naturelle. Alfonso Reyes. Traduit de l’Espagnol, par M. Valery Larbaud.
“Toda planta es lámpara” Victor Hugo, L’homme qui rit II: Los tarahumaras son los indígenas del Norte de México, también o mejor conocidos como “los de los pies ligeros”, los rarámuri. Habitan la cadena montañosa conocida como Sierra Tarahumara, que se extiende por Chihuahua, Sonora, Durango, Sinaloa, y en el siglo xix llegaban hasta Nuevo León y Coahuila. La lengua tarahumara está clasificada en el grupo nahua-cuitlateco, del yoto-nahua, de la familia pima-cora. Carlos Montemayor en su libro Los tarahumaras. Pueblo de estrellas y barrancas, sugiere, siguiendo al antropólogo Don Burgess, que “los rarámuris pueden reconocerse como los hijos del Sol (y debemos agregar de la Luna)”. […] “El rarámuri está llamado a ser el que camina, el que por antonomasia sabe caminar en la tierra y en el cielo. Y gran parte del caminar del rarámuri es, en el plano celeste, la danza.” No es posible saber si en su infancia y primera adolescencia Alfonso Reyes tuvo noticia directa de ellos o si fue a través de algún caballerango, asistente militar de su padre, allá en la Hacienda del Mirador, o bien a través de los relatos del propio general Bernardo Reyes quien fatigó durante años los áridos caminos de tepehuanes, yaquis, mayos, y otras tribus nómadas del norte. En cualquier caso, la presencia de esos hombres severos de pies ligeros y de su cultura medicinal se puede documentar a través del poema “Yerbas del Tarahumara”; además, Reyes supo dejar constancia de su interés por ellos a través de otros textos aquí reproducidos o citados. La farmacopea aborigen está relacionada desde luego con la medicina natural, el chamanismo y lo que Mircea Eliade llamó “las técnicas arcaicas del éxtasis”, activas en Asia, la Europa rural y, desde luego, en América, y los indios eran tan fuertes en su ciencia que, como dice Benito María de Moxó (1805) “los sabios botanistas europeos” siguieron a los mexicanos “como guías y conductores”. Según nos dice Alfonso Reyes en su Diario con fecha 11 de marzo de 1929, el poema “Yerbas del Tarahumara” es un “Poema hecho en un instante, con conversaciones de la señora del Mayor Muñoz”. Esta anotación sugiere al lector que Alfonso Reyes no escatimaba la convivencia con el personal de la embajada —ya estuviese en Madrid, París, Río de Janeiro o Buenos Aires— y que, por supuesto, sabía escuchar. La conversación sostenida a muchos kilómetros de distancia de México, en la embajada de nuestro país en Argentina, desencadenó en Alfonso Reyes una lluvia de recuerdos sobre sus experiencias recordadas y oídas de infancia y juventud en el norte de México. El poema “Yerbas del Tarahumara” ha tenido buena estrella y fortuna dentro y fuera de nuestras fronteras. Valery Larbaud lo tradujo al francés muy poco tiempo después de que Reyes lo escribió. Guy Levis Mano lo volvió a traducir en 1952 en la Anthologie de la poèsie mexicaine que prologó Octavio Paz. Lo cita con admiración comprensible el novelista brasileño Erico Verissimo en su rico libro: México. Historia de un viaje (1957) para entender a estos cazadores capaces de mantenerse inmóviles como piedras o plantas durante un día antes de abatir con impecable certeza a las aves más veloces. La imagen evocada por Alfonso Reyes no ha perdido del todo actualidad, Carlos Monsiváis cita algunos de los versos de la segunda estrofa de este poema a propósito de los indígenas chiapanecos animados por el auto-llamado sub-comandante Marcos (Proceso, 4 de marzo de 2001). Gabriel Zaid lo incluye en su Omnibus de la poesía mexicana que suma ya en 2008 más de 27 ediciones. III. “Cuando los tarahumaras bajan a las aldeas, mendigan. Es sorprendente. Se detienen frente a las puertas de las casas y se ponen de perfil con una actitud de desprecio absoluto.” Antonin Artaud: “La raza de los hombres perdidos” El poema de Alfonso Reyes es anterior al texto de Antonin Artaud (1896-1948) titulado D’un voyage au pays des Tarahumaras (1937), inspirado, en parte, en una serie de experiencias que el poeta tuvo en México el año de 1936 con el peyote utilizado entre los indios del norte de México y, en parte, en sus propias ideas, creencias y fantasías. A Alfonso Reyes no sólo le fascinan los enigmas del desierto mexicano, sino que conoce la psicología y costumbres de los indios tarahumaras. Al escribir al escritor y diplomático brasileño Ronald de Carvalho para pedirle consejo sobre una imprenta adecuada para imprimir su Monterrey. Correo literario concluye su carta con una simpática evocación de la forma reservada y respetuosa con que se tratan los tarahumaras entre ellos: “Entre los tarahumaras, indios de Chihuahua de que tal vez tenga Ud. noticias, el visitante o huésped se sienta en la calle, de espaldas a la puerta del amigo a quien va a visitar, sin duda para disimular su impaciencia. El amigo visitado, no se apresura. Se hace desentendido (coquetería de buen tono entre ellos). Al fin, abre su puerta y dirige unas cuantas palabras vagas a su visitante, hablándole del tiempo que hace, como si no se diera cuenta de que lo vienen a visitar a él. Al fin, después de un momento, le dice: ¿Por qué no pasa Ud. a casa para que sigamos hablando? Así se hacen las visitas entre los indios tarahumaras.” (citado por Fred P. Ellison, Alfonso Reyes y el Brasil, op. cit, pp. 43-44). IV. Muchos años pasó el general Bernardo Reyes pacificando el Norte de México, desde los tiempos de Lerdo de Tejada (1873) en que emprendió la campaña de Alica contra el legendario cacique Manuel Lozada hasta los años de Manuel González y Porfirio Díaz en que fue ganando ascensos literalmente a sangre y fuego en las diversas expediciones, acciones y campañas por la frontera de Nuevo León, la huasteca potosina, Sinaloa, Sonora, Chihuahua, Coahuila para mantener a raya a las hordas de guerrilleros e insurrectos, apaches, coras, huicholes, kikapués, y a los más civilizados —yaquis y tarahumaras. El niño que fue Alfonso Reyes creció al calor de los relatos y cuentos sobre esa infatigable frontera nómada, como la llamó el historiador Héctor Aguilar Camín; y la experiencia descalza de esos mundos indígenas en conflicto con la civilización no fue ajena a su sensibilidad. La hermandad entre el mundo vegetal y el mundo animal aflora como en una ondulación constante y apenas subterránea a lo largo de su obra. Cito dos textos. Uno, escrito en Brasil en 1931: “—Pero los árboles ¿qué saben?. ¿qué sienten? […] —¿Qué sabemos? Cuando la planta se pone a vivir dentro del hombre, como en la droga, el hombre no necesita moverse porque empieza a soñar: el mundo se mueve para él, por una translación einsteiniana. ¿Qué sabemos si el árbol sueña? Y además, ese modo de relacionar la sensación y el don semoviente ¿no es un apriorismo finalista? ¿No habrá en el seno de la vida vegetal como en el seno de toda vida, una parte de impotencia diabólica, necesaria en sí misma? Entonces, si arranco esta rama, el tronco me grita como en Dante: ‘¿Por qué me rompes?’ Sino que yo no puedo escucharlo. Feliz Sigifredo, que cortaba una caña para hacerse entender del ave.” Y otro texto más en el mismo sentido y fruto de la misma fibra sensitiva: “¡Qué bien se entiende el culto de los árboles en las religiones primitivas! ¡Y qué verdadero aire de deidad natural, anterior al antropomorfismo de los Olimpos, tienen esos árboles gigantescos, plantados de pronto en la desolación de la tierra como a espera del caminante! Si hasta parece que infunden en su huésped cierta quietud vegetativa, cierta aceptación, cierta docilidad física doblada de cierta interior libertad de ensueño. No es otro el efecto de la droga, simbiosis del vegetal con el animal. Tal vez los árboles se contenta de no moverse por lo mucho que contemplan y sueñan. Los pájaros les cuentan las extrañas aventuras del vuelo, y con oírlos se satisfacen. Las brisas les hacen guiños y los sacan a bailar un poco, aunque sin moverlos de su lugar, como en tales danzas australianas que se ejecutan con el tronco y los brazos. Árbol de la tropa, padre tutelar de los valientes y de los afligidos: hay, en el torrente de mi sangre, una oculta gotita que agradece todavía tu ternura. Cuando, después de limpiar de facinerosos el contorno con las escobas del plomo y los aceros, el destacamento volvió al lugar, no encontró ya el árbol. —¿Quién lo ha talado? —preguntó mi padre iracundo. —Lo cortó Fulano, mi jefe —le contestó un desgreñado que se acercaba—. Dijo que lo iba a tumbar con su hacha para que no viniera aquí a amontonarse la tropa. —¡Qué me lo traigan! Que me traigan a ese Fulano ahora mismo! Que ahora me lo llevan de leva, y ahora va a saber lo que es un árbol, lo que puede ser la sombra de un árbol para el soldado!” Bernardo Reyes y “nuestro medio hermano mayor, aquel magnífico León, […] antiguo ingeniero militar que, en comisiones geográficas”, habían “conocido los lugares más recónditos del país, las tribus más extrañas, sobre cuyas costumbres sabía lo que no supo Lumholtz.” El país tarahumara sería reconocido por el etnólogo y fotógrafo noruego Carl Lumholtz, y sus peripecias serían presentadas en los gruesos volúmenes de El México desconocido (1902), traducido al español por Balbino Dávalos (1904), bajo los auspicios de Porfirio Díaz. Ese país agreste y fascinante de la Sierra Madre Occidental en Sonora y Chihuahua descrito por Bruno Traven en su novela El tesoro de la Sierra Madre y popularizado por la cinta homónima que tiene como protagonista a Humprey Bogart, no habría podido ser visitado y documentado sin la tarea previa de pacificación y comunicación realizada, entre otros, por Bernardo Reyes. V. El texto que se presenta aquí “Yerbas del tarahumara” fue escrito el 11 de marzo de 1929 “de un solo trazo”, como asienta Alfonso Reyes en su Diario, siete años antes de que Antonin Artaud emprendiera su viaje, en 1936. El poema de Reyes sería traducido por Valery Larbaud y publicado en Commerce (verano de 1929, núm. XX)donde apareció por primera vez la Nadja de André Breton y se publicaron también textos de Henry Michaux. Alfonso Reyes, no ignoraba que unos años antes en París, al tiempo que él mismo se encontraba ahí, se había publicado el libro del Dr. Alexandre Rouhier: Le plante qui fait les yeux émerveillés (1926). Recientemente se ha publicado una nueva edición que ha sido revisada y aumentada e incluye la conferencia Les plantes dévinatoires y una bibliografía actualizada hasta la fecha de la publicación. El libro de Rouhier se publicó diez años antes de que Antonin Artaud hiciera su célebre viaje a México, en 1936, y no es improbable —como el propio Reyes apunta en el texto reproducido más adelante— que éste haya conocido el poema en la traducción de Larbaud publicada en Commerce y que ambos textos hayan influido en su decisión de viajar a México. De hecho, en “México y el espíritu primitivo. María Izquierdo”, Artaud parafrasea el título de Rouhier para referirse al cacto sagrado: “el peyote que no vuelve los ojos maravillados como el vocabulario europeo nos enseña…”. Por lo demás la obra de Rouhier sería citada de inmediato por el esoterista e investigador extremeño Mario Roso de Luna —una de las fuentes esotéricas de Antonin Artaud, según creemos— en El simbolismo de las religiones del mundo, continuación de su Simbología Arcaica. Evocando al escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, Roso de Luna habla ahí del peyote y de la mezcalina como puentes orgánicos entre aquella piedad arcaica y las creencias y usos y costumbres de los indígenas mexicanos. VI. En 1929, Alfonso Reyes le envía a Valery Larbaud el poema “Yerbas del Tarahumara” desde Buenos Aires. Larbaud, quien se encontraba en Italia, se entusiasma ante el envío de este texto escrito en español por un mexicano interesado en describir la ciencia ancestral y la belleza primitiva de las tribus indígenas más alejadas de México, y le responde desde Roma con una carta fechada el 6 de abril de ese mismo año. Dice Valery Larbaud: “Y gracias por Yerbas del Taraumara. ¡Qué buena idea tuvo usted al enviármelas! Su perfume embellece mis días, y he aquí el proyecto que he concebido: voy a traducirlas (ya comencé) y a proponerlas al Comité de Lectura de Commerce (que aparecerá en junio o julio). Pediré que se publique el texto original frente al de mi traducción. ¿Qué piensa usted? Y luego, si algún detalle me incomoda, me permitiría pedirle consejo. Desde ahora puedo decirle que tengo la intención de traducir por equivalentes calcados sobre ellos mismos todos los términos que ni el Diccionario de la Academia Española, ni Vicente Salvá me pueden proporcionar. Por ejemplo sugiero ‘petite-oreille-de rat’ (orejuela de ratón), ‘Simonille, ocotille’… Pero si existen términos franceses correspondientes que no sean científicos ni del linaje de Linneo, los preferiré a ‘simonille’ u ‘ocotille’ ¿Qué piensa usted de eso?” A Larbaud no se le escapó alguna distracción de Alfonso Reyes como la que lo lleva a poner ‘herbolario’ por ‘herbario’. Por eso Alfonso Reyes escribe: ‘Le ruego que cambien en mi original el verso: ‘Para que luego el herbolario único’, por este otro: ‘Para que luego aquel herbario único’. Le agradezco a usted el haberme llamado la atención sobre un descuido que no fue errata de una máquina, sino mal hábito infantil, adquirido desde la escuela primaria de llamar ‘herbolarios’ a los ‘herbarios’. (Alfonso Reyes a Valery Larbaud 16 de junio de 1929). Sobra decir que para Alfonso Reyes fue una alegría mayor el haber sido honrado por una traducción de Valery Larbaud: “Por mi parte, he recibido, y lo guardo como una reliquia bibliográfica, las pruebas de mis Herbes, de nuestras Yerbas. Y quedo entendido de la grata noticia de que el poema aparecerá en Commerce (¡el mayor honor que yo podía esperar de las letras de Francia!) […] Estoy entusiasmado y contento como un niño. Decididamente, soy de esos hombres tan amigos de lo mejor que no se contentan ya con lo bueno. Nada me importa más en la vida que la estimación y la aceptación de amigos como usted.” (Alfonso Reyes a Valery Larbaud, 20 de julio de 1929). Sobre el título de “Yerbas del Taraumara”, en la versión original del poema que envía a Valery Larbaud, Alfonso Reyes escribe: “Yerbas del Taraumara” y no “…del Tarahumara”. Se explica así: “Desde luego le advierto que, aunque yo simplifico la ortografía de taraumara, los ortodoxos mexicanos dicen, mejor dicho escriben, ‘tarahumara’. Quizá le agrade a usted esa h para guiar mejor al lector francés sobre la disolución del diptongo “ahu”. Ya usted me dirá si se le ofrece alguna consulta, y gracias otra vez.” (Carta de Alfonso Reyes a Valery Larbaud del 7 de mayo de 1929). En su traducción, Valery Larbaud se alineará al lado de los ortodoxos. VII. Alfonso Reyes terminará por titular su libro Yerbas del Tarahumara optando por la ortodoxa h. El poema se publicaría primero en francés y varios años más tarde en español: Yerbas del Tarahumara. La primera edición de este poema, fechado en Buenos Aires en 1929, se hizo el 19 de julio de 1934. Las nueve páginas de que consta la plaqueta “fueron compuestas a mano y tiradas por Francisco A. Colombo, en Buenos Aires, habiéndose tirado la impresión de 300 ejemplares en papel Ingres”. El volumen se presenta en hojas sueltas dentro de una encuadernación en cartón forrada de papel mármol color verde y con una etiqueta manuscrita en el centro, que consigna solamente el título del poema en tinta café sin nombre del autor. El ejemplar que manejamos está dedicado por Alfonso Reyes al poeta argentino Fernández Moreno. Damos cuenta de estos detalles para que no pase con ellos lo que le sucedió —como recuerda Benito María de Moxó en sus Cartas mejicanas citadas por Reyes en el poema— a “la abundantísima colección de primorosos diseños y pinturas al natural de mas de mil y doscientas plantas indíjenas de este nuevo mundo, ejecutada por nuestro insigne Francisco Hernandez: colección en la que, según Acosta, había espendido Felipe segundo como unos setenta mil ducados: colección finalmente que por si sola bastaría para desvanecer la pretendida barbárie que Linneo attribuye á nuestra nación en punto á Botánica. Unas sospechas muy inciertas é incoherentes, pero adoptadas incautamente por el majistrado, acabaron en poco tiempo con aquel museo; y la colección de Hernandez pereció acaso consumida lentamente por el polvo y la polilla en una de nuestras mas insígnes bibliotecas; pues tengo motivo para pensar que no es verdad lo que se ha dicho tantas veces, que fue víctima del famoso incendio que hubo en la librería del Escoril en el siglo décimo séptimo”. VIII. El tema de la sinestesia no podía dejar indiferente a un poeta como Alfonso Reyes. Lo toca no sólo en el poema “Yerbas del Tarahumara”, sino de paso en el discurso pronunciado con motivo de la “Ofrenda al Jardín Botánico de Río de Janeiro”, donde dice: “Un día, para aumentar vuestro fondo de cactáceas, tuve el gusto de traeros, en nombre de la ciencia de mi país, algunas simientes del misterioso peyotl o peyote, la planta mágica de los indios tarahumaras, cuyas aplicaciones múltiples y portentosas apenas comienzan a estudiarse, y que, produciendo un retardo biológico en el ritmo receptivo del hombre, hace que las ondas sonoras aparezcan —por relatividad— más aceleradas que de ordinario, hasta transformarse en ondas luminosas. Al hombre en delirio de peyotl, los sones de la guitarra le producen fantásticas alucinaciones coloridas. La planta del peyotl, la planta sagrada del sol —extraño regulador de ese sujeto del verbo “ondular” que llamamos “éter”—, no engendra, según aseguran, hábito ni vicio; es, según dicen, medicina del dolor moral; y espera todavía los resultados de las pruebas a que la sujeta la ciencia brasileña. IX. En Virginia Woolf en su Diario (Buenos Aires, Ed. Sur, 1954, pp. 64-72), Victoria Ocampo dedica algunas páginas a explorar los paralelos entre “La realidad en Virginia y la mezcalina en Huxley”. La carta que Alfonso Reyes envía a Victoria Ocampo para agradecerle el envío de Virginia Woolf en su Diario (8 de julio de 1954) retoma algunos puntos del artículo titulado “La mezcalina” (1956): “Huxley no es más que el último experimentador. La ciencia europea (y la mexicana por descontado) conocen todo eso desde hace mucho tiempo atrás y lo tienen bien estudiado”.
X. De Alfonso Reyes a Valery Larbaud* Buenos Aires, 7 de mayo de 1929. Mi querido Valery Larbaud Su carta de Roma, del 6 de abril, me ha llenado de alegría. Estoy orgulloso de que mi poemita le parezca a Ud. digno de su traducción, y de proponerlo al comité de Commerce. Me apresuro a decirle que encuentro lo más acertado eso de traducir “Simonillo, ocotillo”, etc… por “simonille, ocotille”. Creo que es inútil buscar otra cosa. Estas son yerbas desconocidas en francés, y no creo que tengan otro nombre, fuera del científico. El peyote puede quedar así, el tesgüino, acaso “tezguin”. En fin, Ud. sabrá. Como esas palabras andan fuera de las gramáticas, tiene uno libertad con ellas. Desde luego, le advierto que aunque yo simplifico la ortografía de taraumara, los ortodoxos mexicanos dicen, mejor dicho escriben, “tarahumara”. Quizá le agrade a Ud. esa “h” para guiar mejor al lector francés sobre la disolución del diptongo “ahu”. Ya usted me dirá si se le ofrece alguna consulta y gracias otra vez. (…) Alfonso Reyes De Alfonso Reyes a Valery Larbaud* Buenos Aires, 16 junio de 1929. Monsieur Valery Larbaud París (o donde se encuentre). Amigo mío, recordado y querido: su traducción me tiene entusiasmado, y me ha hecho pensar, sobre el arte de traducir, muchas cosas que nunca se me habían ocurrido. Noble ejercicio realmente, y que nos conduce, por quién sabe qué subterráneos caminos, a esa lengua neutra y común que todos hablamos y que se disimula bajo las apariencias del francés, del español, del inglés, etc… En fin: sepa Ud. que estoy muy orgulloso y contento. En carta anterior le había yo confesado a Ud. que, aunque yo escribo « taraumara » (porque una vez puestos a reducir fonemas de una lengua a otra por aproximación, y sobre todo, cuando no hay una verdadera tradición establecida en la materia, prefiero simplificar lo más posible), los sabios de mi tierra escriben «tarahumara», forma que acaso Ud. prefiera en su traducción. Ud. sabrá… “Bravos habitadores”, más que “Honnêtes habitants”, yo creo que es, en nuestro caso, “Fiers” o bien “Hautains”, pero tampoco me opongo a “honnêtes” que me gusta más, y me parece más a tono con el resto del poema. “La gente, al verlos, gusta aquella desazón tan generosa de otra belleza que la acostumbrada». Es una frase elíptica a la manera de otro siglo, usando el régimen del ‘de’ hoy ya desusado. Para decir lo que yo quiero expresar, habría que poner un circunloquio abominable; algo como esto: «Les gens, à les voir, jouissent de cette malaise si généreuse qui produit la contemplation d’une beauté différente de celle qui nous est familière.” Yo creo que Ud. puede encontrar la manera de decirlo en menos y más bellas palabras. Le ruego que cambie en mi original el verso: “Para que luego el herbolario único”, por este otro: “Para que luego aquel herbario único”. Le agradezco a Ud. el haberme llevado la atención sobre un descuido que no fue errata de una máquina, sino mal hábito infantil, adquirido desde la escuela primaria de llamar “herbolarios” a los “herbarios”. Encuentro a cada rato felices hallazgos de expresión, y singularmente estoy encantado con la traducción de los nombres de las yerbas. La “piloselle” es una delicia y otra “les pousses du pin ocoté”; “l’herbe antidote”, era más difícil de encontrar de lo que parece. Y, en cuanto al “sang-dragon”, es realmente un caso de acierto único. A mí mismo ha venido a aclararme el nombre mexicano de la yerba “sangre de grado”: no es más que una metátesis de “Sangre de drago” y “drago” en la vieja lengua, quiere decir “dragón”. Así pues, amigo mío, sólo me queda felicitarlo por su trabajo de minuciosa belleza y agradecerle su amistoso interés. (…) Alfonso Reyes
XI. Interpretación del “peyotl” El “peyotl”, la hierba sagrada de los tarahumaras, posee, entre otras, la propiedad de transformar los sonidos en visiones, las notas musicales en alucinaciones luminosas. Como la energía del objeto vibratorio se mantiene idéntica, es de suponer que, por relatividad einsteiniana, lo que se modifica es la energía receptiva del sujeto afectado por la droga. La física nos hace saber que la materia es de naturaleza eléctrica; que es, como si dijéramos, un amasijo de vibraciones. Considérese, como preliminar, que la onda del agua en que cae la piedra tiene una velocidad o frecuencia de unos seis metros por segundo, en tanto que la onda eléctrica de la radiodifusión ocupa una escala que va de 200 a 2,000 metros en la misma unidad de tiempo. Si se establece el espectro o graduación creciente de las vibraciones de la materia, se asciende desde la frecuencia menor, que es el sonido, a las ondas de radio, a las hertzianas, a los rayos de la luz infrarroja, al llamado espectro solar que es el campo de la visión humana, a la luz ultravioleta, a los rayos x y Roentgen, a los rayos “gamma” (cuerpos radioactivos), y en fin, a las radiaciones cósmicas que son la última novedad. El calor resulta una energía relativamente pobre, efecto del desorden entre todos los movimientos moleculares (pues la materia nunca está quieta, sino que vive en continua zarabanda). El olor, o mejor la posible vibración que nuestros sentidos traducen en olor, es todavía asunto discutible. El tacto mismo, el cutáneo y el interior, es como la respuesta a un ventarrón electrónico que nos atraviesa. El ojo humano sólo capta una estrechísima faja del espectro vibratorio. Es, como decía Helmoltz, un aparato óptico muy deficiente. Sólo alcanza a distinguir las estrellas de la 1ª a la 6ª magnitud. Si su energía fuese absorbida por un miligramo de agua, harían falta 2,000 siglos para que la temperatura del agua aumentara en un grado centígrado. Tal vez algunos animales alcanzan a ver vibraciones invisibles para nosotros. Un jugador de tenis advertía que, siempre que volvía a casa después de agitarse en sus deportes, su gato huía de él espantado, como si lo viera echando llamas. Tampoco podemos enorgullecernos de nuestro oído. Todos saben que hay silbatos de perro, cuyo sonido es insensible para el hombre. Pues bien, si, bajo el influjo del “peyotl”, los sentidos humanos reciben las vibracio-nes acústicas con todos los honores que, en estado normal, sólo se conceden a las lumino-sas, será porque el aparato humano ha obrado como el “lentizador” del cinematógrafo, en proporción inversa. Para retratar la trayectoria de una bala, la cámara trabaja con velocidad vertiginosa. Para darnos en unos segundos el crecimiento de una planta, lo que dura varios meses, la cámara opera con lentitud exasperante. Pues de modo parecido para que la vibración acústica media —que empieza a ser perceptible a los 200 metros por segundo— afecte nuestra biología como vibración luminosa —lo que está algo más arriba de los 300 billones de metros por segundo— será que nuestra biología retarda en la misma proporción. Nótese que ya la música eléctrica admite aparatos en que la emisión luminosa se traduce en sonido —fenómeno inverso al del “peyotl”—, mediante un sistema que consta de una lámpara más una rueda dentada que la intercepta, más una célula fotoeléctrica o ampolleta de vacío con capa de potasio al fondo, más un contacto entre ésta y un bloque de pilas, y al cabo, un audífono. Que tal es el principio de la radioemisión. Claro que la psicobiología puede oponernos como mejor explicación la mera confu-sión o contaminación entre los conductos sensoriales, la cual crea los fenómenos llamados de sinestesia, de que los poetas sacan tanto partido (“el tañido rojo del clarín”), y que algunos explican de modo materialista, y otros, por una trabazón de orden espiritual, semejante al recuerdo. La interpretación que aquí sugerimos bien pudiera ser un dislate. Bien pudiera ser sólo una parte de la verdad. La arriesgamos como mera hipótesis tentativa, para que la despedacen los especialistas. Cadena “Anta”, México, I-1944.
XII. Muchos años después de escrito el poema “Yerbas del Tarahumara”, Alfonso Reyes, al leer el libro recién publicado de Antonin Artaud en 1945, dejará constancia de un breve contacto epistolar con el atormentado autor. El artículo, inédito en vida de Reyes, que recoge esas cartas concluye advirtiendo que no se juega con los dioses. La correspondencia sería publicada en la Revista de la Universidad de México por Alicia Reyes en 1992 y debe añadirse a los testimonios de Luis Cardoza y Aragón, Elías Nandino, José Gorostiza y Octavio Paz que recoge Fabienne Bradu en su edición de la correspondencia intercambiada entre Luis Cardoza y Aragón y Paule Thèvenin, la devota editora y amiga de Antonin Artaud.
XIII. Artaud No se juega infamemente con los Dioses Por Alfonso Reyes Acaba de publicarse con lujo de estruendo el libro del infortunado Antonin Artaud, Les Tarahumaras (L’Arbalete, Decines, Isère). Posible es que la obra consagrada al peyotl por el Dr. Rouhier, y aun mi poema Yerbas del Tarahumara, publicado por la revista Commerce, en traducción francesa de Valery Larbaud (París, verano de 1929), hayan movido la curiosidad de Antonin Artaud. El libro es una falsificación poemática y seudo-mística en torno a la magia del peyotl. Pero ya sabemos que la verdad poética es otra especie de verdad y, como varios lo hemos dicho ya por allí, se reduce a sacar conejos del sombrero o a pedirle peras al olmo con éxito. En esta obra se recogen cartas, o fragmentos de cartas de Artaud a varios amigos: a Balthus, al Dr. Allendy, a René Thomas, Marc Bauhezat, a Henri Parisot y a Jean-Luis Barrault. Por cierto que éste ha tomado tan en serio las fantasías retóricas de Artaud que, según me dijo durante una reciente temporada en México, se propone volver a nuestro país para conocer de cerca los misterios de los Tarahumaras. Yo le contesté con la frase que se atribuye al moribundo Émile Faguet, cuando un sacerdote quiso confesarlo y recordarle que iba a comparecer en la presencia de Dios: “¡Qué decepción va a llevarse el pobre!” Revuelvo mi archivo. Poseo documentos sobre el viaje a México de Antonin Artaud. En París, a 4 de octubre de 1935, me dirigió una carta al Brasil en que me anunciaba su proyectado viaje y, por indicación de Jean Paulhan y Benjamin Crémieux, me pedía algunas orientaciones. Yo vertí lo esencial de esta carta en la siguiente que se explica sola y tiene el valor de una preparación de artillería. El 4 de febrero del siguiente año, a bordo del Siboney, Artaud me escribe nuevamente a Río de Janeiro (traduzco): En octubre último le escribí a usted para hablarle de mi posible viaje a México, y usted tuvo la amabilidad de decirme en su respuesta que ya preparaba usted el terreno. Hoy el viaje es ya un hecho. El viernes 7 de febrero en curso llegaré a México. Usted ha comprendido que mi propósito es manifestar de un modo concreto, inmediatamente asimilable, ciertas ideas que figuran en un estado mítico en algún estudio mío como El Teatro y la Peste. Usted habrá visto que cierta zona de la inteligencia francesa, la más joven y a la vez la más desesperada —pero sólo los muertos lo desesperan ya— tiene los ojos vueltos hacia México. Hoy por hoy una sola corriente agita al mundo y la fuente mágica brota en la tierra a la que yo he deseado ir y adonde llegaré en un par de días. Me figuro, señor Embajador, que puedo contar con usted para facilitarme la tremenda tarea que emprendo, y en esta confianza, le saludo devotamente. Mi dirección: Embajada de Francia en México. Nueva carta que también traduzco, de México a Río de Janeiro, 16 de abril de 1936: Me autorizó usted a hablarle con toda franqueza. Más aún: me invitó usted a hacerlo. Visité al señor Ceniceros, y en él he encontrado algo más que un amigo: un verdadero aliado. Gracias a él he dado tres conferencias en la Universidad de México. He dicho lo que tenía que decir. Daré otra nueva y breve conferencia en la Lear, sobre la Revolución Universal y el Problema Moderno. Diré cuanto me propongo, respecto a la absoluta necesidad en que está México de romper con todas las formas de la civilización europea, industrialismo, maquinismo, marxismo, capitalismo y esa terrible forma del capitalismo eterno que es el capitalismo de la conciencia humana, la capitalización de los conceptos y de los datos surgidos del espíritu dualista de Descartes y que han aniquilado el espíritu de la vida. Todo esto me propongo decir. Ya mis ideas, no bien comprendidas mientras hablé en francés, parecen irse abriendo paso en cuanto di con traductores inteligentes. Gracias a ellos, todas mis conferencias se publicarán en El Nacional. Para coronar mi trabajo, he pedido al señor Ceniceros una Misión: me basta una sencilla comisión de escritor, de artista. Quiero enfrentarme con razas puras, que quedan tan pocas. Quiero estudiar los ritos, las danzas de los indios. No sacaré de aquí un mero libro de descripciones. Yo creo en una fuerza mágica, de que estos ritos son algo más que la mera transcripción alegórica. Esta fuerza se viene perdiendo desde que se persiguen y prohíben estos ritos so color de acabar con las supersticiones. Pero hay más superstición en la Ciencia Moderna que en los ritos de los indios. Las fiestas cívicas con que México quiere reemplazar tales ritos y que artistas y escenificadotes copian las manías estéticas de Europa, operan bajo el impulso de una inspiración individual e incoherente y no logran, a mi modo de ver, más que crear un verdadero estado de anarquía. Para mí, naturaleza, mundo, humanidad debieran recuperar su unidad. Hay leyes, hay una necesidad cósmica de que las danzas y fiestas indias son una manifestación. En suma, he pedido una Misión para ir en busca de la fuerza antigua y caracterizarla. He recogido informes privados. Sé adónde tengo que ir. No traeré de allá un libro de arte, sino en suma un libro de teoremas. Y la lengua, vibrando según el estímulo de esta fuerza tratará de expresar sus leyes. Es cosa que puede hacerse, no es una utopía. El Gobierno Mexicano ha consentido en facilitar esta misión. Espera mi libro y me concede libre transporte en todos los ferrocarriles. Los gobernadores locales me darán su apoyo, me llevarán aquí y allá. Pero, para lo demás, tanto el Gobierno de México como el de Francia dicen no tener dinero. Yo he venido aquí sin un centavo, decidido a arriesgarlo todo por tal de encontrar lo que busco. Pero necesito economizar mis fuerzas y no desfallecer en el camino. Necesito encontrar algunos recursos, lo indispensable para sostener la jornada. La suma no ha de ser enorme y he de juntarla antes de emprender el viaje. Pero juntar dinero para una idea metafísica puede parecer en esta época una locura. Y es fuerza que esta locura se realice. Deben aún quedar por allí algunos comerciantes, coleccionistas, aficionados al arte capaces de sacrificar una suma por una idea. Para partir de México, la ciudad y discurrir por el norte del país durante tres meses ya usted comprende lo que hace falta. Se obtienen más fondos para los arqueólogos que en saber explicar, situar, fortificar lo que encuentra, porque son sabios. Esta vez, un poeta se ofrece a encontrar algo objetivo, a enlazar sintéticamente los datos plásticos como forma y fuerza de la vida. Creo, Alfonso, que si usted se lo propone puede usted encontrar esto. Usted ha de saber a quién se puede acudir en México o en el Brasil. No me diga usted que la poesía a nadie le interesa. Hay una manera de presentar a los ricos los objetivos verdaderos, humanos, científicos de la poesía. Quiero reconciliarlos con la poesía. Hacer de ella una fuerza activa, concreta, asimilable a todos los hombres, una fuerza de curación. Todavía quedan en el mundo los secretos de la curación. Para la curación bastan las fuerzas puras, las del espíritu primitivo, de frente generatriz. En ello anhelo trabajar, y descubrir el secreto de aquellas culturas. Estoy ya con el pie en el estribo. Espero el último empujón. Toda mi gratitud y mis disculpas. Saludos, etc. Infortunado. Algunas de sus páginas fueron escritas en el asilo de Rodes Ivry-sur-Seine en 1947. Allí confiesa sus delirios. El Tutuguri 38 está firmado el 16 de febrero de 1948. No se juega infamemente con los dioses.
Bibliografía Alfonso Reyes, Quince presencias, “VI. Descanso dominical (En los pinares de Teresópolis)” en OC, t.XXIII, p. 180. Alfonso Reyes, Parentalia, “10. Grandeza y miseria del soldado” en OC. t. XXIV, p. 442. Alfonso Reyes, Parentalia, “8. Otras sombras” en OC. t. XXIV, p. 377. Alfonso Reyes, Repaso poético 1906-1958 en OC. X, pp. 121-123. Alfonso Reyes, Los trabajos y los días, en OC, t. IX pp. 358-360. Alfonso Reyes, “La mezcalina” en Marginalia. Burlas veras, Segundo Ciento en OC, t. XXII, pp. 688-690. Carl Lumholtz, Montañas, duendes, adivinos…, prólogo de Jesús Jáuregui, edición de Jorge Lépez Vela, coordinación de César Ramírez Morales, México, 1996, 143 Mario Roso de Luna, El simbolismo de las religiones del mundo y los problemas de la felicidad, Editorial Renacimiento, España, 2006, 374 pp. Maximino Martínez, Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas mexicanas, México, fce, 1979 Santamaría, Diccionario de mejicanismos, México, Ed. Porrúa, 1992, p. 1039. 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Mena, Tipografía del Departamento de Estado Mayor, México, 1905, 349 pp. Dr. Fortunato Hernández, Las Razas Indígenas de Sonora y la Guerra del Yaqui, Joaquín Heredia, Comisiones y Representaciones, México, 1901. Dr. Alexandre Rouhier, La plante qui fait les deux emmerveillès. Le peyotl. Prèface de M. Le Professeur Em. Pevrot, Membre de l’Académie de Médicine. Nouvelle Edition revue et corrigée (Paris, 1926, 1975), seguido de Dr. Alexandre Rouhier: Les plantes devinatoires. Guy Trédaniel. Editions de la Maisnie, Paris, 1975. Alfonso Reyes / Victoria Ocampo, Cartas echadas. Correspondencias. 1927-1959. México, Universidad Autónoma Metropolitana, edición y presentación de Héctor Perea, Serie Correspondencia. Dirección de Difusión Cultural, 1983, pp. 59-60) Fabienne Bradu, Artaud todavía, [Correspondencia entre Luis Cardoza y Aragón y Paule Thevenin, seguida de algunos textos de A.A.], México, Fondo de Cultura Económica, 2009. Humberto Musaccio, Diccionario Enciclopédico de México, Antonin Artaud “La raza de los hombres perdidos” en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, México, Octubre de 2008, Número 454, p. 30. ----------------------------------------------------------- 1 Leído en Casa Lamm el jueves 22 de octubre de 2009. 2 Repaso poético 1906-1958 en OC. X, pp. 121-123. 3 Los indios buscaban los centros urbanos cuando la sequía se prolongaba. A veces esta temporada seca se prolongaba dos o tres años. 4 Tesgüino: bebida refrescante propia de los indios tarahumaras, que la obtienen por fermentación del grano de maíz, y que toman principalmente en sus fiestas. (Santamaría, Diccionario de mejicanismos, México, Ed. Porrúa, 1992, p. 1039). 5 Peyote: el Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas mexicanas de Maximino Martínez consigna por lo menos diez variedades de esta planta que corresponden a otras tantas localizaciones. La definición principal corresponde a: “Planta carnosa de 10-12 cm,, algo parecida a una biznaga sin espinas, con raíz gruesa, cilíndrico-cónica, amarga, y una cabeza casi aplanada, que sobresale del suelo 15-20 mm. en la que se ven varios segmentos radiales, subtriangulares y algunos mechoncitos lanosos, flores rosadas y fruto largamente cónico, rojo, de 15 mm. Esta planta tiene propiedades narcóticas”. También se dan referencias de índole botánica, química, histórica y etnográfica sobre esta sensitiva cactacea en el libro Plantas de los dioses. 6 Yerbaniz [Hierba anís]: “Crece principalmente en el Norte de México, a partir de San Luis Potosí, mide aproximadamente un metro de altura; tiene hojas opuestas, elípticas y aserradas, flores en cabezuelas amarillas de marcado olor a anís. Tayetes florida” (Maximino Martínez, Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas mexicanas, México, fce, 1979). 7 Limoncillo: más de treinta plantas llevan este nombre en México. Probablemente se refiere a la Pectis papposa Gray,que prospera en Sonora. Es una planta herbácea de unos 20 cm., de hojas lineares de 3 a 4 cm., glanduloso punteadas, y flores en cabezuelas amarillas. La planta despide un aroma parecido al del limón. 8 Simonillo: varias plantas llevan este nombre. AR se refiere seguramente a la Conyza gnaphaloides H.B.K., que es una planta herbácea blancolanosa de hojas elípticas, dentadas de 3 a 4 cm., inflorescencias terminales. Es una planta de sabor amargo. 9 Orejuela de ratón: oreja de ratón. Hay varias plantas con este nombre; puede ser la Chiococca alba, que es un arbusto a veces trepador de hojas lanceoladas u ovales de 2.5 a 9 cm., flores en forma de embudo con el limbo de 5 lóbulos, frutos drupáceos, blancos o comprimidos de 6 a 8 cm. 10 Yerba del venado: se aplica este nombre a varias plantas herbáceas o subarbustivas del género Porophyllum. Son plantas de hojas glandular pubescentes y olorosas que en muchos lugares se usan como condimento. Las hojas de la Porophyllum Seemanii son comestibles y tienen un aroma especial” (Maximimo Martínez, op. cit.). 11 Chuchupaisle [Chuchupatle]: se trata de la Arracacia sp. Es una umbelífera; planta herbácea de hojas grandes y divididas, flores en umbela y frutos muy aromáticos. 12 Yerba del indio: Maximino Martínez registra por lo menos ocho plantas con ese nombre en su Catálogo de nombres vulgares y científicos de plantas mexicanas. AR probablemente se refiere a la Sarcostema Crispum, que prospera en la región del río Bavispe, en el Noroeste de Sonora, y que es una orquídea terrestre de hojas linear-lanceoladas, cardadas y con flores agrupadas, ápice acanalado, base auriculada de 5 cm. de largo por 4 cm. de ancho y flores agrupadas en pedúnculos cortos. 13 Ocotillo [Pasto de ocotillo]: el ocotillo es un nombre que se aplica a muchas plantas. Probablemente se refiere a la Fouqueria esplendens, que crece en los lugares desérticos del Norte de México y es un arbusto leñoso, sin tallo, compuesto de ramas hasta de 6 m., cubiertas de espinas, hojas oblonceoladas o redondo-ovadas de 2 a 3 cm., flores rojas, tubulosas. La corteza contiene saponina. 14 Contrayerba [Contrayerba]: es la Asclepias setosa Benth, una planta herbácea que prospera en el Norte de México (Nuevo León); tiene unos 40 cms. de altura, un jugo lechoso y es muy vellosa. Sus flores son pequeñas en umbelas terminales. 15 Yerba de la víbora [Hierba de la víbora]: se aplica este nombre a una docena de plantas diversas que crecen en el territorio de México. La hierba de la víbora que prospera en Chihuahua es una acantácea, la Dyschoriste jaliscencis, una planta herbácea vellosa, de unos 30 cm., hojas opuestas, lineares, de 2 o 3 cm., flores axilares con el limbo quintilobulado de unos 2 cm, 4 estambres didínamos. [Maximino Martínez, op. cit.] Se usa en infusión para curar resfriados; prospera en las zonas cálidas de la sierra (o sea en las Barrancas del Cobre). Es recogida y vendida por una clase de indígenas tarahumaras llamada Tehueriches. 16 Ojo de venado: en México existen varias plantas con este nombre. Probablemente AR se refiere a la Passiflora mexicana, planta trepadora con zarcillos, hojas bilobuladas de 10 cm. de ancho, flores verdoso amarillentas de 3 a 4 cm. y una baya sub-oval de 10 mm. Crece en Sonora, Chihuahua y el norte de México. 17 Sangre de grado: es la Potentilla rubra Willd. Planta herbácea, vellosa, de unos 30 cm., de hojas tripartidas; flores moradas con 5 sépalos y estambres numerosos, ovarios también numerosos. La raíz es gruesa y negruzca, tanífera. Existen varias otras hierbas de sangregrado (de la familia de las Jatruphas). 18 Médico de cámara de Felipe II, Francisco Hernández (1517-1587) llegó a Nueva España en 1571, donde permaneció hasta 1577 estudiando las plantas medicinales de nuestro país. 19 Benito María de Moxó y de Francolí (1763-1816): eclesiástico español, fue arzobispo de Charcas de 1807 a 1816. Se destacó por su oposición a la independencia de las colonias de América, pues solicitó la sumisión a Fernando VII. Abogado de las virtudes americanas y seguidor de Clavijero, Moxó, en efecto, asienta al final de su primera Carta: “...y la colección de Hernández pereció acaso consumida lentamente por el polvo y la polilla en una de nuestras más insignes bibliotecas; pues tengo motivo para pensar que no es verdad lo que se ha dicho tantas veces, que fue víctima del famoso incendio que hubo en la librería del Escorial en el siglo décimo séptimo”. (B. M. de Moxó, Cartas mejicanas, facsimilar de la edición de Génova, 1839, prólogo de Elías Trabulse. México, FCE/ Fundación Miguel Alemán, págs. 5-6). Según consta en el Diario (1911-1930) de Alfonso Reyes, éste adquirió en Argentina un ejemplar de la obra: “Me olvidaba decir que he comprado también las Cartas mejicanas escritas por Benito María de Moxó en 1805 en $ 10 argentinos”. (Diario, 4 de febrero de 1929, p. 255). 20 Carlos Montemayor, Los tarahumaras. Pueblo de estrellas y barrancas, Editorial Aldus, México, 1999, p. 57. 21 Antonin Artaud, México y viaje al país de los tarahumaras, Fondo de Cultura Económica, México, 2004. 22 Quince presencias, “VI. Descanso dominical (En los pinares de Teresópolis)” en OC, t.XXIII, p. 180. 23 Parentalia, “10. Grandeza y miseria del soldado” en OC. t. XXIV, p. 442. 24 Parentalia, “8. Otras sombras” en OC. t. XXIV, p. 377. 25 Carl Lumholtz, Montañas, duendes, adivinos…, prólogo de Jesús Jáuregui, edición de Jorge Lépez Vela, coordinación de César Ramírez Morales, México, 1996, 143 pp. 26 Dr. Alexandre Rouhier, La plante qui fait les deux emmerveillès. Le peyotl. Prèface de M. Le Professeur Em. Pevrot, Membre de l’Académie de Médicine. Nouvelle Edition revue et corrigée (Paris, 1926, 1975), seguido de Dr. Alexandre Rouhier: Les plantes dèvinatoires. Guy Trédaniel. Editions de la Maisnie, Paris, 1975. Artaud emplea la expresión acerca de la planta que produce ojos maravillados en distintos momentos. 27 Fabienne Bradu: Luis Cardoza y Aragón: “Artaud en México” en Artaud todavía. Correspondencia entre Luis Cardoza y Aragón y Paule Thévenin. 28 Mario Roso de Luna, El simbolismo de las religiones del mundo y los problemas de la felicidad, Editorial Renacimiento, España, 2006, 374 pp. 29 Benito María de Moxó, Cartas mejicanas. op. cit., pp. 5-6. (Subrayado de A. Castañón). 30 Norte y Sur, “Ofrenda al Jardín Botánico de Ríojaneiro”,en OC t. IX, p. 89-92 31 Alfonso Reyes / Victoria Ocampo, Cartas echadas. Correspondencias. 1927-1959. México, Universidad Autónoma Metropolitana, edición y presentación de Héctor Perea, Serie Correspondencia. Dirección de Difusión Cultural, 1983, pp. 59-60) * Valery Larbaud / Alfonso Reyes, Correspondance 1923-1952, introducción y notas de Paulette Patout, París, Centre National de la Recherche Scientifique, 32 Se refiere al poema “Hierbas del Tarahumara”. * Valery Larbaud / Alfonso Reyes, op. cit., pp. 62-63. 33 Los trabajos y los días, en OC, t. IX pp. 358-360. 34 El tema de la sinestesia no podía dejar indiferente a un poeta como AR, quien vuelve a él cada que menciona el peyote y la mezcalina. Lo toca también en el poema “Las yerbas del tarahumara”. 35 Hermann Ludwig Ferdinand von Helmoltz (1821-1894), fisiólogo y físico alemán, inventó un espejo que permite estudiar la retina en el ojo vivo. 36 Fabienne Bradu, Artaud, todavía, Fondo de Cultura Económica, México, 2008. 37 Revista Universidad de México, México, Núm. 497, Junio de 1992, pp. 6-7. 38 Alusión directa de Alfonso Reyes a el texto de Artaud. La danza del Tutuguri, se encuentra incluido en el libro de Antonin Artaud: Pour en finir avec le jugement de Dieu. Tutuguri: es el rito del sol negro.
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